Biblioideas: Lectores de tabaquerías

Cumplimos tres años. Treinta y seis biblioideas intentando mostrar cosas que se pueden hacer con libros, además de leerlos en un sofá. Para celebrarlo nos vamos a Cuba.

Lectores en las tabaquerías cubanas

Desde hace más de 150 años existe en Cuba una tradición singular, reconocida en 2012 como Patrimonio Cultural de la Nación Cubana y propuesta a la UNESCO como patrimonio cultural de la humanidad. Se trata de la lectura colectiva en las tabaquerías (nombre que reciben en Cuba las fábricas de tabaco). El lector de tabaquería, subido a una tarima en la zona central de la nave, lee un texto en voz alta mientras los torcedores manipulan las hojas del tabaco. José Martí se referió a ellos en 1891 como una “tribuna avanzada de la libertad” y, según Lili LItvak, fueron un instrumento útil para la independencia de Cuba, favorecieron la cultura entre los trabajadores y forjaron su conciencia de clase. Aquí un pequeño vídeo.

En el número 57 de la revista Hibris apareció en 2010 un extenso artículo de Eduardo Connolly: «El lector de tabaquerías». Los datos históricos aparecidos tanto en este artículo como en diferentes entradas aparecidas en algunos blogs obtienen su información de La lectura en las tabaquerías: monografía histórica, un estudio de José Rivero Muñiz publicado en 1951 en la Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana), con prólogo de José Antonio Portuondo. El artículo de Connolly no está en la red, pero la revista Hibris está en el catálogo de la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza, a la que se le puede solicitar una copia del artículo.

Parece que la idea de acompañar el trabajo con la lectura surgió de un viajero español, Jacinto de Salas y Quiroga, que realizó un viaje por la isla de Cuba en 1839. Tras ver el trabajo de los esclavos en unos cafetales pensó «que se podrían emplear aquellas horas en ventaja de la educación moral de aquellos infelices seres. El mismo que sin cesar los vigila podría leer en voz alta algún libro compuesto al efecto, y al mismo tiempo que templase el fastidio de aquellos desgraciados, les instruiría de alguna cosa que aliviase su miseria». Lo cuenta en las páginas 262 y 263 de su libro Viages de D. Jacinto de Salas y Quiroga. Isla de Cuba. Unos años después, un rico ilustrado cubano, Nicolás Azcárate, amigo de Martí, observó esta práctica en las galeras (así se llamaban las salas en las que permanecían los reclusos) de una cárcel de La Habana donde muchos presos eran tabaqueros y trabajaban en la prisión como torcedores. A cambio recibían un dinero, parte del cual se destinaba a pagar al lector y comprar obras. La lectura de las galeras se fue divulgando entre familiares y amigos de los presos, también trabajadores tabaqueros muchos de ellos.

Lectores en las tabaquerías cubanas

En 1865, Azcárate decide incorporar esta actividad en la producción tabaquera. Será un líder obrero y escritor, nacido asturiano, Saturnino Martínez, trabajador de “Partagás” de día, bibliotecario de la Sociedad Económica de Amigos del País de noche y fundador del primer periódico obrero cubano, La Aurora, el que materialice su idea en la tabaquería “El Fígaro” un 21 de diciembre de 1865 (otras fuentes hablan del 7 de enero de 1866). Céspedes prohibió la lectura en octubre de 1868. No se reanudaría hasta 1880 en la fábrica del catalán Partagás. Desde entonces, siempre ha habido lectores en las tabaquerías.

Las lecturas de Cervantes, Zola, Dumas o Shakespeare llegaron a tener tal aceptación que algunas vitolas hoy famosas pasaron a denominarse Sancho Panza, Montecristo o Romeo y Julieta.

Se podría pensar que la radio acabaría con ellos, pero sólo los complementó. De hecho, muchos lectores fueron también locutores y llegaron a tener su propio programa en las ondas. En muchas ocasiones están ligados a la aparición de las primeras radionovelas.

Desde Cuba, la figura del lector se trasladó a Canarias (está documentado el cultivo del tabaco en las islas al menos desde 1723), y hubo lectores de tabaquerías en La Palma. En 2008, uno de los últimos, Anelio Rodríguez Concepción, lo recordaba en un diario local.

Hasta Ramiro de Maeztu, hijo de un hacendado cubano, trabajó en algún momento entre 1891 y 1894 como lector en una fábrica de La Habana.

Hoy ejercen en la isla unos 300 lectores. Son funcionarios, han pasado 30 días de prueba, deben tener una buena dicción y han debido recibir el plácet de su público. Desde el principio, la aceptación de las lecturas se ha indicado con un golpe de chaveta sobre la mesa (la chaveta es esa cuchilla curva usada por tabaqueros y zapateros); el rechazo, tirando la chaveta al suelo. En el blog de Elena Milian Salaberri se da voz a una lectora actual: Felicia Domínguez.

El lector de tabaquería, de Araceli Tinajero

Si quieres saber más sobre esta institución, hace poco Ibsen Martínez escribió un artículo en El País: Historias para los torcedores de puros. En 2012, en el mismo diario, Mauricio Vicent había escrito otro: Honores al lector de tabaquería. También Cabrera Infante, amante confeso de los puros, en un curso celebrado en 1994 en El Escorial, Tiempos propicios para la novela rosa, habló de estos “lectores profesionales”. Y un libro de Araceli Tinajero: «El lector de tabaquería: historia de una tradición cubana», publicado en Madrid en 2007, del que puedes ver esta reseña, aparecida en la Revista de las Américas. O La lectura en las tabaquerías en Cuba, un artículo de varios autores aparecido en 2007 en la Revista Cubana de Información en Ciencias de la Salud. O el artículo de Lily Litvak, Cultura obrera en Cuba: la lectura colectiva en los talleres de tabaquería, publicado en 2002 en la revista BICEL. Y un largo etcétera.

BiblioideasBiblioideas es una sección mensual de nuestro compañero Chema Pérez en Tirabuzón, en la que se incluyen una serie de artículos dedicados a analizar fórmulas imaginativas y modelos de desarrollo en torno al mundo de la cultura y los libros.

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