Nosololibros. Leño: el barrio en una Stratocaster

Hay bandas fugaces, músicos con cita previa y acuse de recibo, arribistas de consumo rápido y ligera digestión. Y luego, mucho más arriba, está Rosendo Mercado, Carabanchel en las venas, amarrado a una Stratocaster y al fantasma de Rory Gallagher, respirando barrio y rock a partes iguales.

Decir Leño es mencionar el Madrid que me agitaba, los conciertos en sitios inverosímiles, el goce y disfrute de horas sin final mecidas por la inspiración de una de las formaciones más importantes del rock español, ajena al conformismo, a las modas, a las radiofórmulas, ofreciendo honestidad y compromiso. Solo tres discos de estudio y uno en directo, grabado en la mítica sala Carolina (si alguien lo escucha, alguno de los gritos que se oyen es mío), pero suficientes para forjar un mito, cercano y palpable.

Surgidos tras una de las crisis que vivió con los Ñu de José Carlos Molina, Rosendo se anima a fundar Leño, con los que graba su primer disco en 1979. Obra homónima, a pesar de ser considerada el germen del rock urbano, incluye texituras progresivas y sinfónicas deslumbrantes, acompañadas de letras muy reivindicativas, pegadas a los problemas de un Madrid desigual y en plena transformación. Pronto se convierten en himnos temas como Este Madrid, El Tren, o esa auténtica maravilla que responde al nombre de Castigo, con riffs llenos de matices y ecos zappianos.

 

Su segundo album genera desconcierto. La producción de Teddy Bautista desvirtúa, con sonidos new wave y una abundancia de sintetizadores, muy buenas composiciones. Es una obra empastada, con ínfulas poperas, que debilitan y convierten en enfermizos temas tan brillantes como Hoy va a ser la noche de que te hablé; Cucarachas; paradójicamente una crítica ácida a la obsesión comercial de la música, Lo que acabas de elegir; o una declaración de intenciones en No voy más lejos. Pero sin duda sobresale Insisto, tan sutil y redonda como críptica. Se abandonan la contundencia de la base sonora, la distorsión de las guitarras, la rabia en cada surco, rendidas a las olas ochenteras.

 

En el año 81 sacan un disco en directo, grabado durante tres días en la Sala Carolina del barrio madrileño de Tetuán. Las colaboraciones de Luz Casal o Teddy Bautista dulcifican los temas, mientras que el saxo de Manuel Morales sobresale audaz. Se convierte en uno de los más vendidos de la banda, pese a que su sonido no es excesivamente bueno, y alberga tres temas inéditos: el hit Maneras de vivir, que fue capaz incluso de protagonizar promociones turísticas años más tarde; un medio tiempo interesante, Todo es más sencillo, y sobre todo la enorme Mientras tanto, una joya que lamentablemente no se trasladó al estudio y que ha pasado un tanto desapercibida.

 

Un año más tarde, Carlos Narea produce Corre, Corre en los estudios londinenses de Ian Gillan. Y los resultados mejoran notablemente. Vuelve el rock sin florituras ni adornos, arrinconados los teclados, con un sonido más desnudo y directo, más cercano al compromiso de la banda. Ya no hay experimentación sinfónica ni coqueteos tecnos. Tan sólo crudeza en las formas y en el fondo, más blues-rock que nunca, advirtiendo de que las calles disponen nuevamente de líderes que canalizan sus quejas, que ponen música a sus reivindicaciones. Sorprendente es quizá la canción más conocida, un potente tema con guitarras afiladas. La Fina es una excelente melodía difícil de encasillar, pero muy brillante, con una base blues evidente. Y destacan otros tres: Entre las cejas, casi un himno mainstream; No lo entiendo, rock efervescente sin tapujos, y sobre todo Qué desilusión, cuya letra, cargada de ironía y desenfado, proclama que “el rock and roll es aun arte, qué desilusión.”.

 

Y cuando todo parecía fluir, Leño se nos quedó afónico, sin palabras, tras una gira exitosa con Miguel Ríos y Luz Casal. Quizá el hastío, el vértigo, la propia inercia de los acontecimientos, la sensación de proyecto agotado. Pero la orfandad duró poco. Rosendo iniciaría una brillante carrera en solitario (ya ha anunciado que este año verá su última gira), que más pronto que tarde merecerá una entrada en esta serie.

Si me preguntáis qué significó Leño en la historia de la música mi respuesta no puede ser únicamente académica, puesto que representan parte de mi educación sentimental (cuánto añoramos a Vázquez Montalbán). El barrio hablaba a través de las escalas de una Fender. Historias de marginación narradas con lucidez, aromas de Tony Iommi y Gallagher, la etiqueta castrante de rock urbano, el carisma desde la naturalidad. Y todo ello en un contexto político amenazante, con las discográficas apostando por la música kleenex, la mercadotecnia vacía, los ídolos artificiales de masas llenando los espacios “culturales”. Como proclamaban en Lo que acabas de elegir:

“Yo podría cantarle a los colores de tus ojos y podría llevarte a un mundo extraño de ilusión, pero me conformo no quiero comerte el coco y te cuento lo que vivo, busco comunicación.”

Cercanía, interacción, verdad en las crónicas del Madrid de los 80. Un grupo imprescindible, una leyenda perdurable.

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