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Biblioideas: Libros cartoneros

cartoneros argentinos

Buenos Aires, 2005: paseando por la avenida 9 de julio al anochecer, el viento esparcía el contenido de las bolsas de basura reventadas y la lluvia redondeaba un cuadro desolador. Alguien explicó que los cartoneros recorrían la ciudad con carretas y caballos para «recuperar» cartones y papel, también vidrio, cosas que se pudieran vender. Siempre habían deambulado por las calles los cirujas (en lunfardo, el que escarba en la basura, hasta dan título a un tango), pero con el estallido de la crisis argentina de 2001 y el empobrecimiento de la mayoría de la población, éstos se multiplicaron y adoptaron el nombre de cartoneros. Un estudio realizado en ese mismo año hablaba de 100.000 sólo en el área metropolitana de Buenos Aires. Las implicaciones eran muchas: trabajo infantil, problemas de salud pública, aparición de mafias, colusión con las empresas privadas dedicadas a la basura y el reciclaje, etc.

En 2002 crearon la Federación Argentina de Cartoneros y Recicladores «para la defensa de los derechos y el reconocimiento del valor ambiental y social de la labor que desarrollamos», que se integró a su vez en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular. Forzaron cambios legales y, paradójicamente, los cartoneros empezaron a trabajar en otra forma de gestión de los residuos poniendo en la agenda temas como la separación en origen o la necesidad de generar menos porquería, algo que no era una prioridad en Argentina.

Es en ese ambiente, dentro del movimiento de la economía social o popular, en el surgen las primeras editoriales cartoneras. En 2003 nace en Buenos Aires Eloísa Cartonera de la mano de varios artistas y escritores. Las cubiertas de sus libros son de cartón comprado a los cartoneros, pintadas a mano (cada ejemplar es único) por personas de escasos recursos que reciben un salario digno y preestablecido. Comenzaron vendiéndose en la calle pero la cooperativa tiene hoy «el catálogo más puntiagudo de la literatura suramericana», más de un centenar de títulos (del recientemente fallecido Ricardo Piglia entre otros), y proporciona trabajo estable a una docena de personas.

Eloísa Cartonera

El movimiento se extendió rápidamente por América Latina, en 2011 saltó el charco y en estos momentos se reparte por cuatro continentes. De hecho, la mayor base de datos de literatura cartonera, la Cartonera Publishers Database, está alojada en la Biblioteca de la Universidad de Wisconsin, en Madison. El contenido de muchos de sus títulos está accesible en línea, entre ellos Akademia Cartonera: un ABC de las editoriales cartoneras en América Latina, una pequeña historia del movimiento.

En España apareció en 2009 Meninas Cartoneras (tal vez la pionera) y en 2013, en Barcelona, La Verónica Cartonera, promovida por la periodista Anna Gonzalez Batlle. Hoy son bastantes más, con nombres como Ediciones Karakartón o La Cordelería Ilustrada, que intenta resucitar la «literatura de cordel» de la mano del hijarano culoinquieto Víctor Guíu.

Si quieres saber más, en la página web de La Verónica hay bastantes enlaces. También aquí puedes ver una panorámica (aunque no muy actualizada) de las editoriales cartoneras. O leer Fuerza cartonera, un estudio sobre la cultura editorial cartonera y su comunicación, realizado por Beatriz Martínez Arranz en 2013 como trabajo de fin de máster de la Universidad de Valladolid.

Recuerda que en España cuatro grandes grupos editoriales (y multimedia y de entretenimiento y de…) publican más de la mitad de los títulos y el 4% de las empresas edita el 70 por ciento del total. Lo contaba en 2000 André Schiffrin en La edición sin editores y seguro que hoy esas cifras no han mejorado. Al contrario.

Con este panorama, bienvenidas sean las editoriales cartoneras y la diversidad cultural. «Somos frágiles, pero independientes», reconocía en una entrevista Washington Cucurto, uno de los fundadores de Eloísa Cartonera.

Biblioideas

Biblioideas es una sección mensual de nuestro compañero Chema Pérez en Tirabuzón, en la que se incluyen una serie de artículos dedicados a analizar fórmulas imaginativas y modelos de desarrollo en torno al mundo de la cultura y los libros.

Biblioideas: Unos animales mirobrigenses

Bibliocaseta de Ciudad Rodrigo (Salamanca)

En la biblioidea de octubre hablábamos de inocentes quemas de libros, pero hace unos días nos encontramos con que en Ciudad Rodrigo, Salamanca, para algunos la antigua Miróbriga (parece que no está muy claro, pero al menos les dio el gentilicio), hubo quemas menos inocentes: algún vándalo (aunque los pobres vándalos no eran más feroces ni más desalmados que sus pueblos vecinos) quemó el interior de la Bibliocaseta, una pequeña biblioteca que el Centro Social Aldea tenía instalada cerca de un parque local, el parque de La Glorieta. Llovía sobre mojado, el pasado mes de mayo ya le habían arrancado el letrero. Se trata de una pequeña construcción, parecida a esa biblioteca de nuestro Parque José Antonio Labordeta (en Zaragoza), junto al Paseo de los Bearneses, que nunca veo abierta.

Todo empezó el pasado 23 de abril cuando, por iniciativa del Centro Social Autogestionado Aldea y con apoyo del Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, se inauguraba la Bibliocaseta. Se aprovechaba así un antiguo quiosco cuya licitación había quedado desierta varias veces para fomentar la lectura y el encuentro tranquilos en un ambiente agradable. Sólo eso.

Centro Social ALDEA

El Centro Social Autogestionado Aldea, la primera iniciativa de este tipo en Ciudad Rodrigo, nació en el verano de 2014 de la mano de quince personas. Un año después, en una localidad de 13.000 habitantes, ya eran 800 y se habían visto obligados a trasladarse a una nueva sede en la que también disponen de biblioteca.

Por más que aquí nos interese resaltar su trabajo con libros, sus actividades son múltiples y para todas las edades. Es un espacio ganado para la comunidad, un lugar de encuentro.

No es lo mismo, pero para todo aquel que mantenga una relación fraternal con los libros, verlos arder en un espacio público no deja de recordar a la pira con miles de libros de la  berlinesa Opernplatz en 1933, frente a la Universidad Humboldt. Hoy se llama Bebelplatz y donde ardieron los libros hay una instalación, la Versunkene Bibliothek (Biblioteca sumergida) que no deja de recordar a los transeúntes lo que allí ocurrió.

Volviendo a Ciudad Rodrigo, aquí al lado podéis ver dos notas que se han colocado en la Bibliocaseta, una para el “vándalo desalmado” y otra para “el resto”. poesias para los "vándalos"

A la mañana siguiente del desastre ya había habido gente anónima dejando nuevos libros.

“Para nosotros, el que estaba condenado a ser un día triste pudo convertirse, con el calor y la compañía de una parte importante de los mirobrigenses, en aquel en que la convicción y la razón pudieron con la adversidad. Los mensajes que hemos recibido y las generosas acciones e iniciativas anónimas que han surgido nos abruman y demuestran que se trata de un proyecto que merece la pena y que es sentido como propio por el conjunto de la ciudadanía”.

Si queréis mostrarles vuestro apoyo os lo agradecerán. Podéis hacerlo en su página de Facebook, Twitter o en centrosocialaldea@gmail.com.

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Biblioideas: Cara Barer

Cara BarerEsta quincuagésima biblioidea se la dedicamos a Cara Barer, una mujer estadounidense nacida en 1956 que vive en Houston, Texas. Es fotógrafa. Bueno, en realidad realiza esculturas que luego fotografía. Y, desde 2004, utiliza para ello libros y mapas. Los transforma en arte jugando con las formas, esculpiéndolos; los tiñe, los hace pasar por diferentes procesos, los convierte en objetos hermosos y nos los devuelve en una fotografía.

Realiza exposiciones individuales y colectivas (las últimas, en Amsterdam o Toronto) y sus fotografías forman parte de colecciones públicas y privadas de medio mundo. También las puedes ver en cubiertas de libros y revistas.

«Llego a algunas de mis imágenes por casualidad y en otros casos a través de la experimentación. Sin estos dos elementos, mi trabajo no fluiría fácilmente de una idea a la siguiente. Un encuentro azaroso en la calle Drew con unas Páginas Amarillas de Houston empapadas por la lluvia fue mi primera inspiración. Después de aquel encuentro casual, empecé a buscar más libros y más formas de recrearlos»

La bruja. Cara Barer

Sin renegar, al contrario, de la tecnología, sus obras no dejan de expresar el temor por la transformación del libro y de nuestra relación con él en otra cosa, distinta a la experimentada hasta ahora; nos muestran la preocupación por esa naturaleza efímera y frágil de los actuales soportes del conocimiento y, por tanto, del conocimiento mismo.

A veces, como si se tratara de láminas de un test de Rorschach, puedes ver en sus imágenes flores, mariposas o una espcie de mandalas profanos. El objetivo de Cara Barer es claro:

«…involucrar al espectador mediante la presentación del libro fuera de contexto y llevarle a mirarlo como algo más que un libro. Al considerarlo sólo como un objeto metarmofoseado, pasa a ser para el espectador algo distinto de lo que fue»

Del mismo modo que con el «Ceci n’est pas une pipe» de Magritte en La trahison des images nos dice que ni la pipa de la frase ni la imagen que ves son una pipa, sólo representaciones, Cara Barer nos recuerda con sus obras que un libro puede ser muchas cosas, además de ser un libro. Al convertirlo en un objeto artístico lo despoja de sus valores literarios o editoriales, de su contenido, para darle una dimensión diferente. Ella asegura que sólo trabaja con libros obsoletos y sin valor.

«Con esos libros desechados que he adquirido, estoy tratando de borrar la línea entre los objetos, la escultura y la fotografía. Este proyecto se ha convertido en un viaje que sigue evolucionando…»

Rogets. Cara Barer

Disfruta paseando por su portafolio. Además, aquí puedes ver una entrevista (en inglés) en la que habla de su trabajo.

¡Ah! Otra cosa. ¿Crees que Bob Dylan puede recibir el Nobel? No importa. Mientras te lo piensas, puedes disfrutar con esta versión de Boots of Spanish Leather. Sus intérpretes aún no habían nacido cuando él la grabó.

Con premio y sin él, Bob Dylan, nieto de emigrantes ucranianos y lituanos, es ya una referencia de la cultura occidental (aunque no sepamos muy bien qué es eso) y ha formado parte de la educación sentimental de muchos de nosotros.

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Biblioideas: ¿Quemar libros?… Depende

Libros ardiendo

Puede sorprender esta contestación a la gallega, pero cuando se trata de quemar libros no necesariamente hemos de pensar en las hogueras realizadas a lo largo de la historia por fanáticos de toda clase de ideologías, religiosas o no.

Fernando Báez, gran estudioso de toda clase de biblioclastias y tropelías cometidas con los libros, nos enfrenta en un artículo de 2004 a una supuesta paradoja: a lo largo de la historia «los intelectuales han sido los más grandes enemigos de los libros» y «cuanto más culto es un hombre o un pueblo, más dispuesto está a eliminar libros amparado en mitos apocalípticos». Seguro que tiene razón, pero eso no quita para que, al menos ocasionalmente, pueda haber razones legítimas para destruir libros quemándolos.

No es que nos guste quemar libros. Ningún libro. Ni siquiera una guía de teléfonos (aunque hayan sido utilizadas a menudo como instrumento de tortura: enróllala con fuerza sobre sí misma, golpéate con ella la cabeza o el muslo en tensión y enseguida lo entenderás). Pero podemos disculpar, por ejemplo, el ritual de un recién graduado al quemar su ejemplar de esa enésima edición del Derecho del trabajo de Montoya o la Contabilidad de Sáez Torrecilla que tantos quebraderos de cabeza le dio.

Tampoco le reprochamos a Manuel Vázquez Montalbán esa afición desmedida de Pepe Carvalho por usar libros como combustible: «Leí libros durante 40 años de mi vida y ahora los voy quemando porque apenas me enseñaron a vivir», dice en Quinteto de Buenos Aires. Y en el mismo libro recuerda que fue el Quijote uno de los primeros libros que quemó. El primero había sido España como problema, de Pedro Laín Entralgo. En Tatuaje (1974) afirma que le quedan unos tres mil libros. En Los mares del Sur (1979) ya había consumido un tercio.

Hay también una película, The Day After Tomorrow (En España se llamó El día de mañana y El día después de mañana en Latinoamérica) en la que la quema de libros es un acto de supervivencia. En una súbita glaciación, más parecida a una plaga bíblica que a una consecuencia del cambio climático, un puñado de personas consigue refugiarse en la Biblioteca Pública de Nueva York. Su única posibilidad es mantener un fuego permanente que impida la entrada del hielo en el interior. Pronto se dan cuenta de que los libros arden mejor que los muebles y, tras debatir si quemar antes las obras de Nietzsche o unos tomos de ordenanzas fiscales, un bibliotecario de aspecto pánfilo (hasta cuándo esta cruz) abraza contra sí mismo un ejemplar de la Biblia de Gutenberg para librarlo del fuego. Bueno, en realidad un solo tomo, aunque el ejemplar de la NYPL tiene dos. En todo caso, antes de llegar a Gutenberg aún les quedarían los cincuenta millones de documentos que atesora la biblioteca. Aquí puedes ver un resumen y un pequeño trailer de tres minutos; y aquí Marcos Ros Martín, el Documentalista Enredado, hace un comentario sobre ella. Sigue leyendo

Biblioideas: El Pedroso, una nueva Villa del Libro

IOBA lo largo de estos cuatro años, hemos dedicado nueve de las cuarenta y ocho biblioideas (ésta es la décima) a hablar de ciudades libreras, esas pequeñas localidades que buscan en el mundo de la cultura propiciar su desarrollo o, sencillamente, evitar su desaparición.  En estos casos, en lugar de tirar cabras desde un campanario o «deconstruir» eccehomos, prefieren destacar en el mapa por los libros y mantener una infraestructura cultural en torno a ellos atractiva para sus visitantes. De España vimos en su momento dos: Urueña y Bellprat. Sólo Urueña pertenece a la International Organisation of Book Towns. Bellprat, que sepamos, no ha solicitado su ingreso.

Recientemente se ha sumado una más: El Pedroso, un municipio de poco más de dos mil habitantes en la Sierra Norte de Sevilla. Éste sí solicitó formar parte de la I.O.B. y es posible que en estos momentos ya pertenezca oficialmente a ella.

El Pedroso

Todo empezó con “La Fundición”, Asociación Cultural para el Desarrollo de El Pedroso, «una iniciativa sin ánimo de lucro, e independiente de partidos, instituciones o empresas, creada para propiciar desde la cultura, el desarrollo y la promoción de El Pedroso».

Desde 2012 fue elaborando un Plan Estratégico para el Desarrollo de El Pedroso desde la Cultura. Con él se pretendía conseguir para el municipio la denominación internacional de Villa del Libro y crear un proyecto expositivo en torno al libro cuyos primeros resultados ya se pueden visitar en el Centro de Cultura Escuelas Nuevas de la localidad. Sigue leyendo

Las biblioideas arquitectónicas de Marta Minujín

Marta Minujin

Marta Inés Minujín es una artista argentina que acababa de cumplir 23 años en marzo de 1976, cuando los militares empezaron a llenar de cadáveres su país.

En 1983, acabado el terror, Marta instaló en medio de la Avenida 9 de Julio (una de las principales arterias de Buenos Aires, la más ancha del mundo dicen) una estructura metálica, reproducción del Partenón griego, y la llenó de todos aquellos libros que habían sido prohibidos, quemados o enterrados durante la dictadura. Bueno, de todos no; utilizó exactamente 30.000, tantos como personas desaparecidas en esos ocho años fatales. Pasadas tres semanas, la gente pudo desmontar la obra y llevarse los libros a su casa. Lo llamó el Partenón de libros. En este vídeo, la autora reflexiona sobre aquella experiencia.

Partenón de libros (Marta Minujín)

Nuestro país no destaca precisamente por su capacidad para asumir el pasado y restaurar la memoria de sus vencidos aunque, si un día quisiéramos hacer algo así a cuenta de los libros prohibidos durante cuarenta años de dictadura, no tendríamos suficiente con toda la Acrópolis. Conviene recordar que, en sus peores años, y si no pertenecías a sus élites, tu biblioteca podía llevarte directamente a la muerte o, como mínimo, a la cárcel. Y, hasta bien entrados los años setenta, vender determinados libros era una actividad de riesgo.

Que se lo pregunten si no a todas esas librerías que sufrieron el cierre gubernativo o, como la zaragozana Pórtico, la explosión de bombas en sus locales. Pepe Alcrudo y quienes trabajaron en ella se la jugaron trayendo a su trastienda los libros que el dictador no nos permitía leer. Y eran muchos: autores, colecciones y editoriales enteras. Leerlos suponía vulnerar la ley. Censores como Cela, Torrente Ballester, Luis Rosales, Fernando Tovar, Dionisio Ridruejo o el periodista Emilio Romero eran los encargados de la tarea. Curiosamente, el propio Cela, en 1951, tuvo que publicar La colmena en Buenos Aires, años antes de que Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo, la autorizara en 1963.

Torre de Babel (Marta Minujín)

Pero estábamos con Marta Minujín. Mucho tiempo después de aquel Partenón, en 2011, volvió a sorprendernos con una obra similar, esta vez en la plaza de San Martín de Buenos Aires. Con la idea de «unificar todas las razas a través del libro y recordar la mitológica Torre de Babel, de hace más de 4.000 años» y con la sombra de Borges al fondo, creó la Torre de Babel, una estructura en espiral de seis plantas y 28 metros de altura. La construyó dentro de los actos que celebraron la designación de la ciudad como Capital Mundial del Libro 2011 por la Unesco. Utilizó la misma cantidad de libros que en el Partenón, 30.000, pero en este caso fueron donados por asociaciones civiles de más de cincuenta países (entre ellas el Gobierno Vasco a través del donostiarra Instituto Etxepare) y por lectores anónimos. Sigue leyendo

Biblioideas: Libros en el desierto

Bubisher en el desiertoEn varias de las últimas biblioideas (las de enero, marzo y mayo) se han colado los refugiados. Las leíamos sin caer en la cuenta de que nosotros también  tenemos nuestros propios refugiados. Es más, hubo un tiempo que tenían el mismo DNI que tú, el mismo libro de familia, la misma documentación. Eran, en términos legales, tan españoles como tú. Lo recordó el propio Tribunal Supremo en su sentencia 1026/1998.

Dice la Constitución Española (art. 11.2) que ningún español de origen podrá ser privado de su nacionalidad, pero hoy, desde 1976, más 200.000 saharauis se encuentran realmente en esa situación: como extranjeros en su propia tierra o exiliados en los campos de Tinduf, por no hablar de la diáspora en otros países o de los que pueblan las cárceles marroquíes.

Pero, en fin, aquí hablamos de cosas que se pueden hacer con libros, no es lugar para analizar qué ha ocurrido en estos cuarenta años o cómo están las cosas ahora. Puedes ver para ello la página de la Delegación para España del Frente Polisario, fundado en 1973 para conseguir la independencia del Sahara Occidental. En esta página de Um Draiga, la Asociación de Amigos del Pueblo Saharahui en Aragón, puedes hacerte una idea de la situación, también en la del Observatorio Aragonés para el Sahara Occidental. En ésta de Médicos del Mundo tienes información específica sobre la situación en los campamentos. Precisamente, el pasado abril una delegación del Ayuntamiento de Zaragoza los visitó.

Biblioteca

A pesar de todo la vida se abre paso y, en medio de las dificultades y de la cada vez más escasa ayuda internacional, los saharauis viven el día a día en unos campamentos que se llaman como las ciudades que tuvieron que abandonar (El Aaiún, Auserd, Smara, Dajla y Bojador). En 2008 surgió el Proyecto Bubisher (el bubisher es el pájaro de la buena suerte en la tradición saharaui), un proyecto destinado a crear una red de bibliotecas y bibliobuses en los campamentos. Editan un boletín mensual y colaboran con las escuelas locales. Sigue leyendo

Biblioideas : Susan Blackwell

Su Blackwell : StudioEn algunas biblioideas ya hemos hablado de libros “alterados”. También de artistas que utilizan libros en sus obras. Unos, como Matej Kren o Alicia Martín, para dar forma a instalaciones; otros, como Mike Stilkey o Jodi Harvey-Brown, para convertir en arte lo que un día fue un libro. Como quien creó aquellas pequeñas joyas escocesas que, a día de hoy, aún permanece en el anonimato.

Para los primeros el libro sólo es un paralelepípedo, una pieza; para los segundos un objeto fuente de inspiración. Con todos ellos el libro pierde su función tradicional como portador de contenidos negro sobre blanco para convertirse en objeto de una intervención artística. Una intervención sobre el continente, no sobre el contenido; no crean “libros de artista” sino que, tomando el libro como base material de su trabajo (o de una parte de él) el resultado final es otro objeto distinto de él, un objeto artístico, una obra de arte.

Susan Blackwell es una artista británica, homónima de una actriz y escritora estadounidense, que ha expuesto sus exquisitas esculturas por todo el mundo. Actualmente vive en Londres:

Nací en Sheffield en 1975. Mi madre era una enfermera, mi padre un técnico de gas. Pasé mucho tiempo jugando en el bosque cerca de mi casa, en mi propio mundo imaginario. Le di nombres a los árboles, y creía que me iban a proteger.

Su Blackwell : Chica en el bosque

Su Blackwell se caracteriza por utilizar libros en la mayor parte de sus obras:

Siempre he leído el libro primero, al menos una o dos veces, y luego empiezo a crear la obra, eliminando, añadiendo detalles. El detalle es lo que lo reúne todo, el elemento mágico.

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Biblioideas : Una biblioteca de libros no prestados

CuencaEl hombre moderno, apurado, sin tiempo, preso de la necesidad, no comprende que algo pueda ser no útil, ni que lo útil pueda ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe, un país sin espíritu; donde no hay humorismo, donde no hay risa, hay cólera y odio.
Eugene Ionesco, 1961

No hay libro tan malo —dijo el bachiller—, que no tenga algo bueno.
Don Quijote

Aunque el préstamo es una de las principales funciones de la mayoría de las bibliotecas, a veces hay recursos (libros, pero también revistas u otros materiales) que no consiguen traspasar esa barrera que separa el libro del usuario.

Si acudimos al Principio de Pareto, con todos los matices que se quieran, en una biblioteca se satisfarían el 80% de los préstamos con el 20% de la colección. Es decir, el 80% restante sólo proporcionaría un 20% de los préstamos. Se trate de una pequeña biblioteca local o de una gran biblioteca universitaria, con toda probabilidad, más de la mitad de sus fondos no se han prestado nunca.

Nadie se ha interesado por ellos porque realmente no eran interesantes, porque un bibliotecario puntilloso pensó que no tenían ningún interés, porque nadie les hizo nunca la menor campaña de marketing, porque errores en la catalogación o colocación los han dejado virtualmente desaparecidos, porque a nadie se le ocurrió buscarlo donde estaba… O porque el miedo hizo que quedara escondido para siempre.

En la biblioteca de la Escuela de Magisterio de Pamplona apareció en 1989 un libro tras un falso fondo disimulado en una pared de la sala de lectura de la biblioteca, tras una estantería de obra. Se trataba de algo tan “peligroso” como una edición de 1931 de La Doctrina educativa de J. J. Rousseau, de Francisque Vial. El libro estaba envuelto en papel de estraza con una lacónica nota (obviamente, anónima) en su interior: “este libro ha sido escondido para salvarlo de la quema”. Entonces supimos algunos (otros lo habían sabido siempre) que, efectivamente, en los primeros días del golpe de estado de 1936, el patio interior del edificio (ocupado entonces por un instituto de segunda enseñanza y hoy por el Instituto Navarro de Administración Pública) se utilizó para quemar libros. A lo que íbamos: por otros motivos, pero ese libro tampoco se prestó en más de 50 años. Sigue leyendo

Biblioideas : Alojarse en librerías

The Open Book (fachada)

Ahora que llega el buen tiempo y, quien pueda, estará buscando algún lugar adonde escapar, tal vez le apetezca un alojamiento distinto. ¿Qué tal una librería?

Hace tiempo, en la bibliodea de junio del año pasado, hablábamos de Shakespeare & Company, la librería parisina, y de su peculiar programa de estancias, cumpliendo algunas condiciones, para tumbleweeds.

En octubre de 2014, un turista despistado se quedó encerrado en la librería de la cadena Waterstones (más de cien establecimientos en el Reino Unido) en Trafalgar Square. Hizo sonar la alarma, habló con un guardia de seguridad y con la propia policía, pero nadie lo sacaba de ahí. Pidió ayuda en las redes sociales y su mensaje se extendió como la pólvora. Incluso The Guardian recogió la noticia.

Siguiendo ese principio tan propio de la especie humana (somos gregarios) y de las redes sociales, “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”, Waterstones comenzó a recibir solicitudes de gente que quería quedarse “encerrada” en alguna de sus librerías y aprovechó su oportunidad: seleccionó a diez personas para que pasaran una noche en esa misma librería. Usaron para ello la plataforma Airbnb, que permite alojarse en casas de particulares de todo el mundo. Ocurrió el 24 de octubre de 2014.

De todos modos, ninguno de estos casos se puede considerar un alojamiento vacacional. El primero se parece más a una residencia para escritores en ciernes o en formación y el segundo huele a campaña publicitaria. Ikea acababa de hacer algo parecido en Australia utilizando esa misma plataforma. Sigue leyendo