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Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica.

Nosololibros. JJ Cale: el genio discreto

JJ CaleEn algunos barrios de la ciudad del rock hay mucha pasión por la mercadotecnia, por el adorno efectista, por la búsqueda de la fama y la notoriedad. Pero existen rincones en blanco y negro, más humanos y cercanos, en los que encuentras músicos excelentes que se atan a los mástiles del barco como Ulises para escapar del seductor canto de las sirenas. Sin duda alguna, uno de ellos es JJ Cale.

Guitarrista e ingeniero de sonido casi al mismo tiempo (entre sus placeres se encontraba modificar todas las guitarras con las que tocaba, desde la Danelectro a la Stratocaster),  sus comienzos no fueron especialmente exitosos, hasta el punto de abandonar su incipiente carrera musical. Su suerte cambió con la versión que realizó Eric Clapton de After Midnight, su primer single, que había pasado prácticamente desapercibido. Encaramado a ese golpe de suerte, Cale publicaría su primer LP, Naturally (1972), en el que encontramos sus señas de identidad, una peculiar simbiosis de country, blues y folk norteamericano, interpretada por una voz cálida y suave, susurrante y terrosa, y una forma de tocar la guitarra tan aparentemente simple como brillante, elementos que forman una atmósfera íntima y brumosa. Ese álbum incluiría su mayor hit, Crazy Mama, que alcanzaría el puesto 22 en la lista Billboard, y la maravillosa Call me the breeze. Sigue leyendo


Nosololibros: Pink Floyd, derribando el muro

Pink Floyd, Earls Court, 1973

Aprovechando las sinergias de la exposición de Pink Floyd en el IFEMA (The Pink Floyd Exhibition: Their Mortal Remains) de Madrid, que se mantendrá hasta el 15 de septiembre de 2019, nos vamos a acercar a un grupo al que siempre antepone su leyenda, una de las bandas de rock más influyentes de la historia, tanto por su sonido como por su capacidad transgresora.

Es difícil escaparse a la hagiografía o a la subjetividad para afrontar tamaña empresa. Muchas de mis horas se han llenado de su música lisérgica, etérea, llena de propuestas audaces, pero casi siempre con un ineludible y elocuente marchamo de calidad. Su aportación va mucho más allá del encasillamiento en el rock progresivo, o rock sinfónico, etiqueta tan peyorativa como malintencionada.

No es extraño dividir su biografía en tres etapas claramente diferenciadas: una primera marcadamente psicodélica; una segunda más sinfónica y experimental, y una tercera más híbrida y progresiva. La primera lleva un claro referente: Syd Barret.

La banda, formada en 1966, se desenvuelve mezclando R&B y sonido «beatle», hasta que lanzan en 1967 su primer álbum, The Piper at the Gates of Down. Las letras poéticas y sugerentes de un Barret en ebullición, la inmersión psicodélica y la pasión por las nuevas tecnologías en el campo del sonido marcan una obra brillante, y con el paso del tiempo, conmovedora. El desaforado consumo de LSD de su primer líder conlleva su sustitución progresiva por David Gilmour, hasta que finalmente Barret, muy cercano a la locura, fue separado de la banda.

Pese a su escasa presencia, la influencia de Barret perseguirá al grupo durante toda su existencia. La emergencia psicodélica y la búsqueda de espacios sonoros experimentales presidirán las apuestas posteriores. Discos como A Saucerful of Secrets (1968), Ummagumma (1969), Atom Heart Mother (1970), o la magnífica y magnética Meddle (1971), que contiene la majestuosa Echoes, vibrante y atmosférica composición que alumbra una nueva era. En el vídeo hay un valor añadido: forma parte de su no menos famoso Live at Pompei

1973 marca un punto de inflexión en la banda. Sin abandonar completamente la experimentación ni la psicodelia, la banda se convierte en un fenómeno de masas de la mano de un Roger Waters en estado de gracia. Ese año apareció The Dark Side of the Moon, uno de los mejores álbumes de la historia del rock, acompañado de la mítica portada de Storm Thorgerson. Las composiciones fluyen hermosas, generando nuevos espacios a veces sostenidos por el jazz, el rock, el blues, pero siempre hilvanados por la brillantez compositiva de Waters y el talento de Gilmour a la guitarra, mostrado sin tapujos ni hermetismos. La celebérrima Money, Time, Speak to me breathe, la explosión vocal de The Great Gig In The Sky, el equilibrio que proporciona el saxo de Dick Parry a Us and Them, son buena muestra de ese derroche de belleza y pasión, cerrada con un epílogo intenso e inmenso, Brain Damage / Eclipse.

Un pequeño giro no exento de brillantez representa Wisk you were here (1975), un sentido homenaje a Barret, más presente en la majestuosa Shine on You Crazy Diamond, y una crítica sin ambages a la presión y objetivos de la industria musical, más preocupada del marketing y las ventas que de la calidad de las canciones (muy visible en Welcome to Machine o Have a cigar). La enorme melodía homónima encierra en casi 5 minutos un desgarrador y onírico poema musical, acústico, brillante, imperecedero, tan evocador como necesario. De nuevo la mágica portada de Thorgerson la convierte en una obra de arte, tanto en continente como en contenido.

Con la orwelliana Animals (1977) se inicia una etapa más experimental y conceptual si cabe. Las críticas a su música, alejada de la simplicidad y el músculo del rock, en plena eclosión del punk, son cada vez más evidentes. Quizá ello explica la adopción de formas más duras y contundentes en el nuevo álbum, rebosante de distorsión y potencia, con letras desgarradora, cáusticas, sin concesiones ni artificios, en el que los hombres nos convertimos en animales adocenados, dirigidos, gregarios sin metas ni fines. Waters se encarama a la cima de la banda, se adueña de su alma, y cómo nos conmueve. Destacan la compleja y virtuosa Pigs, y la tremenda Sheep. Animals es una obra conceptual, arriesgada, lejos de esa imagen acomodaticia y pretenciosa con la que buena parte de la prensa y algunos fans celebraban sus apariciones.

Dos años más tarde surge una de las óperas rock más impresionantes de todos los tiempos, The Wall, un calambrazo genial de Waters en medio de los comienzos de la disgregación de la banda. Compleja, poliédrica, narra el universo hastiado del músico, su obsesión por la guerra, la educación, el éxito como artista, hasta convertirse en una metáfora de su propia existencia y su su otrora compañero Barret. Contiene alguno de los temas más logrados de la banda, como Mother, Hey you o la excelsa Confortably Numb. La excesiva traslación al cine de Alan Parker (1982) no hace la suficiente justicia a esta monumental obra.

El último disco con la formación más clásica es The Final Cut (1983), que surge de la alargada sombra de The Wall. Sin embargo, en líneas generales carece del vigor y la intensidad del primero, si bien estamos hablando de Roger Waters. Ello explica la presencia de temas tan deliciosos como Two Suns in the Sunset, o el que da título al álbum.

Y comienza la etapa Gilmour con A Momentary Lapse of Reason (1987). Entre enfrentamientos judiciales y luchas por el copyright, el guitarrista lanza un disco de rock menos oscuro, una obra menor que busca una nueva forma de reinterpretar a la banda sin el talento de Waters. Pese a todo, momentos como Learning to fly o la floydiana On the Turning Away, muestran que Gilmour no es precisamente un mero intérprete.

Su último disco en estudio es The Division Bell (1994), un gran álbum que supera la superficialidad del anterior con creces. La raíz floydiana vuelve a supurar con fuerza en Cluster One, Marooned y sobre todo High Hopes.

Pink Floyd constituye una parada imprescindible en cualquier viaje por el rock. No sólo por la brillantez compositiva de sus discos, ni tampoco por ser una de las referencias fundamentales para numerosos grupos que siguieron su estela, sino sobre todo por obsequiarnos con una música atemporal capaz de estremecernos, por evidenciar que el rock nació como forma de canalizar las protestas de una sociedad anestesiada, que la crítica debe ser consustancial al arte, y que la memoria no puede quedar arrinconada por unos tiempos tan complejos y voraces como los que vivimos, en los que el riesgo consiste en abrir los ojos cada día.

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Nosololibros. Rory Gallagher: la leyenda se viste de blues

Para los perseguidores de leyendas, la trayectoria musical de Rory Gallagher es un paraíso obsceno. Sin ocupar los espacios dedicados a otros grandes músicos de los setenta, tamizados por hábiles maniobras comerciales que engrandecían su éxito, el guitarrista irlandés supone una de las más altas cimas artísticas del rock gracias a su enorme creatividad y a su virtuosismo como instrumentista.

Siempre reacio a los singles como fórmula de difusión, mantuvo una gran coherencia no exenta de brillantez, teniendo como firmes cimientos el blues-rock, pero sin renunciar a coloristas mezclas con el jazz o el R&B. En los conciertos se entregaba sin tapujos, dando muestras de una pasión efervescente e irrefrenable por transmitir emociones a través de la música sin ningún tipo de adulteración.

Gallagher nació el 2 de marzo de 1948 en la localidad de Ballyshannon, si bien se trasladó muy pronto a Cork, considerada su hogar verdadero. Dotado de un talento innato, aprendió a tocar la guitarra de forma autodidacta, instrumento al que muy pronto añadió el saxofón, la armónica, la mandolina y el sitar. Tras formar algunas bandas semiprofesionales, fundó el grupo Taste, un power trio tan del gusto de la época. Desde una bases blueseras, se acercarían a lo que se denomina heavy blues gracias a incluir un sonido distorsionado. Publicaron dos discos, el homónimo Taste (1969) y On the Boards (1970), con temas tan emblemáticos como What’s Going On o el soberbio blues Sugar Mama.

Pero la banda se extinguió, zarandeada por su manager y por la arrolladora personalidad artística de Rory, para abrir paso a una fructífera y exitosa carrera en solitario. En 1971 sale a la luz el álbum Rory Gallagher, en cierto sentido continuista con el sonido de Taste, pero que apunta ya las claves del sonido Gallagher: una voz aguardentosa pero sólida y contundente; ritmos blues crudos, sin aditivos ni filtros, directos y al mismo tiempo sostenidos por un funambulista de seis cuerdas arrebatador; y una honestidad innegociable. Wave Myself Goodbye  o I Fall apart muestran una vertiente más acústica, e incorpora la fantástica y etérea Laundromat.

Ese mismo año aparecía Deuce, más apegado si cabe a las raíces del rock, sin piano ni saxo. La creatividad era infinita, con temas soberbios, redondos, perfectos. Used to Be, o Crest of the Wave son muestras de ese talento para componer, hasta el punto de que la reedición de 1999 incluye Persuasion, canción que quedara fuera en el original pese a su tremenda calidad.

Esta primera etapa en solitario se culmina con un directo, Live in Europe, publicado en 1972, y que recoge la energía y electricidad que irradiaba desde el escenario, por supuesto que sin overdub ni postproducción. Sonido directo, salvaje, sin domesticar. La banda experimenta algunos cambios: el batería Wilgar Campbell es sustituido por Rod De´Ath, mientras que incorpora al pianista Lou Martin

La primera muestra de este nuevo ciclo es Blueprint (1973). La primera canción, Walk on Hot Coals, es una clara muestra de intenciones. Blues directo, que te agarra sin compasión. Entre los 8 temas encontramos una de las joyas discográficas a reivindicar, Seventh Son Of A Seventh Son, cóctel brillante de estilos en el que pasean, mecidos por la personalidad de Gallagher, desde el jazz al blues, con gotas de soul.

Ese mismo año aparece la que muchos consideran su obra maestra, Tatoo (1973). Golpea primero con Tattoo’d Lady, imprescindible en su repertorio y en la historia del rock. Rock-blues que rezuma quilates. Pero además le sigue Cradle Rock, un boogie electrizante que recuerda a los Fleetwood Mac de Peter Green. El guiño al jazz de They Don’t Make Them Like You Anymore, el uso de la wah-wah en Livin’ Like a Trucker, la tormentosa A Million Miles Away, el blues pantanoso de Who’s That Coming, o la profunda. magistral, mágica e incandescente A Million Miles Away justifican su resonante éxito.

Otro disco en directo Irish Tour 74, cerraría esta segunda parte. El éxito y su fama de guitarrista incluso provocaron que los Rolling Stones le propusieran sustituir a Mick Taylor. Pero Rory decidió seguir su carrera en solitario.

En 1975 aparece Against The Grain, que sorprendentemente incluye tres versiones de grupos folk americanos. Sobresale Cross Me Off Your List, brillante mezcla de blues y jazz, una combinación ya clásica en el irlandés, sin desdeñar la emotiva balada Ain’t Too Good, o el contundente y autobiográfico Bought And Sold.

Calling Card se lanza en 1976, coproducido por Roger Glover, bajista de Deep Purple. Do you read me, contundente apertura con aromas funkies, el ya clásico blues-rock Moonchild (quizá veas enhtre sus acordes a los Iron Maiden), el blues desnudo y carnal de Calling Card, el boogie de Secret Agent o la exquisita  y nostálgica Edged in Blue adornan un conjunto potente y brillante.

En 1977 graba en San Francisco su siguiente album. Pero su alto nivel de exigencia condenan el resultado a un cajón, del que no saldría hasta 2011. De nuevo en Europa en 1978 aparece Photo Finish, grabado en Colonia, quizá su álbum más potente y rockero. Shin Kicker y sobre todo dos de mis canciones preferidas, Brute Force and Ignorance, y la inclasificable por magistral Shadow Play, confieren a esta obra su carácter de imprescindible.

En 1979, cuando el punk aparentemente sacudía los cimientos de la música, Gallagher lanza Top Priority, con el que renueva su vocación más eléctrica, ya experimentada con el disco anterior. Follow me contiene uno de los riffs de guitarra más apabullante y rockero de Gallagher. Mantiene esa brillantez Philby, dedicada al famoso espía británico. Himnos como la magnética Wayward Child, el blues lento y anestesiante de Keychain, o la superlativa Bad Penny justifican su presencia entre mis adorados vinilos.

Ese mismo año, siguiendo la tradición, publica el muy potente y recomendable directo Stage Struck. Jinx es su siguiente apuesta en estudio (1981), con sonidos menos contundentes y ásperos, buscando mayor color y acercamiento a tonos soul y jazzys. Pero eso no significa que abandone el blues rock.  Abre el disco la potente Big Guns, para sumergirse en su alma blues con temas como The Devil Made Me Do It, o Double Vision. La segunda parte se abre a sonidos más acústicos e intimistas, como son  Ride On Red, Ride On, Jinxed o la entregada balada Easy Come, Easy Go. El formato CD posterior recuperó una fantástica versión de Nothin´But The Devil, blues de Lightning Slim.

Paradójicamente fue el inicio del fin. Sin discográfica que asumiera su obra, Gallagher basaba su carrera en los directos, al mismo tiempo que el abuso del alcohol producía evidentes signos de declive físico. Sin embargo, su pasión por la música fue determinante para la creación de su propia casa discográfica, Capo Records, vehículo para lanzar al mercado Defender en 1987.

Siguiendo parámetros anteriores, la primera canción, Kickback City, sonaba potente y rockera. La cuota de blues era ocupada por temas como Loanshark Blues, Don´t Start Me Talkin´ o Continental Op. El álbum contiene un tema tan brillante como escasamente conocido, Seven Daysun blues mágico, arrebatador.

En 1990 lanza Fresh Evidence, quizá su álbum de blues más clásico, un viaje a las raíces de un género en el que Gallagher se sentía libre, en el que su guitarra fluía sin prejuicios, virtuosismo, sensibilidad y transmisión a partes iguales. Abre Kid Gloves, rock en estado puro. Y le siguen el electrizante blues King of Zydeco, el tradicional Empire State Express, la virguera Middle Namecon uno de los solos más brillantes de su carrera, la inigualable Ghost Blueso una de mis favoritas, Heaven’s Gate.

Rory Gallagher pertenece a esa rara estirpe de músicos que gozan del beneplácito de la crítica y el público sin necesidad de generar historias frívolas, anécdotas del exceso o fabulaciones histriónicas basadas en comportamientos tópicos de estrellas del rock. Con su Fender Stratocaster supo crear su espacio sin necesidad de adoctrinamientos, sin concesiones a la industria musical o a los mass media al uso. Comprometido con el blues, satisfecho de una relación directa con sus fans, sobrevivió al concepto maldito de músico de culto a base de enormes canciones. Y sin embargo, aparece sepultado en el olvido, semiclandestino, casi opaco, cuando nos hallamos sin duda ante uno de los guitarristas más luminosos e influyentes que jamás hayan existido. Larga vida a Rory Gallagher.

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Nosololibros. The Trumpet Summit: jazz porque sí

Hay vinilos que justifican un escenario especial. Hoy no vamos a centrarnos en un músico, ni en un grupo en concreto.  Nos aproximamos a uno de los discos que más me ha impactado, y que conservo como si de una joya se tratara. Y aprovecho para hacer homenaje con el título a uno de los divulgadores del jazz más importantes de este país, Juan Claudio Cifuentes, creador de programas tan emblemáticos y necesarios como Jazz entre Amigos o el propio Jazz porque si.  The Trumpet Summit Meets The Oscar Peterson Big 4, publicado por el magnífico sello discográfico Pablo Records (por sí solo merecería una entrada en estas colaboraciones) en 1980, ofrece el encuentro de tres de los mejores trompetistas de la historia, Dizzy Gillespie, Freddie Hubbard y Clark Terry, con la superbanda que había conformado el pianista Oscar Peterson, y de la que formaban parte el bajista Ray Brown, la batería de Bobby Durham, y la guitarra de Joe Pass.

Norman Granz, el conocido productor, empresario y mánager entre otros del propio Oscar Peterson, propició este majestuoso encuentro. La grabación, realizada en tan solo seis horas, es en realidad una soberbia jam session, en la que la improvisación, la autenticidad y el directo huyen de los disfraces y enmascaramientos que proporciona la tecnología. Cuatro canciones, cuatro cortes excepcionales, en el que sobresale la magnífica Chicken Wings, una auténtica apología del sonido de la trompeta como vehículo poético.

Supone además el regreso de Hubbard a la naturaleza salvaje del jazz, envuelto durante aquella década en una visión comercial y castradora, con experimentos que garantizaban superventas pero que defraudaban a todos los que veían en él a uno de los más brillantes trompetistas de la historia. Entre los surcos desfilan sin freno bebop, hard bob, blues, almas de un género capaz de crecer desde sus raíces, de sonar auténtico, cálido y a la vez moderno y cercano.

Abre el disco una versión de Daahoud, melodía original del fantástico Clifford Brown, con una sonoridad desbordante, limpia, impetuosa, marcada por las coordenadas hard bop, en la que las trompetas se aúnan para crear una atmósfera optimista, con una base rítmica armoniosa y precisa, en la que sobresale un Brown desatado. El diálogo final entre las trompetas es realmente asombroso.

Merece la pena detenerse en el corte 2. Chicken Wings es una obra mayúscula envuelta en blues, compuesta conjuntamente por todos los participantes. Desde los primeros compases te atrapa sin ninguna consideración, caminando entre los maravillosos acordes de Joe Pass hasta el primer encuentro con un Gillespie inspirado, en estado de gracia, con una cadencia desgarradora en sus fraseos. Un solo irrefrenable, entre el vértigo y la fascinación. Unos breves toques de Peterson abren paso al susurro cadencioso y sensual de Hubbard, capaz de generar un escenario tórrido y efervescente. Y entonces rasga el fiscorno de Terry, potente, firme, congelando el tiempo en cada nota, hasta que un final al unísono nos devuelve tristemente a la realidad.

La segunda cara aparece con aires de bossa nova, navegando entre los coloristas compases de la firme mano de Peterson. En Just Friends, creación de John Klenner y Sam M. Lewis en la década de los años 30, los cambios de ritmo evitan el anquilosamiento. Aproximadamente en el minuto 8:30 Pass realiza un solo luminoso, al que sigue la majestuosidad de Peterson y un final entusiasta en el que las trompetas retoman su protagonismo.

La reunión se cierra con The Champ, obra de Dizzy Gillespie, en una versión tan celérica e inaprensible como su original. Luce especialmente Peterson, virtuoso y genial, en una intro brillante marcada por la potente base del bajo de Brown, remarcada por los solos del resto de la banda.

37 minutos de éxtasis, de deslumbrante creatividad, en la que el jazz recupera su esencia en unos momentos (los años 80) en los que la electrónica parecía perturbar su proyección. Improvisación, genialidad y talento en manos de algunos de los más grandes intérpretes del género. Un disco imprescindible, fuera de los cánones del mercado, que te reconcilia con la música y su vertiente más lírica trascendente.

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Nosololibros. Paul Weller: talento sin anclas

Paul Weller es en sí mismo una enciclopedia musical. Aúna todas las tendencias y experimentos exportados por la música británica en los últimos decenios, desde el rock a la electrónica, pasando por la suave candencia del soul bailable y elegante, el krautrock o el britpop.

El revival mod de la segunda mitad de los años setenta supuso la primera irrupción de Weller al mando de The Jam, una banda mítica capaz de componer canciones que han superado las costuras de las modas, como In the city, That’s entertainment o la magnífica Town Called Malice, en plena eclosión del punk. Letras críticas con el conservadurismo de Margaret Thatcher envueltas en composiciones brillantes, efervescentes y generalmente breves, marcadas por la exquisita voz de Weller y un característico ritmo de bajo, y en las que se atisba su aversión al encasillamiento musical, combinando rock, soul y R&B.

Precisamente en los estertores de la banda el R&B empezó a ser algo más que un referente ocasional, y condujo a Weller tras la ruptura a formar un grupo de enorme influencia, The Style Council. Sofisticación, y elegancia en bases soul y jazzies. Quizá los ejemplos más significativos sean You’re The Best Thing o la más conocida Shout To The Top. Sin abandonar la acidez política y reivindicativa, Weller ofrecía su talento en un ropaje sorprendente y controvertido para los seguidores de The Jam, pero comprensible si observamos su gusto por la evolución constante.

Cuando en los años noventa las discográficas abandonaron esta aventura empieza para quien suscribe su mejor época. En 1992 lanza su primer disco en solitario, homónimo, que abre paso a los enormes Wild Wood (1993), Stanley Road (1995) y Heavy Soul (1997). Abrazando a Traffic nos ofrece un gran puñado de sólidos temas, cantados con una enorme clase. En el primer álbum maravillas psicodélicas como Sunflower, visitas a Neil Young en Has My Fire Really Gone Out? o la fantástica Wild Wood.

Stanley Road se abre con el soberbio The changing man, electricidad y sosiego, la elegancia y contundencia de The Porcelain Gods, con frases tan cáusticas como

Beware false prophets – take a stand!
My fortune cookie cracked up in my hand,
More advice to fill up your head
More empty words from the living dead

Difícil prescindir de todas las restantes. Pero me quedo con el lirismo cómplice de la inspiradas  You do something to me o Time passes, la potencia in crescendo de Out Of The Sinking, o la contundente Whirlpools End.

Heavy Soul remarca y enfatiza la tendencia a crear belleza desde la armonía. Sin llegar a las cotas del anterior, incluye obras tan necesarias como Science, la fantástica Brushed, acorazada de guitarras y sónidos ásperos, la propia Heavy Soul, resuelta con una suerte de jam session pletórica y absorbente donde las guitarras adquieren protagonismo,  o uno de sus grandes clásicos, Peacok suit.

Sus posteriores propuestas son igualmente interesantes y eclécticas. Heliocentric (2000), con la rockera He’s The Keeper, el tiempo medio de Frightened o la envolvente There’s No Drinking After You’re Dead. En Illumination (2002), se abandona al folk-rock y la música americana sin tapujos, como demuestran Leafy Mysteries, A Bullet For Everyone, o Illumination.

Tras algunos discos de versiones, regresó en 2005 con As Is Now, que muestra cierto estancamiento después de tanto derroche artístico previo, pese al arrollador comienzo de Blink And You’ll Miss It, la incisiva Paper Smile, la evocadora por su cercanía a The Jam Come On Let’s Go, o la búsqueda de Dr. Feelgood en From The Floorboards Up. Siendo una obra notable, parece declarar que nos encontramos ante un fin de ciclo.

En 2008 aparece 22 dreams, que se articula en torno a una mezcla de ritmos y propuestas variopintas, heterogéneas, y por tanto, desiguales, con incursiones en el krautrock. Una obra hipotensa, muy conceptual, en la que sobresalen Have You Made Up Your Mind, y sobre todo Light Nights.

A partir de ese momento grabaría Wake Up the Nation (2010), Sonik Kicks (2012), Satturns Pattern (2015) y A Kind revolution (2017). En el primero trata de volver a los sonidos de The Jam mezclando psicodelia y soul, con momentos tan atractivos como Find The Torch Burn The Plans, la que da título al álbum o Aim High. Evolución, progreso, eclecticismo, vanguardia en poco más de 40 minutos.

Sonik Kicks es un alegato a la mezcla entre electrónica y krautrock, con piezas destacables como Drifters, las experimentales DragonflyAround the Lake. Todo ello sin desdeñar la melodía como fórmula de crecimiento.

En Satturns Pattern encontramos de nuevo a ese músico reacio al aburguesamiento. La potente White Sky, la americana In The Car, reinventando el boogie con rupturas sorprendentes, y sobre todo la brillante These City Streets nos hablan de un Weller en forma, vital y necesario.

Un nuevo giro aporta A Kind Revolution, con aires de inconformismo a raudales. Preso de una vocación rupturista, abre con el rock potente de Woo Sé Mama, la presencia de Bowie en Nova incluso desde la voz, o el blues de Satellite Kid.

Su última aportación, True Meanings (2018) ha sido producida por él mismo. Se trata de una apuesta por el lirismo acústico y las orquestaciones enriquecedoras, melancólico y reposado, sin guitarras contundentes. Una clara declaración de intenciones supone The soul searchers, reminiscencias de Cat Stevens, su particular homenaje a Bowie («Bowie«), y un cierre delicioso, White horses. Aunque se percibe una mayor rugosidad en su voz, le confiere un aire de cercanía y atractivo.

Weller es un músico inclasificable, en constante mutación. Huye de la zona de confort, del apoltronamiento erosionador. The Modfather no renuncia a crear en libertad, derrapando por todos los territorios musicales sin perder un ápice de calidad y de claridad. Es la memoria viva de la música británica. Aprovechemos su talento.

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Nosololibros. Reef: revisitar los setenta

ReefEn los años 90 el mundo musical estaba azotado por la tiranía exquisita del brit-pop y la apertura a eclecticismos de laboratorio. El rock parecía condenado a un baño de mercadotecnia revisionista. Pero algunos bandas mantuvieron la seña de identidad. Quizá los más conocidos fueran los Black Crowes, pero dejadme hablaros de Reef.

El grupo británico de Glastonbury publicó su primer disco (Replenish) en 1995. La inmersión en el más puro sonido del rock de los setenta fue extraordinariamente bien recibida en medio de la tormenta grunge, con temas tan destacados como Good Feeling o Choose to me.

Pero aún sorprendió todavía más al superar con creces la maldición del segundo con Glow (1997), en el que ofrece una oferta más variada y atractiva, construyendo sin duda uno de las mejores obras de rock de los últimos años. Canciones soberbias como golpes que has de encajar, como Place your hands, su single de mayor éxito, en el que la personal y expeditiva voz de Gary Stringer se aferra a tu estómago sin concesiones; el fantástico y visceral Summer’s In Bloom; la contundencia desgarrada de Come Back Brighter o Yer Old; aventuras experimentales como Robot Riff o la bucólica con aromas del Genesis más Gabriel de Lullaby contribuyen a dotar de consistencia y profundidad al álbum, sin fisuras, sin minutos de la basura, sin melodías de relleno.

Dos años más tarde aparece Rides. Pese a no resistir ninguna comparativa con la mayúscula creación anterior, contiene algunos temas brillantes, como New bird; la lisérgica Wandering; la sureña Back in My Place; la evocadora I’ve Got Something to Say o la potente  Who you are. Sin embargo, su sonido se reblandece en otros momentos más planos y anodinos, que anuncian cierta decadencia y hastío.

La evidencia se agudiza con Getaway (2000). Concesiones mainstream, agotamiento de ideas, repetición de bases rítmicas. El primer tema Set The Record Straight, es una canción comercial, digerible y correcta, carne de radiofórmulas. No obstante, sobresalen Superhero y Solid, que recuperan la esencia rockera de la banda. En ese mismo año se separan, hasta que reaparecen en 2010.

Hasta 2018 no vuelven a publicar, salvo en aperitivo en forma de single single How I Get Over, aparecido en 2016. Ese año lanzan Revelation, ecléctico regreso, con canciones desiguales y colaboraciones de renombre (Sheryl Crow en la dulce My Sweet Love). La que da título al álbum podría haberla firmado Angus Young (incluso la voz tiene reminiscencias de Brian Johnson), por el que desfilan aires más soul y R&B (Darling Be Home Soon ó Like a Ship (Without a Sail), americana (Firts Mistake), deslizamientos hacia el rock sureño (Lone Rider), recuerdos a Free (Just Feel Love), y la zeppeliniana Precious Metal, quizá la más sobresaliente del disco.

El rock británico más clásico, tan necesitado de héroes contemporáneos, podría agarrarse al talento de Reef para reivindicar su espacio. Aunque siempre ha sobrevolado la restrictiva y peyorativa etiqueta de banda de pub, los chicos de Glastonbury poseen un catálogo de grandes temas pese a su irregularidad. Ahora que han vuelto, podemos exigirles que no abandonen una tarea tan titánica como devolver al rock sus esencias sin contaminaciones, sin estigmas, sin dogmas.

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Nosololibros. Leño: el barrio en una Stratocaster

Hay bandas fugaces, músicos con cita previa y acuse de recibo, arribistas de consumo rápido y ligera digestión. Y luego, mucho más arriba, está Rosendo Mercado, Carabanchel en las venas, amarrado a una Stratocaster y al fantasma de Rory Gallagher, respirando barrio y rock a partes iguales.

Decir Leño es mencionar el Madrid que me agitaba, los conciertos en sitios inverosímiles, el goce y disfrute de horas sin final mecidas por la inspiración de una de las formaciones más importantes del rock español, ajena al conformismo, a las modas, a las radiofórmulas, ofreciendo honestidad y compromiso. Solo tres discos de estudio y uno en directo, grabado en la mítica sala Carolina (si alguien lo escucha, alguno de los gritos que se oyen es mío), pero suficientes para forjar un mito, cercano y palpable.

Surgidos tras una de las crisis que vivió con los Ñu de José Carlos Molina, Rosendo se anima a fundar Leño, con los que graba su primer disco en 1979. Obra homónima, a pesar de ser considerada el germen del rock urbano, incluye texituras progresivas y sinfónicas deslumbrantes, acompañadas de letras muy reivindicativas, pegadas a los problemas de un Madrid desigual y en plena transformación. Pronto se convierten en himnos temas como Este Madrid, El Tren, o esa auténtica maravilla que responde al nombre de Castigo, con riffs llenos de matices y ecos zappianos.

 

Su segundo album genera desconcierto. La producción de Teddy Bautista desvirtúa, con sonidos new wave y una abundancia de sintetizadores, muy buenas composiciones. Es una obra empastada, con ínfulas poperas, que debilitan y convierten en enfermizos temas tan brillantes como Hoy va a ser la noche de que te hablé; Cucarachas; paradójicamente una crítica ácida a la obsesión comercial de la música, Lo que acabas de elegir; o una declaración de intenciones en No voy más lejos. Pero sin duda sobresale Insisto, tan sutil y redonda como críptica. Se abandonan la contundencia de la base sonora, la distorsión de las guitarras, la rabia en cada surco, rendidas a las olas ochenteras.

 

En el año 81 sacan un disco en directo, grabado durante tres días en la Sala Carolina del barrio madrileño de Tetuán. Las colaboraciones de Luz Casal o Teddy Bautista dulcifican los temas, mientras que el saxo de Manuel Morales sobresale audaz. Se convierte en uno de los más vendidos de la banda, pese a que su sonido no es excesivamente bueno, y alberga tres temas inéditos: el hit Maneras de vivir, que fue capaz incluso de protagonizar promociones turísticas años más tarde; un medio tiempo interesante, Todo es más sencillo, y sobre todo la enorme Mientras tanto, una joya que lamentablemente no se trasladó al estudio y que ha pasado un tanto desapercibida.

 

Un año más tarde, Carlos Narea produce Corre, Corre en los estudios londinenses de Ian Gillan. Y los resultados mejoran notablemente. Vuelve el rock sin florituras ni adornos, arrinconados los teclados, con un sonido más desnudo y directo, más cercano al compromiso de la banda. Ya no hay experimentación sinfónica ni coqueteos tecnos. Tan sólo crudeza en las formas y en el fondo, más blues-rock que nunca, advirtiendo de que las calles disponen nuevamente de líderes que canalizan sus quejas, que ponen música a sus reivindicaciones. Sorprendente es quizá la canción más conocida, un potente tema con guitarras afiladas. La Fina es una excelente melodía difícil de encasillar, pero muy brillante, con una base blues evidente. Y destacan otros tres: Entre las cejas, casi un himno mainstream; No lo entiendo, rock efervescente sin tapujos, y sobre todo Qué desilusión, cuya letra, cargada de ironía y desenfado, proclama que «el rock and roll es aun arte, qué desilusión.

 

Y cuando todo parecía fluir, Leño se nos quedó afónico, sin palabras, tras una gira exitosa con Miguel Ríos y Luz Casal. Quizá el hastío, el vértigo, la propia inercia de los acontecimientos, la sensación de proyecto agotado. Pero la orfandad duró poco. Rosendo iniciaría una brillante carrera en solitario (ya ha anunciado que este año verá su última gira), que más pronto que tarde merecerá una entrada en esta serie.

Si me preguntáis qué significó Leño en la historia de la música mi respuesta no puede ser únicamente académica, puesto que representan parte de mi educación sentimental (cuánto añoramos a Vázquez Montalbán). El barrio hablaba a través de las escalas de una Fender. Historias de marginación narradas con lucidez, aromas de Tony Iommi y Gallagher, la etiqueta castrante de rock urbano, el carisma desde la naturalidad. Y todo ello en un contexto político amenazante, con las discográficas apostando por la música kleenex, la mercadotecnia vacía, los ídolos artificiales de masas llenando los espacios «culturales». Como proclamaban en Lo que acabas de elegir:

«Yo podría cantarle a los colores de tus ojos y podría llevarte a un mundo extraño de ilusión, pero me conformo no quiero comerte el coco y te cuento lo que vivo, busco comunicación.»

Cercanía, interacción, verdad en las crónicas del Madrid de los 80. Un grupo imprescindible, una leyenda perdurable.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica


Nosololibros. Ben Harper: misticismo y compromiso desde la raíz

El californiano Ben Harper ha luchado siempre contra el encasillamiento. Instrumentista prodigioso y precoz, ahonda en las raíces de la música afroamericana, que en sus manos fluye natural y armoniosa, para transmitir algo más que acordes más o menos brillantes. Con Harper, la música emerge como canal de comunicación ecuménico sobre el que circulan sus firmes convicciones políticas y sociales en defensa de las minorías. Ninguna tentación comercial, ninguna voracidad por acumular premios o elogios.

La autenticidad de su música, siempre atravesada por el blues como referencia de autoridad, es un canto a la libertad creativa sin corsés, bien desde su orientación más acústica o folk, el apasionamiento eléctrico desde su idolatrada Weissenborn, o sus incursiones en el soul, el jazz o el reggae.

Su primer álbum, Pleasure and Pain (1992), escrito junto a Tom Freund, contenía una visión acústica del blues, en el que rendía homenaje a algunas de sus influencias, como Robert Johnson. Un año más tarde aparece Welcome to the cruel world, que persevera en esa línea folk y bucólica, y que contiene dos himnos como ForeverLike a King.

Su siguiente disco Fight for Your Mind (1995), endurece los sonidos y el mensaje.  La enorme Ground On Down, OppresionExcuse Me Mr. son quizá las más destacadas. Ese nuevo músculo desembocará en el magnífico The Will to Live (1997), primero que graba con una banda que pronto se convierte en un icono, The Innocents Criminals, en el que resulta complicado seleccionar temas por su enorme calidad Glory and Consequence, eses tremendo golpe al estómago que supone Faded, rotundo, completo, insustituible en ese crescendo mágico, con esa guitarra, o ese blues con aromas del Delta del Missisipi Homeless child o el lirismo de Number Three.

En 1999, tras el poderoso directo de Life from Mars, lanza Burn to Shine, con ese prodigio de cercanía y sensibilidad que supone The Woman In You, o el potente Forgiven.

Ya sin los The Innocents Criminals, graba una vuelta a sus orígenes más folkies con Diamonds on the Inside (2003), en el que conserva su estética pero desvestida del brío de sus producciones anteriores. La maravillosa Touch from your lustTemporary Remedy son dos de las canciones más reopresentativas. Un año más tarde, se refugia en el gospel junto a The Blind Boys of Alabama, y hasta gana un Grammy. Las texturas musicales son las mismas, con el apoyo de voces, pero capaces de crear canciones tan atractivas como la que abre el album Take my Hand.

El siguiente trabajo data de 2006. The both sides of the gun se estructura en dos caras muy diferenciadas. Una más intimista y calmada, con aires más folkies, y una segunda más eléctrica, contundente y atractiva, en la que se atisban toques stonianos (Engraved Invitation) y concesiones sobre bases más funkies (Black Rain). Pese a la introducción de sonidos más experimentales, no logra evitar cierta sensación de estancamiento, Destacan Morning Yearning, y sobre todo Serve your soul.

Un año mas tarde sale a la luz un nuevo trabajo con The Innocents Criminals, Lifeline. Grabado en París, sin ser una obra excepcional, Harper parece recuperar el tono en canciones tan vibrantes como Fight Outta You, Heart of Matters, Needed You Tonight o la instrumental Paris Sunrise #7, donde demuestra su enorme talento como guitarrista.

En 2009 aparece White lies for dark times. Grabado con una nueva banda The Relentless 7, esa sin duda su disco más rockero hasta la fecha. Las apabullantes Number With No Name o Why Must You Always Dress In Black, un booggie poderoso, la energética y «grungera» Shimmer and Shin, la sobresaliente Keep It Together (So I Can Fall Apart), en la que las guitarras fluyen hasta arrinconarte, o la preciosa balada The Word Suicide, son muestras de un disco muy interesante.

En 2011 lanza en solitario Give till it’s gone, con colaboraciones de Ringo Starr y Jackson Brown. Una obra madura, con algunas sorpresas como la canción Spilling Faith y su continuacion en forma de jam psicodélica Get There From Here, el homenaje a Neil Young en Rock N’ Roll Is Free o la inquietante Do It for You, Do It for Us.

En 2013 inicia su colaboración con el armonicista de blues Charlie Mussewhite, de cuyo resultado surge Get up. Un disco que ofrece lo que se supone, blues, pero que sorprendentemente no emociona lo que sugiere. Hay momentos muy buenos, como I Don’t Believe A Word You SayBlood Side Out, pero el resto resulta muy acomodaticio y superficial, eso si, técnicamente perfecto.

En 2014 publica su álbum más intimista, junto a su propia madre, Ellen Harper (Childhood Home, 2014), que sirve de homenaje a su familia y a la sólida formación musical que recibió en el Centro y Museo de la Música Folk en Claremont, creado por sus abuelos maternos, de la mano de personajes tan destacados con Ry Cooder o Taj Mahal.

Dos años más tarde retoma su vinculación con The Innocents Criminals con Call it what is, una obra en el que el compromiso político del músico se expande por todos los temas que lo conforman. De nuevo nos ofrece un catálogo amplio de estilos, desde el rock de When sex was dirty hasta el blues acerado y profundamente crítico con el concepto de igualdad de razas americano de Call it what it is, una visita al funkie adornado con el reagge de Shine o Finding Our Way. Destaca el trabajo de Dance Like Fire, un tiempo medio bien construido.

De nuevo en colaboración con Charlie Mussewhite estrena No Mercy in this land. Si su anterior obra conjunta estaba afectada por un exceso de técnica y apenas unos gramos de alma, en su nuevo álbum se resarcen por completo. No se trata de una visita al blues como parque temático, sino una reividindicación de su potencia, de su fulgor, de su carácter. Harper rinde culto a su idolatrado Charlie Patton y el blues del delta con unos temas desgarrados, en el que sus guitarras brillan de forma incesante. Desde The Bottle Wins Again y sus efluvios de Chicago o las inspirada baladas When love is not enough o Nothing At All son algunas de las páginas más sobresalientes de un gran disco.

Ben Harper es un músico inclasificable pero necesario. Poliédrico y místico, sin miedo a explorar pero siempre desde sus profundas raícez afroamericanas, concibe las canciones como un elemento de propaganda y agitación, aferrado a unas convicciones políticas que le convierten en un faro necesario en tiempos tan convulsos. Y todo ello sin desdeñar su enorme talento y virtuosismo como instrumentista, capaz de insuflar energía o sosegar conciencias connuna voz aterciopelada y personal, vibrante casi siempre.

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Nosololibros. Tosca o la alegoría de la libertad

Sin ánimo de buscar coartadas, la presencia de la ópera en este anacrónico viaje por la historia de la música obedece a un descubrimiento relativamente reciente. Preso de los prejuicios que siempre han acompañado al género (elitismo, complejidad, monotonía, snobismo), mi acercamiento pasó de la tibieza al entusiasmo sincero, gracias, entre otras razones, a la versatilidad del universo musical de Puccini.

La simbiosis de música, teatro y escenografía alcanzan uno de sus momentos más brillantes en Tosca, ópera en tres actos encuadrada dentro del llamado postromanticismo. Fue estrenada el 14 de enero de 1900 en Roma, con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, que se basaron en el drama de Victorien Sardou La Tosca (1887) para construir una historia apasionante, ubicada en el tumultuoso contexto que acompañaba a la Roma de 1800, sacudida por el enfrentamiento entre los partidarios del Antiguo Régimen y los republicanos anhelantes de los avances producidos en Francia tras 1789. Pero además, y como suele ser habitual en las óperas italianas, el amor y la pasión marcarán las vidas de sus protagonistas, produciendo un relato total, un espectáculo global en el que la mujer (Tosca) encarna con naturalidad un papel determinante en el desenlace, siempre revestido de aromas trágicos.

Pero además una serie de rasgos me han conducido a seleccionar esta obra como arquetipo operístico. En primer lugar, la importancia otorgada al libreto, que deja de ser un mero apéndice secundario, y aporta no sólo un gran músculo teatral al conjunto, sino que además se convierte en un hábil generador de atmósferas que rompen las barreras con el público. En segundo lugar, la musicalidad. Puccini impulsa a la orquesta a primer plano, como si fuera un personaje vital del drama humano que se desarrolla, con claras influencias de Strauss y Debussy; y mece a los protagonistas con un leivmotiv de reminiscencias wagnerianas que alcanza su climax gracias a momentos corales tan espléndidos como el famoso Te Deum; y en tercer lugar, la fascinación por el personaje del barón Scarpia. Epígono del defensor de la ortodoxia y el absolutismo, en realidad oculta un ser zarandeado por la lascivia y la voracidad sexual, cuya mejor definición aparece en el sobrecogedor Te Deum antes mencionado

Y por último, por contener dos de las arias más famosas e imperecederas de la ópera. Vissi d’arte, de la que he elegido la bellísima y conmovedora interpretación de Raina Kabaivanska

Y la intensa, dramática e inaprensible E lucevan le stelle, en este caso cantada por un soberbio Pavarotti.

Considerada por muchos la obra más inspirada y completa del repertorio de Puccini, es capaz de sumergirnos en una historia que discurre de forma vertiginosa, casi cinematográfica, con personajes potentes y creíbles, adornada con una música de enorme inspiración lírica, en la que la melodía acicala y conduce con gran precisión la tragedia narrativa que nos presenta hasta su trágico final. Una sensación mágica e intangible que te atrapa, y que me gustaría que compartierais conmigo, dejando atrás tópicos tan manoseados como falsos.

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Nosololibros: Led Zeppelin: el dirigible que voló más alto

La irrupción de Led Zeppelin en el panorama musical provocó una enorme convulsión en la década de los sesenta. Desde una inspiración llena de resabios blueseros, claramente heredada del mítico grupo The Yardbirds, del que procedía su guitarrista Jimmy Page, construyeron una arquitectura musical con la coartada del hard rock como argamasa, pero muy heterogénea y mestiza, generadora de paisajes sonoros psicodélicos con aires folk. Además, los textos desprendían aromas místicos, y pretendidamente crípticos, adornados con metáforas muchas veces inclasificables. Ese conjunto armonioso de música y letras conmocionaron tanto al público como a la crítica a partir de su majestuoso debut en 1969 con el disco homónimo Led Zeppelin.

Contenía una pléyade de canciones que recogían todas sus influencias, y anunciaban las tendencias posteriores del grupo. La psicodelia de Dazed and Confused, el rock potente de Communication Breakdown, o esa pequeña joya arrinconada y prácticamente desconocida Your Time Is Gonna Come componen parte de esa primera apuesta sonora.

La banda se presentaba como una sólida formación en la que sobresalían la contundencia rítmica de John Bonham, fundamental para explicar el soporte sonoro de la banda, aunque siempre fuera de los focos que acaparaban sus dos miembros más famosos: el guitarrista Jimmy Page, brillante y virtuoso instrumentista, hábil adaptador de riffs de blues, pero muy solvente técnicamente; y la voz aguda y al límite, sensual y estremecedora de Robert Plant. Menos fortuna mediática tuvo Jean Paul Jones, bajista y teclista del grupo, pese a ser el responsable en buena medida de las atmósferas del grupo.

Su segundo álbum, Led Zeppelin II, terminó por asentar sus rasgos y ampliar su éxito. Paulatinamente se observa una menor apelación al blues y una mayor asunción del hard rock como elemento vertebrador de su música. Incluye el primer número uno del grupo, la apabullante Whola lotta Love, plena de magnetismo sexual y un riff de guitarra contundente aunque, como muchos del grupo, prestado. Pero es un disco pleno, sin minutos de la basura, como lo demuestran Ramble on, hábil combinación de tiempos medios y contundencia sonora; la bucólica y evocadora Thank You, apresada entre los brillantes teclados de Jean Paul Jones; o el histórico solo de Bonham en Moby Dick.

Conscientes de su éxito y de la enorme repercusión de sus conciertos, tras regresar de una triunfal gira por Estados Unidos graban su tercera entrega, Led Zeppelin III (1970). Quizá persuadidos por los aires pastoriles de los bosques de Gales, ofrecen un puñado de canciones mayoritariamente acústicas, aunque no obvian concesiones eléctricas poderosas, como por ejemplo el tema que abre el disco, Inmigrant Son. Encierra una de esas joyas tan raras como desapercibidas, un blues abrasador y mágico, Since I’ve loving you, en el que la voz sensual y penetrante de Plant se desliza surfeando entre los punteos de Page, absolutamente pletóricos, los teclados de Jones y la eficacia rítmica de Bonham. Gallows Pole y Tangerine son dos hermosas creaciones con reminiscencias countries, muy «americanas» en su concepción y arreglos. Paralelamente, los conciertos de la banda se habían convertido en ceremonias multitudinarias, y asumiendo los clichés que acompañarían a las rock star, cultivaban una imagen polémica y plena de escándalos que contribuyeron a convertirlos en iconos de toda una generación.

En 1971 aparece su obra más mediática y popular, llamada convencionalmente Led Zeppelin IV aunque esa designación no figura en ninguna parte del discosin duda eclipsada por la presencia de Stairway to Heaven, una excelente canción, críptica en su letra que tiene como único lastre la universalidad, su reproducción constante. Pese a ello, nos encontramos sin duda ante uno de los clásicos ineludibles de la historia del rock, desde sus arpegios iniciales hasta el estallido final, tan fiel a la idiosincrasia del grupo. Pero el álbum supone además un regreso inteligente al hard rock como base de los temas, teniendo en cuenta las críticas amargas que había tenido su anterior obra. Black Dog o Rock and roll son perfectos ejemplos de ese ensamblaje poderoso entre la guitarra efervescente de Page y la contundencia de las baquetas de Bonham. Pero también hay argumentos acústicos, como la melódica y tolkeniana The battle of Evermore, o la sugerente Going to California. Y una apelación al blues clásico, la potente versión de When the Leeve Breaks, de Kansas Joe McCoy y Memphis Minnie.

Houses Of The Holy (1973) es la última grabación antes de fundar su propia discográfica, Swan Song. Incorpora sonidos funkies y reagges, en un ejercicio de eclecticismo a veces no excesivamente afortunado, aunque el conjunto resulte inapelable y muestre una mayor tendencia hacia la armonía y ciertas concomitancias con el rock sinfónico. El vértigo de la experimentación no parecía afectarles. La brillante The song remains the same abre el disco, músculo rítmico y cambios constantes. Y crece con la magnífica The rain song, una de los momentos más inspirados de la banda, en el que el Mellotron alcanza cotas realmente sublimes, y el crescendo final se arroja al vacío con el abandono cadencioso de esas guitarras que se aferran a ti al despedirse. La ambivalente y juguetona D’yer Maker siempre genera controversias, que deberían acabar con la escucha de la imprescindible No quarter, quizá con el riff más conseguido de Page y la inquietante, oscura y seductora presencia de los teclados de Jones.

Physical Graffiti (1975) abre la segunda parte de su carrera en su nuevo sello. A partir de este momento se abandonan el mainstream y los himnos, y se opta por composiciones más complejas, con muchas aristas, menos predecibles, pero igualmente atractivas. Kashmir es sin duda la canción más sobresaliente de este doble álbum heterogéneo, oscuro y desigual. Un viaje iniciático que combina influencias orientales, misticismo, arreglos orquestales y poses muy al estilo Genesis (con Peter Gabriel, por supuesto). In the light necesita muchas lecturas para comprobar su enorme calidad. Un extraño cóctel onírico y arrebatador, en el que los sintetizadores y el clavicordio de Jones, la voz de Plant y los riffs de Page se adentran en terrenos casi hipnóticos. In my time of Dying se envuelve en ropajes blueseros, con un Bonham absolutamente desatado y descomunal, y la maestría de Page en una sucesión de punteos demoledores.

Con Presence (1976) empezaban a dar síntomas de agotamiento, pese a contar con un gran tema, Achilles Last Stand, un himno compacto y épico que recupera la idiosincrasia de la banda: innumerables riffs ensamblados, soporte rítmico y la voz de Plant siempre al borde del abismo. Álbum rutinario, superficial, y previsible, quizá tan sólo Nobody’s Fault But Mine podría rescatarlo del anonimato.

Con el grupo en descomposición, preso de problemas con las drogas, el alcohol y la depresión, lanzan un disco irregular y prescindible, In through the out door (1979). Realizado y producido casi únicamente por Jones, el único miembro que no paseaba por el lado tóxico, es una oda a los sintetizadores, del que sólo rescataría dos momentos: All of my love, una apuesta por el pop más comercial pero bastante resultona, e In the evening, con un brillante comienzo hasta que se adormece y se torna monótono.

La historia de este enorme banda acaba en 1982, si es que no había muerto antes. Coda no es una grabación de estudio, sino una recopilación de rarezas y temas inéditos sacados a la luz tras la muerte de Bonham, que no logra remontar el vuelo de sus dos anteriores apariciones en el mercado. Quizá We’re gonna groove suena con la frescura y potencia de los mejores momentos, o Wearing and tearing con su aproximación al punk. Pero el conjunto es absolutamente decepcionante.

Pese a este mediocre final, la influencia de esta banda en la historia del rock, de la música en general, es enorme. Mucho más versátil e inclasificable de lo que pudiera parecer en un principio, su eclecticismo musical, el virtuosismo de sus integrantes y una enorme facilidad para vender discos la convirtieron en un icono magnético al que se asieron multitud de grupos posteriores, sentando las bases de lo que más tarde se conocería como heavy metal. Denostados por muchos como meros plagiadores, protagonistas de múltiples leyendas urbanas, supieron en realidad evolucionar sustentados por su enorme talento, aportando músculo y carácter ecuménico al rock.

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