Archivo de la categoría: Nosololibros

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica.

Nosololibros. Genesis (1969-1974): El lustro dorado

Phil Collins & Peter Gabriel. Photo © Bill Green.En la historia del rock, algunas bandas mantienen su nombre original pero se acomodan a la tiranía del mercado. Abandonan sus orígenes confiadas en que un viraje a tiempo les va a proporcionar el éxito masivo, horas de atención en las radiofórmulas, el incremento de las ventas y la expectación ante un nuevo disco. Genesis responde perfectamente a ese arquetipo, mostrando dos etapas claramente diferenciadas y marcadas por la salida de Peter Gabriel, su carismático vocalista, un músico polifacético, actor y escritor, que confería los conciertos como una representación teatral en los que interpretaba múltiples personajes que fluían a través de su voz y sus gestos.

Ello no significa que debamos establecer un maniqueísmo vacío y estéril entre la época de Gabriel y la representada fundamentalmente por Phil Collins. Cuando en agosto de 1975 se comunicó la decisión de la marcha del primero, tras la gira de presentación del magnífico álbum doble The Lamb Lies Down on Broadway, Genesis adoptó una nueva vía, basada en el mainstream y una paulatina orquestación pop de sus nuevos discos, que le condujo a ser considerado uno de los grupos más influyentes del pop-rock de los años ochenta.

Se trata por tanto de dos estilos distintos de entender la música, difícilmente contrastables. Precisamente esa circunstancia me permite referirme únicamente en este post al Génesis inicial, dominado por la inquietante y efervescente imaginación de Gabriel y el virtuosismo instrumental de Banks, Rutherford y Hackett. Su historia, con algunos cambios entre sus integrantes, comienza en 1969 con From Genesis to Revelation, obra en la que apenas se atisban los elementos que más tarde caracterizarán al grupo. Se trata de un álbum sumido en aires melancólicos, con la argamasa de un folk psicodélico en el que destaca The Silent Sun. En 1970 apareció Trespass, y los acordes bucólicos iniciales abrieron paso a un sonido que aúna delicadeza y rotundidad, con los instrumentos armonizando y acompasando la voz siempre ágil, penetrante y sugerente de Gabriel. Las señas de identidad quedaban perfectamente definidas: conceptualismo, suavidad y profundidad, cambios de ritmo perfectamente hilvanados, el lirismo arrebatador de Gabriel. La magistral Looking for someone lo acredita.

1971 es el año de Nursery Crime, grabación en la que debutaron Phil Collins como batería y el versátil y escasamente reconocido guitarrista Steve Hackett. Se consolidan las ideas-fuerza del grupo. Cada uno de los temas es una historia narrada en clave musical, y sus conciertos son en realidad manifestaciones multimedia en las que se entremezclan la creatividad desbordante de un pletórico Gabriel, con la cada vez más afirmada personalidad sonora de la banda, abundante de arpegios acústicos intensos y un atinado uso del mellotron. Sin duda Musical Box es uno de los temas que mejor definen al grupo.

En 1972 publicarían Foxtrot, considerado el paradigma del rock sinfónico, contiene la majestuosa Supper’s Ready, un tema claramente anticomercial por su excesiva duración (casi 23 minutos), en el que el grupo realiza un auténtico ejercicio de estilo, con continuos y marcados cambios de ritmo, ideas que confluyen y nutren una composición que no pretende ser un todo único, sino una combinación de elementos dispares que dejan paso incluso a la improvisación instrumental.

Tras el relativo éxito de ventas, y aprovechando la espectacularidad de sus directos, lanzan Selling Englang by the Pound, disco de múltiples aristas, complejo y seductor a la vez, quizá el más completo de su producción. La experimentación y el virtuosismo, lejos de producir una obra pretenciosa y fría, nos sumergen en un universo mágico y etéreo, en el que la música fluye sin artificios vanos a pesar de su perceptible dificultad técnica y compositiva. Inexcusable escuchar la impresionante Dancing with the Moonlit Knight

Finalizamos nuestro recorrido con la última grabación de Genesis con Gabriel.  El doble álbum The lamb lies down on Broadway (1974) es una obra menos accesible, la más genuinamente conceptual de su carrera, en la que se entregan a nuevos sonidos electrónicos (no podemos obviar la presencia de Brian Eno), y en la que, como si de una opera-rock se tratase, asistimos al viaje iniciático de una pareja de jóvenes que transgreden la realidad. Sobresalientes In the Cage o la más comercial The Carpet Crawlers.

A partir de aquí, Gabriel abandonaría el grupo para iniciar una interesante carrera en solitario, mientras que Genesis, tras dos discos de transición en los que aún ofrecen atisbos sinfónicos (sobre todo en el excelente A trick of the tail de 1975), irían paulatinamente simplificando sus composiciones para ofrecer canciones más cercanas a las necesidades y demandas de las emisoras comerciales.

Genesis con Gabriel nos ofrecieron cuatro obras absolutamente imprescindibles no sólo para los amantes de un género tan denostado como el rock sinfónico, sino para todo aquel que goce y disfrute de la música concebida como un deleite para los sentidos. Es difícil para sus detractores acusar al grupo de pretencioso y grandilocuente. Las grabaciones están realizadas sin edulcorantes ni pirotecnias técnicas vacías. Las canciones poseen letras estimulantes que combaten la realidad con lirismo y osadía, presencias oníricas de mundos imposibles. Y la música se integra sin crispación, guiada por un virtuosismo apabullante. La suma fue capaz de producir obras tan cercanas que nos conmueven, vestidas con unas magníficas portadas que simbolizan y enaltecen su contenido.

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Nosololibros: Astor Piazzolla: el tango es la coartada

Astor Pantaleón Piazzolla (Mar del Plata, 11 de Marzo de 1921 – Buenos Aires, 4 de julio de 1992) es posiblemente uno de los músicos más influyentes y atractivos del siglo XX. Pese a su tópica y reduccionista identificación con el tango, al que renovó y transformó sin tregua su trayectoria refleja una obra plena de matices y reminiscencias clásicas y jazzísticas, también lógicamente atravesada por los sones arrabaleros y seductores de la tradición argentina.

Tras una estancia neoyorkina, en la que fue alumno del pianista húngaro Bela Wilda, discípulo de Rachmaninov, que le contagia su pasión por Bach, regresa en 1936 a Argentina. Aquí comienza su inmersión en el tango de la mano de Elvino Vardaro, Aníbal Troilo, Alberto Ginastera y Raúl Spivak, al mismo tiempo que crece su fama como bandoneísta. Muy pronto sus composiciones comienzan a suscitar controversia entre los sectores más puristas y canónicos del tango, que observaban con desdén la profundidad armónica y el dinamismo de su propuesta.

Buscando siempre un estilo propio, acicala los esquemas básicos del tango con aportaciones cercanas a Bartok, Stravinksy y el be bop, en las que el ritmo y la mesura desbordan por todas las costuras la rigidez del mismo. Gracias a su triunfo en el concurso Fabien Sevitzky en 1953, viaja a París, estancia fundamental para explicar su evolución artística posterior, sobre todo a raíz de su encuentro con la pedagoga musical Nadia Boulanger, quien le hace ver la importancia de forjar su personalidad desde la raíz tanguera, desde la construcción personal de un universo que, sin abandonar el germen popular, fuera capaz de adoptar estructuras clásicas y abiertas a las oleadas contemporáneas.

Con su regreso a Argentina en 1955 se inicia la etapa considerada como del tango contemporáneo, que mezcla en perfecta simbiosis el tango tradicional y la música de cámara. En 1959 escribe una de sus obras más conmovedoras, Adiós Nonino, dedicada a su padre recientemente fallecido, y en la que vierte todo un conjunto de sensaciones para definir de forma sincera el significado auténtico del dolor.

Después de múltiples avatares y desencuentros con los sectores más ortodoxos, emprende distintas aventuras musicales, que le llevan a aproximarse al jazz-rock e incluso a componer una obra injustamente olvidada con el saxofonista Gerry Mulligan, Summit (1974). Años más tarde colaboraría con el vibrafonista Gary Burton en la grabación en directo durante el festival de Montreaux de la Suite for Vibraphone and New Tango Quintet (1986).

Otra píldora musical. El sugerente y siempre estimulante Libertango en una gran versión eléctrica.

Sin abandonar su inquietud por reivindicar un estilo propio (incluso en ocasiones se ha considerado que nadie salvo él mismo podría interpretar sus composiciones), muere en Buenos Aires el 4 de julio de 1992. Esta Milonga del Ángel pudiera acompañarle en su tránsito.

Su prolífico legado, compuesto por más de 1000 temas, ha influido notablemente en músicos extraordinariamente dispares. Siempre desde una ineludible y singular impronta argentina, en la que subyace el pulso constante del tango, ofrece un mestizaje impactante, atractivo y revolucionario, en el que convergen sin atropellarse el jazz, la música clásica, la tradición. Escuchar a Piazzolla constituye un goce constante, pero también la defensa de una sonoridad sin prejuicios, sin el acartonamiento de la ortodoxia, sin la apelación al dogma como argumento.

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Nosololibros. Thelonius Monk: el gigante silenciado

Pocos músicos han sido a la vez tan imprescindibles y maltratados en la historia del jazz como el pianista Thelonius Monk (Rocky Mount, 1917).  Varios festivales, entre ellos el de Zaragoza, han decidido conmemorar el centenario de su nacimiento con diversos conciertos que procuran recuperar la vigencia e impronta de un músico poliédrico, inconoclasta y seminal, capaz de fundar con Dizzy Gillespy y Charlie Parker el bebop para luego desmentirlo con un estilo propio, alejado tanto del virtuosismo artificioso como de la improvisación vacía, basado en la búsqueda de la expresividad a través de la armonía y el dominio rítmico.

Con una sólida formación clásica, utilizada una técnica percusiva que le permitía hilvanar disonancias y melodías que aparentaban oscuridad y que sin embargo se abrían diáfanas, mostrando una arquitectura sonora atractiva pero transgresora, en constante innovación.

Se apropiaba de los grandes standards del jazz, a los que engrandecía aportando una nueva dimensión poco complaciente pero rebosante de misticismo y profundidad. Buena muestra es esta soberbia recreación de Round Midnight

No debemos obviar que parte de la incomprensión que suscitó su figura procede de la aureola de excéntrico que le acompañó durante toda su trayectoria. Lo que realidad ocultaba esa consideración eran continuados episodios maníaco-depresivos que le condujeron en diversas ocasiones a hospitales psiquiátricos. Su actitud en el escenario generaba no pocas confusiones y sorpresas, puesto que aderezaba las improvisaciones del resto de músicos con danzas rituales o golpeaba rítmicamente los pies al mismo tiempo que susurraba las melodías que interpretaba.

De su periplo artístico destaca la estrecha colaboración que mantuvo con John Coltrane (al que ya dedicamos un Nosololibros) en 1957. No sólo por la brillantez de las composiciones, sino porque a partir de ese momento su figura se revalorizó enormemente, lo que le permitió afrontar sus siguientes pasos con mayor seguridad. Incluso llegó a ser portada de la revista Timedebido en parte a la influencia de la baronesa Von Koenigswarter, mecenas y protectora del músico.

Ese «gran oso caminando en un gran campo minado», como le denominara Julio Cortázar en La Vuelta al día en ochenta minutos, nos dejó un legado más intenso que amplio, en el que el riesgo y la innovación constantes conforman la argamasa de un edificio sonoro apasionante. Fue capaz de combinar sin sobresaltos sencillez y complejidad, dotar a los silencios de personalidad y sentido y crear un universo personal e irrepetible, en el que jugaban en perfecta armonía los sonidos densos y los sutiles con disonancias rupturistas y precisas, que convierten su escucha en un deleite.

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Nosololibros. Miles Davis: el alma entre fraseos

No resulta fácil hablar de la poliédrica y totémica figura de Miles Davis. No sólo por la tentación hagiográfica sino también por la imposibilidad de enfocar correctamente a un personaje en constante movimiento, mancillado por numerosos clichés que de tanto oÍrlos desmerecen su gigantesca obra, resumidos en el tópico epíteto de Picasso del jazz.

Creció entre el be bop, mecido con clásicos como Charlie Parker o Dizzy Gillespie, hasta que su encuentro con el pianista Gil Evans, fantástico arreglista, provocó una transformación radical del jazz y el nacimiento del cool, una fórmula alejada de los artificios técnicos del bop, que proporcionaba al género profundidad de estilo, la introducción de elementos procedentes de la música clásica y un componente lírico y melódico revestido de sencillez. Así surge The birth of the cool (1949), disco fundamental e imprescindible, en el que la sonoridad de la trompeta de Miles desata un vértigo emocional único.

Una primera etapa tóxica protagonizada por la heroína le mantuvo en un segundo plano hasta que en 1957 una nueva colaboración con Gil Evans origina Miles Ahead. La música clásica deja de ser una excusa intermitente para fusionarse con la versatilidad de un Miles viajando en fiscorno entre las partituras orquestales de Evans. La cercanía y calidez del resultado abren nuevos horizontes en la obsesión experimentadora del trompetista. Sólo un años después aparece Milestone, album con el que abraza la música modal, sin compases estrictos, sustentado en escalas sobre las que se aferran y borbotean las improvisaciones. Las melodías convencionales se transforman y personalizan. En él Miles contó con la brillantez de Coltrane al saxo, y contiene la apabullante Sid’s Ahead.

 

Kind of the Blue, obra de la que ya hablamos al referirnos a Coltrane, se sitúa entre dos grabaciones mágicas, ambas en colaboración con Gil Evans, Porgy and Bess (1958) y Sketches of Spain (1960). La primera es una interpretación de la ópera del brillante compositor Georges Gershwin, en la que Evans introduce arreglos de viento como trampolín perfecto para el crecimiento emocional de Miles, visible en el clásico Summertime. La segunda se refugia en la música clásica española de Falla y Rodrigo para ofrecer una atmósfera creativa alejada de los tópicos castizos que marcan el significado de la tradición musical española.

En ese mismo año de 1958 Miles nos deslumbra con una apoteósica banda sonora que acompaña al excelente film noir de Louis Malle Ascensor para el cadalso. Su trompeta se integra como un personaje mas, dotada de una personalidad que trasciende la pantalla. Fraseos de matices amplios, sinceros,  y plenos, que viajan desde la zozobra a la serenidad, y en los que los silencios fluyen con desgarradora fiereza en una simbiosis perfecta entre la imagen y el sonido. Y todo ello grabado en ocho horas

 

Miles Smiles (1966) representa un nuevo giro radical en su carrera. Con su nuevo quinteto (Wayne Shorter al saxofón, músico fundamental más tarde con la irrupción de un grupo a reivindicar, The Weather Report, junto a grandes como Joe Zawinul o el descomunal bajista Jaco Pastorius; Herbie Hancock al piano; Ron Carter al bajo y  Tony Williams a la batería), el trompetista clarifica la senda tanto hacia el free jazz como al jazz rock, fórmula que inaugurará más claramente con el mítico In a silent way (1969).

La pasión por el rock eclosionará todavía con más fuerza en Bitches brew (1970), su mayor éxito comercial y causa del distanciamiento con los sectores más puristas del jazz. Composiciones sin estructura como excusa a las improvisaciones, apuesta sin ambages por el sonido eléctrico, donde los arreglos, lejos de acompañamientos tradicionales, contribuyen a dotar de texturas diversas al tema. Un auténtico ejercicio de estilo que requiere más de una escucha para apreciar su tremenda versatilidad.

 

Tras un nuevo paréntesis condicionado por el alcohol y la cocaína (del que por cierto realiza un buen acercamiento la película Miles Ahead en 2016), resurge en los 80 con obras que ahondan en la transformación constante y acercamientos al pop o la música electrónica como Decoy (1984)You’re Under Arrest (1985),  Tutu (1986) o Amandla (1988).

La muerte en septiembre de 1991 acabó con uno de los testimonios artísticos fundamentales del siglo XX. Su carácter huraño y asocial, su narcisismo constante, no debe ocultarnos la enorme magnitud e influencia de su discografía. Siempre en el centro de la revolución musical, apelando a la experimentación como norma de conducta, nos ha legado espacios sonoros únicos en los que refugiarse se convierte en puro deleite, en los que su trompeta fluye tan natural que se hace nuestra.

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Nosololibros. Radiohead. De arcanos y orfebres

Surgidos en plena efervescencia del britpop, cuando resultaba del todo inexcusable aferrarte a la dicotomía forzada de Blur y Oasis, Radiohead comenzó a forjar su identidad con Pablo Honey (1993), un cóctel con reminiscencias del rock alternativo de Pixies y del entonces omnipresente grunge de Nirvana, que acertó con un single potente, directo y llamado a convertirse en un himno mainstream, Creep.

Sus inquietudes y objetivos distaban mucho del arquetipo del grupo de rock fosilizado y anclado a temas gloriosos y épicos coreados hasta la extenuación. Buscaban no sólo ser famosos, sino establecer un vínculo de comunicación estable y creciente a través de la música. The Bends (1995) surgió con esa intención, huyendo de canciones de éxito fugaz y adoptando sonidos muy elaborados, con texturas y ambientes abiertos y amplios, en los que resultaba difícil encontrar referentes coetáneos. Un disco muy homogéneo y equilibrado, que requiere una escucha pausada y sin urgencias desmedidas, una obra que muestra crecimiento y madurez.

Y llegamos a uno de los discos más importantes e influyentes de la historia del rock. Ok Computer (1997), una auténtica obra maestra que nos sitúa en el microcosmos onírico, misterioso e intenso del grupo, en el que se mezclan de forma armoniosa y electrizante la música clásica, la intensidad del rock, la pasión por lo visual y la búsqueda conceptual de respuestas. Píldoras de introspección casi mágicas, cosidas e hilvanadas a través de ambientes sonoros capaces de aunar perfección y rupturismo. Canciones como la celebrada Karma Police, o la audaz Paranoid Android son buena muestra del inicio de una nueva época.

Enemigos del conformismo, tres años después publicaron Kid A (2000), álbum que ahonda en la vertiente vanguardista de su música mezclando jazz con esa versión electrónica que tanto incomoda a sus detractores. Esa apuesta por lo experimental continuará con Amnesiac (2001), disco tan imprescindible como poco conocido, en el que el jazz deja de ser tan sólo un recurso para erigirse en protagonista, con continuas alusiones y homenajes a Miles Davis y que contiene una de las mayores joyas del grupo, Life in a Glasshouse. Si me permitís un consejo, disfrutadla con las imágenes que cierran la tercera temporada de la fantástica serie Peaky Blinders. Puro deleite.

 

Su siguiente obra, Hail to the Thief (2003), no fue muy bien recibida ni por la crítica ni por el público, quizá debido a su carácter continuista. Pero reúne grandes temas como There There o I Will. En 2007 publicaron in Rainbows, rodeado de la polémica por su difusión online a voluntad, aunque luego se comercializara de forma tradicional, en una espectacular operación de marketing. Pese a ese envoltorio interesado, incluye canciones muy atractivas, en las que las guitarras se abren paso con gran contundencia, como House of Cards y su premiado videoclip realizado con sensores en vez de cámaras. El fallido The King of Limbs (2011) hace humano al grupo, con una propuesta más cercana al puzzle y al pastiche musical. Su última apuesta, A Moon Shaped Pool (2016) es un agradable reencuentro con algunas de las premisas que convierten a la banda en un referente.

Un grupo poliédrico, sin grises, sin temor a asumir el riesgo, en mutación constante y abierto en canal, que compone con la minuciosidad del orfebre en un universo fascinante al que te invito a adentrarte. Espero que no te defraude.

 

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Nosololibros. Chet Baker: la balada del poeta roto

Adentrase en la vida y la obra de Chet Baker supone estar dispuesto a asumir un tobogán constante de sensaciones. Su carismática imagen, mucho más cercana a la de un actor de Hollywood o de un playboy de éxito, contrasta con la enorme capacidad seductora y atractiva de su música, que camina siempre entre la nostalgia y la poesía, entre la inestabilidad tremendamente humana de una nota a punto de quebrarse y la admirable emotividad de sus sensuales fraseos.

Una vida arruinada por sus adicciones, pero también condicionada por una pasión desmedida por el jazz, que incluso le impulsó a modificar su forma de tocar la trompeta tras la brutal paliza de unos traficantes de droga que le destrozó la mandíbula.

Desde que Charlie Parker (otro genio desarbolado por las drogas) le escuchara en los clubes de San Francisco e impulsara su carrera, se convirtió en un referente, un blanco magnético que se inmiscuía en un mundo de negros. No sólo era brillante como trompetista. Como vocalista, tenía una voz susurrante, a veces escasamente perceptible, pero plena de swing y cadencia que amplificaba todavía más su poderoso sentido icónico.

Extenuado por su vertiginoso tren de vida, decidió refugiarse en Europa sin modificar sin embargo sus tóxicos hábitos, lo que le ocasionó múltiples problemas con la justicia, incluso una pena de un año de cárcel en Italia y la deportación a su país natal. A finales de los setenta, regresó definitivamente al Viejo Continente, basando su carrera en conciertos tan irregulares como su propia vida, en los que se alternaban noches pletóricas con actuaciones vergonzantes. Rockeros como Elvis Costello o Van Morrison sucumbieron a su hipnótica forma de tocar (impagable la versión de Almost blue, canción compuesta por el primero).

Una película reciente (Born to be blue, 2015), dirigida por Robert Budreau, se acerca al mito de un músico maldito, magistralmente interpretado por Ethan Hawke. Una de las mejores escenas de la misma rememora su actuación en el Birdland de Nueva York. Entre el público asistente se encuentra el gran Miles Davis, escéptico y distante ante un músico blanco, la quintaesencia del cool jazz, al que consideraba un frívolo advenedizo. Más allá de sus discrepancias estilísticas, Miles comprendió que aquel hombre transmitía autenticidad envuelta en terciopelo sonoro.

Un hotel de Amsterdam fue finalmente el escenario de su muerte en 1988, el último acto de un músico incomparable, intuitivo y genial, que dotó a la trompeta de sensualidad y magnetismo, de desgarro interior y cierto aroma de desesperanza vital.

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Nosololibros. Shostakóvich, entre la sumisión y la vanguardia

La presencia de Dmitri Shostakóvich (1906-1975) en la historia de la música ha estado excesivamente condicionada por su difícil, incómoda y a menudo incoherente coexistencia con el estalinismo. Dotado de un gran brillantez compositiva, sus producción musical manifestó siempre una extraña dualidad entre sus inquietudes personales, muy cercanas a la vanguardia y a las propuestas rupturistas de Strawinski, y la necesidad de adaptarse a las máximas del socialismo revolucionario soviético.

 

Precisamente esta situación provocó situaciones ambivalentes y hasta contradictorias en su relación con Stalin. Su obra tan pronto era censurada o tildada de formalista como ensalzada como la máxima representación artística del pueblo soviético. Fruto de esas tensiones fue el fin de su carrera como compositor de ópera tras la prohibición de su exitosa Lady Macbeth de Mtsensk (1934). En casi todas sus composiciones subyace una corriente melancólica, a veces en deuda con la tradición rusa, que trata de maquillar la sumisión a que se vio obligado por el poder, y que en muchas ocasiones ha propiciado que se le considere el arquetipo de la épica del cobarde.

 

Pese a ser conocido por sus sinfonías (escribió 15), sobre todo la Quinta, la épica e imponente Séptima, estrenada y compuesta en Leningrado durante el asedio de las tropas nazis a la ciudad (no podemos dejar de recomendar la meticulosa reconstrucción histórica elaborada por Bryan Monayhan en Leningrado, asedio y sinfonía, disponible entre nuestros fondos), y la excelente Octava, Shostakovich fue un magnífico pianista y compositor de cámara, vertiente en la que podía mostrar con mayor libertad su instinto vanguardista y su placer por las disonancias.

Un músico poderoso, poliédrico, atrapado en un contexto en el que la supervivencia se contonea y perturba de la misma forma que la delgada y frágil cuerda sostiene al equilibrista, pero que nos ofrece una obra brillante, presa de contradicciones y de múltiples interpretaciones, inequívocamente viva.

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Nosololibros. Sobrinus: cuando el talento no basta

Sobrevuela siempre por la historia del rock la necesidad de ubicar a unos cuantos músicos, de profesión minoritarios, en una especie de cajón de sastre denominado Malditos. A veces peyorativo, otras defendido de forma estusiasta e interesada por sus propios miembros, el estigma les acompaña hasta su desaparición, entre el escaso apoyo mediático, la incredulidad de la crítica, y la indiferencia de buena parte de la población.

Sobrinus, la banda que vamos a visitar, nunca consiguieron los favores del público, y tampoco creo que lo buscaran. Tres músicos de enorme calidad, con un directo brutal, y unos cuantos discos (3 en total) conforman su testimonio vital. Etiquetados dentro del rock alternativo, su eclecticismo convirtió cada una de sus grabaciones en un viaje a sonidos crimsonianos, atmósferas y riffs de guitarra zappianos y por supuesto a reminiscencias de Primus, el icónico grupo del magistral bajista Les Claypool, al que parecen homenajear desde su propio nombre.

Precisamente esta última influencia pudo marcar su destino, puesto que sin medir la profundidad y amplitud de su obra, se les tildaba de meros clones de la banda estadounidense de funk metal. Pero en realidad crearon un ecosistema propio, en el que abundaban el recurso a las síncopas y la proliferación de constantes cambios de ritmo plenos de creatividad y transmisión, realizados con medidas extrañas y de alta dificultad técnica. Tampoco desdeñan una letras surrealistas, en las que la ironía y el humor adoptaban idénticas modulaciones que su música, incluyendo inteligentes juegos de palabras hasta conformar una obra que adquiría nuevas dimensiones en cada escucha. A ello debemos unir su solidez como instrumentistas y su pasión por el directo.

Todas estas circunstancias sin embargo (o quizá por ellas) no impidieron su desaparición en 2005, diez años después de su fulgurante comienzo con Sobrinus (1996), un torrente desbordante de creatividad que contiene canciones tan generosas como Pitufa o Suerte, eléctricas como Sueña? o tan estremecedoras como Zumbido. Su segunda entrega, Zapin (1998), no es un mero álbum continuista, aúna inquietud y ambición. Pese a ciertas concesiones comerciales, dispone de temas tan desgarradores y elocuentes como ¿Vives cómodo? o Ámame si … y les permite embarcarse en una larga gira por todo el país. Su última aportación, 13 muecas compiladas (2003), grabado tras el primer movimiento en el grupo (el batería Roberto Lozano es relevado por David Parrilla), exhibe el mismo músculo e intensidad que los anteriores, y cuenta con una tremenda exposición de poderío y contundencia condensado en la brillantez de Ya no soy un pez o La noche me domina.

Se ponía fin a una fructífera trayectoria musical, y se abría el camino a nuevas aventuras rítmicas, desde el sonido aflamencado de Adredre, creación del cantante y guitarrista Sydney Gámez, a las colaboraciones de Roberto Lozano en Sex Museum o Corizonas. Sobrinus fue una banda que creció fuera de los focos, haciendo apología de la libertad compositiva como fórmula de comunicación, dotada de un virtuosismo no exento de entrega ni transmisión. Constituyen un arquetipo más de que la calidad no sólo no es suficiente, sino que a veces resulta un hándicap para alcanzar el éxito.

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Nosololibros. Frank Zappa: el genio desatado

Frank ZappaControvertido, cáustico, sorprendente, inconformista, vital. Siempre genial. Los apelativos para definir a un músico de la relevancia de Frank Zappa son tantos como el grado de desconocimiento general de su obra y su talento. Fascinado por la música clásica contemporánea, personalizada en su fervor por Varese o Stravinsky, su producción trasciende el mero escaparate convencional del rock para convertirse en una plataforma conceptual en la que se mezcla la profundidad de sus composiciones con el vitriólico aroma de la provocación constante.

Junto con su inquietud y la necesidad permanente de mutación, el músico de Baltimore destaca además por erigirse en un polo de atracción de grandes músicos, que convertían cada nuevo disco en una auténtica jam session de virtuosos. Steve Vai, Adrian Belew, Don Van Vliet (Captain Beefheart), Ray Collins, Terry Bozzio, Jean-Luc Ponty, George Duke o Michael Brecker forman parte de ese elenco.

Pero además nunca obvió el compromiso social. Fue el azote de la ortodoxia, de todo aquel político o telepredicador que intentara limitar la libertad de expresión o de creación, sin importar de donde procediera. Republicanos, demócratas, hippies acomodaticios, jueces, policías,  incluso los propios Beatles fueron el objetivo de este irreverente agitador.

A pesar de su atracción inicial por la batería, paulatinamente se convertiría en uno de los mejores guitarristas de la historia gracias tanto a una ejecución nítida, cristalina y limpia, como a su enorme capacidad de transmisión. Si bien sus composiciones no son especialmente sencillas de entender, cuando eres capaz de penetrar en ellas te convences de su gran calidad y poder de seducción.

Esa formación autodidacta, producto de la escucha ecléctica y sin prejuicios de numerosos estilos, le convirtió en un músico total y completo, que adoptó el rock como un mecanismo de transmisión de mayor alcance, que sin embargo ocultaba un genio sinfónico. Si tuviéramos que destacar tres álbumes, nos inclinaríamos por Hot rats (1969), quizá el mejor disco de rock de la historia, simbiosis perfecta y embriagadora de rock progresivo y jazz, que incluía esa enorme joya llamada Peaches in Regalia

 

En segundo lugar, Sheik Yerbouti (1979), el paraíso de los over-dubs y la certeza de que el humor es el factor crítico más contundente y eficaz, como lo muestran temas como el celebérrimo Bobby Brown, quizá su mayor éxito pese a que fue censurado en muchas emisoras de radio, o el no menos esplendoroso Yo Mama, que contiene un solo de guitarra arrebatador

Y por último, el disco conceptual por excelencia, Joe`s Garage (1979), una delicia interminable y penetrante, que contiene la maravillosa Watermelon in Easter Hay, tema que cabalga sobre tal vez el riff de guitarra eléctrica más hermoso jamás creado, y que os mostramos en una versión en directo realmente emocionante

¿Qué nos queda de este francotirador desbordante? Quizá representa como nadie la evolución de la cultura de los últimos compases del siglo XX; tal vez sea la constatación de que la música no debería dormitar en radiofórmulas al uso, que ha de convertirse en un factor de crítica y reivindicación del arte como instrumento social, vivo y dinámico; que el éxito vacío y artificial es el camino más rápido hacia el fracaso. Pero lo que es indudable es que su universo, onírico y prensible a la vez, forma parte de los momentos más brillantes de la música de todos los tiempos.

Y como píldora final, este breve prodigio en seis cuerdas llamado Sleep Dirt, del álbum homónimo de 1979. Disfrutadlo.

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Nosololibros. Bach: el epíteto imposible

Acercarnos a la trayectoria musical de Johann Sebastian Bach (1685-1750) supone la constatación de lo inabarcable, no ya sólo por la enorme profundidad de su profusa producción, que alcanza la nada desdeñable cifra de casi 1.100 obras, sino por la calidad e influencia de sus composiciones. Enmarcado cronológica e ideológicamente en el barroco, su personalidad e impronta transciende de forma radical un encorsetamiento temporal tan estricto, puesto que nos encontramos sin duda alguna ante uno de los músicos más revolucionarios e impactantes de la historia de la música.

Durante su vida destacó mucho más como organista y clavecinista que como compositor. El éxito y la fama aparecieron muchos años después de su muerte, confiriéndole esa aureola de atemporalidad que permite interpretar su obra desde perspectivas musicales más modernas, como el jazz o el rock, debido entre otras razones a la importancia que concedió a la improvisación como canal de comunicación.

Esa magistral combinación entre la intelectualidad y fortaleza técnica (el contrapunto y la fuga alcanzan cotas y dimensiones colosales en sus manos) y la capacidad de transmitir emociones le convierten en una figura esencial y fundamental. Pero además, fue capaz de dotar a la geometría y a la matemática de una vertiente poética en la que el orden y la simetría se convierten en el significado absoluto de la belleza. Escuchar a Bach supone un deleite sensorial que trasciende la perfección de una serie de notas colocadas conscientemente sobre un pentagrama.

Pese a las evidentes connotaciones religiosas de buena parte de sus obras, la magia que emana de sus sonidos es capaz de invitar a la reflexión y al sosiego o de dotarnos de energía, porque contienen una visión universal y ecuménica mucho más espiritual que litúrgica.

Elegir las obras más representativas del genio alemán resulta harto complicado. Pero no pueden faltar los seis Conciertos de Brandenburgo (1721), entre los cuales sin duda alguna el más popular es el tercero, en el que prescinde de los instrumentos de viento con la intención de transmitir alegría y vivacidad a través del uso exclusivo de la cuerda.

La colección de preludios y fugas aglutinadas en torno a El clave bien temperado, fantasía arriesgada y cromática; la intensidad barroca y perfeccionista de la Pasión según San Mateo (1727); la novedosa y alternativa El arte de la fuga, publicada inconclusa en 1751, tras su muerte, en la que el contrapunto alcanza su cénit como técnica soportado en una melodía aparentemente sencilla; las Variaciones Goldberg (1741), conjunto de obras sobre un tema único sujeto a múltiples variaciones que reflejan la capacidad imaginativa sin límites del autor; la majestuosa Tocata y Fuga en Re menor; las memorables Suites para cello (1720)

la festiva, vigorosa y navideña Magnificat (1728-31); la exaltación polifónica del motete Jesumeine Freude; Passacaglia BWV 582 o el adagio de Tocata, Adagio y Fuga BWB 540.

Bach representa por tanto la clarividencia y la luminosidad de la música. Pese a su vigorosa arquitectura técnica y teórica, el lirismo y la creatividad conviven de forma armónica en obras muy arriesgadas, de una concepción compleja pero vestidas de simplicidad aparente. Las melodías parecen crecer y flotar hasta arrastrarnos progresivamente hacia el éxtaxis. Con Bach, la perfección adopta un rostro humano y cercano, y la música se transforma en alimento necesario.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

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