Archivo de la categoría: Nosololibros

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica.

Nosololibros. Leño: el barrio en una Stratocaster

Hay bandas fugaces, músicos con cita previa y acuse de recibo, arribistas de consumo rápido y ligera digestión. Y luego, mucho más arriba, está Rosendo Mercado, Carabanchel en las venas, amarrado a una Stratocaster y al fantasma de Rory Gallagher, respirando barrio y rock a partes iguales.

Decir Leño es mencionar el Madrid que me agitaba, los conciertos en sitios inverosímiles, el goce y disfrute de horas sin final mecidas por la inspiración de una de las formaciones más importantes del rock español, ajena al conformismo, a las modas, a las radiofórmulas, ofreciendo honestidad y compromiso. Solo tres discos de estudio y uno en directo, grabado en la mítica sala Carolina (si alguien lo escucha, alguno de los gritos que se oyen es mío), pero suficientes para forjar un mito, cercano y palpable.

Surgidos tras una de las crisis que vivió con los Ñu de José Carlos Molina, Rosendo se anima a fundar Leño, con los que graba su primer disco en 1979. Obra homónima, a pesar de ser considerada el germen del rock urbano, incluye texituras progresivas y sinfónicas deslumbrantes, acompañadas de letras muy reivindicativas, pegadas a los problemas de un Madrid desigual y en plena transformación. Pronto se convierten en himnos temas como Este Madrid, El Tren, o esa auténtica maravilla que responde al nombre de Castigo, con riffs llenos de matices y ecos zappianos.

 

Su segundo album genera desconcierto. La producción de Teddy Bautista desvirtúa, con sonidos new wave y una abundancia de sintetizadores, muy buenas composiciones. Es una obra empastada, con ínfulas poperas, que debilitan y convierten en enfermizos temas tan brillantes como Hoy va a ser la noche de que te hablé; Cucarachas; paradójicamente una crítica ácida a la obsesión comercial de la música, Lo que acabas de elegir; o una declaración de intenciones en No voy más lejos. Pero sin duda sobresale Insisto, tan sutil y redonda como críptica. Se abandonan la contundencia de la base sonora, la distorsión de las guitarras, la rabia en cada surco, rendidas a las olas ochenteras.

 

En el año 81 sacan un disco en directo, grabado durante tres días en la Sala Carolina del barrio madrileño de Tetuán. Las colaboraciones de Luz Casal o Teddy Bautista dulcifican los temas, mientras que el saxo de Manuel Morales sobresale audaz. Se convierte en uno de los más vendidos de la banda, pese a que su sonido no es excesivamente bueno, y alberga tres temas inéditos: el hit Maneras de vivir, que fue capaz incluso de protagonizar promociones turísticas años más tarde; un medio tiempo interesante, Todo es más sencillo, y sobre todo la enorme Mientras tanto, una joya que lamentablemente no se trasladó al estudio y que ha pasado un tanto desapercibida.

 

Un año más tarde, Carlos Narea produce Corre, Corre en los estudios londinenses de Ian Gillan. Y los resultados mejoran notablemente. Vuelve el rock sin florituras ni adornos, arrinconados los teclados, con un sonido más desnudo y directo, más cercano al compromiso de la banda. Ya no hay experimentación sinfónica ni coqueteos tecnos. Tan sólo crudeza en las formas y en el fondo, más blues-rock que nunca, advirtiendo de que las calles disponen nuevamente de líderes que canalizan sus quejas, que ponen música a sus reivindicaciones. Sorprendente es quizá la canción más conocida, un potente tema con guitarras afiladas. La Fina es una excelente melodía difícil de encasillar, pero muy brillante, con una base blues evidente. Y destacan otros tres: Entre las cejas, casi un himno mainstream; No lo entiendo, rock efervescente sin tapujos, y sobre todo Qué desilusión, cuya letra, cargada de ironía y desenfado, proclama que “el rock and roll es aun arte, qué desilusión.”.

 

Y cuando todo parecía fluir, Leño se nos quedó afónico, sin palabras, tras una gira exitosa con Miguel Ríos y Luz Casal. Quizá el hastío, el vértigo, la propia inercia de los acontecimientos, la sensación de proyecto agotado. Pero la orfandad duró poco. Rosendo iniciaría una brillante carrera en solitario (ya ha anunciado que este año verá su última gira), que más pronto que tarde merecerá una entrada en esta serie.

Si me preguntáis qué significó Leño en la historia de la música mi respuesta no puede ser únicamente académica, puesto que representan parte de mi educación sentimental (cuánto añoramos a Vázquez Montalbán). El barrio hablaba a través de las escalas de una Fender. Historias de marginación narradas con lucidez, aromas de Tony Iommi y Gallagher, la etiqueta castrante de rock urbano, el carisma desde la naturalidad. Y todo ello en un contexto político amenazante, con las discográficas apostando por la música kleenex, la mercadotecnia vacía, los ídolos artificiales de masas llenando los espacios “culturales”. Como proclamaban en Lo que acabas de elegir:

“Yo podría cantarle a los colores de tus ojos y podría llevarte a un mundo extraño de ilusión, pero me conformo no quiero comerte el coco y te cuento lo que vivo, busco comunicación.”

Cercanía, interacción, verdad en las crónicas del Madrid de los 80. Un grupo imprescindible, una leyenda perdurable.

Nosololibros. Ben Harper: misticismo y compromiso desde la raíz

El californiano Ben Harper ha luchado siempre contra el encasillamiento. Instrumentista prodigioso y precoz, ahonda en las raíces de la música afroamericana, que en sus manos fluye natural y armoniosa, para transmitir algo más que acordes más o menos brillantes. Con Harper, la música emerge como canal de comunicación ecuménico sobre el que circulan sus firmes convicciones políticas y sociales en defensa de las minorías. Ninguna tentación comercial, ninguna voracidad por acumular premios o elogios.

La autenticidad de su música, siempre atravesada por el blues como referencia de autoridad, es un canto a la libertad creativa sin corsés, bien desde su orientación más acústica o folk, el apasionamiento eléctrico desde su idolatrada Weissenborn, o sus incursiones en el soul, el jazz o el reggae.

Su primer álbum, Pleasure and Pain (1992), escrito junto a Tom Freund, contenía una visión acústica del blues, en el que rendía homenaje a algunas de sus influencias, como Robert Johnson. Un año más tarde aparece Welcome to the cruel world, que persevera en esa línea folk y bucólica, y que contiene dos himnos como ForeverLike a King.

Su siguiente disco Fight for Your Mind (1995), endurece los sonidos y el mensaje.  La enorme Ground On Down, OppresionExcuse Me Mr. son quizá las más destacadas. Ese nuevo músculo desembocará en el magnífico The Will to Live (1997), primero que graba con una banda que pronto se convierte en un icono, The Innocents Criminals, en el que resulta complicado seleccionar temas por su enorme calidad Glory and Consequence, eses tremendo golpe al estómago que supone Faded, rotundo, completo, insustituible en ese crescendo mágico, con esa guitarra, o ese blues con aromas del Delta del Missisipi Homeless child o el lirismo de Number Three.

En 1999, tras el poderoso directo de Life from Mars, lanza Burn to Shine, con ese prodigio de cercanía y sensibilidad que supone The Woman In You, o el potente Forgiven.

Ya sin los The Innocents Criminals, graba una vuelta a sus orígenes más folkies con Diamonds on the Inside (2003), en el que conserva su estética pero desvestida del brío de sus producciones anteriores. La maravillosa Touch from your lustTemporary Remedy son dos de las canciones más reopresentativas. Un año más tarde, se refugia en el gospel junto a The Blind Boys of Alabama, y hasta gana un Grammy. Las texturas musicales son las mismas, con el apoyo de voces, pero capaces de crear canciones tan atractivas como la que abre el album Take my Hand.

El siguiente trabajo data de 2006. The both sides of the gun se estructura en dos caras muy diferenciadas. Una más intimista y calmada, con aires más folkies, y una segunda más eléctrica, contundente y atractiva, en la que se atisban toques stonianos (Engraved Invitation) y concesiones sobre bases más funkies (Black Rain). Pese a la introducción de sonidos más experimentales, no logra evitar cierta sensación de estancamiento, Destacan Morning Yearning, y sobre todo Serve your soul.

Un año mas tarde sale a la luz un nuevo trabajo con The Innocents Criminals, Lifeline. Grabado en París, sin ser una obra excepcional, Harper parece recuperar el tono en canciones tan vibrantes como Fight Outta You, Heart of Matters, Needed You Tonight o la instrumental Paris Sunrise #7, donde demuestra su enorme talento como guitarrista.

En 2009 aparece White lies for dark times. Grabado con una nueva banda The Relentless 7, esa sin duda su disco más rockero hasta la fecha. Las apabullantes Number With No Name o Why Must You Always Dress In Black, un booggie poderoso, la energética y “grungera” Shimmer and Shin, la sobresaliente Keep It Together (So I Can Fall Apart), en la que las guitarras fluyen hasta arrinconarte, o la preciosa balada The Word Suicide, son muestras de un disco muy interesante.

En 2011 lanza en solitario Give till it’s gone, con colaboraciones de Ringo Starr y Jackson Brown. Una obra madura, con algunas sorpresas como la canción Spilling Faith y su continuacion en forma de jam psicodélica Get There From Here, el homenaje a Neil Young en Rock N’ Roll Is Free o la inquietante Do It for You, Do It for Us.

En 2013 inicia su colaboración con el armonicista de blues Charlie Mussewhite, de cuyo resultado surge Get up. Un disco que ofrece lo que se supone, blues, pero que sorprendentemente no emociona lo que sugiere. Hay momentos muy buenos, como I Don’t Believe A Word You SayBlood Side Out, pero el resto resulta muy acomodaticio y superficial, eso si, técnicamente perfecto.

En 2014 publica su álbum más intimista, junto a su propia madre, Ellen Harper (Childhood Home, 2014), que sirve de homenaje a su familia y a la sólida formación musical que recibió en el Centro y Museo de la Música Folk en Claremont, creado por sus abuelos maternos, de la mano de personajes tan destacados con Ry Cooder o Taj Mahal.

Dos años más tarde retoma su vinculación con The Innocents Criminals con Call it what is, una obra en el que el compromiso político del músico se expande por todos los temas que lo conforman. De nuevo nos ofrece un catálogo amplio de estilos, desde el rock de When sex was dirty hasta el blues acerado y profundamente crítico con el concepto de igualdad de razas americano de Call it what it is, una visita al funkie adornado con el reagge de Shine o Finding Our Way. Destaca el trabajo de Dance Like Fire, un tiempo medio bien construido.

De nuevo en colaboración con Charlie Mussewhite estrena No Mercy in this land. Si su anterior obra conjunta estaba afectada por un exceso de técnica y apenas unos gramos de alma, en su nuevo álbum se resarcen por completo. No se trata de una visita al blues como parque temático, sino una reividindicación de su potencia, de su fulgor, de su carácter. Harper rinde culto a su idolatrado Charlie Patton y el blues del delta con unos temas desgarrados, en el que sus guitarras brillan de forma incesante. Desde The Bottle Wins Again y sus efluvios de Chicago o las inspirada baladas When love is not enough o Nothing At All son algunas de las páginas más sobresalientes de un gran disco.

Ben Harper es un músico inclasificable pero necesario. Poliédrico y místico, sin miedo a explorar pero siempre desde sus profundas raícez afroamericanas, concibe las canciones como un elemento de propaganda y agitación, aferrado a unas convicciones políticas que le convierten en un faro necesario en tiempos tan convulsos. Y todo ello sin desdeñar su enorme talento y virtuosismo como instrumentista, capaz de insuflar energía o sosegar conciencias connuna voz aterciopelada y personal, vibrante casi siempre.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

 

 

 

Nosololibros. Tosca o la alegoría de la libertad

Sin ánimo de buscar coartadas, la presencia de la ópera en este anacrónico viaje por la historia de la música obedece a un descubrimiento relativamente reciente. Preso de los prejuicios que siempre han acompañado al género (elitismo, complejidad, monotonía, snobismo), mi acercamiento pasó de la tibieza al entusiasmo sincero, gracias, entre otras razones, a la versatilidad del universo musical de Puccini.

La simbiosis de música, teatro y escenografía alcanzan uno de sus momentos más brillantes en Tosca, ópera en tres actos encuadrada dentro del llamado postromanticismo. Fue estrenada el 14 de enero de 1900 en Roma, con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, que se basaron en el drama de Victorien Sardou La Tosca (1887) para construir una historia apasionante, ubicada en el tumultuoso contexto que acompañaba a la Roma de 1800, sacudida por el enfrentamiento entre los partidarios del Antiguo Régimen y los republicanos anhelantes de los avances producidos en Francia tras 1789. Pero además, y como suele ser habitual en las óperas italianas, el amor y la pasión marcarán las vidas de sus protagonistas, produciendo un relato total, un espectáculo global en el que la mujer (Tosca) encarna con naturalidad un papel determinante en el desenlace, siempre revestido de aromas trágicos.

Pero además una serie de rasgos me han conducido a seleccionar esta obra como arquetipo operístico. En primer lugar, la importancia otorgada al libreto, que deja de ser un mero apéndice secundario, y aporta no sólo un gran músculo teatral al conjunto, sino que además se convierte en un hábil generador de atmósferas que rompen las barreras con el público. En segundo lugar, la musicalidad. Puccini impulsa a la orquesta a primer plano, como si fuera un personaje vital del drama humano que se desarrolla, con claras influencias de Strauss y Debussy; y mece a los protagonistas con un leivmotiv de reminiscencias wagnerianas que alcanza su climax gracias a momentos corales tan espléndidos como el famoso Te Deum; y en tercer lugar, la fascinación por el personaje del barón Scarpia. Epígono del defensor de la ortodoxia y el absolutismo, en realidad oculta un ser zarandeado por la lascivia y la voracidad sexual, cuya mejor definición aparece en el sobrecogedor Te Deum antes mencionado

Y por último, por contener dos de las arias más famosas e imperecederas de la ópera. Vissi d’arte, de la que he elegido la bellísima y conmovedora interpretación de Raina Kabaivanska

Y la intensa, dramática e inaprensible E lucevan le stelle, en este caso cantada por un soberbio Pavarotti.

Considerada por muchos la obra más inspirada y completa del repertorio de Puccini, es capaz de sumergirnos en una historia que discurre de forma vertiginosa, casi cinematográfica, con personajes potentes y creíbles, adornada con una música de enorme inspiración lírica, en la que la melodía acicala y conduce con gran precisión la tragedia narrativa que nos presenta hasta su trágico final. Una sensación mágica e intangible que te atrapa, y que me gustaría que compartierais conmigo, dejando atrás tópicos tan manoseados como falsos.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

 

Nosololibros: Led Zeppelin: el dirigible que voló más alto

La irrupción de Led Zeppelin en el panorama musical provocó una enorme convulsión en la década de los sesenta. Desde una inspiración llena de resabios blueseros, claramente heredada del mítico grupo The Yardbirds, del que procedía su guitarrista Jimmy Page, construyeron una arquitectura musical con la coartada del hard rock como argamasa, pero muy heterogénea y mestiza, generadora de paisajes sonoros psicodélicos con aires folk. Además, los textos desprendían aromas místicos, y pretendidamente crípticos, adornados con metáforas muchas veces inclasificables. Ese conjunto armonioso de música y letras conmocionaron tanto al público como a la crítica a partir de su majestuoso debut en 1969 con el disco homónimo Led Zeppelin.

Contenía una pléyade de canciones que recogían todas sus influencias, y anunciaban las tendencias posteriores del grupo. La psicodelia de Dazed and Confused, el rock potente de Communication Breakdown, o esa pequeña joya arrinconada y prácticamente desconocida Your Time Is Gonna Come componen parte de esa primera apuesta sonora.

La banda se presentaba como una sólida formación en la que sobresalían la contundencia rítmica de John Bonham, fundamental para explicar el soporte sonoro de la banda, aunque siempre fuera de los focos que acaparaban sus dos miembros más famosos: el guitarrista Jimmy Page, brillante y virtuoso instrumentista, hábil adaptador de riffs de blues, pero muy solvente técnicamente; y la voz aguda y al límite, sensual y estremecedora de Robert Plant. Menos fortuna mediática tuvo Jean Paul Jones, bajista y teclista del grupo, pese a ser el responsable en buena medida de las atmósferas del grupo.

Su segundo álbum, Led Zeppelin II, terminó por asentar sus rasgos y ampliar su éxito. Paulatinamente se observa una menor apelación al blues y una mayor asunción del hard rock como elemento vertebrador de su música. Incluye el primer número uno del grupo, la apabullante Whola lotta Love, plena de magnetismo sexual y un riff de guitarra contundente aunque, como muchos del grupo, prestado. Pero es un disco pleno, sin minutos de la basura, como lo demuestran Ramble on, hábil combinación de tiempos medios y contundencia sonora; la bucólica y evocadora Thank You, apresada entre los brillantes teclados de Jean Paul Jones; o el histórico solo de Bonham en Moby Dick.

Conscientes de su éxito y de la enorme repercusión de sus conciertos, tras regresar de una triunfal gira por Estados Unidos graban su tercera entrega, Led Zeppelin III (1970). Quizá persuadidos por los aires pastoriles de los bosques de Gales, ofrecen un puñado de canciones mayoritariamente acústicas, aunque no obvian concesiones eléctricas poderosas, como por ejemplo el tema que abre el disco, Inmigrant Son. Encierra una de esas joyas tan raras como desapercibidas, un blues abrasador y mágico, Since I’ve loving you, en el que la voz sensual y penetrante de Plant se desliza surfeando entre los punteos de Page, absolutamente pletóricos, los teclados de Jones y la eficacia rítmica de Bonham. Gallows Pole y Tangerine son dos hermosas creaciones con reminiscencias countries, muy “americanas” en su concepción y arreglos. Paralelamente, los conciertos de la banda se habían convertido en ceremonias multitudinarias, y asumiendo los clichés que acompañarían a las rock star, cultivaban una imagen polémica y plena de escándalos que contribuyeron a convertirlos en iconos de toda una generación.

En 1971 aparece su obra más mediática y popular, llamada convencionalmente Led Zeppelin IV aunque esa designación no figura en ninguna parte del discosin duda eclipsada por la presencia de Stairway to Heaven, una excelente canción, críptica en su letra que tiene como único lastre la universalidad, su reproducción constante. Pese a ello, nos encontramos sin duda ante uno de los clásicos ineludibles de la historia del rock, desde sus arpegios iniciales hasta el estallido final, tan fiel a la idiosincrasia del grupo. Pero el álbum supone además un regreso inteligente al hard rock como base de los temas, teniendo en cuenta las críticas amargas que había tenido su anterior obra. Black Dog o Rock and roll son perfectos ejemplos de ese ensamblaje poderoso entre la guitarra efervescente de Page y la contundencia de las baquetas de Bonham. Pero también hay argumentos acústicos, como la melódica y tolkeniana The battle of Evermore, o la sugerente Going to California. Y una apelación al blues clásico, la potente versión de When the Leeve Breaks, de Kansas Joe McCoy y Memphis Minnie.

Houses Of The Holy (1973) es la última grabación antes de fundar su propia discográfica, Swan Song. Incorpora sonidos funkies y reagges, en un ejercicio de eclecticismo a veces no excesivamente afortunado, aunque el conjunto resulte inapelable y muestre una mayor tendencia hacia la armonía y ciertas concomitancias con el rock sinfónico. El vértigo de la experimentación no parecía afectarles. La brillante The song remains the same abre el disco, músculo rítmico y cambios constantes. Y crece con la magnífica The rain song, una de los momentos más inspirados de la banda, en el que el Mellotron alcanza cotas realmente sublimes, y el crescendo final se arroja al vacío con el abandono cadencioso de esas guitarras que se aferran a ti al despedirse. La ambivalente y juguetona D’yer Maker siempre genera controversias, que deberían acabar con la escucha de la imprescindible No quarter, quizá con el riff más conseguido de Page y la inquietante, oscura y seductora presencia de los teclados de Jones.

Physical Graffiti (1975) abre la segunda parte de su carrera en su nuevo sello. A partir de este momento se abandonan el mainstream y los himnos, y se opta por composiciones más complejas, con muchas aristas, menos predecibles, pero igualmente atractivas. Kashmir es sin duda la canción más sobresaliente de este doble álbum heterogéneo, oscuro y desigual. Un viaje iniciático que combina influencias orientales, misticismo, arreglos orquestales y poses muy al estilo Genesis (con Peter Gabriel, por supuesto). In the light necesita muchas lecturas para comprobar su enorme calidad. Un extraño cóctel onírico y arrebatador, en el que los sintetizadores y el clavicordio de Jones, la voz de Plant y los riffs de Page se adentran en terrenos casi hipnóticos. In my time of Dying se envuelve en ropajes blueseros, con un Bonham absolutamente desatado y descomunal, y la maestría de Page en una sucesión de punteos demoledores.

Con Presence (1976) empezaban a dar síntomas de agotamiento, pese a contar con un gran tema, Achilles Last Stand, un himno compacto y épico que recupera la idiosincrasia de la banda: innumerables riffs ensamblados, soporte rítmico y la voz de Plant siempre al borde del abismo. Álbum rutinario, superficial, y previsible, quizá tan sólo Nobody’s Fault But Mine podría rescatarlo del anonimato.

Con el grupo en descomposición, preso de problemas con las drogas, el alcohol y la depresión, lanzan un disco irregular y prescindible, In through the out door (1979). Realizado y producido casi únicamente por Jones, el único miembro que no paseaba por el lado tóxico, es una oda a los sintetizadores, del que sólo rescataría dos momentos: All of my love, una apuesta por el pop más comercial pero bastante resultona, e In the evening, con un brillante comienzo hasta que se adormece y se torna monótono.

La historia de este enorme banda acaba en 1982, si es que no había muerto antes. Coda no es una grabación de estudio, sino una recopilación de rarezas y temas inéditos sacados a la luz tras la muerte de Bonham, que no logra remontar el vuelo de sus dos anteriores apariciones en el mercado. Quizá We’re gonna groove suena con la frescura y potencia de los mejores momentos, o Wearing and tearing con su aproximación al punk. Pero el conjunto es absolutamente decepcionante.

Pese a este mediocre final, la influencia de esta banda en la historia del rock, de la música en general, es enorme. Mucho más versátil e inclasificable de lo que pudiera parecer en un principio, su eclecticismo musical, el virtuosismo de sus integrantes y una enorme facilidad para vender discos la convirtieron en un icono magnético al que se asieron multitud de grupos posteriores, sentando las bases de lo que más tarde se conocería como heavy metal. Denostados por muchos como meros plagiadores, protagonistas de múltiples leyendas urbanas, supieron en realidad evolucionar sustentados por su enorme talento, aportando músculo y carácter ecuménico al rock.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

 

Nosolibros. Neil Young: el juglar incandescente

Aunque en esta sección del blog la objetividad no ha sido nunca una pretensión, resulta absolutamente imposible cuando se trata de hablar de Neil Young. Músico icónico, imprescindible para explicar la historia del rock en las últimas cuatro décadas, su obra transita con la misma grandeza tanto entre la sensibilidad acústica y bucólica como en la rotundidad eléctrica y afilada de sus escalas imposibles. Reacio a las categorías, en sus canciones fluyen sin ambages aires folk, country, rock, soul, blues, pop e incluso soluciones electrónicas.

Desde sus inicios genuinamente folkies en su Toronto natal, pasó a integrar una de las mejores bandas de country rock, The Buffalo Springfield, acompañado del mágico Stephen Stills. Las desavenencias internas y el choque de egos destruyeron el proyecto, no sin dejar tres magníficos álbumes y canciones tan brillantes como Expecting to fly y Broken Arrow.

1969 marca el inicio de su carrera en solitario, con un título homónimo que muestra su pasión por el folk, pero condimentada con toques psicodélicos y rockeros y esa impronta de calidad constante que le va a acompañar en su prolífica carrera. Solidez y personalidad en temas como The loner y I’ve been waiting for you, que van a ver su continuación en Everybody Knows This Is Nowhere, arriesgado y atractivo segundo álbum, con largos solos de guitarra, que supone el debut de Crazy Horse como banda, y contiene canciones tan rotundas como Cinnamon Girl, el impagable Down By the River, Running Dry o Cowgirl In The Sand.

Tras iniciar su colaboración con una de las superbandas, Crosby, Stills, Nash y él mismo a finales de los sesenta, grabando esa pequeña joya que responde al nombre de Deja Vu (1970), llega una de sus grandes cimas, After the gold rush (1970), derroche de talento e inspiración, absolutamente necesaria para comprender la majestuosidad de su música, Un álbum en el que nada sobra, como muestra el apabullante Southern man, tan actual, tan necesario. Dos años más tarde gesta Harvest (1972), su disco más comercial, acompañado de arreglos orquestales. Se le recuerda sobre todo por el magnético Heart of Gold, pero entre los surcos se desliza un tema que contrasta con el resto por su desnudez, por su sinceridad. The Needle and the Damage Done narra el viaje a la destrucción de varios amigos suyos. Y sobrecoge.

Quizá sepultado por el éxito, ofrece obras más vacías y ausentes, como Journey Through The Past (1972), u otras muy condicionadas por la muerte por sobredosis de su guitarrista Danny Whitten  y compuestas en atmósferas tóxicas como On the Beach (1975). Pero retoma el camino a la perfección con Tonight is the night, obra en la que aparece por primera vez como colaborador un guitarrista injustamente olvidado, Nils Lofgren. La canción homónima o las vibrantes Mellow my mind o Alburquerque vuelven a mostrarnos el fulgor de Young.

Y en el mismo año 1975, uno de los discos que más aprecio del canadiense, Zuma (1975). Mensaje social y político envuelto en constantes cambios de ritmo, presididos por esa peculiar forma de tocar la guitarra, que adquiere tintes indescriptibles en los primeros minutos de Cortez the Killer, acompasando y rigiendo nuestras emociones.

El fin de la década alumbra dos nuevos hitos: Comes a times (1978), su vertiente country, y sobre todo Rust never sleeps (1979), con una cara acústica y otra eléctrica que incorpora el efervescente himno Hey Hey, My My (Into The Black). Los años ochenta suponen una inesperada travesía del desierto, con álbumes en los que parece pesar más la rutina que la necesidad, pese a que discos como Old ways (1985), merecen una audición más reposada. Coinciden con su controvertido contrato con Geffen, aventuras rockabillys y abuso del sintetizador vacío.

Su resurgimiento comienza con This note’s for you (1989), un acercamiento al blues con fuerte presencia de la sección de viento, pero sobre todo con Freedom (1990), con la que vuelve a sus raíces. Regresa el juglar que describe la dureza urbana anclado en riffs de guitarra ora acerados y crepitantes, ora sensuales, el cronista que proclama su fe en el rock como elemento emancipador del mundo libre. Sólo tenéis que escuchar Rocking in the free world o la épica Crime in the city. Y es capaz de anticipar el grunge con la descomunal Ragged Glory (1991), una oda a la rabia en la que suena más contundente y áspero que nunca de la mano de unos directos Crazy Horse. Disfrutad de Mansion on the Hill o Love to Burn.

En los noventa graba obras como Harvest Moon (1992), una emotiva vuelta a la sonoridad bucólica de HarvestSleeps with angels (1993) y Mirror Ball (1994), en la que como grupo de acompañamiento contaba con Pearl Jam. A partir de entonces, no deja de grabar pese a múltiples problemas personales y de salud. Entre esa producción, destacaría Greendale (2003), una obra conceptual conducida por un rock aderezado de coloristas formas “blueseras”, y el último por ahora, The visitor (2017).

Neil Young cronista de su tiempo, poeta incandescente, apólogo del rock descarnado. Un músico intuitivo, de múltiples aristas, que combate la resignación con palabras desnudas que bailan eléctricas con la pulsión necesaria, a veces aceleradas y crispadas, a veces sensibles y condescendientes, pero siempre emocionales. Su gigantesca obra puede ser ahora escuchada y disfrutada de forma gratuita al menos hasta el verano en neilyoungarchives.com, con el valor añadido de que cada canción (más de 1.000) incorpora una ficha en la que constan los créditos (músicos, estudio, fecha, productor, sello) fotos, documentos, la letra e incluso a veces un vídeo de distinta naturaleza (directos, entrevistas, promociones …) Una ocasión única e ineludible.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

Nosololibros. Genesis (1969-1974): El lustro dorado

Phil Collins & Peter Gabriel. Photo © Bill Green.En la historia del rock, algunas bandas mantienen su nombre original pero se acomodan a la tiranía del mercado. Abandonan sus orígenes confiadas en que un viraje a tiempo les va a proporcionar el éxito masivo, horas de atención en las radiofórmulas, el incremento de las ventas y la expectación ante un nuevo disco. Genesis responde perfectamente a ese arquetipo, mostrando dos etapas claramente diferenciadas y marcadas por la salida de Peter Gabriel, su carismático vocalista, un músico polifacético, actor y escritor, que confería los conciertos como una representación teatral en los que interpretaba múltiples personajes que fluían a través de su voz y sus gestos.

Ello no significa que debamos establecer un maniqueísmo vacío y estéril entre la época de Gabriel y la representada fundamentalmente por Phil Collins. Cuando en agosto de 1975 se comunicó la decisión de la marcha del primero, tras la gira de presentación del magnífico álbum doble The Lamb Lies Down on Broadway, Genesis adoptó una nueva vía, basada en el mainstream y una paulatina orquestación pop de sus nuevos discos, que le condujo a ser considerado uno de los grupos más influyentes del pop-rock de los años ochenta.

Se trata por tanto de dos estilos distintos de entender la música, difícilmente contrastables. Precisamente esa circunstancia me permite referirme únicamente en este post al Génesis inicial, dominado por la inquietante y efervescente imaginación de Gabriel y el virtuosismo instrumental de Banks, Rutherford y Hackett. Su historia, con algunos cambios entre sus integrantes, comienza en 1969 con From Genesis to Revelation, obra en la que apenas se atisban los elementos que más tarde caracterizarán al grupo. Se trata de un álbum sumido en aires melancólicos, con la argamasa de un folk psicodélico en el que destaca The Silent Sun. En 1970 apareció Trespass, y los acordes bucólicos iniciales abrieron paso a un sonido que aúna delicadeza y rotundidad, con los instrumentos armonizando y acompasando la voz siempre ágil, penetrante y sugerente de Gabriel. Las señas de identidad quedaban perfectamente definidas: conceptualismo, suavidad y profundidad, cambios de ritmo perfectamente hilvanados, el lirismo arrebatador de Gabriel. La magistral Looking for someone lo acredita.

1971 es el año de Nursery Crime, grabación en la que debutaron Phil Collins como batería y el versátil y escasamente reconocido guitarrista Steve Hackett. Se consolidan las ideas-fuerza del grupo. Cada uno de los temas es una historia narrada en clave musical, y sus conciertos son en realidad manifestaciones multimedia en las que se entremezclan la creatividad desbordante de un pletórico Gabriel, con la cada vez más afirmada personalidad sonora de la banda, abundante de arpegios acústicos intensos y un atinado uso del mellotron. Sin duda Musical Box es uno de los temas que mejor definen al grupo.

En 1972 publicarían Foxtrot, considerado el paradigma del rock sinfónico, contiene la majestuosa Supper’s Ready, un tema claramente anticomercial por su excesiva duración (casi 23 minutos), en el que el grupo realiza un auténtico ejercicio de estilo, con continuos y marcados cambios de ritmo, ideas que confluyen y nutren una composición que no pretende ser un todo único, sino una combinación de elementos dispares que dejan paso incluso a la improvisación instrumental.

Tras el relativo éxito de ventas, y aprovechando la espectacularidad de sus directos, lanzan Selling Englang by the Pound, disco de múltiples aristas, complejo y seductor a la vez, quizá el más completo de su producción. La experimentación y el virtuosismo, lejos de producir una obra pretenciosa y fría, nos sumergen en un universo mágico y etéreo, en el que la música fluye sin artificios vanos a pesar de su perceptible dificultad técnica y compositiva. Inexcusable escuchar la impresionante Dancing with the Moonlit Knight

Finalizamos nuestro recorrido con la última grabación de Genesis con Gabriel.  El doble álbum The lamb lies down on Broadway (1974) es una obra menos accesible, la más genuinamente conceptual de su carrera, en la que se entregan a nuevos sonidos electrónicos (no podemos obviar la presencia de Brian Eno), y en la que, como si de una opera-rock se tratase, asistimos al viaje iniciático de una pareja de jóvenes que transgreden la realidad. Sobresalientes In the Cage o la más comercial The Carpet Crawlers.

A partir de aquí, Gabriel abandonaría el grupo para iniciar una interesante carrera en solitario, mientras que Genesis, tras dos discos de transición en los que aún ofrecen atisbos sinfónicos (sobre todo en el excelente A trick of the tail de 1975), irían paulatinamente simplificando sus composiciones para ofrecer canciones más cercanas a las necesidades y demandas de las emisoras comerciales.

Genesis con Gabriel nos ofrecieron cuatro obras absolutamente imprescindibles no sólo para los amantes de un género tan denostado como el rock sinfónico, sino para todo aquel que goce y disfrute de la música concebida como un deleite para los sentidos. Es difícil para sus detractores acusar al grupo de pretencioso y grandilocuente. Las grabaciones están realizadas sin edulcorantes ni pirotecnias técnicas vacías. Las canciones poseen letras estimulantes que combaten la realidad con lirismo y osadía, presencias oníricas de mundos imposibles. Y la música se integra sin crispación, guiada por un virtuosismo apabullante. La suma fue capaz de producir obras tan cercanas que nos conmueven, vestidas con unas magníficas portadas que simbolizan y enaltecen su contenido.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

 

 

 

 

 

Nosololibros: Astor Piazzolla: el tango es la coartada

Astor Pantaleón Piazzolla (Mar del Plata, 11 de Marzo de 1921 – Buenos Aires, 4 de julio de 1992) es posiblemente uno de los músicos más influyentes y atractivos del siglo XX. Pese a su tópica y reduccionista identificación con el tango, al que renovó y transformó sin tregua su trayectoria refleja una obra plena de matices y reminiscencias clásicas y jazzísticas, también lógicamente atravesada por los sones arrabaleros y seductores de la tradición argentina.

Tras una estancia neoyorkina, en la que fue alumno del pianista húngaro Bela Wilda, discípulo de Rachmaninov, que le contagia su pasión por Bach, regresa en 1936 a Argentina. Aquí comienza su inmersión en el tango de la mano de Elvino Vardaro, Aníbal Troilo, Alberto Ginastera y Raúl Spivak, al mismo tiempo que crece su fama como bandoneísta. Muy pronto sus composiciones comienzan a suscitar controversia entre los sectores más puristas y canónicos del tango, que observaban con desdén la profundidad armónica y el dinamismo de su propuesta.

Buscando siempre un estilo propio, acicala los esquemas básicos del tango con aportaciones cercanas a Bartok, Stravinksy y el be bop, en las que el ritmo y la mesura desbordan por todas las costuras la rigidez del mismo. Gracias a su triunfo en el concurso Fabien Sevitzky en 1953, viaja a París, estancia fundamental para explicar su evolución artística posterior, sobre todo a raíz de su encuentro con la pedagoga musical Nadia Boulanger, quien le hace ver la importancia de forjar su personalidad desde la raíz tanguera, desde la construcción personal de un universo que, sin abandonar el germen popular, fuera capaz de adoptar estructuras clásicas y abiertas a las oleadas contemporáneas.

Con su regreso a Argentina en 1955 se inicia la etapa considerada como del tango contemporáneo, que mezcla en perfecta simbiosis el tango tradicional y la música de cámara. En 1959 escribe una de sus obras más conmovedoras, Adiós Nonino, dedicada a su padre recientemente fallecido, y en la que vierte todo un conjunto de sensaciones para definir de forma sincera el significado auténtico del dolor.

Después de múltiples avatares y desencuentros con los sectores más ortodoxos, emprende distintas aventuras musicales, que le llevan a aproximarse al jazz-rock e incluso a componer una obra injustamente olvidada con el saxofonista Gerry Mulligan, Summit (1974). Años más tarde colaboraría con el vibrafonista Gary Burton en la grabación en directo durante el festival de Montreaux de la Suite for Vibraphone and New Tango Quintet (1986).

Otra píldora musical. El sugerente y siempre estimulante Libertango en una gran versión eléctrica.

Sin abandonar su inquietud por reivindicar un estilo propio (incluso en ocasiones se ha considerado que nadie salvo él mismo podría interpretar sus composiciones), muere en Buenos Aires el 4 de julio de 1992. Esta Milonga del Ángel pudiera acompañarle en su tránsito.

Su prolífico legado, compuesto por más de 1000 temas, ha influido notablemente en músicos extraordinariamente dispares. Siempre desde una ineludible y singular impronta argentina, en la que subyace el pulso constante del tango, ofrece un mestizaje impactante, atractivo y revolucionario, en el que convergen sin atropellarse el jazz, la música clásica, la tradición. Escuchar a Piazzolla constituye un goce constante, pero también la defensa de una sonoridad sin prejuicios, sin el acartonamiento de la ortodoxia, sin la apelación al dogma como argumento.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nosololibros. Thelonius Monk: el gigante silenciado

Pocos músicos han sido a la vez tan imprescindibles y maltratados en la historia del jazz como el pianista Thelonius Monk (Rocky Mount, 1917).  Varios festivales, entre ellos el de Zaragoza, han decidido conmemorar el centenario de su nacimiento con diversos conciertos que procuran recuperar la vigencia e impronta de un músico poliédrico, inconoclasta y seminal, capaz de fundar con Dizzy Gillespy y Charlie Parker el bebop para luego desmentirlo con un estilo propio, alejado tanto del virtuosismo artificioso como de la improvisación vacía, basado en la búsqueda de la expresividad a través de la armonía y el dominio rítmico.

Con una sólida formación clásica, utilizada una técnica percusiva que le permitía hilvanar disonancias y melodías que aparentaban oscuridad y que sin embargo se abrían diáfanas, mostrando una arquitectura sonora atractiva pero transgresora, en constante innovación.

Se apropiaba de los grandes standards del jazz, a los que engrandecía aportando una nueva dimensión poco complaciente pero rebosante de misticismo y profundidad. Buena muestra es esta soberbia recreación de Round Midnight

No debemos obviar que parte de la incomprensión que suscitó su figura procede de la aureola de excéntrico que le acompañó durante toda su trayectoria. Lo que realidad ocultaba esa consideración eran continuados episodios maníaco-depresivos que le condujeron en diversas ocasiones a hospitales psiquiátricos. Su actitud en el escenario generaba no pocas confusiones y sorpresas, puesto que aderezaba las improvisaciones del resto de músicos con danzas rituales o golpeaba rítmicamente los pies al mismo tiempo que susurraba las melodías que interpretaba.

De su periplo artístico destaca la estrecha colaboración que mantuvo con John Coltrane (al que ya dedicamos un Nosololibros) en 1957. No sólo por la brillantez de las composiciones, sino porque a partir de ese momento su figura se revalorizó enormemente, lo que le permitió afrontar sus siguientes pasos con mayor seguridad. Incluso llegó a ser portada de la revista Timedebido en parte a la influencia de la baronesa Von Koenigswarter, mecenas y protectora del músico.

Ese “gran oso caminando en un gran campo minado”, como le denominara Julio Cortázar en La Vuelta al día en ochenta minutos, nos dejó un legado más intenso que amplio, en el que el riesgo y la innovación constantes conforman la argamasa de un edificio sonoro apasionante. Fue capaz de combinar sin sobresaltos sencillez y complejidad, dotar a los silencios de personalidad y sentido y crear un universo personal e irrepetible, en el que jugaban en perfecta armonía los sonidos densos y los sutiles con disonancias rupturistas y precisas, que convierten su escucha en un deleite.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

 

 

 

Nosololibros. Radiohead. De arcanos y orfebres

Surgidos en plena efervescencia del britpop, cuando resultaba del todo inexcusable aferrarte a la dicotomía forzada de Blur y Oasis, Radiohead comenzó a forjar su identidad con Pablo Honey (1993), un cóctel con reminiscencias del rock alternativo de Pixies y del entonces omnipresente grunge de Nirvana, que acertó con un single potente, directo y llamado a convertirse en un himno mainstream, Creep.

Sus inquietudes y objetivos distaban mucho del arquetipo del grupo de rock fosilizado y anclado a temas gloriosos y épicos coreados hasta la extenuación. Buscaban no sólo ser famosos, sino establecer un vínculo de comunicación estable y creciente a través de la música. The Bends (1995) surgió con esa intención, huyendo de canciones de éxito fugaz y adoptando sonidos muy elaborados, con texturas y ambientes abiertos y amplios, en los que resultaba difícil encontrar referentes coetáneos. Un disco muy homogéneo y equilibrado, que requiere una escucha pausada y sin urgencias desmedidas, una obra que muestra crecimiento y madurez.

Y llegamos a uno de los discos más importantes e influyentes de la historia del rock. Ok Computer (1997), una auténtica obra maestra que nos sitúa en el microcosmos onírico, misterioso e intenso del grupo, en el que se mezclan de forma armoniosa y electrizante la música clásica, la intensidad del rock, la pasión por lo visual y la búsqueda conceptual de respuestas. Píldoras de introspección casi mágicas, cosidas e hilvanadas a través de ambientes sonoros capaces de aunar perfección y rupturismo. Canciones como la celebrada Karma Police, o la audaz Paranoid Android son buena muestra del inicio de una nueva época.

Enemigos del conformismo, tres años después publicaron Kid A (2000), álbum que ahonda en la vertiente vanguardista de su música mezclando jazz con esa versión electrónica que tanto incomoda a sus detractores. Esa apuesta por lo experimental continuará con Amnesiac (2001), disco tan imprescindible como poco conocido, en el que el jazz deja de ser tan sólo un recurso para erigirse en protagonista, con continuas alusiones y homenajes a Miles Davis y que contiene una de las mayores joyas del grupo, Life in a Glasshouse. Si me permitís un consejo, disfrutadla con las imágenes que cierran la tercera temporada de la fantástica serie Peaky Blinders. Puro deleite.

 

Su siguiente obra, Hail to the Thief (2003), no fue muy bien recibida ni por la crítica ni por el público, quizá debido a su carácter continuista. Pero reúne grandes temas como There There o I Will. En 2007 publicaron in Rainbows, rodeado de la polémica por su difusión online a voluntad, aunque luego se comercializara de forma tradicional, en una espectacular operación de marketing. Pese a ese envoltorio interesado, incluye canciones muy atractivas, en las que las guitarras se abren paso con gran contundencia, como House of Cards y su premiado videoclip realizado con sensores en vez de cámaras. El fallido The King of Limbs (2011) hace humano al grupo, con una propuesta más cercana al puzzle y al pastiche musical. Su última apuesta, A Moon Shaped Pool (2016) es un agradable reencuentro con algunas de las premisas que convierten a la banda en un referente.

Un grupo poliédrico, sin grises, sin temor a asumir el riesgo, en mutación constante y abierto en canal, que compone con la minuciosidad del orfebre en un universo fascinante al que te invito a adentrarte. Espero que no te defraude.

 

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

Nosololibros. Chet Baker: la balada del poeta roto

Adentrase en la vida y la obra de Chet Baker supone estar dispuesto a asumir un tobogán constante de sensaciones. Su carismática imagen, mucho más cercana a la de un actor de Hollywood o de un playboy de éxito, contrasta con la enorme capacidad seductora y atractiva de su música, que camina siempre entre la nostalgia y la poesía, entre la inestabilidad tremendamente humana de una nota a punto de quebrarse y la admirable emotividad de sus sensuales fraseos.

Una vida arruinada por sus adicciones, pero también condicionada por una pasión desmedida por el jazz, que incluso le impulsó a modificar su forma de tocar la trompeta tras la brutal paliza de unos traficantes de droga que le destrozó la mandíbula.

Desde que Charlie Parker (otro genio desarbolado por las drogas) le escuchara en los clubes de San Francisco e impulsara su carrera, se convirtió en un referente, un blanco magnético que se inmiscuía en un mundo de negros. No sólo era brillante como trompetista. Como vocalista, tenía una voz susurrante, a veces escasamente perceptible, pero plena de swing y cadencia que amplificaba todavía más su poderoso sentido icónico.

Extenuado por su vertiginoso tren de vida, decidió refugiarse en Europa sin modificar sin embargo sus tóxicos hábitos, lo que le ocasionó múltiples problemas con la justicia, incluso una pena de un año de cárcel en Italia y la deportación a su país natal. A finales de los setenta, regresó definitivamente al Viejo Continente, basando su carrera en conciertos tan irregulares como su propia vida, en los que se alternaban noches pletóricas con actuaciones vergonzantes. Rockeros como Elvis Costello o Van Morrison sucumbieron a su hipnótica forma de tocar (impagable la versión de Almost blue, canción compuesta por el primero).

Una película reciente (Born to be blue, 2015), dirigida por Robert Budreau, se acerca al mito de un músico maldito, magistralmente interpretado por Ethan Hawke. Una de las mejores escenas de la misma rememora su actuación en el Birdland de Nueva York. Entre el público asistente se encuentra el gran Miles Davis, escéptico y distante ante un músico blanco, la quintaesencia del cool jazz, al que consideraba un frívolo advenedizo. Más allá de sus discrepancias estilísticas, Miles comprendió que aquel hombre transmitía autenticidad envuelta en terciopelo sonoro.

Un hotel de Amsterdam fue finalmente el escenario de su muerte en 1988, el último acto de un músico incomparable, intuitivo y genial, que dotó a la trompeta de sensualidad y magnetismo, de desgarro interior y cierto aroma de desesperanza vital.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica