Nosololibros. Sobrinus: cuando el talento no basta

Sobrevuela siempre por la historia del rock la necesidad de ubicar a unos cuantos músicos, de profesión minoritarios, en una especie de cajón de sastre denominado Malditos. A veces peyorativo, otras defendido de forma estusiasta e interesada por sus propios miembros, el estigma les acompaña hasta su desaparición, entre el escaso apoyo mediático, la incredulidad de la crítica, y la indiferencia de buena parte de la población.

Sobrinus, la banda que vamos a visitar, nunca consiguieron los favores del público, y tampoco creo que lo buscaran. Tres músicos de enorme calidad, con un directo brutal, y unos cuantos discos (3 en total) conforman su testimonio vital. Etiquetados dentro del rock alternativo, su eclecticismo convirtió cada una de sus grabaciones en un viaje a sonidos crimsonianos, atmósferas y riffs de guitarra zappianos y por supuesto a reminiscencias de Primus, el icónico grupo del magistral bajista Les Claypool, al que parecen homenajear desde su propio nombre.

Precisamente esta última influencia pudo marcar su destino, puesto que sin medir la profundidad y amplitud de su obra, se les tildaba de meros clones de la banda estadounidense de funk metal. Pero en realidad crearon un ecosistema propio, en el que abundaban el recurso a las síncopas y la proliferación de constantes cambios de ritmo plenos de creatividad y transmisión, realizados con medidas extrañas y de alta dificultad técnica. Tampoco desdeñan una letras surrealistas, en las que la ironía y el humor adoptaban idénticas modulaciones que su música, incluyendo inteligentes juegos de palabras hasta conformar una obra que adquiría nuevas dimensiones en cada escucha. A ello debemos unir su solidez como instrumentistas y su pasión por el directo.

Todas estas circunstancias sin embargo (o quizá por ellas) no impidieron su desaparición en 2005, diez años después de su fulgurante comienzo con Sobrinus (1996), un torrente desbordante de creatividad que contiene canciones tan generosas como Pitufa o Suerte, eléctricas como Sueña? o tan estremecedoras como Zumbido. Su segunda entrega, Zapin (1998), no es un mero álbum continuista, aúna inquietud y ambición. Pese a ciertas concesiones comerciales, dispone de temas tan desgarradores y elocuentes como ¿Vives cómodo? o Ámame si … y les permite embarcarse en una larga gira por todo el país. Su última aportación, 13 muecas compiladas (2003), grabado tras el primer movimiento en el grupo (el batería Roberto Lozano es relevado por David Parrilla), exhibe el mismo músculo e intensidad que los anteriores, y cuenta con una tremenda exposición de poderío y contundencia condensado en la brillantez de Ya no soy un pez o La noche me domina.

Se ponía fin a una fructífera trayectoria musical, y se abría el camino a nuevas aventuras rítmicas, desde el sonido aflamencado de Adredre, creación del cantante y guitarrista Sydney Gámez, a las colaboraciones de Roberto Lozano en Sex Museum o Corizonas. Sobrinus fue una banda que creció fuera de los focos, haciendo apología de la libertad compositiva como fórmula de comunicación, dotada de un virtuosismo no exento de entrega ni transmisión. Constituyen un arquetipo más de que la calidad no sólo no es suficiente, sino que a veces resulta un hándicap para alcanzar el éxito.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

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