Archivo de la categoría: Biblioideas

Biblioideas incluye una serie de artículos de nuestro compañero Chema Pérez dedicados a analizar fórmulas imaginativas y modelos de desarrollo en torno al mundo de la cultura y los libros.

Biblioideas : Bibliotecas prostibularias

“…porque era su tienda el burdel de los libros, pues todos los cuerpos [volúmenes] que tenía eran de gente de la vida, escandalosos y burlones”

Quevedo. Los sueños

Juan Bonilla: La novela del buscador de librosEl pasado 1 de febrero, la sección habitual de José Luis Melero en El Heraldo de Aragón llevaba por título Una librería de Bogotá y se remitía a un relato de Juan Bonilla en el que cuenta el final de un poeta modernista colombiano hoy olvidado, Mario Andrés Trujillo, que habría publicado, entre otras cosas, una antología de Guillermo Valencia y algún otro libro sobre Porfirio Barba Jacob, seudónimo del poeta colombiano Miguel Ángel Osorio Benítez. Poco antes, una entrada en el blog del propio Melero ya hablaba del libro de Bonilla.

El caso es que antes de morir en su casa del barrio de Santa Fe, en Bogotá, Mario Andrés Trujillo nombró heredera a Marisa, el travesti al que había sacado de la mala vida y con el que compartió sus últimos años. Muerto el poeta, Marisa empezó a alquilar habitaciones a sus amigas de la calle y la casa se convirtió en un burdel. Un burdel con diez mil volúmenes, la biblioteca particular del poeta.

La santa cedeTras la primera sorpresa, algunos visitantes del negocio empezaron a comprar libros además de sexo, la noticia corrió por la ciudad y poco a poco libreros y bibliófilos de Bogotá fueron haciéndose con la biblioteca. Cuando escribe Bonilla, todavía podrían comprarse en librerías de segunda mano de Bogotá ejemplares con el exlibris del poeta, un cisne patinando sobre un lago. Melero acababa el artículo lamentándose de no haber encontrado referencias de Mario Andrés Trujillo.

El relato de Juan Bonilla al que se remite Melero se tituló originalmente Un cisne patinando sobre un lago y fue recogido en 2015 en Bogotá contada 2.0 (p. 58-61). Al año siguiente, volvió a aparecer, con el título Una librería en Bogotá, en su libro Biblioteca en llamas. Finalmente, en 2018, Bonilla volvía a reproducirlo, esta vez sin título distintivo, en La novela del buscador de libros (p. 160-168).

Juan Bonilla es juguetón y le concede a Mario Andrés Trujillo «doce líneas» en el Diccionario de escritores latinoamericanos de César Aira y «catorce renglones» en un Museo de la Poesía Colombiana, de Germán Espinosa. Lo cierto es que en el diccionario de Aira no aparece y en el libro de Espinosa, cuyo título real es Tres siglos y medio de poesía colombiana (1630-1980), tampoco. En la Biblioteca Nacional de Colombia no hay nada de un Mario Andrés Trujillo, ni en Torre de Babel, la mayor librería de libro usado de Colombia, ni en las bibliotecas universitarias estadounidenses tan acogedoras con la obra de autores latinoamericanos. En ninguna parte. Sí hubo un escritor colombiano, Bernardo Arias Trujillo, cuya primera novela (1924) se llamó Cuando cantan los cisnes, pero ahí se acaban las coincidencias. En todo caso, gracias a Juan Bonilla por dar vida a ese «poeta olvidado» y su particular biblioteca.

Que la historia anterior sea una recreación no quiere decir que no hayan existido burdeles con biblioteca. Sin remontarnos a los servicios sexuales y bibliográficos de muchas termas romanas (lo dejamos a los estudiosos), en nuestra historia reciente hubo al menos uno, en Chimbote, Perú.

Oswaldo Reynoso: Los inocentesEn 2008, Jaime Guzmán Aranda, editor pionero en la presentación de libros en burdeles, y los escritores Augusto Rubio Acosta y Oswaldo Reynoso, presentaron La santa Cede, un volumen de narrativa erótica que reúne relatos de quince escritores chimbotanos, prologado por un texto tomado de la última novela de José María Arguedas, El zorro de arriba y el zorro de abajo, publicada dos años después (1971) de que su autor se pegara un tiro en la sien. Dijo Reynoso que «este tipo de libros sirven para que los lectores rompan las trabas de una moral monjeril y encuentren el camino del goce pleno de la vida, sin exámenes de conciencia, dolor de corazón ni mucho menos arrepentimiento».

El libro se presentó en el Auditorio de la católica Universidad Privada San Pedro y en el histórico prostíbulo de Tres Cabezas, donde se anunció la colocación de un busto de José María Arguedas, asiduo visitante del local, y la próxima inauguración de la Biblioteca Popular “Los inocentes”, denominada así como homenaje al libro de Oswaldo Reynoso, considerado como una obra clave de la literatura peruana contemporánea.

También habló la administradora del lupanar: «Los escritores son bienvenidos a esta casa. Les agradecemos la donación de libros que nos han hecho, gracias por escribir un libro como La santa cede, pronto tendremos listo todo para la biblioteca y volveremos a reunirnos como hoy en otro evento para inaugurar el busto». No sabemos si se volvieron a reunir y, como le ocurrió a José Luis Melero con Mario Andrés Trujillo, no hemos podido averiguar qué fue de esta biblioteca, si se llegó a poner en marcha, qué andadura tuvo, si aún existe…

 

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Biblioideas : La lectora ciega

La lectora ciega

Paqui Ayllón: La lectora ciegaEsta no es una obra literaria. Tampoco un ensayo, ni unas memorias. […] Puede considerarse como un manual de supervivencia.

Paqui Ayllon

La lectora ciega es el título de un libro escrito por Paqui Ayllón, una mujer nacida en 1969 en Huétor Tajar (Granada) a la que, con 23 años, le dijeron que una retinosis pigmentaria acabaría con uno de sus sentidos, la vista.

Hacia 2013 esta enfermera de profesión y ferviente lectora, aunque con algún resto visual, ya era una persona técnicamente ciega. No sé si los que podemos disfrutar de ver las letras negras sobre el blanco de una hoja, la cara de un ser querido o el desnivel de un bordillo en una acera podemos entender lo que significa dejar de hacerlo. ¿Cómo ponernos en el lugar de autores que, habiendo conocido los colores del mundo, acabaron ciegos como Borges, Joyce, Milton, Alejandro Sawa (ese poco conocido autor de la menos conocida novela Criadero de curas, el Max Estrella de Luces de Bohemia) o Galdós, que lloraba mientras palpaba la escultura que se levantó para él en El Retiro madrileño y que ya no podía ver?

Llegado el caso, no todos tendríamos la fuerza necesaria para superar el dolor y convivir con esa ausencia, mucho menos para convertirnos en lectores voluntarios para otras personas. Paqui Ayllón lo ha hecho. Lo cuenta en la sección de Elvira Lindo en el programa La Ventana, de la Cadena SER.

Precisamente Elvira Lindo tuvo mucho que ver con este libro. En el prólogo que ella misma escribió cuenta cómo, durante una charla en la Universidad de Cádiz, reparó en un perro que la escuchaba atentamente. Junto a él, una mujer. Al finalizar la charla, se acercó a agradecerle su atención y entonces se dio cuenta de que estaba trabajando, guiando a su dueña. Acababa de conocer a Paqui Ayllón y a su perra Meadow.

Paqui Ayllón y su perra Meadow

Además de a Elvira Lindo, la autora expresa su agradecimiento a la ONCE, organización a la que está afiliada. La vida de las personas ciegas en España, especialmente las de escasos recursos, sería mucho más difícil sin su existencia. La ONCE proporciona a sus miembros toda la tiflotecnología disponible, que de otro modo sería en muchos casos inaccesible.

Dispone de su propio Servicio Bibliográfico. Gracias a él, sus afiliados pueden solicitar a demanda la adaptación de cualquier texto. La Biblioteca Digital de la ONCE cuenta ya con 53.000 títulos adaptados, 30.910 en formato de audio digital y 24.698 en formato Braille. La ONCE es miembro de la IFLA desde 1988.

No sólo ha hecho mucho por las necesidades lectoras de sus afiliados, también por su dignidad y reconocimiento. Basta con fijarnos en su reflejo en el lenguaje: en 1930 la legislación española metía a las personas ciegas en el grupo de los anormales; en 1934 pasaron a ser deficientes, inválidos en 1940, subnormales en 1970, minusválidos en 1986, discapacitados en 2007 y ahora se habla de personas con discapacidad funcional.

En el libro cita a Jordi Nadal: «Leer cosas buenas y hacerlo bien es como beber agua potable en un mundo colmado de agua insalubre» (Libroterapia, Anagrama, 1993). Simon Leys era más contundente: «Entre dos cirujanos igualmente competentes, procure que le opere el que haya leído a Chéjov».

Aquí tienes una entrevista reciente con Paqui Ayllón. Y aquí puedes leer parcialmente el contenido del libro. Y, si quieres saber más sobre ella o su libro, también puedes ver estos enlaces:

https://toledodiario.es/la-lectora-ciega-de-paqui-ayllon-y-el-efecto-terapeutico-de-la-literatura/

https://biblioteca.uca.es/noticia/presentado-el-libro-de-paqui-ayllon-la-lectora-ciega/

https://www.granadahoy.com/granada/Lectora-ciega-Paqui-Ayllon-entrevista_0_1307869568.html

 

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Biblioideas : Marcar las páginas

Marcar las páginas

Marcapáginas de la Universidad de ZaragozaCualquiera que lea libros sabe que en algún momento hay que dejar la lectura y marcar el lugar donde retomarla más adelante. Esa necesidad ha existido desde que aparecieron los primeros formatos del libro y hay indicios de que los marcadores ya acompañaron a muchos códices desde su aparición en el siglo I de nuestra era. Las dos formas de libro de la época —códices y rollos— aún convivieron durante un tiempo pero, junto a otros factores, el cristianismo adoptó el códice para transmitir sus creencias y, hacia el siglo V, el nuevo formato se había generalizado.

El Diccionario de la Lengua Española define marcapáginas como un «utensilio, normalmente plano, que sirve para señalar una página, por lo general aquella donde se interrumpió la lectura de un libro». También se utilizan como sinónimos señalador, punto de lectura, punto de libro, separador de libro, marcador, etc. Fuera de aquí los llaman bookmark, point de lecture o signet, Lesezeichen, segnalibro, etc.

Aunque esta definición se ciñe a lo que entendemos actualmente por marcapáginas, sabemos que en los rollos, códices o primeros libros impresos se utilizaron como marcadores objetos diversos ajenos al ejemplar pero, dado que el libro era un objeto raro y valioso, esa marca no debía deteriorarlo. En la Alta Edad Media los monasterios solían utilizar vitela para cumplir esa función en los volúmenes que más adelante se llamarían incunables (no se denominaron así hasta bien entrado el siglo XVII). No era algo que se fabricara a propósito, pero ya empezaba a haber algún sofisticado marcador como el de la foto que, además de señalar la página, indicaba columna y línea.Marcapáginas de la Edad Media

Marcapáginas de la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza. Fondo Antiguo.En realidad, el primer marcapáginas «moderno» del que se tiene constancia era de seda con una borla dorada en su extremo. Acompañaba el ejemplar de una Biblia que Christopher Barker, el entonces editor oficial de la Biblia en Inglaterra, regaló a la reina Isabel en 1584. De hecho, a partir de 1600 la mayoría de las biblias ya venían con una cinta de seda para señalar el punto de lectura.

Pero el verdadero auge de los marcapáginas tuvo lugar en los siglos XVIII y XIX y corrió paralelo a la creciente disponibilidad de libros. Siempre en forma de cinta integrada en la encuadernación. Sólo a mediados del siglo XIX empezaron a aparecer marcapáginas que no formaban parte físicamente de los libros y fue a partir de 1870, con la aparición de la cromolitografía, cuando comenzaron a diseñarse marcapáginas de papel. Las empresas vieron muy pronto su potencial publicitario y, entre las dos grandes guerras del siglo XX, los gobiernos también los utilizaron como herramienta propagandística. Muchos de estos marcapáginas policromados se diseñaron también para ser regalados.

En 1860, más de un tercio de la población de Coventry trabajaba en la industria textil, especialmente en la fabricación de la English ribbon, una cinta de tela característica. Un tratado que eliminaba aranceles acabó con ella y muy pocas empresas sobrevivieron. Una de éstas pertenecía a Thomas Stevens. Adaptó sus telares y empezó a tejer imágenes sobre seda. Sus diseños se conocen como Stevegraphs y los utilizó para hacer cosas como tarjetas de felicitación o marcapáginas. Hoy son perseguidos por los coleccionistas, que hasta tienen su propia Stevengraph Collectors Association.

Marcapáginas de la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza. Campaña del silencio.En la segunda mitad del siglo pasado los artistas empezaron a fijarse en ellos y aparecieron marcapáginas fabricados con materiales diversos: cobre, oro, plata, caucho, madera, plástico, etc. Algunos fueron diseñados por joyerías famosas, como Tiffany; otros tenían formas afiladas, de manera que servían también para cortar los pliegos de libros intonsos, uniendo así dos funciones en un único objeto. Los marcapáginas empezaron a ser valorados y abundantes y el mundo del coleccionismo se lanzó sobre ellos.

Hoy son parte habitual de las campañas de promoción editorial y de muchos otros ámbitos. La propia Biblioteca de la Universidad de Zaragoza ha utilizado este formato en su campaña a favor del silencio o sobre el uso del fondo antiguo. Seguro que conocéis a alguien que los coleccione, pero seguro que no tiene más de cien mil, como Frank Divendal, un holandés que pasa por ser el mayor coleccionista del mundo (o, al menos, el que más marcapáginas tiene).

Si quieres saber más, la página web de la International Friends of Bookmarks (IFOB), creada en 2015, es un recurso lleno de información (historia, asociaciones, coleccionismo, productores, etc.) para los interesados en este material efímero y una plataforma de comunicación. También puedes visitar The Ephemera Society of America (ESA), una organización sin ánimo de lucro con información abundante sobre el mundo de los marcapáginas y otros materiales efímeros.

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Biblioideas : Una Biblioteca de Ubicaciones Aproximadas

Una Biblioteca de Ubicaciones Aproximadas

Charlie Macquarie The Library of Approximate Location. Charlie Macquarie . es, entre otras cosas, un artista y bibliotecario estadounidense que, aunque apegado a su tierra originaria de Nevada, vive en la zona de la Bahía de San Francisco.

Ha trabajado en varias bibliotecas universitarias californianas, y ahora lo hace en la sección de Archivos y Colecciones Especiales de la UCSF (Universidad de California en San Francisco).

También colabora con la Biblioteca Prelinger, una biblioteca de investigación independiente, fundada en 2004, que trata de reunir materiales que forman parte de la historia y la cultura de Estados Unidos, aunque no hayan pertenecido a las corrientes dominantes de cada momento. La Biblioteca Prelinger está «abierta a cualquier persona para la investigación, la lectura, la inspiración y la reutilización» de sus fondos. Otro salvavidas. Como aquella Reanimation Library de Andrew Beccone a la que le dedicamos hace tiempo una biblioidea.

Nace además como una biblioteca comprometida con su entorno y, por ejemplo, edita publicaciones para Greenhorns, una organización sin ánimo de lucro cuya misión es apoyar a agricultores jóvenes y, más allá de la producción industrial, reintroducir las culturas agrícolas en el sistema de producción de alimentos.

Volviendo a Charlie Macquarie además de su trabajo como bibliotecario, también le da vueltas a la conexión simbólica de libros y bibliotecas con lugares, paisajes y territorios en un marco de crítica al desarrollismo, lo que le ha llevado a realizar intervenciones itinerantes con pequeñas instalaciones diseminadas por Nevada y, en general, el Oeste de Estados Unidos. Se trata de su proyecto The Library of Approximate Location.

 The Library of Approximate Location. Charlie Macquarie .

Las instalaciones de esta Biblioteca de Ubicaciones Aproximadas permanecen en cada ubicación un solo día, desde el amanecer hasta el atardecer. El bibliotecario está presente en las inmediaciones del lugar y documenta sistemáticamente los elementos, momentos, partes del paisaje, interacciones y otras circunstancias.

Ubicadas en lugares que no pertenecen a nadie, pretenden ser un recordatorio de los bienes comunes y del poder de la propiedad compartida en un mundo cada vez más privatizado.

 The Library of Approximate Location. Charlie Macquarie .

No es casualidad que Charlie Macquarie sea un admirador de Ursula K. LeGuin, que nos recuerda en Los desposeídos que los libros no sólo son objetos, son sobre todo actos: «Un libro es un acto; tiene lugar en el tiempo, no solo en el espacio. No es información, sino relación». Eso convierte la curiosa biblioteca de Charlie MacQuaire en un conjunto de actos, una acción, sobre lugares indeterminados pero concretos.

Aunque con otra óptica, ya hemos visto alguna biblioidea que relacionaba libros y paisaje. Por ejemplo, el Jardin de la Connaissance, en un bosque de Quebec, o el personal homenaje al padre de Susanna Hesselberg, en las costas danesas.

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Biblioideas: Libros envenenados

Uno de los libros envenenados en la Biblioteca de la Universidad del Sur de Dinamarca, en Odense.

Libros envevenenados

En El nombre de la rosa, una obra de Aristóteles que se considera perdida, el segundo libro de la Poética, desencadena una ola de muertes en un monasterio. Guillermo de Baskerville logra averiguar la causa: el ejemplar estaba envenenado con arsénico, una sustancia que ya se utilizaba en la terapéutica medieval y que, a pesar de su alta toxicidad, aún tiene hoy múltiples aplicaciones industriales.

En el siglo XIX, se utilizó en la elaboración de un tinte verde con el que se tiñeron ropas, juguetes y toda clase de objetos, entre ellos un papel pintado muy de moda en la época victoriana y que mató, literalmente, a miles de personas (parece que, entre otros, a Napoleón o Jane Austen). En la actualidad se usa, por ejemplo, en campos tan variados como la fabricación de vidrio, las baterías de los automóviles, la conservación de la madera, la detección de tumores o, hasta hace cuatro días, en la composición de algunos herbicidas y pesticidas. Ni qué decir tiene que su utilización en suicidios y asesinatos está documentada desde los comienzos de la historia.

Todo esto viene a cuento de una noticia aparecida el pasado mes de julio en The Conversation y recogida por otros medios británicos. Aquí se hicieron eco, entre otros, La Vanguardia y el blog Universo Abierto, de la Universidad de Salamanca. En ella se relata la aparición de tres libros envenenados, de los siglos XVI y XVII, en la Biblioteca de la Universidad del Sur de Dinamarca, en Odense.

El conocimiento de esta «cualidad» de los tres libros fue casual: se calcula que uno de cada cinco libros impresos en los siglos XVI y XVII contiene páginas medievales en su encuadernación, así que se habían llevado, junto con otros, a un laboratorio para realizar análisis de fluorescencia de rayos X, destinados a descubrir e identificar páginas ocultas en ellas (en este enlace se explica esta técnica). Fue entonces cuando se tropezaron con el arsénico. ¿Qué hacía allí? Probablemente se utilizó en algún momento para proteger los libros de insectos y otros organismos bibliófagos.

Los tres volúmenes han sido almacenados en cajas de cartón selladas. Jakob Povl Holck y Kaare Lund Rasmussen, los dos científicos daneses que los descubrieron, planean digitalizarlos para evitar la exposición al veneno y facilitar así el acceso a su contenido.

Shadows from the walls of death

Pero no son los únicos libros envenenados que se conocen. Ya en el siglo XIX, el químico estadounidense Robert Clark Kedzie no dejaba de alertar sobre los altos contenidos de arsénico del papel, especialmente del pintado, y en el informe anual del State Board of Health de Michigan correspondiente a 1874, publicó Poisonous Papers, un informe que alertaba del peligro del uso generalizado del arsénico como pigmento en el papel pintado. Harto de no ser escuchado, ese mismo año imprimió cien ejemplares de Shadows from the walls of death (en realidad, un muestrario de papeles pintados con una introducción sobre sus peligros) y los envió a otras tantas bibliotecas; la mayoría, espantadas, acabaron por destruirlos, pero sirvió para que las autoridades tomaran cartas en el asunto. Como primera medida, destruyeron los ejemplares, pero algunos han llegado hasta nosotros. Uno está en la Buhr Remote Shelving Facility, una biblioteca de depósito perteneciente a la Universidad Estatal de Michigan y otros dos en la Library of Congress. Si quieres, aquí tienes más información sobre la historia de este libro homicida. Como los daneses, estos ejemplares también están sellados y lejos del alcance del público.

En 2014, CreatSpace, el servicio de autopublicación de Amazon, reeditó (esta vez sin arsénico) Shadows from the Walls of Death. Un pequeño homenaje al incomprendido profesor Kedzie.

¿Tenemos en nuestras bibliotecas históricas ejemplares envenenados? Lo único cierto es que no lo sabemos.

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Biblioideas: Un zoo convertido en biblioteca

Real Casa de FierasEn 1774, Carlos III mandó construir en Madrid un «parque de animales» como complemento al Real Gabinete de Historia Natural (hoy Museo Nacional de Ciencias Naturales). En 1752 se había inaugurado el de Viena y éste sería el segundo de Europa. Lo hizo en la actual Cuesta de Moyano, pero en el siglo XIX se trasladó al Parque del Retiro.

Tras casi doscientos años de cierres, reaperturas e innumerables peripecias, en las que los animales fueron casi siempre los peor parados (en épocas de penuria algunos llegaron a ser devorados por humanos), la Casa de Fieras del Retiro acabó clausurada en 1969 por el entonces alcalde de Madrid, y futuro presidente de gobierno, Carlos Arias Navarro (de nombre de guerra –civil- Carnicerito de Málaga) y el edificio, construido en 1830, quedó abandonado. En la Biblioteca Digital Memoria de Madrid puedes ver imágenes de aquella Casa de Fieras.

En 2004 se decidió rehabilitarlo y darle un uso cultural. Los arquitectos Jaime Nadal y Sebastián Araujo hablan sobre el proyecto en este artículo de El País.

La Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías/Casa de Fieras se inauguró en abril de 2013. Un homenaje al filósofo catalán, que acababa de morir en febrero, y un recuerdo al antiguo uso del edificio. Pocos meses después, el número 6 de la revista Infobibliotecas publicaba un reportaje sobre la misma y una entrevista a su directora, Estela Gonzalo Muñoz.

En la foto de al lado se pueden ver los espacios ocupados por las antiguas jaulas convertidos hoy en espacios de lectura. Las rejas se han sustituido por cubículos de cristal con los que la biblioteca se abre al parque. También la distribución de los espacios interiores ofrece esa sensación de apertura manteniendo la continuidad entre unas dependencias y otras.

En algunas salas se conservan los antiguos respiraderos (hay uno bajo la mesa de su directora) y los huecos por los que los animales se movían hacia las jaulas.

Y en las antiguas dependencias habilitadas para el uso de la familia real están hoy las salas de préstamo y lectura, ambas con amplias vistas al parque.

Cuenta su directora que muchos usuarios se interesan por la historia del lugar, la Casa de Fieras, etc., lo que les ha obligado a mantener una importante colección local relacionada con esa temática.

En la biblioteca saben que una buena parte de la población que visita un parque son niños y dispone para ellos de una zona infantil amplia y luminosa. Junto a ella hay una sala habilitada para la lactancia o el cambio de pañales.

La Eugenio Trías tiene tres mil metros cuadrados, pero en realidad se podría decir que tiene algo más de un millón (el tamaño del parque) porque muchos usuarios suelen salir a él con el libro recién retirado de la biblioteca y lo devuelven antes del cierre.

Aquí tienes una buena galería de fotos. Y, si quieres saber más, puedes ver este trabajo de Carlos Robledo Álvarez, realizado en 2017, en el marco del Máster Universitario en Conservación y Restauración del Patrimonio Arquitectónico, de la Universidad Politécnica de Madrid. Habla tanto de la historia de las instalaciones como de la restauración de las mismas.

Todo un lujo disponer de una biblioteca así en pleno centro de una ciudad como Madrid.

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Biblioideas : Bibliocabinas

Hace tiempo dedicamos una biblioidea al movimiento Little Free Library y el intercambio comunitario de libros. En ella hablábamos, entre otras iniciativas, de la reutilización de antiguas cabinas telefónicas en Santiago de Chile, Nueva York y otras ciudades: las llamaban bibliocabinas.

Teléfono de monedas antiguoEl primer teléfono público de pago (esa es su denominación técnica) fue patentado en Estados Unidos por William Gray en 1889, pero sólo a comienzos del siglo XX aparecieron en forma de cabinas cerradas y en la calle. En España, el primero se instaló en 1928, en la sala de fiestas Florida Park, en El Retiro, aunque a Zaragoza no llegaría hasta 1967. En los años veinte del pasado siglo apareció en Inglaterra el modelo que, con variaciones en su diseño, todos conocemos. Aquí puedes ver su historia.

A pesar de que en una se cambiara Supermán o de que López Vázquez quedara atrapado en otra, la telefonía móvil no respeta nada y ha ido acabando con ellas: En diciembre de 2017, sólo quedan en España algo más de quince mil de estos teléfonos públicos de pago (no todos en cabinas) de los más de cien mil que había en 2000. Lo puedes ver claramente en este gráfico. En Aragón hay unos quinientos y en la ciudad de Zaragoza algo más de doscientos.

Es cierto que la Ley General de Telecomunicaciones obligaba a «la existencia de una oferta suficiente de teléfonos públicos de pago situados en el dominio público de uso común», pero en 2016 la UE dejó de considerarlo como un servicio obligatorio. Telefónica habrá de mantenerlos hasta el 31 de diciembre de 2018, pero no parece haber nada previsto para el día después.Bibliocabina

British Telecom actuó en su momento de manera muy diferente: puso en marcha una campaña favoreciendo que ayuntamientos e instituciones, por el simbólico precio de una libra, les dieran alguna utilidad. Muchas cabinas se reconvirtieron así en puntos de información turística, váteres públicos, quioscos de prensa, mininegocios… o bibliocabinas.

Hoy proliferan por el mundo muchas de estas iniciativas, pero a España llegaron tarde. Telefónica y Endesa lanzaron en 2010 un proyecto para convertirlas en puntos de recarga de coches eléctricos (en España se empezaron a comercializar en esa fecha), pero parece que sólo se trataba de propaganda.

Entretanto, algunos ayuntamientos y múltiples iniciativas ciudadanas se han puesto (cuando les han dejado) manos a la obra: la iniciativa Libros Libres y Activos, en Fuencarral, no sin dificultades; información turística y recarga de móviles en Jaén; la organización Biblioteca Libre, en Santiago de Compostela; el colectivo Arquitectives, con su proyecto EstoEsUnaBiblio, en Palma de Mallorca, donde Telefónica llegó a tapiar cabinas para evitar su reconversión en habitáculo de libros. En Las Palmas, el colectivo Mi Barrio copió la idea (la de Arquitectives, no la de Telefónica); en Salamanca, una asociación de vecinos salvó la cabina de la Plaza del Oeste. Y un largo etcétera.

En ocasiones van asociadas al movimiento Bookcrossing, como la Biblioteca Libre que se acaba de inaugurar en Ibiza. Aquí puedes ver fotos del acontecimiento.

Se dirá que éste es un país con escasa educación cívica lleno de vándalos que consideran que los bienes públicos no son de nadie y, por lo tanto, se pueden robar y destruir, pero también hubo casos lamentables cuando la iniciativa se puso en marcha en Reino Unido y no pasaron de ser anécdotas frente al éxito general.

Cabina Modelo A de Telefónica¿Y si la Universidad de Zaragoza recuperara cabinas (el modelo A, el clásico, que puedes ver en la foto) desechadas por Telefónica y, adecuándolas previamente, las repartiera en sus diferentes campus? Unas, abiertas, podrían dar cabida a ejemplares expurgados de nuestras bibliotecas destinados al simple intercambio. Otras, cerradas, de acceso restringido a usuarios autorizados, podrían servir como buzón de recogida y devolución de préstamos a cualquier hora. Otras podrían utilizarse como puntos de información de la propia universidad o para la carga de móviles o como un nuevo vestidor para el desahuciado Supermán. En fin, sólo es una idea.

Y gracias, Adriana, por ponerme en canción.

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Biblioideas : Leer viajando / Viajar leyendo

Biblioideas : Leer viajando / Viajar leyendo
No hace falta ser de lectura diaria para echarse un libro a la bolsa cuando nos vamos de viaje. Muchas personas disfrutan de la lectura mientras viajan; en el peor de los casos, les ayuda a mitigar el aburrimiento.

No importa que viajes en tren, autobús, avión, metro… Hasta un taxi puede proporcionarte el placer de leer. Aunque no sea tan completo como el Mambo Taxi de Almodóvar ni lo conduzca Guillermo Montesinos.

Pero no siempre fue así. Hasta el siglo XIX, las pocas personas que se aventuraban fuera de los límites de su aldea lo hacían a pie, a lomos de caballerías o en carruajes tirados por ellas; con caminos en mal estado y vehículos más o menos precarios. Leer en esas condiciones no era una opción.

Pero la revolución industrial trajo consigo la revolución de los transportes y tuvo que llegar el ferrocarril (1830 en Inglaterra, 1848 en España) para que viajar no fuera un tormento. Comparativamente, el tren ofrecía libertad de movimientos en su interior y una relativa comodidad que permitía utilizar el tiempo de viaje para hacer otras cosas. Por ejemplo, leer.

Todo esto, claro está, para quien pudiera permitirse un viaje o una lectura porque ambas cosas estaban reservadas a unos pocos. Es verdad que en los países protestantes se preocuparon más por la alfabetización (todo el mundo tenía que ser capaz de leer la Biblia), pero en España la primera estadística oficial, de 1841, ofrecía el dato de que el 24,2 % de la población estaba alfabetizada, considerando como tal a la que sabía leer, aunque la propia estadística reflejaba que, en realidad, sólo el 9,6 sabía leer y escribir.

En fin, que quien no tenía medios (la mayor parte de la población) no viajaba y quien no sabía leer mal podía hacerlo. Por situarnos: en 1845 Zaragoza tenía unos cien mil habitantes y su universidad 894 alumnos matriculados. Sólo alumnos. Habría que esperar al siglo XX para ver entrar a la mujer en la universidad. Amparo Poch, en Medicina, fue una de las primeras licenciadas.

En cualquier caso, los nuevos viajeros ferroviarios pronto empezaron a asociar viaje con lectura y hubo que atender la demanda. Entre 1855 y 1899 George Routledge publicó una colección, la Railway Library, con más de 1.200 títulos en formatos baratos y manejables. Y H.W. Smith los vendía en sus quioscos de las primeras estaciones ferroviarias. Los imperios que crearon aquel editor y este librero han llegado hasta hoy.

El ferrocarril traía otra novedad: horarios predeterminados y estables. Antes de él, salidas y llegadas eran sólo aproximadas (al amanecer, antes de caer la noche, etc.). Hasta 1884, cuando se acordó el meridiano de Greenwich como referencia, ni siquiera los horarios de las diferentes localidades inglesas eran los mismos. De hecho, en 1839, cuando comenzó a publicarse la Guía Bradshaw (la que Julio Verne le puso a Phileas Fogg en su vuelta al mundo) ésta sólo era un listado de horarios de ferrocarril, aunque en pocos años sus guías se convertirían en referencia obligada para los viajeros victorianos que se lanzaban a recorrer los miles de kilómetros de vías férreas del continente. Las guías trascendieron la muerte de su editor, el señor George Bradshaw, y siguieron publicándose hasta 1961.

Biblioteca en un antiguo vagón de tren. Hamilton (Canadá)

Pero hay muchas relaciones posibles entre libros y trenes: un vagón en desuso se reconvierte en una biblioteca en Hamilton, Canadá (en la foto). Una antigua estación de ferrocarril, y varios de sus vagones, son hoy la Caverne aux Livres, en Auvers-sur-Oise, cerca de París. La biblioteca Tren de Papel en Medellín. La Adelita, en México. Una biblioteca en el tren a Mar del Plata, en Argentina. Etc., etc.

En 2013, Michael Portillo recorrió para la BBC algunas rutas continentales europeas con la George Bradshaw’s Continental Railway Guide de cien años antes (1913) bajo el brazo. En España se han ido emitiendo con el título Grandes viajes ferroviarios continentales.

Y una buena lectura para este verano: El lector del tren de las 6.27, de Jean-Paul Didierlaurent.

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Biblioideas: Burros y libros

Burros y librosTradicionalmente, al menos desde los antiguos egipcios, en este juego de asignar cualidades humanas a los animales, hemos asimilado al burro con la ignorancia, cuando no con la estupidez. Poco importa que los especialistas reconozcan en él una conducta compleja y una «inteligencia» semejante a la del cerdo o el perro.

Sin embargo, el burro es posiblemente el único animal al que le atribuimos nuestra propia dualidad: lo presentamos como símbolo de trabajo y tenacidad, pero también de terquedad e ignorancia, incluso de lujuria (ligado en la mitología griega a Príapo, representado con frecuencia en compañía de un asno).

Por cierto, en la edición de 2001 del Diccionario de la Lengua Española, la vigésima segunda, burro y burra eran entradas diferenciadas: en la acepción que nos interesa aquí, el primero era un «hombre o niño bruto e incivil» y la segunda, una «mujer ruda y de poco entendimiento», añadiendo en la mujer ese factor de incapacidad intelectual que no se le atribuía al varón. Actualmente no ocurre y burro y burra son una sola entrada del diccionario. María Moliner, hace décadas, tampoco había hecho esa distinción en su Diccionario de uso del español. Mujer tenía que ser.

En estas circunstancias, burros y libros no parecen hacer una buena pareja, pero esa tradicional utilización del asno como animal de carga ha hecho que se utilicen para el transporte de libros a lugares de difícil acceso (un burro nunca se despeña, las cabras sí) donde la pobreza mantiene a los niños alejados de escuelas y libros.

«BIBLIO BURRO»Santa Marta, dic. 22.- «Alfa» y «Beto», junto con su amo Luis Soriano, recorren las veredas del Magdalena para llevar un poco de cultura. (Colprensa-Hoy Diario del Magdalena).

Los utilizan en Etiopía, Zimbabue y otros lugares, pero el caso más conocido es el de Luis Soriano. Este maestro de La Gloria, Colombia, preocupado por cómo llevar la lectura a niños de zonas apartadas, empezó a utilizar en 1997 dos burros, Alfa y Beto, para transportar libros. Así nació el proyecto Biblioburro, del que puedes ver este vídeo. Hoy cuenta con un fondo de más de cinco mil libros.

Jeanette Winter convirtió la historia en un cuento infantil, que en 2011 publicó en español la Editorial Juventud con el título Biblioburro. Ese mismo año, Tricycle Press publicaba en Estados Unidos una edición bilingüe, en español e inglés, del libro de Monica Brown Esperando el Biblioburro, parte de cuyas ventas se destinaron al programa emprendido por el maestro colombiano.

Una idea sencilla y la determinación de un individuo han convertido lo que todos veían como una locura en una institución y hoy los biblioburros de Luis Soriano hasta tienen su entrada en la Wikipedia; Carlos Rendón Zipagauta, un cineasta colombiano, les ha dedicado varios trabajos (aquí puedes ver un extracto de uno de ellos, y aquí información sobre otro más extenso) y un montón de niños le esperan todas las semanas en la sierra.

A mediados del siglo XX había censados en España 675.000 burros, pero llegó la mecanizacióHenri Bourrut y su libro "Homenaje al burro"n del campo y en 2017 sólo quedaban 30.000. Y no los vamos a utilizar para transportar libros.

Hoy, buena parte de la chiquillería conoce al burro Platero, «pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón», pero pocos han visto o tocado ninguno. Éste es un problema que Henri Bourrut, un francés zaragozano, y los burros con los que convive en su finca de Montañana intentan resolver: celebra una jornada anual de Iniciación al Conocimiento y Manejo del Burrro, publicó en 2016 el libro Homenaje al burro y está siempre dispuesto a enseñarnos cosas sobre este animal y a disfrutar con él.

Gracias a Henri, por sus burros, y a Lola, por la idea.

 

BiblioideasBiblioideas es una sección mensual de nuestro compañero Chema Pérez en Tirabuzón, en la que se incluyen una serie de artículos dedicados a analizar fórmulas imaginativas y modelos de desarrollo en torno al mundo de la cultura y los libros.

Biblioideas: Óbidos, una villa literaria

ÓbidosEn Portugal, ese vecino discreto al que apenas prestamos atención, está Óbidos, un lugar amurallado, habitado ya por los celtas, a unos 80 kilómetros al norte de Lisboa. La UNESCO le otorgó en 2015 el título de Ciudad Literaria”.

El proyecto Óbidos Vila Literária es una iniciativa del Ayuntamiento de Óbidos y la librería lisboeta Ler Devagar (leer despacio, en portugués) que pretende «impulsar los procesos de desarrollo local a través de la capacitación, a través del fomento del desarrollo productivo y la consulta participativa de los actores locales, y guiando a la comunidad a reenfocarse en sí misma y en su potencial, floreciendo hacia nuevas posibilidades». Siguiendo esta estrategia, Óbidos ha construido un parque tecnológico innovador, rehabilitado edificios, invertido en sus escuelas o desarrollado una red de librerías.

Y la argamasa de todo ello ha sido la literatura, la cultura escrita y la lectura a través de la organización de festivales, encuentros con autores, representaciones, proyecciones o conciertos. Festivales como Latitudes, de «literatura y viajeros», en abril. O Folio, el Festival Literário Internacional de Óbidos, en septiembre y octubre. Salvando las distancias, esta historia nos recuerda a Urueña.

Iglesia de ÓbidosTodo empezó hace ya unos cuantos años con la búsqueda de financiación para rehabilitar una antigua iglesia dentro del castillo, intentando darle al proyecto una dimensión cultural y económica que sacara el edificio del abandono y la ruina, a cambio de servir como centro cultural de la comunidad. Hoy, con la ayuda de fondos europeos, la antigua iglesia se ha convertido en un espacio para actividades comunitarias además de acoger en ella la Livraria de Santiago, la más grande de la quincena que ya hay abiertas en la localidad. Casi todas ellas se encuentran en edificios históricos rehabilitados y compartidos con galerías, bares o mercados de productos biológicos. Aquí puedes ver algunas.

En un lugar así no podía faltar un alojamiento literario: el hotel The Literary Man, con miles de libros a disposición de sus clientes. También puedes dejar el que lleves. Este de aquí abajo es su restaurante.

Restaurante de Óbidos

En fin, que si te dejas caer por Portugal, Óbidos no es un mal lugar al que acercarse. Y si esto de los libros no te apasiona o directamente te aburre, no te preocupes, en abril también organizan un Festival Internacional de Chocolate que ya lleva dieciséis ediciones.

Cuida el planeta. Es el único con chocolate.

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