Revistas, investigación y bibliotecas

Revistas, investigación y bibliotecas

Ramón Abad Hiraldo. Director de la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza
Publicado en El Heraldo de Aragón, miércoles 12 de octubre de 2011

La reciente aparición en los medios de comunicación de informaciones sobre las revistas científicas y la investigación es una excelente ocasión para tratar de explicar al ciudadano algunos conceptos y aspectos de un tema que por su especialización es posiblemente desconocido por la mayoría de los lectores de la prensa diaria, poco familiarizados con los modos de trabajo de los investigadores y con los espectaculares cambios que han acaecido en las publicaciones científicas en los últimos diez años.


Las revistas científicas son un elemento esencial de la investigación científica. La Ciencia –sobre todo en el campo de las ciencias experimentales-  se comunica y difunde a través de las revistas. Por supuesto, se trata de publicaciones muy especializadas, editadas por sociedades científicas, instituciones o editoriales centradas en este ámbito, algunas de ellas poderosos conglomerados multinacionales –caso, por ejemplo, de Elsevier, Thomson, Springer o Wiley, por citar algunos-, que controlan a escala mundial una gran parte de la edición en el ámbito científico. En los consejos de redacción de las principales revistas suele haber investigadores de gran prestigio y cuentan con un sistema que se denomina “revisión por pares” (peer review), que consiste en que cada artículo propuesto para publicar debe pasar un examen riguroso realizado por expertos en el tema (los “pares”), cuya misión es que solo se publiquen los mejores trabajos y que éstos sean a su vez impecables desde todos los puntos de vista, incluidos los aspectos formales. Todo esto contribuye, por supuesto, a la calidad de la revista, aunque también influye parcialmente en que los precios de las revistas sean caros, muy caros.

Pero el prestigio final de la revista se mide –y, por supuesto, el de los investigadores que en ellas publican- por las citas que reciben. Se supone que un buen artículo es más leído por otros investigadores y que éstos, a su vez, lo citarán como fuente en sus propios artículos.  De ahí surge el denominado factor o índice de “impacto”, es decir se mide en una escala cuánto se ha citado una revista, lo cual indicará su posición en el ranking de las publicaciones sobre un determinado campo o materia científica.

Con los investigadores pasa lo mismo: por un lado, el número de citas que otros autores hacen de sus artículos demostrará su influencia en esa materia; asimismo, el hecho de publicar en revistas de alto índice de impacto aumentará su prestigio y, sin duda hará que sea más citado.

La medición de estos índices -y otros que no cabe explicar en este breve artículo- se inició ya en los años 60 del siglo pasado con la fundación en los Estados Unidos del Institute for Scientific Information (ISI), que inició la publicación del Science Citation Index, pionero en el análisis de citas en el campo de las ciencias experimentales, hoy día convertido en una potentísima base de datos, la Web of Knowledge, que junto con Scopus constituyen las dos fuentes esenciales del análisis de la producción científica a escala mundial.

Todos estos instrumentos están detrás de los análisis de la calidad de la investigación y de los ranking de universidades. Por supuesto, hay zonas que todavía quedan un poco “desenfocadas”, como son las Humanidades y, cada vez en menor medida, las Ciencias Sociales, donde los avances no son tan uniformes como en las Ciencias, dado su carácter más nacional o local, tanto en las materias objeto de investigación como en la lengua de las publicaciones, en muchos casos diferentes del inglés, lo que dificulta su difusión internacional.

Ni que decir tiene que la revolución de las publicaciones electrónicas, iniciada apenas una década, ha transformado el panorama científico al hacer posible el acceso instantáneo y directo del investigador a la información. Los nuevos soportes han generado a su vez cambios sustanciales en el mundo de las contrataciones de recursos electrónicos, introduciendo el denominado big deal (una especie de “super oferta” basada en contratar licencias de acceso a grandes “paquetes” de revistas electrónicas a un precio muy competitivo, en vez de suscribir los títulos de manera individual). Esto ha supuesto un enorme cambio en las bibliotecas universitarias, que pueden ofrecer a sus usuarios enormes cantidades de recursos de información de manera personalizada sin las servidumbres que conlleva el almacenamiento en papel y con la posibilidad añadida de conocer el uso real de dichos recursos.

La contrapartida ha sido las subidas de precios de las suscripciones de las revistas científicas, siempre por encima de la inflación, que hacen inviable un desarrollo sostenible de las suscripciones a medio-largo plazo, sin contar con los momentos de crisis económicas y reducciones presupuestarias como el que estamos viviendo.

Lo expuesto anteriormente puede explicar la centralidad de las revistas en la actividad investigadora. De ahí también que, como término medio, las inversiones en suscripciones a revistas y bases de datos en las universidades supongan casi tres cuartas partes de las adquisiciones de la Biblioteca en su conjunto. Es cierto que iniciativas como la “Ciencia Abierta”, basada en la publicación de los trabajos científicos en repositorios institucionales accesibles libremente pueden aportar cambios significativos en los modelos de edición científica en el futuro; asimismo, es cada vez más necesario reforzar la cooperación interuniversitaria a través de consorcios. Pero, entretanto, es necesario que las instituciones potencien la colaboración entre los investigadores y los responsables de la gestión de la investigación para ajustar la oferta de documentación científica a las necesidades reales de los investigadores y procurando siempre evitar cruzar la línea roja que acarrearía sin duda una pérdida del prestigio y el posicionamiento de la Universidad a nivel global.

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