Nosololibros. Bach: el epíteto imposible

Acercarnos a la trayectoria musical de Johann Sebastian Bach (1685-1750) supone la constatación de lo inabarcable, no ya sólo por la enorme profundidad de su profusa producción, que alcanza la nada desdeñable cifra de casi 1.100 obras, sino por la calidad e influencia de sus composiciones. Enmarcado cronológica e ideológicamente en el barroco, su personalidad e impronta transciende de forma radical un encorsetamiento temporal tan estricto, puesto que nos encontramos sin duda alguna ante uno de los músicos más revolucionarios e impactantes de la historia de la música.

Durante su vida destacó mucho más como organista y clavecinista que como compositor. El éxito y la fama aparecieron muchos años después de su muerte, confiriéndole esa aureola de atemporalidad que permite interpretar su obra desde perspectivas musicales más modernas, como el jazz o el rock, debido entre otras razones a la importancia que concedió a la improvisación como canal de comunicación.

Esa magistral combinación entre la intelectualidad y fortaleza técnica (el contrapunto y la fuga alcanzan cotas y dimensiones colosales en sus manos) y la capacidad de transmitir emociones le convierten en una figura esencial y fundamental. Pero además, fue capaz de dotar a la geometría y a la matemática de una vertiente poética en la que el orden y la simetría se convierten en el significado absoluto de la belleza. Escuchar a Bach supone un deleite sensorial que trasciende la perfección de una serie de notas colocadas conscientemente sobre un pentagrama.

Pese a las evidentes connotaciones religiosas de buena parte de sus obras, la magia que emana de sus sonidos es capaz de invitar a la reflexión y al sosiego o de dotarnos de energía, porque contienen una visión universal y ecuménica mucho más espiritual que litúrgica.

Elegir las obras más representativas del genio alemán resulta harto complicado. Pero no pueden faltar los seis Conciertos de Brandenburgo (1721), entre los cuales sin duda alguna el más popular es el tercero, en el que prescinde de los instrumentos de viento con la intención de transmitir alegría y vivacidad a través del uso exclusivo de la cuerda.

La colección de preludios y fugas aglutinadas en torno a El clave bien temperado, fantasía arriesgada y cromática; la intensidad barroca y perfeccionista de la Pasión según San Mateo (1727); la novedosa y alternativa El arte de la fuga, publicada inconclusa en 1751, tras su muerte, en la que el contrapunto alcanza su cénit como técnica soportado en una melodía aparentemente sencilla; las Variaciones Goldberg (1741), conjunto de obras sobre un tema único sujeto a múltiples variaciones que reflejan la capacidad imaginativa sin límites del autor; la majestuosa Tocata y Fuga en Re menor; las memorables Suites para cello (1720)

la festiva, vigorosa y navideña Magnificat (1728-31); la exaltación polifónica del motete Jesumeine Freude; Passacaglia BWV 582 o el adagio de Tocata, Adagio y Fuga BWB 540.

Bach representa por tanto la clarividencia y la luminosidad de la música. Pese a su vigorosa arquitectura técnica y teórica, el lirismo y la creatividad conviven de forma armónica en obras muy arriesgadas, de una concepción compleja pero vestidas de simplicidad aparente. Las melodías parecen crecer y flotar hasta arrastrarnos progresivamente hacia el éxtaxis. Con Bach, la perfección adopta un rostro humano y cercano, y la música se transforma en alimento necesario.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

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