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Nosololibros. King Crimson: en la corte cambiante del Rey Carmesí

In the court of Crimson KingLa historia del rock en general y del progresivo en particular no se puede explicar sin la presencia de King Crimson, banda todavía en activo que ha resucitado múltiples veces de manera convulsa, pero siempre amparada bajo el virtuosismo y la genialidad de Robert Fripp, guitarrista inclasificable y excéntrico. La formación original surgida en Londres en 1969 estaba compuesta por el propio Fripp, Greg Lake, Ian McDonald, Michael Giles y Pete Sinfield. Gracias a la reputación ganada en los escenarios de diversas localidades inglesas, entre ellos el famoso concierto como teloneros de Rolling Stones en Hyde Park, firmaron un contrato discográfico con Island Records.

Su primer álbum obtuvo un resonante éxito, poniendo extrañamente de acuerdo a crítica y público. In The Court of the Crimson King (1969) sugiere un universo sonoro personal y genuino, cimentado en las dotes instrumentistas de sus músicos, los textos concisos pero elaborados de Senfield y la rotundidad hipnótica de uno de sus temas, 21th century schizoid man, en la actualidad debidamente triturado por una marca de perfumes como banda sonora. Pese al éxito, comenzaron las primeras deserciones. McDonnald, Giles y Lake iniciaron carreras musicales paralelas, el último enrolado en el mastodóntico grupo Emerson, Lake and Palmer.

Al mismo tiempo, la siguiente obra,  In the wake of Poseidon (1970), pese a mantener la misma pulsión que su precedente, inaugura la introducción del jazz como elemento constante del grupo gracias a la irrupción de dos enormes intérpretes: el saxofonista y flautista Mel Collins y el pianista Keith Tippett, capaces de ofrecer una joya como Cadence and Cascade. Lizard (1970), publicado en el mismo año, refuerza ese giro jazzístico de la banda con Haskell y el  batería Andy McCullough como nuevos miembros, y aporta una vertiente experimental y de búsqueda constante que presidirá la trayectoria del grupo.

Lizard

Esa obsesión por investigar se observa de forma meridiana en Islands (1971), un cóctel delicioso de múltiples influencias, desde el jazz hasta el blues, que marca un nuevo y arriesgado salto hacia el inconformismo. Conviven en él dos de las mejores aportaciones del grupo a la música: Lady Formentera, dedicada a la isla ibicenca, y la maravillosa e imprescindible Islands, balada que da título al álbum. La voz es responsabilidad de Boz Burrel.

Una etapa tormentosa y conflictiva terminó con la banda en forma de trío: el propio Fripp, Bill Bruford, batería que acababa de abandonar otro grupo mítico, Yes, y el bajista y vocalista John Wetton, acompañados de la percusión vibrante de Jamie Muir. Esta formación gestó quizá el mejor disco de la banda Lark’s tongues in áspic (1973). Pese a ser una obra de estudio, sus contenidos son producto de las improvisaciones y arreglos que conformaron los conciertos que ofreció la formación durante los años anteriores, y que constituyen la verdadera esencia del sonido crimsoniano: melodías atonales con una gran complejidad compositiva, la suavidad y equilibrio de la voz de Wetton, una sección rítmica creativa y potente, y la intensidad de Fripp en las seis cuerdas.

Starless and Bible black (1974) refrendó la magnitud y nueva dimensión del grupo, al que se incorporó David Cross con el añadido de poseer entre sus canciones dos de las mejores composiciones de la historia de la música contemporánea, The Night Watch y Trio. Mientras que la primera utiliza un medio tiempo para reflejar la potencia armónica y la excelente compenetración de los instrumentistas, la segunda es una apología de la belleza, notas que abandonan el pentagrama para trasladarnos a un sugerente paisaje emocional.

Esta primera etapa artística se cerraría con Red (1974), concebido precisamente como un compendio de sus signos de identidad: la creatividad, el lirismo, el jazz, la complejidad, la improvisación y el miedo al estancamiento. Tras esta disolución, Fripp y el resto de miembros de la banda se embarcaron en diversas aventuras personales hasta que decidió recuperar a la banda en 1981 con el propio Bruford, el excelente bajista Tony Levin, y el guitarrista Adrian Belew, que había trabajado con músicos del calibre de Frank Zappa.

La calurosa acogida dispensada motivó la grabación de Discipline (1981), provisto de un sonido polirrítmico, complejo y pretendidamente atonal, en el que afloraban las distintas personalidades del grupo. Podemos considerar este obra como una de las primeras en la historia que amalgama distintos estilos, un producto de fusión.

King Crimson

La idea tuvo su continuidad en Beat (1982), que incluye uno de los escasos éxitos en las radiofórmulas del grupo, Heartbeat, y Three of a perfect pair (1984), álbum que muestra en su primera cara una visión amable y accesible, incluso con toques funkies, frente a otra en la que la improvisación y el universo frippiano alcanzan su máximo esplendor.

Su penúltima reencarnación tuvo lugar en 1994 en forma de  efímero sexteto (Fripp, Bruford, Below, Levin, Trey Gunn al bajoy Pat Mastelotto como persusionista), fruto de la cual es THRAK (1995), una nueva evolución sonora que mezclaba el caos organizado de Discipline con la rotundidad rockera de Red.

En el año 2000, ya como cuarteto (Belew, Fripp, Gunn y Mastelotto) lanzaron al mercado The ConstruKction of Light en el año 2000, un disco de gran dureza sonora, sin concesiones, que apuesta por el riesgo pero que genera una extraña satisfacción tras su escucha. En 2003 aparecería The Power to Believe, el último álbum de estudio de King Crimson, menos dado a la improvisación que el anterior, por tanto más sencillo de escuchar aunque al mismo tiempo más frío y técnico.

Su última etapa de actividad nació en 2014, diseñada para ofrecer conciertos en directo, e integrada por Fripp, Collins, Levin, Mastelotto y Harrison, más la adición de Jakko Jakszyk, a la guitarra y voz, y de Bill Rieflin a la batería.

King Crimson

Nos encontramos ante un grupo necesario e intransigente, en continuo movimiento, que condujo al rock a momentos sublimes, dotado de un sonido personal e irrepetible basado en la transformación constante y el virtuosismo como elementos de transgresión, de desprecio a las etiquetas, de repudio a los clichés. Aquellos que acusan al rock progresivo de grandilocuente y vacío, de vacuo y prepotente, tienen la ocasión de acercarse a una obra compleja, consistente y rotunda al mismo tiempo que polisémica, un microcosmos al que estamos todos invitados balanceándonos en las penetrantes cuerdas del universo Fripp.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica.