Archivo de la categoría: Nosololibros

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica.

Nosololibros: Led Zeppelin: el dirigible que voló más alto

La irrupción de Led Zeppelin en el panorama musical provocó una enorme convulsión en la década de los sesenta. Desde una inspiración llena de resabios blueseros, claramente heredada del mítico grupo The Yardbirds, del que procedía su guitarrista Jimmy Page, construyeron una arquitectura musical con la coartada del hard rock como argamasa, pero muy heterogénea y mestiza, generadora de paisajes sonoros psicodélicos con aires folk. Además, los textos desprendían aromas místicos, y pretendidamente crípticos, adornados con metáforas muchas veces inclasificables. Ese conjunto armonioso de música y letras conmocionaron tanto al público como a la crítica a partir de su majestuoso debut en 1969 con el disco homónimo Led Zeppelin.

Contenía una pléyade de canciones que recogían todas sus influencias, y anunciaban las tendencias posteriores del grupo. La psicodelia de Dazed and Confused, el rock potente de Communication Breakdown, o esa pequeña joya arrinconada y prácticamente desconocida Your Time Is Gonna Come componen parte de esa primera apuesta sonora.

La banda se presentaba como una sólida formación en la que sobresalían la contundencia rítmica de John Bonham, fundamental para explicar el soporte sonoro de la banda, aunque siempre fuera de los focos que acaparaban sus dos miembros más famosos: el guitarrista Jimmy Page, brillante y virtuoso instrumentista, hábil adaptador de riffs de blues, pero muy solvente técnicamente; y la voz aguda y al límite, sensual y estremecedora de Robert Plant. Menos fortuna mediática tuvo Jean Paul Jones, bajista y teclista del grupo, pese a ser el responsable en buena medida de las atmósferas del grupo.

Su segundo álbum, Led Zeppelin II, terminó por asentar sus rasgos y ampliar su éxito. Paulatinamente se observa una menor apelación al blues y una mayor asunción del hard rock como elemento vertebrador de su música. Incluye el primer número uno del grupo, la apabullante Whola lotta Love, plena de magnetismo sexual y un riff de guitarra contundente aunque, como muchos del grupo, prestado. Pero es un disco pleno, sin minutos de la basura, como lo demuestran Ramble on, hábil combinación de tiempos medios y contundencia sonora; la bucólica y evocadora Thank You, apresada entre los brillantes teclados de Jean Paul Jones; o el histórico solo de Bonham en Moby Dick.

Conscientes de su éxito y de la enorme repercusión de sus conciertos, tras regresar de una triunfal gira por Estados Unidos graban su tercera entrega, Led Zeppelin III (1970). Quizá persuadidos por los aires pastoriles de los bosques de Gales, ofrecen un puñado de canciones mayoritariamente acústicas, aunque no obvian concesiones eléctricas poderosas, como por ejemplo el tema que abre el disco, Inmigrant Son. Encierra una de esas joyas tan raras como desapercibidas, un blues abrasador y mágico, Since I’ve loving you, en el que la voz sensual y penetrante de Plant se desliza surfeando entre los punteos de Page, absolutamente pletóricos, los teclados de Jones y la eficacia rítmica de Bonham. Gallows Pole y Tangerine son dos hermosas creaciones con reminiscencias countries, muy “americanas” en su concepción y arreglos. Paralelamente, los conciertos de la banda se habían convertido en ceremonias multitudinarias, y asumiendo los clichés que acompañarían a las rock star, cultivaban una imagen polémica y plena de escándalos que contribuyeron a convertirlos en iconos de toda una generación.

En 1971 aparece su obra más mediática y popular, llamada convencionalmente Led Zeppelin IV aunque esa designación no figura en ninguna parte del discosin duda eclipsada por la presencia de Stairway to Heaven, una excelente canción, críptica en su letra que tiene como único lastre la universalidad, su reproducción constante. Pese a ello, nos encontramos sin duda ante uno de los clásicos ineludibles de la historia del rock, desde sus arpegios iniciales hasta el estallido final, tan fiel a la idiosincrasia del grupo. Pero el álbum supone además un regreso inteligente al hard rock como base de los temas, teniendo en cuenta las críticas amargas que había tenido su anterior obra. Black Dog o Rock and roll son perfectos ejemplos de ese ensamblaje poderoso entre la guitarra efervescente de Page y la contundencia de las baquetas de Bonham. Pero también hay argumentos acústicos, como la melódica y tolkeniana The battle of Evermore, o la sugerente Going to California. Y una apelación al blues clásico, la potente versión de When the Leeve Breaks, de Kansas Joe McCoy y Memphis Minnie.

Houses Of The Holy (1973) es la última grabación antes de fundar su propia discográfica, Swan Song. Incorpora sonidos funkies y reagges, en un ejercicio de eclecticismo a veces no excesivamente afortunado, aunque el conjunto resulte inapelable y muestre una mayor tendencia hacia la armonía y ciertas concomitancias con el rock sinfónico. El vértigo de la experimentación no parecía afectarles. La brillante The song remains the same abre el disco, músculo rítmico y cambios constantes. Y crece con la magnífica The rain song, una de los momentos más inspirados de la banda, en el que el Mellotron alcanza cotas realmente sublimes, y el crescendo final se arroja al vacío con el abandono cadencioso de esas guitarras que se aferran a ti al despedirse. La ambivalente y juguetona D’yer Maker siempre genera controversias, que deberían acabar con la escucha de la imprescindible No quarter, quizá con el riff más conseguido de Page y la inquietante, oscura y seductora presencia de los teclados de Jones.

Physical Graffiti (1975) abre la segunda parte de su carrera en su nuevo sello. A partir de este momento se abandonan el mainstream y los himnos, y se opta por composiciones más complejas, con muchas aristas, menos predecibles, pero igualmente atractivas. Kashmir es sin duda la canción más sobresaliente de este doble álbum heterogéneo, oscuro y desigual. Un viaje iniciático que combina influencias orientales, misticismo, arreglos orquestales y poses muy al estilo Genesis (con Peter Gabriel, por supuesto). In the light necesita muchas lecturas para comprobar su enorme calidad. Un extraño cóctel onírico y arrebatador, en el que los sintetizadores y el clavicordio de Jones, la voz de Plant y los riffs de Page se adentran en terrenos casi hipnóticos. In my time of Dying se envuelve en ropajes blueseros, con un Bonham absolutamente desatado y descomunal, y la maestría de Page en una sucesión de punteos demoledores.

Con Presence (1976) empezaban a dar síntomas de agotamiento, pese a contar con un gran tema, Achilles Last Stand, un himno compacto y épico que recupera la idiosincrasia de la banda: innumerables riffs ensamblados, soporte rítmico y la voz de Plant siempre al borde del abismo. Álbum rutinario, superficial, y previsible, quizá tan sólo Nobody’s Fault But Mine podría rescatarlo del anonimato.

Con el grupo en descomposición, preso de problemas con las drogas, el alcohol y la depresión, lanzan un disco irregular y prescindible, In through the out door (1979). Realizado y producido casi únicamente por Jones, el único miembro que no paseaba por el lado tóxico, es una oda a los sintetizadores, del que sólo rescataría dos momentos: All of my love, una apuesta por el pop más comercial pero bastante resultona, e In the evening, con un brillante comienzo hasta que se adormece y se torna monótono.

La historia de este enorme banda acaba en 1982, si es que no había muerto antes. Coda no es una grabación de estudio, sino una recopilación de rarezas y temas inéditos sacados a la luz tras la muerte de Bonham, que no logra remontar el vuelo de sus dos anteriores apariciones en el mercado. Quizá We’re gonna groove suena con la frescura y potencia de los mejores momentos, o Wearing and tearing con su aproximación al punk. Pero el conjunto es absolutamente decepcionante.

Pese a este mediocre final, la influencia de esta banda en la historia del rock, de la música en general, es enorme. Mucho más versátil e inclasificable de lo que pudiera parecer en un principio, su eclecticismo musical, el virtuosismo de sus integrantes y una enorme facilidad para vender discos la convirtieron en un icono magnético al que se asieron multitud de grupos posteriores, sentando las bases de lo que más tarde se conocería como heavy metal. Denostados por muchos como meros plagiadores, protagonistas de múltiples leyendas urbanas, supieron en realidad evolucionar sustentados por su enorme talento, aportando músculo y carácter ecuménico al rock.

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Nosolibros. Neil Young: el juglar incandescente

Aunque en esta sección del blog la objetividad no ha sido nunca una pretensión, resulta absolutamente imposible cuando se trata de hablar de Neil Young. Músico icónico, imprescindible para explicar la historia del rock en las últimas cuatro décadas, su obra transita con la misma grandeza tanto entre la sensibilidad acústica y bucólica como en la rotundidad eléctrica y afilada de sus escalas imposibles. Reacio a las categorías, en sus canciones fluyen sin ambages aires folk, country, rock, soul, blues, pop e incluso soluciones electrónicas.

Desde sus inicios genuinamente folkies en su Toronto natal, pasó a integrar una de las mejores bandas de country rock, The Buffalo Springfield, acompañado del mágico Stephen Stills. Las desavenencias internas y el choque de egos destruyeron el proyecto, no sin dejar tres magníficos álbumes y canciones tan brillantes como Expecting to fly y Broken Arrow.

1969 marca el inicio de su carrera en solitario, con un título homónimo que muestra su pasión por el folk, pero condimentada con toques psicodélicos y rockeros y esa impronta de calidad constante que le va a acompañar en su prolífica carrera. Solidez y personalidad en temas como The loner y I’ve been waiting for you, que van a ver su continuación en Everybody Knows This Is Nowhere, arriesgado y atractivo segundo álbum, con largos solos de guitarra, que supone el debut de Crazy Horse como banda, y contiene canciones tan rotundas como Cinnamon Girl, el impagable Down By the River, Running Dry o Cowgirl In The Sand.

Tras iniciar su colaboración con una de las superbandas, Crosby, Stills, Nash y él mismo a finales de los sesenta, grabando esa pequeña joya que responde al nombre de Deja Vu (1970), llega una de sus grandes cimas, After the gold rush (1970), derroche de talento e inspiración, absolutamente necesaria para comprender la majestuosidad de su música, Un álbum en el que nada sobra, como muestra el apabullante Southern man, tan actual, tan necesario. Dos años más tarde gesta Harvest (1972), su disco más comercial, acompañado de arreglos orquestales. Se le recuerda sobre todo por el magnético Heart of Gold, pero entre los surcos se desliza un tema que contrasta con el resto por su desnudez, por su sinceridad. The Needle and the Damage Done narra el viaje a la destrucción de varios amigos suyos. Y sobrecoge.

Quizá sepultado por el éxito, ofrece obras más vacías y ausentes, como Journey Through The Past (1972), u otras muy condicionadas por la muerte por sobredosis de su guitarrista Danny Whitten  y compuestas en atmósferas tóxicas como On the Beach (1975). Pero retoma el camino a la perfección con Tonight is the night, obra en la que aparece por primera vez como colaborador un guitarrista injustamente olvidado, Nils Lofgren. La canción homónima o las vibrantes Mellow my mind o Alburquerque vuelven a mostrarnos el fulgor de Young.

Y en el mismo año 1975, uno de los discos que más aprecio del canadiense, Zuma (1975). Mensaje social y político envuelto en constantes cambios de ritmo, presididos por esa peculiar forma de tocar la guitarra, que adquiere tintes indescriptibles en los primeros minutos de Cortez the Killer, acompasando y rigiendo nuestras emociones.

El fin de la década alumbra dos nuevos hitos: Comes a times (1978), su vertiente country, y sobre todo Rust never sleeps (1979), con una cara acústica y otra eléctrica que incorpora el efervescente himno Hey Hey, My My (Into The Black). Los años ochenta suponen una inesperada travesía del desierto, con álbumes en los que parece pesar más la rutina que la necesidad, pese a que discos como Old ways (1985), merecen una audición más reposada. Coinciden con su controvertido contrato con Geffen, aventuras rockabillys y abuso del sintetizador vacío.

Su resurgimiento comienza con This note’s for you (1989), un acercamiento al blues con fuerte presencia de la sección de viento, pero sobre todo con Freedom (1990), con la que vuelve a sus raíces. Regresa el juglar que describe la dureza urbana anclado en riffs de guitarra ora acerados y crepitantes, ora sensuales, el cronista que proclama su fe en el rock como elemento emancipador del mundo libre. Sólo tenéis que escuchar Rocking in the free world o la épica Crime in the city. Y es capaz de anticipar el grunge con la descomunal Ragged Glory (1991), una oda a la rabia en la que suena más contundente y áspero que nunca de la mano de unos directos Crazy Horse. Disfrutad de Mansion on the Hill o Love to Burn.

En los noventa graba obras como Harvest Moon (1992), una emotiva vuelta a la sonoridad bucólica de HarvestSleeps with angels (1993) y Mirror Ball (1994), en la que como grupo de acompañamiento contaba con Pearl Jam. A partir de entonces, no deja de grabar pese a múltiples problemas personales y de salud. Entre esa producción, destacaría Greendale (2003), una obra conceptual conducida por un rock aderezado de coloristas formas “blueseras”, y el último por ahora, The visitor (2017).

Neil Young cronista de su tiempo, poeta incandescente, apólogo del rock descarnado. Un músico intuitivo, de múltiples aristas, que combate la resignación con palabras desnudas que bailan eléctricas con la pulsión necesaria, a veces aceleradas y crispadas, a veces sensibles y condescendientes, pero siempre emocionales. Su gigantesca obra puede ser ahora escuchada y disfrutada de forma gratuita al menos hasta el verano en neilyoungarchives.com, con el valor añadido de que cada canción (más de 1.000) incorpora una ficha en la que constan los créditos (músicos, estudio, fecha, productor, sello) fotos, documentos, la letra e incluso a veces un vídeo de distinta naturaleza (directos, entrevistas, promociones …) Una ocasión única e ineludible.

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Nosololibros. Genesis (1969-1974): El lustro dorado

Phil Collins & Peter Gabriel. Photo © Bill Green.En la historia del rock, algunas bandas mantienen su nombre original pero se acomodan a la tiranía del mercado. Abandonan sus orígenes confiadas en que un viraje a tiempo les va a proporcionar el éxito masivo, horas de atención en las radiofórmulas, el incremento de las ventas y la expectación ante un nuevo disco. Genesis responde perfectamente a ese arquetipo, mostrando dos etapas claramente diferenciadas y marcadas por la salida de Peter Gabriel, su carismático vocalista, un músico polifacético, actor y escritor, que confería los conciertos como una representación teatral en los que interpretaba múltiples personajes que fluían a través de su voz y sus gestos.

Ello no significa que debamos establecer un maniqueísmo vacío y estéril entre la época de Gabriel y la representada fundamentalmente por Phil Collins. Cuando en agosto de 1975 se comunicó la decisión de la marcha del primero, tras la gira de presentación del magnífico álbum doble The Lamb Lies Down on Broadway, Genesis adoptó una nueva vía, basada en el mainstream y una paulatina orquestación pop de sus nuevos discos, que le condujo a ser considerado uno de los grupos más influyentes del pop-rock de los años ochenta.

Se trata por tanto de dos estilos distintos de entender la música, difícilmente contrastables. Precisamente esa circunstancia me permite referirme únicamente en este post al Génesis inicial, dominado por la inquietante y efervescente imaginación de Gabriel y el virtuosismo instrumental de Banks, Rutherford y Hackett. Su historia, con algunos cambios entre sus integrantes, comienza en 1969 con From Genesis to Revelation, obra en la que apenas se atisban los elementos que más tarde caracterizarán al grupo. Se trata de un álbum sumido en aires melancólicos, con la argamasa de un folk psicodélico en el que destaca The Silent Sun. En 1970 apareció Trespass, y los acordes bucólicos iniciales abrieron paso a un sonido que aúna delicadeza y rotundidad, con los instrumentos armonizando y acompasando la voz siempre ágil, penetrante y sugerente de Gabriel. Las señas de identidad quedaban perfectamente definidas: conceptualismo, suavidad y profundidad, cambios de ritmo perfectamente hilvanados, el lirismo arrebatador de Gabriel. La magistral Looking for someone lo acredita.

1971 es el año de Nursery Crime, grabación en la que debutaron Phil Collins como batería y el versátil y escasamente reconocido guitarrista Steve Hackett. Se consolidan las ideas-fuerza del grupo. Cada uno de los temas es una historia narrada en clave musical, y sus conciertos son en realidad manifestaciones multimedia en las que se entremezclan la creatividad desbordante de un pletórico Gabriel, con la cada vez más afirmada personalidad sonora de la banda, abundante de arpegios acústicos intensos y un atinado uso del mellotron. Sin duda Musical Box es uno de los temas que mejor definen al grupo.

En 1972 publicarían Foxtrot, considerado el paradigma del rock sinfónico, contiene la majestuosa Supper’s Ready, un tema claramente anticomercial por su excesiva duración (casi 23 minutos), en el que el grupo realiza un auténtico ejercicio de estilo, con continuos y marcados cambios de ritmo, ideas que confluyen y nutren una composición que no pretende ser un todo único, sino una combinación de elementos dispares que dejan paso incluso a la improvisación instrumental.

Tras el relativo éxito de ventas, y aprovechando la espectacularidad de sus directos, lanzan Selling Englang by the Pound, disco de múltiples aristas, complejo y seductor a la vez, quizá el más completo de su producción. La experimentación y el virtuosismo, lejos de producir una obra pretenciosa y fría, nos sumergen en un universo mágico y etéreo, en el que la música fluye sin artificios vanos a pesar de su perceptible dificultad técnica y compositiva. Inexcusable escuchar la impresionante Dancing with the Moonlit Knight

Finalizamos nuestro recorrido con la última grabación de Genesis con Gabriel.  El doble álbum The lamb lies down on Broadway (1974) es una obra menos accesible, la más genuinamente conceptual de su carrera, en la que se entregan a nuevos sonidos electrónicos (no podemos obviar la presencia de Brian Eno), y en la que, como si de una opera-rock se tratase, asistimos al viaje iniciático de una pareja de jóvenes que transgreden la realidad. Sobresalientes In the Cage o la más comercial The Carpet Crawlers.

A partir de aquí, Gabriel abandonaría el grupo para iniciar una interesante carrera en solitario, mientras que Genesis, tras dos discos de transición en los que aún ofrecen atisbos sinfónicos (sobre todo en el excelente A trick of the tail de 1975), irían paulatinamente simplificando sus composiciones para ofrecer canciones más cercanas a las necesidades y demandas de las emisoras comerciales.

Genesis con Gabriel nos ofrecieron cuatro obras absolutamente imprescindibles no sólo para los amantes de un género tan denostado como el rock sinfónico, sino para todo aquel que goce y disfrute de la música concebida como un deleite para los sentidos. Es difícil para sus detractores acusar al grupo de pretencioso y grandilocuente. Las grabaciones están realizadas sin edulcorantes ni pirotecnias técnicas vacías. Las canciones poseen letras estimulantes que combaten la realidad con lirismo y osadía, presencias oníricas de mundos imposibles. Y la música se integra sin crispación, guiada por un virtuosismo apabullante. La suma fue capaz de producir obras tan cercanas que nos conmueven, vestidas con unas magníficas portadas que simbolizan y enaltecen su contenido.

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Nosololibros: Astor Piazzolla: el tango es la coartada

Astor Pantaleón Piazzolla (Mar del Plata, 11 de Marzo de 1921 – Buenos Aires, 4 de julio de 1992) es posiblemente uno de los músicos más influyentes y atractivos del siglo XX. Pese a su tópica y reduccionista identificación con el tango, al que renovó y transformó sin tregua su trayectoria refleja una obra plena de matices y reminiscencias clásicas y jazzísticas, también lógicamente atravesada por los sones arrabaleros y seductores de la tradición argentina.

Tras una estancia neoyorkina, en la que fue alumno del pianista húngaro Bela Wilda, discípulo de Rachmaninov, que le contagia su pasión por Bach, regresa en 1936 a Argentina. Aquí comienza su inmersión en el tango de la mano de Elvino Vardaro, Aníbal Troilo, Alberto Ginastera y Raúl Spivak, al mismo tiempo que crece su fama como bandoneísta. Muy pronto sus composiciones comienzan a suscitar controversia entre los sectores más puristas y canónicos del tango, que observaban con desdén la profundidad armónica y el dinamismo de su propuesta.

Buscando siempre un estilo propio, acicala los esquemas básicos del tango con aportaciones cercanas a Bartok, Stravinksy y el be bop, en las que el ritmo y la mesura desbordan por todas las costuras la rigidez del mismo. Gracias a su triunfo en el concurso Fabien Sevitzky en 1953, viaja a París, estancia fundamental para explicar su evolución artística posterior, sobre todo a raíz de su encuentro con la pedagoga musical Nadia Boulanger, quien le hace ver la importancia de forjar su personalidad desde la raíz tanguera, desde la construcción personal de un universo que, sin abandonar el germen popular, fuera capaz de adoptar estructuras clásicas y abiertas a las oleadas contemporáneas.

Con su regreso a Argentina en 1955 se inicia la etapa considerada como del tango contemporáneo, que mezcla en perfecta simbiosis el tango tradicional y la música de cámara. En 1959 escribe una de sus obras más conmovedoras, Adiós Nonino, dedicada a su padre recientemente fallecido, y en la que vierte todo un conjunto de sensaciones para definir de forma sincera el significado auténtico del dolor.

Después de múltiples avatares y desencuentros con los sectores más ortodoxos, emprende distintas aventuras musicales, que le llevan a aproximarse al jazz-rock e incluso a componer una obra injustamente olvidada con el saxofonista Gerry Mulligan, Summit (1974). Años más tarde colaboraría con el vibrafonista Gary Burton en la grabación en directo durante el festival de Montreaux de la Suite for Vibraphone and New Tango Quintet (1986).

Otra píldora musical. El sugerente y siempre estimulante Libertango en una gran versión eléctrica.

Sin abandonar su inquietud por reivindicar un estilo propio (incluso en ocasiones se ha considerado que nadie salvo él mismo podría interpretar sus composiciones), muere en Buenos Aires el 4 de julio de 1992. Esta Milonga del Ángel pudiera acompañarle en su tránsito.

Su prolífico legado, compuesto por más de 1000 temas, ha influido notablemente en músicos extraordinariamente dispares. Siempre desde una ineludible y singular impronta argentina, en la que subyace el pulso constante del tango, ofrece un mestizaje impactante, atractivo y revolucionario, en el que convergen sin atropellarse el jazz, la música clásica, la tradición. Escuchar a Piazzolla constituye un goce constante, pero también la defensa de una sonoridad sin prejuicios, sin el acartonamiento de la ortodoxia, sin la apelación al dogma como argumento.

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Nosololibros. Thelonius Monk: el gigante silenciado

Pocos músicos han sido a la vez tan imprescindibles y maltratados en la historia del jazz como el pianista Thelonius Monk (Rocky Mount, 1917).  Varios festivales, entre ellos el de Zaragoza, han decidido conmemorar el centenario de su nacimiento con diversos conciertos que procuran recuperar la vigencia e impronta de un músico poliédrico, inconoclasta y seminal, capaz de fundar con Dizzy Gillespy y Charlie Parker el bebop para luego desmentirlo con un estilo propio, alejado tanto del virtuosismo artificioso como de la improvisación vacía, basado en la búsqueda de la expresividad a través de la armonía y el dominio rítmico.

Con una sólida formación clásica, utilizada una técnica percusiva que le permitía hilvanar disonancias y melodías que aparentaban oscuridad y que sin embargo se abrían diáfanas, mostrando una arquitectura sonora atractiva pero transgresora, en constante innovación.

Se apropiaba de los grandes standards del jazz, a los que engrandecía aportando una nueva dimensión poco complaciente pero rebosante de misticismo y profundidad. Buena muestra es esta soberbia recreación de Round Midnight

No debemos obviar que parte de la incomprensión que suscitó su figura procede de la aureola de excéntrico que le acompañó durante toda su trayectoria. Lo que realidad ocultaba esa consideración eran continuados episodios maníaco-depresivos que le condujeron en diversas ocasiones a hospitales psiquiátricos. Su actitud en el escenario generaba no pocas confusiones y sorpresas, puesto que aderezaba las improvisaciones del resto de músicos con danzas rituales o golpeaba rítmicamente los pies al mismo tiempo que susurraba las melodías que interpretaba.

De su periplo artístico destaca la estrecha colaboración que mantuvo con John Coltrane (al que ya dedicamos un Nosololibros) en 1957. No sólo por la brillantez de las composiciones, sino porque a partir de ese momento su figura se revalorizó enormemente, lo que le permitió afrontar sus siguientes pasos con mayor seguridad. Incluso llegó a ser portada de la revista Timedebido en parte a la influencia de la baronesa Von Koenigswarter, mecenas y protectora del músico.

Ese “gran oso caminando en un gran campo minado”, como le denominara Julio Cortázar en La Vuelta al día en ochenta minutos, nos dejó un legado más intenso que amplio, en el que el riesgo y la innovación constantes conforman la argamasa de un edificio sonoro apasionante. Fue capaz de combinar sin sobresaltos sencillez y complejidad, dotar a los silencios de personalidad y sentido y crear un universo personal e irrepetible, en el que jugaban en perfecta armonía los sonidos densos y los sutiles con disonancias rupturistas y precisas, que convierten su escucha en un deleite.

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Nosololibros. Radiohead. De arcanos y orfebres

Surgidos en plena efervescencia del britpop, cuando resultaba del todo inexcusable aferrarte a la dicotomía forzada de Blur y Oasis, Radiohead comenzó a forjar su identidad con Pablo Honey (1993), un cóctel con reminiscencias del rock alternativo de Pixies y del entonces omnipresente grunge de Nirvana, que acertó con un single potente, directo y llamado a convertirse en un himno mainstream, Creep.

Sus inquietudes y objetivos distaban mucho del arquetipo del grupo de rock fosilizado y anclado a temas gloriosos y épicos coreados hasta la extenuación. Buscaban no sólo ser famosos, sino establecer un vínculo de comunicación estable y creciente a través de la música. The Bends (1995) surgió con esa intención, huyendo de canciones de éxito fugaz y adoptando sonidos muy elaborados, con texturas y ambientes abiertos y amplios, en los que resultaba difícil encontrar referentes coetáneos. Un disco muy homogéneo y equilibrado, que requiere una escucha pausada y sin urgencias desmedidas, una obra que muestra crecimiento y madurez.

Y llegamos a uno de los discos más importantes e influyentes de la historia del rock. Ok Computer (1997), una auténtica obra maestra que nos sitúa en el microcosmos onírico, misterioso e intenso del grupo, en el que se mezclan de forma armoniosa y electrizante la música clásica, la intensidad del rock, la pasión por lo visual y la búsqueda conceptual de respuestas. Píldoras de introspección casi mágicas, cosidas e hilvanadas a través de ambientes sonoros capaces de aunar perfección y rupturismo. Canciones como la celebrada Karma Police, o la audaz Paranoid Android son buena muestra del inicio de una nueva época.

Enemigos del conformismo, tres años después publicaron Kid A (2000), álbum que ahonda en la vertiente vanguardista de su música mezclando jazz con esa versión electrónica que tanto incomoda a sus detractores. Esa apuesta por lo experimental continuará con Amnesiac (2001), disco tan imprescindible como poco conocido, en el que el jazz deja de ser tan sólo un recurso para erigirse en protagonista, con continuas alusiones y homenajes a Miles Davis y que contiene una de las mayores joyas del grupo, Life in a Glasshouse. Si me permitís un consejo, disfrutadla con las imágenes que cierran la tercera temporada de la fantástica serie Peaky Blinders. Puro deleite.

 

Su siguiente obra, Hail to the Thief (2003), no fue muy bien recibida ni por la crítica ni por el público, quizá debido a su carácter continuista. Pero reúne grandes temas como There There o I Will. En 2007 publicaron in Rainbows, rodeado de la polémica por su difusión online a voluntad, aunque luego se comercializara de forma tradicional, en una espectacular operación de marketing. Pese a ese envoltorio interesado, incluye canciones muy atractivas, en las que las guitarras se abren paso con gran contundencia, como House of Cards y su premiado videoclip realizado con sensores en vez de cámaras. El fallido The King of Limbs (2011) hace humano al grupo, con una propuesta más cercana al puzzle y al pastiche musical. Su última apuesta, A Moon Shaped Pool (2016) es un agradable reencuentro con algunas de las premisas que convierten a la banda en un referente.

Un grupo poliédrico, sin grises, sin temor a asumir el riesgo, en mutación constante y abierto en canal, que compone con la minuciosidad del orfebre en un universo fascinante al que te invito a adentrarte. Espero que no te defraude.

 

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Nosololibros. Chet Baker: la balada del poeta roto

Adentrase en la vida y la obra de Chet Baker supone estar dispuesto a asumir un tobogán constante de sensaciones. Su carismática imagen, mucho más cercana a la de un actor de Hollywood o de un playboy de éxito, contrasta con la enorme capacidad seductora y atractiva de su música, que camina siempre entre la nostalgia y la poesía, entre la inestabilidad tremendamente humana de una nota a punto de quebrarse y la admirable emotividad de sus sensuales fraseos.

Una vida arruinada por sus adicciones, pero también condicionada por una pasión desmedida por el jazz, que incluso le impulsó a modificar su forma de tocar la trompeta tras la brutal paliza de unos traficantes de droga que le destrozó la mandíbula.

Desde que Charlie Parker (otro genio desarbolado por las drogas) le escuchara en los clubes de San Francisco e impulsara su carrera, se convirtió en un referente, un blanco magnético que se inmiscuía en un mundo de negros. No sólo era brillante como trompetista. Como vocalista, tenía una voz susurrante, a veces escasamente perceptible, pero plena de swing y cadencia que amplificaba todavía más su poderoso sentido icónico.

Extenuado por su vertiginoso tren de vida, decidió refugiarse en Europa sin modificar sin embargo sus tóxicos hábitos, lo que le ocasionó múltiples problemas con la justicia, incluso una pena de un año de cárcel en Italia y la deportación a su país natal. A finales de los setenta, regresó definitivamente al Viejo Continente, basando su carrera en conciertos tan irregulares como su propia vida, en los que se alternaban noches pletóricas con actuaciones vergonzantes. Rockeros como Elvis Costello o Van Morrison sucumbieron a su hipnótica forma de tocar (impagable la versión de Almost blue, canción compuesta por el primero).

Una película reciente (Born to be blue, 2015), dirigida por Robert Budreau, se acerca al mito de un músico maldito, magistralmente interpretado por Ethan Hawke. Una de las mejores escenas de la misma rememora su actuación en el Birdland de Nueva York. Entre el público asistente se encuentra el gran Miles Davis, escéptico y distante ante un músico blanco, la quintaesencia del cool jazz, al que consideraba un frívolo advenedizo. Más allá de sus discrepancias estilísticas, Miles comprendió que aquel hombre transmitía autenticidad envuelta en terciopelo sonoro.

Un hotel de Amsterdam fue finalmente el escenario de su muerte en 1988, el último acto de un músico incomparable, intuitivo y genial, que dotó a la trompeta de sensualidad y magnetismo, de desgarro interior y cierto aroma de desesperanza vital.

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Nosololibros. Shostakóvich, entre la sumisión y la vanguardia

La presencia de Dmitri Shostakóvich (1906-1975) en la historia de la música ha estado excesivamente condicionada por su difícil, incómoda y a menudo incoherente coexistencia con el estalinismo. Dotado de un gran brillantez compositiva, sus producción musical manifestó siempre una extraña dualidad entre sus inquietudes personales, muy cercanas a la vanguardia y a las propuestas rupturistas de Strawinski, y la necesidad de adaptarse a las máximas del socialismo revolucionario soviético.

 

Precisamente esta situación provocó situaciones ambivalentes y hasta contradictorias en su relación con Stalin. Su obra tan pronto era censurada o tildada de formalista como ensalzada como la máxima representación artística del pueblo soviético. Fruto de esas tensiones fue el fin de su carrera como compositor de ópera tras la prohibición de su exitosa Lady Macbeth de Mtsensk (1934). En casi todas sus composiciones subyace una corriente melancólica, a veces en deuda con la tradición rusa, que trata de maquillar la sumisión a que se vio obligado por el poder, y que en muchas ocasiones ha propiciado que se le considere el arquetipo de la épica del cobarde.

 

Pese a ser conocido por sus sinfonías (escribió 15), sobre todo la Quinta, la épica e imponente Séptima, estrenada y compuesta en Leningrado durante el asedio de las tropas nazis a la ciudad (no podemos dejar de recomendar la meticulosa reconstrucción histórica elaborada por Bryan Monayhan en Leningrado, asedio y sinfonía, disponible entre nuestros fondos), y la excelente Octava, Shostakovich fue un magnífico pianista y compositor de cámara, vertiente en la que podía mostrar con mayor libertad su instinto vanguardista y su placer por las disonancias.

Un músico poderoso, poliédrico, atrapado en un contexto en el que la supervivencia se contonea y perturba de la misma forma que la delgada y frágil cuerda sostiene al equilibrista, pero que nos ofrece una obra brillante, presa de contradicciones y de múltiples interpretaciones, inequívocamente viva.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

Nosololibros. Sobrinus: cuando el talento no basta

Sobrevuela siempre por la historia del rock la necesidad de ubicar a unos cuantos músicos, de profesión minoritarios, en una especie de cajón de sastre denominado Malditos. A veces peyorativo, otras defendido de forma estusiasta e interesada por sus propios miembros, el estigma les acompaña hasta su desaparición, entre el escaso apoyo mediático, la incredulidad de la crítica, y la indiferencia de buena parte de la población.

Sobrinus, la banda que vamos a visitar, nunca consiguieron los favores del público, y tampoco creo que lo buscaran. Tres músicos de enorme calidad, con un directo brutal, y unos cuantos discos (3 en total) conforman su testimonio vital. Etiquetados dentro del rock alternativo, su eclecticismo convirtió cada una de sus grabaciones en un viaje a sonidos crimsonianos, atmósferas y riffs de guitarra zappianos y por supuesto a reminiscencias de Primus, el icónico grupo del magistral bajista Les Claypool, al que parecen homenajear desde su propio nombre.

Precisamente esta última influencia pudo marcar su destino, puesto que sin medir la profundidad y amplitud de su obra, se les tildaba de meros clones de la banda estadounidense de funk metal. Pero en realidad crearon un ecosistema propio, en el que abundaban el recurso a las síncopas y la proliferación de constantes cambios de ritmo plenos de creatividad y transmisión, realizados con medidas extrañas y de alta dificultad técnica. Tampoco desdeñan una letras surrealistas, en las que la ironía y el humor adoptaban idénticas modulaciones que su música, incluyendo inteligentes juegos de palabras hasta conformar una obra que adquiría nuevas dimensiones en cada escucha. A ello debemos unir su solidez como instrumentistas y su pasión por el directo.

Todas estas circunstancias sin embargo (o quizá por ellas) no impidieron su desaparición en 2005, diez años después de su fulgurante comienzo con Sobrinus (1996), un torrente desbordante de creatividad que contiene canciones tan generosas como Pitufa o Suerte, eléctricas como Sueña? o tan estremecedoras como Zumbido. Su segunda entrega, Zapin (1998), no es un mero álbum continuista, aúna inquietud y ambición. Pese a ciertas concesiones comerciales, dispone de temas tan desgarradores y elocuentes como ¿Vives cómodo? o Ámame si … y les permite embarcarse en una larga gira por todo el país. Su última aportación, 13 muecas compiladas (2003), grabado tras el primer movimiento en el grupo (el batería Roberto Lozano es relevado por David Parrilla), exhibe el mismo músculo e intensidad que los anteriores, y cuenta con una tremenda exposición de poderío y contundencia condensado en la brillantez de Ya no soy un pez o La noche me domina.

Se ponía fin a una fructífera trayectoria musical, y se abría el camino a nuevas aventuras rítmicas, desde el sonido aflamencado de Adredre, creación del cantante y guitarrista Sydney Gámez, a las colaboraciones de Roberto Lozano en Sex Museum o Corizonas. Sobrinus fue una banda que creció fuera de los focos, haciendo apología de la libertad compositiva como fórmula de comunicación, dotada de un virtuosismo no exento de entrega ni transmisión. Constituyen un arquetipo más de que la calidad no sólo no es suficiente, sino que a veces resulta un hándicap para alcanzar el éxito.

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Nosololibros. Frank Zappa: el genio desatado

Frank ZappaControvertido, cáustico, sorprendente, inconformista, vital. Siempre genial. Los apelativos para definir a un músico de la relevancia de Frank Zappa son tantos como el grado de desconocimiento general de su obra y su talento. Fascinado por la música clásica contemporánea, personalizada en su fervor por Varese o Stravinsky, su producción trasciende el mero escaparate convencional del rock para convertirse en una plataforma conceptual en la que se mezcla la profundidad de sus composiciones con el vitriólico aroma de la provocación constante.

Junto con su inquietud y la necesidad permanente de mutación, el músico de Baltimore destaca además por erigirse en un polo de atracción de grandes músicos, que convertían cada nuevo disco en una auténtica jam session de virtuosos. Steve Vai, Adrian Belew, Don Van Vliet (Captain Beefheart), Ray Collins, Terry Bozzio, Jean-Luc Ponty, George Duke o Michael Brecker forman parte de ese elenco.

Pero además nunca obvió el compromiso social. Fue el azote de la ortodoxia, de todo aquel político o telepredicador que intentara limitar la libertad de expresión o de creación, sin importar de donde procediera. Republicanos, demócratas, hippies acomodaticios, jueces, policías,  incluso los propios Beatles fueron el objetivo de este irreverente agitador.

A pesar de su atracción inicial por la batería, paulatinamente se convertiría en uno de los mejores guitarristas de la historia gracias tanto a una ejecución nítida, cristalina y limpia, como a su enorme capacidad de transmisión. Si bien sus composiciones no son especialmente sencillas de entender, cuando eres capaz de penetrar en ellas te convences de su gran calidad y poder de seducción.

Esa formación autodidacta, producto de la escucha ecléctica y sin prejuicios de numerosos estilos, le convirtió en un músico total y completo, que adoptó el rock como un mecanismo de transmisión de mayor alcance, que sin embargo ocultaba un genio sinfónico. Si tuviéramos que destacar tres álbumes, nos inclinaríamos por Hot rats (1969), quizá el mejor disco de rock de la historia, simbiosis perfecta y embriagadora de rock progresivo y jazz, que incluía esa enorme joya llamada Peaches in Regalia

 

En segundo lugar, Sheik Yerbouti (1979), el paraíso de los over-dubs y la certeza de que el humor es el factor crítico más contundente y eficaz, como lo muestran temas como el celebérrimo Bobby Brown, quizá su mayor éxito pese a que fue censurado en muchas emisoras de radio, o el no menos esplendoroso Yo Mama, que contiene un solo de guitarra arrebatador

Y por último, el disco conceptual por excelencia, Joe`s Garage (1979), una delicia interminable y penetrante, que contiene la maravillosa Watermelon in Easter Hay, tema que cabalga sobre tal vez el riff de guitarra eléctrica más hermoso jamás creado, y que os mostramos en una versión en directo realmente emocionante

¿Qué nos queda de este francotirador desbordante? Quizá representa como nadie la evolución de la cultura de los últimos compases del siglo XX; tal vez sea la constatación de que la música no debería dormitar en radiofórmulas al uso, que ha de convertirse en un factor de crítica y reivindicación del arte como instrumento social, vivo y dinámico; que el éxito vacío y artificial es el camino más rápido hacia el fracaso. Pero lo que es indudable es que su universo, onírico y prensible a la vez, forma parte de los momentos más brillantes de la música de todos los tiempos.

Y como píldora final, este breve prodigio en seis cuerdas llamado Sleep Dirt, del álbum homónimo de 1979. Disfrutadlo.

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