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Nosololibros: Led Zeppelin: el dirigible que voló más alto

La irrupción de Led Zeppelin en el panorama musical provocó una enorme convulsión en la década de los sesenta. Desde una inspiración llena de resabios blueseros, claramente heredada del mítico grupo The Yardbirds, del que procedía su guitarrista Jimmy Page, construyeron una arquitectura musical con la coartada del hard rock como argamasa, pero muy heterogénea y mestiza, generadora de paisajes sonoros psicodélicos con aires folk. Además, los textos desprendían aromas místicos, y pretendidamente crípticos, adornados con metáforas muchas veces inclasificables. Ese conjunto armonioso de música y letras conmocionaron tanto al público como a la crítica a partir de su majestuoso debut en 1969 con el disco homónimo Led Zeppelin.

Contenía una pléyade de canciones que recogían todas sus influencias, y anunciaban las tendencias posteriores del grupo. La psicodelia de Dazed and Confused, el rock potente de Communication Breakdown, o esa pequeña joya arrinconada y prácticamente desconocida Your Time Is Gonna Come componen parte de esa primera apuesta sonora.

La banda se presentaba como una sólida formación en la que sobresalían la contundencia rítmica de John Bonham, fundamental para explicar el soporte sonoro de la banda, aunque siempre fuera de los focos que acaparaban sus dos miembros más famosos: el guitarrista Jimmy Page, brillante y virtuoso instrumentista, hábil adaptador de riffs de blues, pero muy solvente técnicamente; y la voz aguda y al límite, sensual y estremecedora de Robert Plant. Menos fortuna mediática tuvo Jean Paul Jones, bajista y teclista del grupo, pese a ser el responsable en buena medida de las atmósferas del grupo.

Su segundo álbum, Led Zeppelin II, terminó por asentar sus rasgos y ampliar su éxito. Paulatinamente se observa una menor apelación al blues y una mayor asunción del hard rock como elemento vertebrador de su música. Incluye el primer número uno del grupo, la apabullante Whola lotta Love, plena de magnetismo sexual y un riff de guitarra contundente aunque, como muchos del grupo, prestado. Pero es un disco pleno, sin minutos de la basura, como lo demuestran Ramble on, hábil combinación de tiempos medios y contundencia sonora; la bucólica y evocadora Thank You, apresada entre los brillantes teclados de Jean Paul Jones; o el histórico solo de Bonham en Moby Dick.

Conscientes de su éxito y de la enorme repercusión de sus conciertos, tras regresar de una triunfal gira por Estados Unidos graban su tercera entrega, Led Zeppelin III (1970). Quizá persuadidos por los aires pastoriles de los bosques de Gales, ofrecen un puñado de canciones mayoritariamente acústicas, aunque no obvian concesiones eléctricas poderosas, como por ejemplo el tema que abre el disco, Inmigrant Son. Encierra una de esas joyas tan raras como desapercibidas, un blues abrasador y mágico, Since I’ve loving you, en el que la voz sensual y penetrante de Plant se desliza surfeando entre los punteos de Page, absolutamente pletóricos, los teclados de Jones y la eficacia rítmica de Bonham. Gallows Pole y Tangerine son dos hermosas creaciones con reminiscencias countries, muy “americanas” en su concepción y arreglos. Paralelamente, los conciertos de la banda se habían convertido en ceremonias multitudinarias, y asumiendo los clichés que acompañarían a las rock star, cultivaban una imagen polémica y plena de escándalos que contribuyeron a convertirlos en iconos de toda una generación.

En 1971 aparece su obra más mediática y popular, llamada convencionalmente Led Zeppelin IV aunque esa designación no figura en ninguna parte del discosin duda eclipsada por la presencia de Stairway to Heaven, una excelente canción, críptica en su letra que tiene como único lastre la universalidad, su reproducción constante. Pese a ello, nos encontramos sin duda ante uno de los clásicos ineludibles de la historia del rock, desde sus arpegios iniciales hasta el estallido final, tan fiel a la idiosincrasia del grupo. Pero el álbum supone además un regreso inteligente al hard rock como base de los temas, teniendo en cuenta las críticas amargas que había tenido su anterior obra. Black Dog o Rock and roll son perfectos ejemplos de ese ensamblaje poderoso entre la guitarra efervescente de Page y la contundencia de las baquetas de Bonham. Pero también hay argumentos acústicos, como la melódica y tolkeniana The battle of Evermore, o la sugerente Going to California. Y una apelación al blues clásico, la potente versión de When the Leeve Breaks, de Kansas Joe McCoy y Memphis Minnie.

Houses Of The Holy (1973) es la última grabación antes de fundar su propia discográfica, Swan Song. Incorpora sonidos funkies y reagges, en un ejercicio de eclecticismo a veces no excesivamente afortunado, aunque el conjunto resulte inapelable y muestre una mayor tendencia hacia la armonía y ciertas concomitancias con el rock sinfónico. El vértigo de la experimentación no parecía afectarles. La brillante The song remains the same abre el disco, músculo rítmico y cambios constantes. Y crece con la magnífica The rain song, una de los momentos más inspirados de la banda, en el que el Mellotron alcanza cotas realmente sublimes, y el crescendo final se arroja al vacío con el abandono cadencioso de esas guitarras que se aferran a ti al despedirse. La ambivalente y juguetona D’yer Maker siempre genera controversias, que deberían acabar con la escucha de la imprescindible No quarter, quizá con el riff más conseguido de Page y la inquietante, oscura y seductora presencia de los teclados de Jones.

Physical Graffiti (1975) abre la segunda parte de su carrera en su nuevo sello. A partir de este momento se abandonan el mainstream y los himnos, y se opta por composiciones más complejas, con muchas aristas, menos predecibles, pero igualmente atractivas. Kashmir es sin duda la canción más sobresaliente de este doble álbum heterogéneo, oscuro y desigual. Un viaje iniciático que combina influencias orientales, misticismo, arreglos orquestales y poses muy al estilo Genesis (con Peter Gabriel, por supuesto). In the light necesita muchas lecturas para comprobar su enorme calidad. Un extraño cóctel onírico y arrebatador, en el que los sintetizadores y el clavicordio de Jones, la voz de Plant y los riffs de Page se adentran en terrenos casi hipnóticos. In my time of Dying se envuelve en ropajes blueseros, con un Bonham absolutamente desatado y descomunal, y la maestría de Page en una sucesión de punteos demoledores.

Con Presence (1976) empezaban a dar síntomas de agotamiento, pese a contar con un gran tema, Achilles Last Stand, un himno compacto y épico que recupera la idiosincrasia de la banda: innumerables riffs ensamblados, soporte rítmico y la voz de Plant siempre al borde del abismo. Álbum rutinario, superficial, y previsible, quizá tan sólo Nobody’s Fault But Mine podría rescatarlo del anonimato.

Con el grupo en descomposición, preso de problemas con las drogas, el alcohol y la depresión, lanzan un disco irregular y prescindible, In through the out door (1979). Realizado y producido casi únicamente por Jones, el único miembro que no paseaba por el lado tóxico, es una oda a los sintetizadores, del que sólo rescataría dos momentos: All of my love, una apuesta por el pop más comercial pero bastante resultona, e In the evening, con un brillante comienzo hasta que se adormece y se torna monótono.

La historia de este enorme banda acaba en 1982, si es que no había muerto antes. Coda no es una grabación de estudio, sino una recopilación de rarezas y temas inéditos sacados a la luz tras la muerte de Bonham, que no logra remontar el vuelo de sus dos anteriores apariciones en el mercado. Quizá We’re gonna groove suena con la frescura y potencia de los mejores momentos, o Wearing and tearing con su aproximación al punk. Pero el conjunto es absolutamente decepcionante.

Pese a este mediocre final, la influencia de esta banda en la historia del rock, de la música en general, es enorme. Mucho más versátil e inclasificable de lo que pudiera parecer en un principio, su eclecticismo musical, el virtuosismo de sus integrantes y una enorme facilidad para vender discos la convirtieron en un icono magnético al que se asieron multitud de grupos posteriores, sentando las bases de lo que más tarde se conocería como heavy metal. Denostados por muchos como meros plagiadores, protagonistas de múltiples leyendas urbanas, supieron en realidad evolucionar sustentados por su enorme talento, aportando músculo y carácter ecuménico al rock.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica