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Biblioideas incluye una serie de artículos de nuestro compañero Chema Pérez dedicados a analizar fórmulas imaginativas y modelos de desarrollo en torno al mundo de la cultura y los libros.

Biblioideas : Leer viajando / Viajar leyendo

Biblioideas : Leer viajando / Viajar leyendo
No hace falta ser de lectura diaria para echarse un libro a la bolsa cuando nos vamos de viaje. Muchas personas disfrutan de la lectura mientras viajan; en el peor de los casos, les ayuda a mitigar el aburrimiento.

No importa que viajes en tren, autobús, avión, metro… Hasta un taxi puede proporcionarte el placer de leer. Aunque no sea tan completo como el Mambo Taxi de Almodóvar ni lo conduzca Guillermo Montesinos.

Pero no siempre fue así. Hasta el siglo XIX, las pocas personas que se aventuraban fuera de los límites de su aldea lo hacían a pie, a lomos de caballerías o en carruajes tirados por ellas; con caminos en mal estado y vehículos más o menos precarios. Leer en esas condiciones no era una opción.

Pero la revolución industrial trajo consigo la revolución de los transportes y tuvo que llegar el ferrocarril (1830 en Inglaterra, 1848 en España) para que viajar no fuera un tormento. Comparativamente, el tren ofrecía libertad de movimientos en su interior y una relativa comodidad que permitía utilizar el tiempo de viaje para hacer otras cosas. Por ejemplo, leer.

Todo esto, claro está, para quien pudiera permitirse un viaje o una lectura porque ambas cosas estaban reservadas a unos pocos. Es verdad que en los países protestantes se preocuparon más por la alfabetización (todo el mundo tenía que ser capaz de leer la Biblia), pero en España la primera estadística oficial, de 1841, ofrecía el dato de que el 24,2 % de la población estaba alfabetizada, considerando como tal a la que sabía leer, aunque la propia estadística reflejaba que, en realidad, sólo el 9,6 sabía leer y escribir.

En fin, que quien no tenía medios (la mayor parte de la población) no viajaba y quien no sabía leer mal podía hacerlo. Por situarnos: en 1845 Zaragoza tenía unos cien mil habitantes y su universidad 894 alumnos matriculados. Sólo alumnos. Habría que esperar al siglo XX para ver entrar a la mujer en la universidad. Amparo Poch, en Medicina, fue una de las primeras licenciadas.

En cualquier caso, los nuevos viajeros ferroviarios pronto empezaron a asociar viaje con lectura y hubo que atender la demanda. Entre 1855 y 1899 George Routledge publicó una colección, la Railway Library, con más de 1.200 títulos en formatos baratos y manejables. Y H.W. Smith los vendía en sus quioscos de las primeras estaciones ferroviarias. Los imperios que crearon aquel editor y este librero han llegado hasta hoy.

El ferrocarril traía otra novedad: horarios predeterminados y estables. Antes de él, salidas y llegadas eran sólo aproximadas (al amanecer, antes de caer la noche, etc.). Hasta 1884, cuando se acordó el meridiano de Greenwich como referencia, ni siquiera los horarios de las diferentes localidades inglesas eran los mismos. De hecho, en 1839, cuando comenzó a publicarse la Guía Bradshaw (la que Julio Verne le puso a Phileas Fogg en su vuelta al mundo) ésta sólo era un listado de horarios de ferrocarril, aunque en pocos años sus guías se convertirían en referencia obligada para los viajeros victorianos que se lanzaban a recorrer los miles de kilómetros de vías férreas del continente. Las guías trascendieron la muerte de su editor, el señor George Bradshaw, y siguieron publicándose hasta 1961.

Biblioteca en un antiguo vagón de tren. Hamilton (Canadá)

Pero hay muchas relaciones posibles entre libros y trenes: un vagón en desuso se reconvierte en una biblioteca en Hamilton, Canadá (en la foto). Una antigua estación de ferrocarril, y varios de sus vagones, son hoy la Caverne aux Livres, en Auvers-sur-Oise, cerca de París. La biblioteca Tren de Papel en Medellín. La Adelita, en México. Una biblioteca en el tren a Mar del Plata, en Argentina. Etc., etc.

En 2013, Michael Portillo recorrió para la BBC algunas rutas continentales europeas con la George Bradshaw’s Continental Railway Guide de cien años antes (1913) bajo el brazo. En España se han ido emitiendo con el título Grandes viajes ferroviarios continentales.

Y una buena lectura para este verano: El lector del tren de las 6.27, de Jean-Paul Didierlaurent.

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Biblioideas: Burros y libros

Burros y librosTradicionalmente, al menos desde los antiguos egipcios, en este juego de asignar cualidades humanas a los animales, hemos asimilado al burro con la ignorancia, cuando no con la estupidez. Poco importa que los especialistas reconozcan en él una conducta compleja y una «inteligencia» semejante a la del cerdo o el perro.

Sin embargo, el burro es posiblemente el único animal al que le atribuimos nuestra propia dualidad: lo presentamos como símbolo de trabajo y tenacidad, pero también de terquedad e ignorancia, incluso de lujuria (ligado en la mitología griega a Príapo, representado con frecuencia en compañía de un asno).

Por cierto, en la edición de 2001 del Diccionario de la Lengua Española, la vigésima segunda, burro y burra eran entradas diferenciadas: en la acepción que nos interesa aquí, el primero era un «hombre o niño bruto e incivil» y la segunda, una «mujer ruda y de poco entendimiento», añadiendo en la mujer ese factor de incapacidad intelectual que no se le atribuía al varón. Actualmente no ocurre y burro y burra son una sola entrada del diccionario. María Moliner, hace décadas, tampoco había hecho esa distinción en su Diccionario de uso del español. Mujer tenía que ser.

En estas circunstancias, burros y libros no parecen hacer una buena pareja, pero esa tradicional utilización del asno como animal de carga ha hecho que se utilicen para el transporte de libros a lugares de difícil acceso (un burro nunca se despeña, las cabras sí) donde la pobreza mantiene a los niños alejados de escuelas y libros.

“BIBLIO BURRO”Santa Marta, dic. 22.- “Alfa” y “Beto”, junto con su amo Luis Soriano, recorren las veredas del Magdalena para llevar un poco de cultura. (Colprensa-Hoy Diario del Magdalena).

Los utilizan en Etiopía, Zimbabue y otros lugares, pero el caso más conocido es el de Luis Soriano. Este maestro de La Gloria, Colombia, preocupado por cómo llevar la lectura a niños de zonas apartadas, empezó a utilizar en 1997 dos burros, Alfa y Beto, para transportar libros. Así nació el proyecto Biblioburro, del que puedes ver este vídeo. Hoy cuenta con un fondo de más de cinco mil libros.

Jeanette Winter convirtió la historia en un cuento infantil, que en 2011 publicó en español la Editorial Juventud con el título Biblioburro. Ese mismo año, Tricycle Press publicaba en Estados Unidos una edición bilingüe, en español e inglés, del libro de Monica Brown Esperando el Biblioburro, parte de cuyas ventas se destinaron al programa emprendido por el maestro colombiano.

Una idea sencilla y la determinación de un individuo han convertido lo que todos veían como una locura en una institución y hoy los biblioburros de Luis Soriano hasta tienen su entrada en la Wikipedia; Carlos Rendón Zipagauta, un cineasta colombiano, les ha dedicado varios trabajos (aquí puedes ver un extracto de uno de ellos, y aquí información sobre otro más extenso) y un montón de niños le esperan todas las semanas en la sierra.

A mediados del siglo XX había censados en España 675.000 burros, pero llegó la mecanizacióHenri Bourrut y su libro "Homenaje al burro"n del campo y en 2017 sólo quedaban 30.000. Y no los vamos a utilizar para transportar libros.

Hoy, buena parte de la chiquillería conoce al burro Platero, «pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón», pero pocos han visto o tocado ninguno. Éste es un problema que Henri Bourrut, un francés zaragozano, y los burros con los que convive en su finca de Montañana intentan resolver: celebra una jornada anual de Iniciación al Conocimiento y Manejo del Burrro, publicó en 2016 el libro Homenaje al burro y está siempre dispuesto a enseñarnos cosas sobre este animal y a disfrutar con él.

Gracias a Henri, por sus burros, y a Lola, por la idea.

 

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Biblioideas: Óbidos, una villa literaria

ÓbidosEn Portugal, ese vecino discreto al que apenas prestamos atención, está Óbidos, un lugar amurallado, habitado ya por los celtas, a unos 80 kilómetros al norte de Lisboa. La UNESCO le otorgó en 2015 el título de Ciudad Literaria”.

El proyecto Óbidos Vila Literária es una iniciativa del Ayuntamiento de Óbidos y la librería lisboeta Ler Devagar (leer despacio, en portugués) que pretende «impulsar los procesos de desarrollo local a través de la capacitación, a través del fomento del desarrollo productivo y la consulta participativa de los actores locales, y guiando a la comunidad a reenfocarse en sí misma y en su potencial, floreciendo hacia nuevas posibilidades». Siguiendo esta estrategia, Óbidos ha construido un parque tecnológico innovador, rehabilitado edificios, invertido en sus escuelas o desarrollado una red de librerías.

Y la argamasa de todo ello ha sido la literatura, la cultura escrita y la lectura a través de la organización de festivales, encuentros con autores, representaciones, proyecciones o conciertos. Festivales como Latitudes, de «literatura y viajeros», en abril. O Folio, el Festival Literário Internacional de Óbidos, en septiembre y octubre. Salvando las distancias, esta historia nos recuerda a Urueña.

Iglesia de ÓbidosTodo empezó hace ya unos cuantos años con la búsqueda de financiación para rehabilitar una antigua iglesia dentro del castillo, intentando darle al proyecto una dimensión cultural y económica que sacara el edificio del abandono y la ruina, a cambio de servir como centro cultural de la comunidad. Hoy, con la ayuda de fondos europeos, la antigua iglesia se ha convertido en un espacio para actividades comunitarias además de acoger en ella la Livraria de Santiago, la más grande de la quincena que ya hay abiertas en la localidad. Casi todas ellas se encuentran en edificios históricos rehabilitados y compartidos con galerías, bares o mercados de productos biológicos. Aquí puedes ver algunas.

En un lugar así no podía faltar un alojamiento literario: el hotel The Literary Man, con miles de libros a disposición de sus clientes. También puedes dejar el que lleves. Este de aquí abajo es su restaurante.

Restaurante de Óbidos

En fin, que si te dejas caer por Portugal, Óbidos no es un mal lugar al que acercarse. Y si esto de los libros no te apasiona o directamente te aburre, no te preocupes, en abril también organizan un Festival Internacional de Chocolate que ya lleva dieciséis ediciones.

Cuida el planeta. Es el único con chocolate.

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Biblioideas : Ignacio Díaz de Rábago y sus Bibliotecas de Babel

Ignacio Díaz de Rábago y sus Bibliotecas de Babel

La Biblioteca de Babel, el cuento de Borges, ha tejido una red de forofos incondicionales e inspirado a artistas de todo tipo. En ocasiones se han mezclado ambas condiciones y han intentado recrear esa biblioteca imposible: es el caso de Érik Desmazières, Andrew DeGraff, Alex Warren o Kate y Andrew Bernheimer. Otros se han limitado a utilizar esa imagen mental de la biblioteca de Borges para hurgar en la idea de que los intentos de imponer normas estrictas a la creatividad humana traen como resultado, en el mejor de los casos, confusión y, en el peor, represión y censura. O se han refugiado en ella para indagar en la materialidad física del libro, en su uso, su destrucción, su valor, etc. Es una idea presente en bastantes de nuestras biblioideas: colocar el libro en un lugar ajeno a él, darle un uso que no le corresponde.

Entre estos últimos nos hemos encontrado con José Ignacio Díaz de Rábago, un artista nacido en Madrid, aunque residente desde 1978 en Copenhague.

Con formación en Filología Hispánica y Artes Plásticas, nos ha llamado la atención por alguna de sus instalaciones (especialmente sus Bibliotecas de Babel), aunque también trabaja otras artes plásticas. O escribe poesía, con la que ha ganado algún premio y publicado varios poemarios; el último, Humaredas, en 2015.

Diferentes versiones de esas Bibliotecas de Babel se han exhibido desde 1997 por todo el mundo. La serie empezó en París y ahora se acaba de inaugurar en Málaga la que hace su número XIII, de manera que quien entre ahora, y hasta enero del año que viene, en la Biblioteca General de la Universidad de Málaga se encontrará con casi cinco mil libros pendiendo sobre su cabeza. Aquí puedes ver un vídeo (menos de cinco minutos) sobre el proceso de montaje de la instalación, la noticia aparecida en El Mundo, una reseña en el diario Sur y la nota de prensa de la propia universidad.

La número XII pudo verse durante todo 2016 en la Biblioteca Carlos Santamaría de la Universidad del País Vasco, en San Sebastián. Esta vez fueron unos dos mil los libros utilizados. Con motivo del acontecimiento, le hicieron esta entrevista al autor en la que también puedes ver un pequeño vídeo sobre su montaje.

Díaz de Rábago: Biblioteca de Babel XI

La instalación anterior, la XI, la realizó en 2013 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. En esta ocasión fue El País el que recogió la noticia. También otros medios.

Buena parte de estas instalaciones, las dos últimas entre ellas, se han realizado en centros universitarios y, específicamente, en sus bibliotecas. Así lo explicaba el propio Díaz de Rábago:

Con libros se puede hacer gran cantidad de cosas, pero lo que define mis instalaciones es que los levito por medio de tensiones. Hay espacios naturales para este tipo de instalaciones: grandes halles donde puedo tirar los cables, y hay una luz y una perspectiva. Al mismo tiempo, cuanto más complicado sea el espacio, más te motiva a buscar soluciones. El 50% de la instalación no es la instalación, sino el lugar. […] No quiero necesariamente que la instalación parezca una obra de arte, lo que quiero es que la gente se sorprenda al verla, que le “pegue” durante un momento y que sea parte de la institución. Por eso su medio natural son las bibliotecas. Les doy un caballo de Troya, como un presente con sus mismos contenidos.

Es sólo un ejemplo, pero… a que podríais imaginar el edificio Paraninfo de nuestra universidad con una instalación suya.

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Biblioideas : Una librería en Ginebra

De acuerdo con los planes del albatros lo importante es seguir planeando
Germán Vargas

En las biblioideas solemos hablar de cosas y actividades que pueden hacerse con libros y similares, más allá de editarlos, leerlos o venderlos. Es por eso que no hemos dedicado biblioideas a editoriales ni a librerías concretas, tampoco a reseñar libros. Bueno… casi no.

Es que hay librerías, con determinadas trayectorias y personas detrás, que hacen más cosas que vender libros; y hay libros que se escribieron para algo más que venderse mucho o disfrutar de una lectura entretenida. Trascienden esas actividades, representan algo más. Así que sí: ahí están Shakespeare & Company o Steal this Book para desmentirnos y confirmar la regla que, ahora mismo, volvemos a pasar por alto.

Rodrigo Díaz PinoEn 1989 llegó a Ginebra un peruano sin papeles: Rodrigo Díaz Pino. Acababa de estudiar cuatro años de Medicina en la Siberia de una Unión Soviética en extinción, no podía seguir en ella y no quería volver a un Perú que empezaba a ser abandonado masivamente. En menos de una década tres millones de personas, un 14% de su población, dejó el país para buscar una vida mejor o, simplemente, una vida que vivir.

Pero esa aporofobia que se extiende por Europa también estaba presente en Suiza, país en el que nunca ha sido fácil para una persona extranjera obtener la residencia. Mejor dicho, para una persona extranjera… y pobre (ahora se dice sin recursos; la palabra pobre, ni nombrarla). Todo es diferente cuando se trata de magnates financieros, evasores fiscales o traficantes de diverso pelaje. Con esa clase de «inmigración» puede mostrarse muy acogedora.

No obstante, en los años setenta, recalaron en Suiza, como en otros países europeos, refugiados provenientes de las dictaduras sudamericanas. Unos refugiados chilenos que huían del golpe de Pinochet abrieron en Ginebra una agencia de viajes y la llamaron Albatros. Sus ingresos no daban para muchas alegrías y decidieron arreglarlo creando una librería (?). Es cierto que hace cuarenta años todo era diferente pero, visto desde hoy, esa solución parecería que, lejos de diversificar riesgos, los multiplicaba. Como así fue.

Rodrigo, como cualquier inmigrante, comenzó trabajando en lo que pudo; entre otras cosas en una empresa de limpieza que limpiaba la librería Albatros. En 1993, tras matricularse en la universidad y conseguir sus papeles, le contrataron en la librería y en 1996, con un préstamo de la Banca Alternativa Svizzera, se la compró a sus antiguos propietarios y puso en marcha su sueño: abrir una librería de libros en español… en Ginebra. A la vez, seguía trabajando como acomodador en el Victoria Hall, «que es lo que me da dinero para mantener la Albatros», decía entonces.

Hoy, no sin dificultades, la librería Albatros es una librería en el corazón de Ginebra especializada en literatura contemporánea en español, un lugar de encuentro en Europa para los escritores de América Latina (residentes muchos de ellos en países europeos) y una referencia en la vida cultural ginebrina, con múltiples actividades (debates, encuentros, música, literatura…) repartidas a lo largo de todo el año. Desde 2007 tiene además su propia editorial, con una treintena de libros publicados. En algunos casos los traduce al francés y publica ediciones bilingües. Desde hace más de veinte años colabora además en un proyecto de bibliotecas para niños en Tarma, Perú. Es bastante más que una librería, alguien dijo que era «la cuenta suiza de nuestras letras»; por eso la traemos aquí.

Por allí han pasado Roberto Bolaño, Jorge Eduardo Benavides, Santiago Roncagliolo, Juan Carlos Méndez Guédez, Héctor Abad Faciolince, Luis Sepúlveda, Andrés Neuman, Fernando Iwasaki, Juanjo Armas Marcelo, Marta Sanz, la nativa zaragozana Cristina Fallarás y un largo etcétera.

Precisamente, Armas Marcelo dedicó varias entradas en su blog a la librería Albatros y su propietario: El héroe de la Albatros e Historia de una librería.

Cuando vayas a Ginebra a depositar tu dinero negro en alguno de sus bancos, aprovecha el viaje y déjate caer por Albatros, en el número 6 de la Rue Charles Humbert, al lado de la universidad, y conoce a Rodrigo Díaz. Mientras tanto, puedes entrar en su cuenta de Facebook o ver este vídeo de doce minutos en el que reconocerás su humildad.

Rodrigo vive con una mujer suiza y tiene tres hijos suizos: una muestra viva de integración, de cómo la hospitalidad puede dar salidas a la vida de una persona y de cómo ésta puede enriquecer a su comunidad de acogida.

Los que hablan ya casi no nos hablan de ello, pero sigue habiendo gente buscando refugio y lanzándose al mar. No lo olvides. Forges nunca lo hizo.

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Biblioideas: Libros en la basura

Ha habido alguna biblioidea en la que han aparecido juntos libros y basura, un binomio que, a primera vista, no suena bien. Algunos verán en él un oxímoron, pero lo cierto es que los libros son, entre otras cosas, productos de consumo y, como tales, están sujetos a sus pautas. Como nosotros y nuestros hábitos.

Una sociedad de consumo bien engrasada necesita producir más de lo que consume, de manera que todo esté disponible para mí, cuando a mí me apetezca y a un precio que pueda pagar; o sea, cómodamente, sin preocupaciones: la Agencia del ISBN, con datos de 2015, cifra en 93.000 los ISBN asignados (97.000 el año pasado, según Rodríguez Rivero en su columna de Babelia); 75.000 de ellos, novedades.

Libros en el vertedero

No hay librería que soporte ese aluvión, de manera que sólo una parte de esas novedades llegan a verse en ellas. Además ha de haber una rotación constante para dar cabida a las novedades siguientes. A ese ritmo vertiginoso, no sorprende tener dificultades para encontrar un libro publicado hace pocos años. Vale que el libro no es una lavadora, pero también tiene su particular obsolescencia programada. Así que no nos rasguemos las vestiduras: muchos libros acaban en la basura, las propias editoriales los convierten en pasta de papel.

Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros 2017, un 40% de la población no lee nunca por diversión, entretenimiento o formación. Es posible que lea los cartones del bingo, el Marca o una revista en la peluquería, pero no libros. La buena noticia sería, según Pedro Simón en El Mundo, que quien no lee dispone de más tiempo libre. Y, añadimos nosotros, que ese 40% no tirará muchos libros a la basura.

Lógicamente, son las personas lectoras las que lo hacen. Podrían donarlos o venderlos (y mucha gente lo hará), o encender la chimenea con ellos (de esto no tenemos cifras), pero optan por tirarlos a la basura. Individualmente es más cómodo. De eso se trata.

Pero este afán consumista también tiene resistencias: hace unos años oímos hablar de José Alberto Gutiérrez, un basurero colombiano que lleva veinte años rescatando libros de la basura.

“El señor de los libros”, como se le conoce en Colombia, abrió una biblioteca gratuita con 25.000 libros en su propia casa, creó varias bibliotecas y ha repartido ejemplares en más de doscientas aldeas del país. Elvira Lindo y Almudena Grandes contaron su historia.

Biblioteca de los basureros de Estambul

Y recientemente nos enteramos de que basureros de Estambul (sospechamos que en el feudo de Erdogan no hay basureras), con unos 5.000 libros rescatados de entre la porquería, crearon hace unos meses una biblioteca en una fábrica de ladrillos abandonada. En principio, para uso de la plantilla, pero pronto se abrió a todo el mundo. Ahora hay gente que en lugar de tirar los libros a la basura los lleva a la biblioteca. Aquí podéis ver un vídeo.

Estamos en un momento en que los terabytes ya se nos quedaron pequeños. Hace un tiempo empezamos a oir hablar de yottabytes (un billón de terabytes) y ya nos tienen preparados nuevos palabros para contabilizar el tráfico que viene con el Big Data y la internet de las cosas: brontobytes, geopbytes, saganbytes,… Hasta jotabytes (¡si el Pastor de Andorra levantara la cabeza!, pobrecico).

Reconforta saber que entre tanta maraña sigue habiendo gente que recupera libros que parecen sobrarles a unas personas y los ofrece a otras a las que les faltan. No para saltar a la fama o hacer dinero sino para construir comunidades más habitables.

Lo pequeño es hermoso.

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Biblioideas: Torup, una “ecobiblioaldea” en Dinamarca

Torup, una ecobiblioaldea en Dinamarca

Desde la biblioidea de septiembre de 2016, dedicada a El Pedroso, no nos habíamos acordado de las villas libreras. Lo hacemos ahora con Torup, en Dinamarca.

En general, las ciudades libreras agrupadas en torno a la International Organisation of Book Towns, al menos las europeas, son poblaciones con alguna entidad y normalmente disfrutan de apoyos institucionales en la medida en que generan actividad económica en la localidad, comarca o región donde se encuentran.

En Torup todo es más simple. Ni siquiera se puede decir que sea un pueblo, si acaso una granja, y algunas construcciones. Existente al menos desde el siglo XI, su declive era imparable hasta que, a comienzos de la década de los 90, la Økosamfundet Dyssekilde (Comunidad ecológica de Dyssekilde) compró la granja y la tierra. Esto no sólo detuvo su caída sino que revirtió la tendencia y hoy viven en Torup y alrededores unas 300 personas, más de la mitad en la aldea ecológica. Además, en 1999 se creó la asociación Torup Kultur y se empezaron a organizar diferentes eventos culturales a lo largo de todo el año (un festival de libro nórdico, otro de cine danés, etc.), que han convertido el Torup Landsbycenter en polo de atracción para toda la región.

Torup, una ecobiblioaldea en DinamarcaOtra asociación, Torup Bogby (Torup Ciudad librera), intenta convertir la aldea en la primera booktown danesa y para ello está trabajando con Tvedestrand, en Noruega, otra ciudad librera a la que algún día le dedicaremos una biblioidea.

Por el momento, no hay ni una librería como tal. Simplemente, se recogen libros donados de forma gratuita y, tras su expurgo y selección, se ponen a la venta en los caminos y los alrededores de la aldea. Un antiguo garaje, un establo sin uso, un antiguo vagón de tren o una carretilla pueden servir.

Las actividades se desarrollan en torno al trabajo voluntario. Los noruegos tienen una palabra para esto: Dugnad (elegida en 2004 Palabra Nacional de Noruega), trabajo voluntario y apoyo mutuo en comunidades locales. Puede ser la construcción de un equipamiento comunitario, la resolución de un conflicto o… crear una ciudad de libros.

Así que, si vais a Dinamarca, perdeos por Copenhague (fue Capital Verde Europea en 2014), visitad el Tívoli, la Sirenita, el castillo de Hamlet o la Ciudad Libre de Christiania (herencia intelectual de los Provos holandeses y el segundo lugar más visitado de Dinamarca tras la dichosa sirenita), pero si os gustan los libros, su mundo y otras formas de acercarse a ellos, no os olvidéis de la ecoaldea de Torup.

Torup se encuentra a una hora de Copenhague, en la boca del fiordo de Roskilde. Si vais en verano, podéis acercaros al fondo del mismo (unos 50 kilómetros) y asistir al Festival de Roskilde, uno de los más antiguos del continente (se celebra ininterrumpidamente desde 1971), realizado desde el principio sin ánimo de lucro y a base de voluntarios. En 2018 será entre el 30 de junio y el 7 de julio.

Ya sabéis que en Escandinavia hablan inglés aunque eso no les impide cuidar y mantener su lengua, por lo que algunas de las páginas citadas en esta biblioidea están en danés. Puedes ver este vídeo de tres minutos escasos. Lo dicho, si no sabes danés (una lengua enrevesada) no entenderás gran cosa, pero a lo mejor puedes hacerte una idea del lugar y de sus actividades.

Así lo cuentan:

Somos un grupo de personas muy diferentes con diferentes antecedentes y razones para vivir aquí, y sin embargo estamos unidos por valores compartidos como la ecología y la sostenibilidad, y un deseo de vivir dentro de una comunidad social basada en el respeto y la tolerancia.

Nuestros mejores deseos en la vuelta al sol que acaba de comenzar.

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Biblioideas: Antes del libro electrónico

Se considera a Michael Hart creador del libro electrónico. Su Proyecto Gutenberg da los primeros pasos en 1971 digitalizando libros de dominio público y haciéndolos accesibles desde un ordenador. Sólo diez años más tarde aparecería el primer libro electrónico comercial, un diccionario de Random House, en el recién aparecido formato CD-ROM.

Si hablamos de lectores de libros electrónicos, el primero, The Rocket eBook, apareció, sin mucho éxito, en 1996. Fue a partir de 2006, con la tinta electrónica del Sony Reader, y 2007, con el Kindle de Amazon, cuando se fue generalizando la presencia de estos aparatos en el mercado. Hace cuatro días.

Pero estos inventos, como todo el conocimiento humano, siempre se han alimentado de sueños e ideas previas que han permitido que tal o cual ingenio fuera concebido y fabricado. Cuando estos sueños e ideas fueron encarnados por mujeres y las llevó a internarse en terrenos exclusivos de los varones, especialmente la ingeniería, desaparecieron de la historia oficial y, en el mejor de los casos, se las trató como anécdotas o curiosidades.

Hoy, en 2017, en la Universidad de Zaragoza, las mujeres sólo suponen el 22% de las matrículas en Ingeniería o Arquitectura, mientras rondan el 75% en Ciencias de la Salud o Educación (97% en Magisterio Infantil). Resumiendo: niños y cuidados. Lo contaban hace poco varias profesoras de nuestra universidad en un periódico local. Además, no es diferente a lo que ocurre en otros lugares: el informe Women in STEM de este mismo año ofrece datos similares para Estados Unidos. En el blog Universo Abierto, de la biblioteca de Traducción y Documentación de la Universidad de Salamanca, puedes ver un pequeño resumen en español.

Ángela Ruiz Robles y su Enciclopedia Mecánica

A Ángela Ruiz Robles, nacida en 1895 en un pueblo de los montes leoneses y ferrolana de adopción, le tocó vivir su madurez profesional en plena autarquía franquista. Procedente de familia con posibles, pudo estudiar Magisterio y fue una maestra sinceramente preocupada por mejorar el proceso de aprendizaje de sus alumnos, lo que le llevó a publicar una quincena de libros en esa dirección. Su labor en el ejercicio del magisterio fue ampliamente reconocida. En la biblioteca de la antigua Escuela de Empresariales, hoy Facultad de Económicas, en el Campus Río Ebro, hay varias obras suyas.

Pero no se quedó ahí: en 1949 y 1962 llegó a desarrollar dos patentes útiles para la enseñanza: los libros mecánicos y, su desarrollo, la Enciclopedia Mecánica. Para mucha gente, un antecedente del libro electrónico. Así explicaba ella misma el funcionamiento de esta última:

Abierta, consta de dos partes. En la de la izquierda lleva una serie de abecedarios automáticos, en todos los idiomas: con una ligerísima presión sobre un pulsador se presentan las letras que se deseen, formando palabras, frases, lección o tema y toda clase de escritos. En la parte superior de los abecedarios lleva a la derecha una bobina con toda clase de dibujo lineal, y en la de la izquierda otra con dibujo de adorno y figura. En la parte inferior de los abecedarios, un plástico para escribir, operar o dibujar. En la parte interior, un estuche para guardar asignaturas. En la parte de la derecha van las asignaturas, pasando por debajo de una lámina transparente e irrompible, pudiendo llevar la propiedad de aumentos, pueden ser estos libros luminosos e iluminados para poder leerlos sin luz. A la derecha e izquierda de la parte por donde pasan las materias lleva dos bobinas, donde se colocar los libros que se desee leer en cualquier idioma; por un movimiento de los misma van pasando todos los temas, haciendo las paradas que se quieran o queda recogido. Las bobinas son automáticas y puede desplazarse del estuche de la Enciclopedia y extenderse, quedando toda la asignatura a la vista; puede estar sobre una mesa (como los libros actuales) o perpendicular, facilitando comodidad al lector, evitando con ello gran número de esfuerzos intelectuales y físicos. Todas las piezas son recambiables. Cerrado, queda del tamaño de un libro corriente y de facilísimo manejo. Para autores y editores el coste de sus obras se aminora considerablemente, por no necesitar ni pasta ni encuadernado y queda impresa de una tirada, o cada una de sus parte (si consta de varias), resultando este procedimiento un bien general.

Enciclopedia MecánicaEn 1963 Ted Nelson acuñaría el término hipertexto.

A pesar de que consiguió múltiples galardones (entre ellos, en 1957, un Óscar a la Invención en la entonces denominada Feria Oficial y Nacional de Muestras de Zaragoza) nunca consiguió financiación y de su enciclopedia sólo se construyó un prototipo que puede admirarse en el coruñés Museo Nacional de Ciencia y Tecnología de España. En 1970 rechazó ofertas para la explotación de sus patentes en Estados Unidos porque quería que fueran desarrolladas en su país, cosa que siguió intentando hasta su muerte en 1975. Llegó a conseguir la autorización del Ministerio de Educación, pero es posible que la idea de que los alumnos usaran un sólo libro en su aprendizaje y no uno para cada asignatura no entusiasmara a las editoriales dedicadas al libro de texto.

Doodle de Google recordando a Ángela Ruiz RoblesEn 2013, el programa ConCiencia, de RTVE, le dedicó unos minutos y las autoridades publicaron un libro. La Biblioteca de la ETSIIT de la Universidad de Granada ya le había hecho un homenaje en 2011, la Fundación Telefónica le dedicó una exposición en 2015 y, como puedes ver aquí arriba, hasta Google ilustró con ella su “garabato” (doodle) del 28 de marzo de 2016, recordando el centésimo vigésimo primer aniversario de su nacimiento.

En los últimos años se intenta, nunca lo bastante, recuperar la labor silenciada de las mujeres; a menudo escritoras, científicas o artistas. Y aunque, por ejemplo, en la página Mujeres con Ciencia, de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco, sí hay una semblanza de Ángela Ruiz Robles, tal vez no reparamos tanto en grandes mujeres que, como ella, desde actividades con menos glamur, han dedicado sus vidas a mejorar la vida de la gente, a procurar el bien común.

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Biblioideas : Libros en una molécula

Programa Memoria del Mundo

Desde los años noventa del pasado siglo la UNESCO viene alimentando el Archivo de la Memoria del Mundo. Lo creó dentro del Programa Memoria del Mundo con una idea clara:

El patrimonio documental del mundo pertenece a todos los seres humanos y, como tal, debe ser preservado y protegido para que todos y cada uno puedan acceder a él de manera libre, permanente y sin obstáculo.

Y añade que buscará estos objetivos utilizando para ello las técnicas más apropiadas.

Aunque, cumpliendo la Ley de Moore, un chip podía tener en 1971 algo más de dos mil transistores y tiene hoy más de mil millones, los posibles límites físicos del silicio han llevado los últimos años a estudiar la capacidad de almacenamiento de información digital en ADN y las herramientas necesarias para ello (por ejemplo CRISPR).

Viendo el futuro negocio, se han metido en ello Microsoft y múltiples compañías privadas, pero también diferentes equipos académicos de investigación, como los de las universidades de Harvard o Washington. También el European Bioinformatics Institute del Reino Unido, en 2013, consiguió almacenar datos en ADN (el pdf del artículo de Crick y Watson describiendo la estructura del ADN, todos los sonetos de Shakespeare o algunos extractos del discurso de Martin Luther King I have a dream, entre otra cosas). En este gráfico se puede ver el mecanismo.

almacenar datos en ADN

La UNESCO también lleva unos años colaborando en la investigación en la confianza de que podría solucionar los problemas de almacenamiento a muy largo plazo. Hablan de una capacidad casi infinita (aunque nada lo sea) y unos periodos de conservación de cientos de miles de años (aunque no está muy claro que entonces haya nadie para verlo). Para hacernos una idea: unos cuatro gramos de ADN permitirían conservar los datos digitales producidos durante un año por todos los seres humanos.

En fin, que no podemos evitar la sensación de que todos quieren vendernos algo, aunque sólo se deba probablemente a las típicas reticencias de ignorante malpensado.

Hace unas semanas supimos que se habían grabado en ADN un par de canciones y, sobre todo, se habían conseguido reproducir con total precisión. Eran Smoke on the water, de Deep Purple, y Tutu, de Miles Davis, a quien nuestro compañero Luis dedicó en este blog un magnífico Nosololibros.

El pasado marzo lo hicieron con los cincuenta segundos de la película de los hermanos Lumière L’arrivée d’un train à La Ciotat, realizada en 1895. Poco después, en julio, creando un GIF microscópico y acoplándolo a una bacteria, habrían grabado en ADN la primera imagen en movimiento, realizada en 1873: The horse in motion, de Eadweard Muybridge.

Antes, en 2012, George Church, un visionario del laboratorio de Harvard citado más arriba, ya lo había hecho con un libro. Eligió para la ocasión el que él mismo estaba terminando de escribir: Regenesis. En 2013 lo publicó en papel. Aquí tienes una reseña.

En todo caso, convertir ADN, tanto sintético como biológico, en el disco duro del futuro resulta hoy prohibitivo por sus costes, ya está enfangándose en un mar de patentes e intereses y sigue habiendo problemas sin resolver (por ejemplo, la imposibilidad de reescribir sobre él). Pero la ciencia tiene una máxima: «todo lo que pueda hacerse, se hará» y el uso de ADN como repositorio es ya una tendencia imparable cuyo desarrollo a gran escala o comercial, es muy probable que nos coja a todos, eso sí, criando malvas.

 

 

BiblioideasBiblioideas es una sección mensual de nuestro compañero Chema Pérez en Tirabuzón, en la que se incluyen una serie de artículos dedicados a analizar fórmulas imaginativas y modelos de desarrollo en torno al mundo de la cultura y los libros.

Biblioideas: Jonathan Callan

Jonathan CallanHemos ido dedicando algunas de las Biblioideas anteriores a artistas que utilizan o han utilizado en algún momento como material de trabajo esos paralelepípedos que llamamos libros. Todos se dirigen más al objeto que a su contenido, modificándolo o fabricando con él estructuras e instalaciones diversas. Jonathan Callan es uno de ellos (no confundir con un actor y escritor estadounidense homónimo).

Residente en Londres aunque de origen mancuniano (aunque nos suene alienígena, ese es el gentilicio de Mánchester), Jonathan Callan trabaja a menudo con libros de texto, revistas, mapas o fotografías, pero no atiende a su contenido sino a su materialidad, no los trata como información de segunda mano, sólo como objetos, como material de trabajo.

La mayor parte de la gente rara vez piensa en un libro como un objeto, las palabras de dentro se consideran mucho más importantes que la forma. Me pareció que este hecho expresaba perfectamente el problema que tenía al pensar en el debate sobre el arte y cómo se valoraban sus significados, y por eso empecé a considerar los libros de la misma manera que un alfarero podría considerar la arcilla. En muchos sentidos, pienso en ello como una forma de abordar la ecuación de la forma y el contenido.

The Library of Past Choices - Jonathan Callan

Suele trabajar los aspectos físicos del objeto, el libro, hasta que la forma original es apenas identificable. En sus obras el objeto cambia, se deforma, a veces se disuelve en un conjunto hasta desaparecer en él, y todo para darle un nuevo sentido que genere experiencias en el espectador.

Su trabajo con libros no reviste pues ninguna actitud fetichista. Al contrario, arrebata al libro ese carácter sagrado, intocable, si no es para ser leído o conservado. De forma deliberada, sus obras tampoco suelen ser ilustrativas o relacionadas con el texto: «Para mí, tener un enfoque ilustrativo de cada libro específico sería aceptar las divisiones falsas que se hacen entre la forma y el contenido».

La mayor parte de su trabajo, se deriva de esa fascinación por la materialidad –así lo expresa él mismo– que impulsa la pasión de todo escultor. Lo demuestra, por ejemplo, en sus Stacked Book Sculptures, esos amasijos de los que posiblemente hayas visto alguno ilustrando alguna revista.

The Idiot Compression - Jonathan Callan

Otra obra característica suya es la instalación Idiot Compression (en la foto superior), que varía de forma y tamaño cada vez que se viene exponiendo desde 2009.

Precisamente, el año pasado Jonathan Callan realizó de nuevo la instalación en la librería de Richard Booth, en Hay-on-Way, ese pueblo galés del que ya hablamos en una biblioidea anterior. Aquí tienes más información sobre la misma.

No obstante, las delicadas manos de Callan abarcan muchos terrenos. Un paseo por su página web o la de su galerista te permitirá hacerte una idea. Y disfrutar.

 

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