Nosololibros. Ben Harper: misticismo y compromiso desde la raíz

El californiano Ben Harper ha luchado siempre contra el encasillamiento. Instrumentista prodigioso y precoz, ahonda en las raíces de la música afroamericana, que en sus manos fluye natural y armoniosa, para transmitir algo más que acordes más o menos brillantes. Con Harper, la música emerge como canal de comunicación ecuménico sobre el que circulan sus firmes convicciones políticas y sociales en defensa de las minorías. Ninguna tentación comercial, ninguna voracidad por acumular premios o elogios.

La autenticidad de su música, siempre atravesada por el blues como referencia de autoridad, es un canto a la libertad creativa sin corsés, bien desde su orientación más acústica o folk, el apasionamiento eléctrico desde su idolatrada Weissenborn, o sus incursiones en el soul, el jazz o el reggae.

Su primer álbum, Pleasure and Pain (1992), escrito junto a Tom Freund, contenía una visión acústica del blues, en el que rendía homenaje a algunas de sus influencias, como Robert Johnson. Un año más tarde aparece Welcome to the cruel world, que persevera en esa línea folk y bucólica, y que contiene dos himnos como ForeverLike a King.

Su siguiente disco Fight for Your Mind (1995), endurece los sonidos y el mensaje.  La enorme Ground On Down, OppresionExcuse Me Mr. son quizá las más destacadas. Ese nuevo músculo desembocará en el magnífico The Will to Live (1997), primero que graba con una banda que pronto se convierte en un icono, The Innocents Criminals, en el que resulta complicado seleccionar temas por su enorme calidad Glory and Consequence, eses tremendo golpe al estómago que supone Faded, rotundo, completo, insustituible en ese crescendo mágico, con esa guitarra, o ese blues con aromas del Delta del Missisipi Homeless child o el lirismo de Number Three.

En 1999, tras el poderoso directo de Life from Mars, lanza Burn to Shine, con ese prodigio de cercanía y sensibilidad que supone The Woman In You, o el potente Forgiven.

Ya sin los The Innocents Criminals, graba una vuelta a sus orígenes más folkies con Diamonds on the Inside (2003), en el que conserva su estética pero desvestida del brío de sus producciones anteriores. La maravillosa Touch from your lustTemporary Remedy son dos de las canciones más reopresentativas. Un año más tarde, se refugia en el gospel junto a The Blind Boys of Alabama, y hasta gana un Grammy. Las texturas musicales son las mismas, con el apoyo de voces, pero capaces de crear canciones tan atractivas como la que abre el album Take my Hand.

El siguiente trabajo data de 2006. The both sides of the gun se estructura en dos caras muy diferenciadas. Una más intimista y calmada, con aires más folkies, y una segunda más eléctrica, contundente y atractiva, en la que se atisban toques stonianos (Engraved Invitation) y concesiones sobre bases más funkies (Black Rain). Pese a la introducción de sonidos más experimentales, no logra evitar cierta sensación de estancamiento, Destacan Morning Yearning, y sobre todo Serve your soul.

Un año mas tarde sale a la luz un nuevo trabajo con The Innocents Criminals, Lifeline. Grabado en París, sin ser una obra excepcional, Harper parece recuperar el tono en canciones tan vibrantes como Fight Outta You, Heart of Matters, Needed You Tonight o la instrumental Paris Sunrise #7, donde demuestra su enorme talento como guitarrista.

En 2009 aparece White lies for dark times. Grabado con una nueva banda The Relentless 7, esa sin duda su disco más rockero hasta la fecha. Las apabullantes Number With No Name o Why Must You Always Dress In Black, un booggie poderoso, la energética y “grungera” Shimmer and Shin, la sobresaliente Keep It Together (So I Can Fall Apart), en la que las guitarras fluyen hasta arrinconarte, o la preciosa balada The Word Suicide, son muestras de un disco muy interesante.

En 2011 lanza en solitario Give till it’s gone, con colaboraciones de Ringo Starr y Jackson Brown. Una obra madura, con algunas sorpresas como la canción Spilling Faith y su continuacion en forma de jam psicodélica Get There From Here, el homenaje a Neil Young en Rock N’ Roll Is Free o la inquietante Do It for You, Do It for Us.

En 2013 inicia su colaboración con el armonicista de blues Charlie Mussewhite, de cuyo resultado surge Get up. Un disco que ofrece lo que se supone, blues, pero que sorprendentemente no emociona lo que sugiere. Hay momentos muy buenos, como I Don’t Believe A Word You SayBlood Side Out, pero el resto resulta muy acomodaticio y superficial, eso si, técnicamente perfecto.

En 2014 publica su álbum más intimista, junto a su propia madre, Ellen Harper (Childhood Home, 2014), que sirve de homenaje a su familia y a la sólida formación musical que recibió en el Centro y Museo de la Música Folk en Claremont, creado por sus abuelos maternos, de la mano de personajes tan destacados con Ry Cooder o Taj Mahal.

Dos años más tarde retoma su vinculación con The Innocents Criminals con Call it what is, una obra en el que el compromiso político del músico se expande por todos los temas que lo conforman. De nuevo nos ofrece un catálogo amplio de estilos, desde el rock de When sex was dirty hasta el blues acerado y profundamente crítico con el concepto de igualdad de razas americano de Call it what it is, una visita al funkie adornado con el reagge de Shine o Finding Our Way. Destaca el trabajo de Dance Like Fire, un tiempo medio bien construido.

De nuevo en colaboración con Charlie Mussewhite estrena No Mercy in this land. Si su anterior obra conjunta estaba afectada por un exceso de técnica y apenas unos gramos de alma, en su nuevo álbum se resarcen por completo. No se trata de una visita al blues como parque temático, sino una reividindicación de su potencia, de su fulgor, de su carácter. Harper rinde culto a su idolatrado Charlie Patton y el blues del delta con unos temas desgarrados, en el que sus guitarras brillan de forma incesante. Desde The Bottle Wins Again y sus efluvios de Chicago o las inspirada baladas When love is not enough o Nothing At All son algunas de las páginas más sobresalientes de un gran disco.

Ben Harper es un músico inclasificable pero necesario. Poliédrico y místico, sin miedo a explorar pero siempre desde sus profundas raícez afroamericanas, concibe las canciones como un elemento de propaganda y agitación, aferrado a unas convicciones políticas que le convierten en un faro necesario en tiempos tan convulsos. Y todo ello sin desdeñar su enorme talento y virtuosismo como instrumentista, capaz de insuflar energía o sosegar conciencias connuna voz aterciopelada y personal, vibrante casi siempre.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

 

 

 

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