Biblioideas : Leer viajando / Viajar leyendo

Biblioideas : Leer viajando / Viajar leyendo
No hace falta ser de lectura diaria para echarse un libro a la bolsa cuando nos vamos de viaje. Muchas personas disfrutan de la lectura mientras viajan; en el peor de los casos, les ayuda a mitigar el aburrimiento.

No importa que viajes en tren, autobús, avión, metro… Hasta un taxi puede proporcionarte el placer de leer. Aunque no sea tan completo como el Mambo Taxi de Almodóvar ni lo conduzca Guillermo Montesinos.

Pero no siempre fue así. Hasta el siglo XIX, las pocas personas que se aventuraban fuera de los límites de su aldea lo hacían a pie, a lomos de caballerías o en carruajes tirados por ellas; con caminos en mal estado y vehículos más o menos precarios. Leer en esas condiciones no era una opción.

Pero la revolución industrial trajo consigo la revolución de los transportes y tuvo que llegar el ferrocarril (1830 en Inglaterra, 1848 en España) para que viajar no fuera un tormento. Comparativamente, el tren ofrecía libertad de movimientos en su interior y una relativa comodidad que permitía utilizar el tiempo de viaje para hacer otras cosas. Por ejemplo, leer.

Todo esto, claro está, para quien pudiera permitirse un viaje o una lectura porque ambas cosas estaban reservadas a unos pocos. Es verdad que en los países protestantes se preocuparon más por la alfabetización (todo el mundo tenía que ser capaz de leer la Biblia), pero en España la primera estadística oficial, de 1841, ofrecía el dato de que el 24,2 % de la población estaba alfabetizada, considerando como tal a la que sabía leer, aunque la propia estadística reflejaba que, en realidad, sólo el 9,6 sabía leer y escribir.

En fin, que quien no tenía medios (la mayor parte de la población) no viajaba y quien no sabía leer mal podía hacerlo. Por situarnos: en 1845 Zaragoza tenía unos cien mil habitantes y su universidad 894 alumnos matriculados. Sólo alumnos. Habría que esperar al siglo XX para ver entrar a la mujer en la universidad. Amparo Poch, en Medicina, fue una de las primeras licenciadas.

En cualquier caso, los nuevos viajeros ferroviarios pronto empezaron a asociar viaje con lectura y hubo que atender la demanda. Entre 1855 y 1899 George Routledge publicó una colección, la Railway Library, con más de 1.200 títulos en formatos baratos y manejables. Y H.W. Smith los vendía en sus quioscos de las primeras estaciones ferroviarias. Los imperios que crearon aquel editor y este librero han llegado hasta hoy.

El ferrocarril traía otra novedad: horarios predeterminados y estables. Antes de él, salidas y llegadas eran sólo aproximadas (al amanecer, antes de caer la noche, etc.). Hasta 1884, cuando se acordó el meridiano de Greenwich como referencia, ni siquiera los horarios de las diferentes localidades inglesas eran los mismos. De hecho, en 1839, cuando comenzó a publicarse la Guía Bradshaw (la que Julio Verne le puso a Phileas Fogg en su vuelta al mundo) ésta sólo era un listado de horarios de ferrocarril, aunque en pocos años sus guías se convertirían en referencia obligada para los viajeros victorianos que se lanzaban a recorrer los miles de kilómetros de vías férreas del continente. Las guías trascendieron la muerte de su editor, el señor George Bradshaw, y siguieron publicándose hasta 1961.

Biblioteca en un antiguo vagón de tren. Hamilton (Canadá)

Pero hay muchas relaciones posibles entre libros y trenes: un vagón en desuso se reconvierte en una biblioteca en Hamilton, Canadá (en la foto). Una antigua estación de ferrocarril, y varios de sus vagones, son hoy la Caverne aux Livres, en Auvers-sur-Oise, cerca de París. La biblioteca Tren de Papel en Medellín. La Adelita, en México. Una biblioteca en el tren a Mar del Plata, en Argentina. Etc., etc.

En 2013, Michael Portillo recorrió para la BBC algunas rutas continentales europeas con la George Bradshaw’s Continental Railway Guide de cien años antes (1913) bajo el brazo. En España se han ido emitiendo con el título Grandes viajes ferroviarios continentales.

Y una buena lectura para este verano: El lector del tren de las 6.27, de Jean-Paul Didierlaurent.

BiblioideasBiblioideas es una sección mensual de nuestro compañero Chema Pérez en Tirabuzón, en la que se incluyen una serie de artículos dedicados a analizar fórmulas imaginativas y modelos de desarrollo en torno al mundo de la cultura y los libros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.