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Biblioideas : Bibliotecas prostibularias

“…porque era su tienda el burdel de los libros, pues todos los cuerpos [volúmenes] que tenía eran de gente de la vida, escandalosos y burlones”

Quevedo. Los sueños

Juan Bonilla: La novela del buscador de librosEl pasado 1 de febrero, la sección habitual de José Luis Melero en El Heraldo de Aragón llevaba por título Una librería de Bogotá y se remitía a un relato de Juan Bonilla en el que cuenta el final de un poeta modernista colombiano hoy olvidado, Mario Andrés Trujillo, que habría publicado, entre otras cosas, una antología de Guillermo Valencia y algún otro libro sobre Porfirio Barba Jacob, seudónimo del poeta colombiano Miguel Ángel Osorio Benítez. Poco antes, una entrada en el blog del propio Melero ya hablaba del libro de Bonilla.

El caso es que antes de morir en su casa del barrio de Santa Fe, en Bogotá, Mario Andrés Trujillo nombró heredera a Marisa, el travesti al que había sacado de la mala vida y con el que compartió sus últimos años. Muerto el poeta, Marisa empezó a alquilar habitaciones a sus amigas de la calle y la casa se convirtió en un burdel. Un burdel con diez mil volúmenes, la biblioteca particular del poeta.

La santa cedeTras la primera sorpresa, algunos visitantes del negocio empezaron a comprar libros además de sexo, la noticia corrió por la ciudad y poco a poco libreros y bibliófilos de Bogotá fueron haciéndose con la biblioteca. Cuando escribe Bonilla, todavía podrían comprarse en librerías de segunda mano de Bogotá ejemplares con el exlibris del poeta, un cisne patinando sobre un lago. Melero acababa el artículo lamentándose de no haber encontrado referencias de Mario Andrés Trujillo.

El relato de Juan Bonilla al que se remite Melero se tituló originalmente Un cisne patinando sobre un lago y fue recogido en 2015 en Bogotá contada 2.0 (p. 58-61). Al año siguiente, volvió a aparecer, con el título Una librería en Bogotá, en su libro Biblioteca en llamas. Finalmente, en 2018, Bonilla volvía a reproducirlo, esta vez sin título distintivo, en La novela del buscador de libros (p. 160-168).

Juan Bonilla es juguetón y le concede a Mario Andrés Trujillo «doce líneas» en el Diccionario de escritores latinoamericanos de César Aira y «catorce renglones» en un Museo de la Poesía Colombiana, de Germán Espinosa. Lo cierto es que en el diccionario de Aira no aparece y en el libro de Espinosa, cuyo título real es Tres siglos y medio de poesía colombiana (1630-1980), tampoco. En la Biblioteca Nacional de Colombia no hay nada de un Mario Andrés Trujillo, ni en Torre de Babel, la mayor librería de libro usado de Colombia, ni en las bibliotecas universitarias estadounidenses tan acogedoras con la obra de autores latinoamericanos. En ninguna parte. Sí hubo un escritor colombiano, Bernardo Arias Trujillo, cuya primera novela (1924) se llamó Cuando cantan los cisnes, pero ahí se acaban las coincidencias. En todo caso, gracias a Juan Bonilla por dar vida a ese «poeta olvidado» y su particular biblioteca.

Que la historia anterior sea una recreación no quiere decir que no hayan existido burdeles con biblioteca. Sin remontarnos a los servicios sexuales y bibliográficos de muchas termas romanas (lo dejamos a los estudiosos), en nuestra historia reciente hubo al menos uno, en Chimbote, Perú.

Oswaldo Reynoso: Los inocentesEn 2008, Jaime Guzmán Aranda, editor pionero en la presentación de libros en burdeles, y los escritores Augusto Rubio Acosta y Oswaldo Reynoso, presentaron La santa Cede, un volumen de narrativa erótica que reúne relatos de quince escritores chimbotanos, prologado por un texto tomado de la última novela de José María Arguedas, El zorro de arriba y el zorro de abajo, publicada dos años después (1971) de que su autor se pegara un tiro en la sien. Dijo Reynoso que «este tipo de libros sirven para que los lectores rompan las trabas de una moral monjeril y encuentren el camino del goce pleno de la vida, sin exámenes de conciencia, dolor de corazón ni mucho menos arrepentimiento».

El libro se presentó en el Auditorio de la católica Universidad Privada San Pedro y en el histórico prostíbulo de Tres Cabezas, donde se anunció la colocación de un busto de José María Arguedas, asiduo visitante del local, y la próxima inauguración de la Biblioteca Popular “Los inocentes”, denominada así como homenaje al libro de Oswaldo Reynoso, considerado como una obra clave de la literatura peruana contemporánea.

También habló la administradora del lupanar: «Los escritores son bienvenidos a esta casa. Les agradecemos la donación de libros que nos han hecho, gracias por escribir un libro como La santa cede, pronto tendremos listo todo para la biblioteca y volveremos a reunirnos como hoy en otro evento para inaugurar el busto». No sabemos si se volvieron a reunir y, como le ocurrió a José Luis Melero con Mario Andrés Trujillo, no hemos podido averiguar qué fue de esta biblioteca, si se llegó a poner en marcha, qué andadura tuvo, si aún existe…

 

BiblioideasBiblioideas es una sección mensual de nuestro compañero Chema Pérez en Tirabuzón, en la que se incluyen una serie de artículos dedicados a analizar fórmulas imaginativas y modelos de desarrollo en torno al mundo de la cultura y los libros.

Biblioideas : Marcar las páginas

Marcar las páginas

Marcapáginas de la Universidad de ZaragozaCualquiera que lea libros sabe que en algún momento hay que dejar la lectura y marcar el lugar donde retomarla más adelante. Esa necesidad ha existido desde que aparecieron los primeros formatos del libro y hay indicios de que los marcadores ya acompañaron a muchos códices desde su aparición en el siglo I de nuestra era. Las dos formas de libro de la época —códices y rollos— aún convivieron durante un tiempo pero, junto a otros factores, el cristianismo adoptó el códice para transmitir sus creencias y, hacia el siglo V, el nuevo formato se había generalizado.

El Diccionario de la Lengua Española define marcapáginas como un «utensilio, normalmente plano, que sirve para señalar una página, por lo general aquella donde se interrumpió la lectura de un libro». También se utilizan como sinónimos señalador, punto de lectura, punto de libro, separador de libro, marcador, etc. Fuera de aquí los llaman bookmark, point de lecture o signet, Lesezeichen, segnalibro, etc.

Aunque esta definición se ciñe a lo que entendemos actualmente por marcapáginas, sabemos que en los rollos, códices o primeros libros impresos se utilizaron como marcadores objetos diversos ajenos al ejemplar pero, dado que el libro era un objeto raro y valioso, esa marca no debía deteriorarlo. En la Alta Edad Media los monasterios solían utilizar vitela para cumplir esa función en los volúmenes que más adelante se llamarían incunables (no se denominaron así hasta bien entrado el siglo XVII). No era algo que se fabricara a propósito, pero ya empezaba a haber algún sofisticado marcador como el de la foto que, además de señalar la página, indicaba columna y línea.Marcapáginas de la Edad Media

Marcapáginas de la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza. Fondo Antiguo.En realidad, el primer marcapáginas «moderno» del que se tiene constancia era de seda con una borla dorada en su extremo. Acompañaba el ejemplar de una Biblia que Christopher Barker, el entonces editor oficial de la Biblia en Inglaterra, regaló a la reina Isabel en 1584. De hecho, a partir de 1600 la mayoría de las biblias ya venían con una cinta de seda para señalar el punto de lectura.

Pero el verdadero auge de los marcapáginas tuvo lugar en los siglos XVIII y XIX y corrió paralelo a la creciente disponibilidad de libros. Siempre en forma de cinta integrada en la encuadernación. Sólo a mediados del siglo XIX empezaron a aparecer marcapáginas que no formaban parte físicamente de los libros y fue a partir de 1870, con la aparición de la cromolitografía, cuando comenzaron a diseñarse marcapáginas de papel. Las empresas vieron muy pronto su potencial publicitario y, entre las dos grandes guerras del siglo XX, los gobiernos también los utilizaron como herramienta propagandística. Muchos de estos marcapáginas policromados se diseñaron también para ser regalados.

En 1860, más de un tercio de la población de Coventry trabajaba en la industria textil, especialmente en la fabricación de la English ribbon, una cinta de tela característica. Un tratado que eliminaba aranceles acabó con ella y muy pocas empresas sobrevivieron. Una de éstas pertenecía a Thomas Stevens. Adaptó sus telares y empezó a tejer imágenes sobre seda. Sus diseños se conocen como Stevegraphs y los utilizó para hacer cosas como tarjetas de felicitación o marcapáginas. Hoy son perseguidos por los coleccionistas, que hasta tienen su propia Stevengraph Collectors Association.

Marcapáginas de la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza. Campaña del silencio.En la segunda mitad del siglo pasado los artistas empezaron a fijarse en ellos y aparecieron marcapáginas fabricados con materiales diversos: cobre, oro, plata, caucho, madera, plástico, etc. Algunos fueron diseñados por joyerías famosas, como Tiffany; otros tenían formas afiladas, de manera que servían también para cortar los pliegos de libros intonsos, uniendo así dos funciones en un único objeto. Los marcapáginas empezaron a ser valorados y abundantes y el mundo del coleccionismo se lanzó sobre ellos.

Hoy son parte habitual de las campañas de promoción editorial y de muchos otros ámbitos. La propia Biblioteca de la Universidad de Zaragoza ha utilizado este formato en su campaña a favor del silencio o sobre el uso del fondo antiguo. Seguro que conocéis a alguien que los coleccione, pero seguro que no tiene más de cien mil, como Frank Divendal, un holandés que pasa por ser el mayor coleccionista del mundo (o, al menos, el que más marcapáginas tiene).

Si quieres saber más, la página web de la International Friends of Bookmarks (IFOB), creada en 2015, es un recurso lleno de información (historia, asociaciones, coleccionismo, productores, etc.) para los interesados en este material efímero y una plataforma de comunicación. También puedes visitar The Ephemera Society of America (ESA), una organización sin ánimo de lucro con información abundante sobre el mundo de los marcapáginas y otros materiales efímeros.

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Biblioideas: Libros en la basura

Ha habido alguna biblioidea en la que han aparecido juntos libros y basura, un binomio que, a primera vista, no suena bien. Algunos verán en él un oxímoron, pero lo cierto es que los libros son, entre otras cosas, productos de consumo y, como tales, están sujetos a sus pautas. Como nosotros y nuestros hábitos.

Una sociedad de consumo bien engrasada necesita producir más de lo que consume, de manera que todo esté disponible para mí, cuando a mí me apetezca y a un precio que pueda pagar; o sea, cómodamente, sin preocupaciones: la Agencia del ISBN, con datos de 2015, cifra en 93.000 los ISBN asignados (97.000 el año pasado, según Rodríguez Rivero en su columna de Babelia); 75.000 de ellos, novedades.

Libros en el vertedero

No hay librería que soporte ese aluvión, de manera que sólo una parte de esas novedades llegan a verse en ellas. Además ha de haber una rotación constante para dar cabida a las novedades siguientes. A ese ritmo vertiginoso, no sorprende tener dificultades para encontrar un libro publicado hace pocos años. Vale que el libro no es una lavadora, pero también tiene su particular obsolescencia programada. Así que no nos rasguemos las vestiduras: muchos libros acaban en la basura, las propias editoriales los convierten en pasta de papel.

Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros 2017, un 40% de la población no lee nunca por diversión, entretenimiento o formación. Es posible que lea los cartones del bingo, el Marca o una revista en la peluquería, pero no libros. La buena noticia sería, según Pedro Simón en El Mundo, que quien no lee dispone de más tiempo libre. Y, añadimos nosotros, que ese 40% no tirará muchos libros a la basura.

Lógicamente, son las personas lectoras las que lo hacen. Podrían donarlos o venderlos (y mucha gente lo hará), o encender la chimenea con ellos (de esto no tenemos cifras), pero optan por tirarlos a la basura. Individualmente es más cómodo. De eso se trata.

Pero este afán consumista también tiene resistencias: hace unos años oímos hablar de José Alberto Gutiérrez, un basurero colombiano que lleva veinte años rescatando libros de la basura.

“El señor de los libros”, como se le conoce en Colombia, abrió una biblioteca gratuita con 25.000 libros en su propia casa, creó varias bibliotecas y ha repartido ejemplares en más de doscientas aldeas del país. Elvira Lindo y Almudena Grandes contaron su historia.

Biblioteca de los basureros de Estambul

Y recientemente nos enteramos de que basureros de Estambul (sospechamos que en el feudo de Erdogan no hay basureras), con unos 5.000 libros rescatados de entre la porquería, crearon hace unos meses una biblioteca en una fábrica de ladrillos abandonada. En principio, para uso de la plantilla, pero pronto se abrió a todo el mundo. Ahora hay gente que en lugar de tirar los libros a la basura los lleva a la biblioteca. Aquí podéis ver un vídeo.

Estamos en un momento en que los terabytes ya se nos quedaron pequeños. Hace un tiempo empezamos a oir hablar de yottabytes (un billón de terabytes) y ya nos tienen preparados nuevos palabros para contabilizar el tráfico que viene con el Big Data y la internet de las cosas: brontobytes, geopbytes, saganbytes,… Hasta jotabytes (¡si el Pastor de Andorra levantara la cabeza!, pobrecico).

Reconforta saber que entre tanta maraña sigue habiendo gente que recupera libros que parecen sobrarles a unas personas y los ofrece a otras a las que les faltan. No para saltar a la fama o hacer dinero sino para construir comunidades más habitables.

Lo pequeño es hermoso.

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Biblioideas: Jonathan Callan

Jonathan CallanHemos ido dedicando algunas de las Biblioideas anteriores a artistas que utilizan o han utilizado en algún momento como material de trabajo esos paralelepípedos que llamamos libros. Todos se dirigen más al objeto que a su contenido, modificándolo o fabricando con él estructuras e instalaciones diversas. Jonathan Callan es uno de ellos (no confundir con un actor y escritor estadounidense homónimo).

Residente en Londres aunque de origen mancuniano (aunque nos suene alienígena, ese es el gentilicio de Mánchester), Jonathan Callan trabaja a menudo con libros de texto, revistas, mapas o fotografías, pero no atiende a su contenido sino a su materialidad, no los trata como información de segunda mano, sólo como objetos, como material de trabajo.

La mayor parte de la gente rara vez piensa en un libro como un objeto, las palabras de dentro se consideran mucho más importantes que la forma. Me pareció que este hecho expresaba perfectamente el problema que tenía al pensar en el debate sobre el arte y cómo se valoraban sus significados, y por eso empecé a considerar los libros de la misma manera que un alfarero podría considerar la arcilla. En muchos sentidos, pienso en ello como una forma de abordar la ecuación de la forma y el contenido.

The Library of Past Choices - Jonathan Callan

Suele trabajar los aspectos físicos del objeto, el libro, hasta que la forma original es apenas identificable. En sus obras el objeto cambia, se deforma, a veces se disuelve en un conjunto hasta desaparecer en él, y todo para darle un nuevo sentido que genere experiencias en el espectador.

Su trabajo con libros no reviste pues ninguna actitud fetichista. Al contrario, arrebata al libro ese carácter sagrado, intocable, si no es para ser leído o conservado. De forma deliberada, sus obras tampoco suelen ser ilustrativas o relacionadas con el texto: «Para mí, tener un enfoque ilustrativo de cada libro específico sería aceptar las divisiones falsas que se hacen entre la forma y el contenido».

La mayor parte de su trabajo, se deriva de esa fascinación por la materialidad –así lo expresa él mismo– que impulsa la pasión de todo escultor. Lo demuestra, por ejemplo, en sus Stacked Book Sculptures, esos amasijos de los que posiblemente hayas visto alguno ilustrando alguna revista.

The Idiot Compression - Jonathan Callan

Otra obra característica suya es la instalación Idiot Compression (en la foto superior), que varía de forma y tamaño cada vez que se viene exponiendo desde 2009.

Precisamente, el año pasado Jonathan Callan realizó de nuevo la instalación en la librería de Richard Booth, en Hay-on-Way, ese pueblo galés del que ya hablamos en una biblioidea anterior. Aquí tienes más información sobre la misma.

No obstante, las delicadas manos de Callan abarcan muchos terrenos. Un paseo por su página web o la de su galerista te permitirá hacerte una idea. Y disfrutar.

 

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Biblioideas: Después de los libros

 4-Elements: Post-Libros, Neolibros, No libros: un viaje de reinterpretación

El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Antonio Gramsci

El pasado 27 de junio se cumplieron cincuenta años de la instalación en Londres del primer cajero automático, aunque aquí no veríamos ninguno hasta 1974. El primer teléfono móvil se presentó en 1973 y la World Wide Web en 1992.

En 1959 llegó a España el primer ordenador, fue para Renfe. Hasta 1963 no llegaría uno a la Universidad de Zaragoza (por cierto, si quieres saber más de la historia de la informática en ella desde entonces no te pierdas este entretenido trabajo de Paco Serón, uno de sus investigadores).

Sólo unas décadas después de aquello, compramos la ropa o la comida en Internet, manejamos electrodomésticos desde la distancia y nos vemos metidos en una madeja de artilugios tecnológicos que han conseguido la paradoja de estar permanentemente conectados pero vernos poco y tratarnos menos. No está claro que la especie humana esté preparada para asumir estos cambios en tan corto espacio de tiempo sin consecuencias en la sociedad y en el individuo, en nuestra forma de ser, de comportarnos, de afrontar problemas, de vivir.

¿Y las bibliotecas? Nadie sabe realmente qué será de esos lugares, en qué se convertirán, ni siquiera si existirán a largo plazo. Los cambios en ese ámbito también han sido vertiginosos. Lo que es una tendencia en las bibliotecas públicas se consolida en las académicas y en las bibliotecas científicas ya es un hecho: el libro o la revista de papel están siendo relegados y “el usuario” empieza a ser un extraño. Nos consta su existencia y sigue disfrutando de servicios de la biblioteca, pero apenas se deja ver. No hablamos con él cara a cara, no vemos sus gestos ni su aspecto, no oímos el tono de su voz, no hay ese intercambio generador de sensaciones y emociones. De hecho muchas bibliotecas se esfuerzan en generar actividades que recuperen o refuercen ese contacto. En la misma Universidad de Zaragoza hay experiencias en esta dirección que puedes ver en otras secciones de este blog. La última, la Biblioteca de Semillas, en la Escuela Politécnica Superior de Huesca.

 4-Elements: Post-Libros, Neolibros, No libros: un viaje de reinterpretación

A estas o parecidas ideas les daba vueltas Fernando del Blanco, bibliotecario en el CID de Barcelona, un centro de investigación del CSIC, cuando una conversación sobre libros con miembros de 4-Elements, un colectivo artístico de la ciudad, acabaría convirtiéndose en una exposición: Post-Libros, Neolibros, No libros: un viaje de reinterpretación, «un viaje de indagación por el formato, por la morfología, por la poética y por la mitología del libro» materializado en una serie de “monstruos” de los que hablaba Gramsci.

Se enmarca en las actividades programadas dentro de la celebración del 50 aniversario del CID y ha estado abierta en la sala de lectura de su biblioteca desde el 9 de febrero al 30 de junio. Aquí puedes ver las obras. La exposición albergaba además la instalación Pre-Libros, seis piezas que incidían en la historia y los formatos del libro. Puedes verlas aquí.

Con ello Fernando del Blanco quería compensar «la pérdida de afluencia de nuestros usuarios precisamente por la crisis del libro que la exposición narra […] y continuar haciendo de la biblioteca un lugar atractivo, no sólo una aplicación, un recurso digital, un teléfono o un correo electrónico útiles». Lo cuenta en la última Enredadera, la revista de la Red de Bibliotecas y Archivos del CSIC.

 

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Exposición «Libros y Procedencias: historia de una colección», en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza

Exposición "Libros y Procedencias: historia de una colección", en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza

La exposición Libros y Procedencias: historia de una colección, organizada dentro del marco de iniciativas que conmemoran el 475 aniversario de la Universidad de Zaragoza, muestra el proceso de formación del fondo histórico de la Biblioteca Universitaria, un fondo que hoy en día constituye una de las señas de identidad de la institución.

Las obras seleccionadas, de épocas y materias diversas, corresponden a donaciones, legados o adquisiciones que han sido hitos en el desarrollo histórico de la Biblioteca; estas procedencias, organizadas en una aproximación cronológica, según la época en que se incorporaron a la colección, actúan como hilo conductor de toda la muestra.

Recorriendo la muestra se podrá observar documentación da cuenta de la historia de la Universidad, como el Libros de Gestis expuesto, el archivo del campus durante dos años, que contienen el primer plan de la Biblioteca y otras curiosidades como las instrucciones de cómo consultar los libros prohibidos.

Recorriendo la muestra se podrá observar documentación da cuenta de la historia de la Universidad, como el Libros de Gestis expuesto, el archivo del campus durante dos años, que contienen el primer plan de la Biblioteca y otras curiosidades como las instrucciones de cómo consultar los libros prohibidos.

Una gran parte de las obras tiene su origen en las  bibliotecas de los colegios de jesuitas, recibidas tras la expulsión de la Compañía en 1767 y en los fondos que pertenecieron a los monasterios desamortizados.

Donación de Rosa Berné a la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza

Pero la biblioteca recibió también numerosos fondos de benefactores que legaron su biblioteca, en todo o en parte, para asegurar su conservación y, a su vez, aportar unas obras acordes con las disciplinas que se impartían en la Universidad. Se encuentran en el cuadro  de honor de los principales benefactores los nombres del catedrático Vicente Lissa, de Rosa Berné, del obispo de Palencia Juan Francisco Martínez y del canónigo Juan Sánchez Muñoz.

También ocupa un lugar destacado Los caprichos de Goya, de los que se sabe que es una de las primeras ediciones porque aún no posee los defectos de plancha que sí quedaron reflejados en las siguientes.

También ocupa un lugar destacado Los caprichos de Goya, de los que se sabe que es una de las primeras ediciones porque aún no posee los defectos de plancha que sí quedaron reflejados en las siguientes.

Aunque la lista de benefactores es larga, las limitaciones de la muestra solo nos han permitido dar cabida a las donaciones particulares más relevantes o a las mejor documentadas. La exposición pretende, a su vez, reconocer públicamente a todas estas personas que donaron obras de gran valor a la Universidad y contribuyeron con su generosidad a dotar de singular valor el fondo histórico de la Biblioteca.

Donaciones a la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza

Los legados institucionales tuvieron un protagonismo destacado en la formación del fondo histórico durante los años finales del siglo XIX y principios del XX. Mencionaremos por su relevancia el fondo procedente de la biblioteca de Osuna  ̶ tras ser adquirida en 1884 por el Ministerio de Fomento y distribuida entre diversas Legado Duques de Osunainstituciones españolas ̶  y el fondo pinatense, adquirido por la Facultad de Derecho en 1907.

Dentro del mismo apartado, podemos incluir finalmente las publicaciones recibidas en la primera mitad del siglo XX por Depósito Legal y otras procedencias de carácter institucional, que por su interés histórico y local han adquirido con el tiempo valor patrimonial.

El primer libro en el que apareció la palabra Atlas del cartógrafo Gerard Mercator, donado por Rosa Berné, ocupa un lugar destacado http://prensa.unizar.es/notasprensa/anexos/0_IMG_3451.JPG así como el mueble de madera para fichas manuscritas, que ha sido restaurado para la ocasión.

El primer libro en el que apareció la palabra Atlas del cartógrafo Gerard Mercator, donado por Rosa Berné, ocupa un lugar destacado http://prensa.unizar.es/notasprensa/anexos/0_IMG_3451.JPG así como el mueble de madera para fichas manuscritas, que ha sido restaurado para la ocasión.

En este recorrido, que abarca más de doscientos años, se pueden apreciar obras tan notables como el Salustio de Ibarra, regalo del Infante Don Gabriel de Borbón, la edición incunable de Las Siete Partidas de Alfonso X, recibida de la biblioteca de Osuna, la primera edición de los Caprichos de Goya, donación de Gregorio García-Arista, o el Antifonario mozárabe, el manuscrito más destacado de la colección pinatense y una pieza señera de la Biblioteca.Antifonario mozárabeAntifonario mozárabeLa exposición se ha basado en los principales trabajos históricos publicados sobre la biblioteca y en la información de antiguos posesores aportada por el propio catálogo, a la que se suman otras noticias de fuentes diversas. La labor continuada en trabajos sobre procedencias, y especialmente la creación de una base de datos de procedencias, permitirán profundizar en el estudio del fondo patrimonial, difundirlo con un nuevo enfoque y contribuir con ello al conocimiento histórico de la Universidad cesaraugustana.

INFORMACIÓN DE LA EXPOSICIÓN:

BIBLIOTECA DE LA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Biblioteca General – Edificio Paraninfo
Plaza Paraíso, 4 – 50005 Zaragoza

7 DE ABRIL A 30 DE JUNIO DE 2017 – Entrada libre
Horario de lunes a sábado:
Mañanas de 11 a 14 y tardes de 17 a 21

Biblioreseñas : «Alta Fidelidad», de Nick Hornby

Alta Fidelidad, de Nick Hornby. Editado por Anagrama

“Biblioreseñas : No leas mañana lo que puedes leer hoy”

(Por Laura Bordonaba Plou, Biblioteca de Humanidades María Moliner, U.Z.)

A veces las novelas que a priori no tratan del amor son las que precisamente gritan AMOR. Todos tenemos una banda sonora que acompaña y mece nuestra vida amorosa, nuestra vida de aciertos y miserias, soledades y comienzos. Porque la música, son sonidos y son palabras, y por ello, se convierte en discurso y en grito de nuestro transitar. Nick Hornby sabe muy bien lo que hace, el rock es vida, está vivo y, sin duda, ama.

El título de la novela ya nos da una pista de lo que vamos a encontrar aquí. Porque el título es metáfora de ese Rob, el protagonista, fiel a la música, a su estilo de vida, a unos recuerdos, e incluso, a un futuro. Homenaje a la música y a un tipo de personas, con las que me identifico, a las cuales la música, literalmente, salva la vida un día tras otro. Por eso me ha gustado tanto releer y ahora poder hablar de este libro de Hornby, sencillo, desnudo, como es el rock, en el que la música funciona a la perfección como un elemento principal de la narración, creando significados. A través de las connotaciones de los diferentes géneros musicales, los personajes se definen, se comunican y logran trasladar al lector-espectador gran parte de la información que no está presente en la estructura narrativa.

Nick Hornby (imagen: Wikipedia)

La novela de Hornby nos lleva a una reflexión obligada: la saludable alianza entre la literatura y el rock. En el momento en que Hornby escribe Alta Fidelidad (1995), el panorama musical era diverso; el rock había dejado de ser hegemónico hacía tiempo y se había vuelto alternativo, manteniendo su propia identidad y coexistiendo con el resto de géneros musicales.

Rob es un gran conocedor de música popular que regenta una tienda de discos en la que venden «un poco de todo lo bueno. Blues, country, soul clásico, new wave…» (p. 51); Rob encarna al fan del rock alternativo de los noventa, que ya no vive una oposición al pop y manifiesta un gusto ecléctico en cuanto a géneros musicales y períodos de la historia de la música, manteniendo una querencia patente por lo minoritario, lo “auténtico”. De esta manera, la novela se convierte en un documento de cómo se ha ido transformando la ideología del rock en los años ochenta y noventa desde la exclusión al eclecticismo.

Los gustos musicales (al igual que los literarios y cinematográficos) a menudo han sido considerados como parámetros útiles para definir la identidad de una persona; a través de estas preferencias el individuo se identifica con los discursos que articulan sus artistas favoritos y los asume como referentes de sus valores y su personalidad.

Alta Fidelidad utiliza el poder de la música y la ideología de los géneros musicales para definir los personajes o construir sistemas de valores compartidos por una comunidad. El uso de la música en este sentido va más allá de la función narrativa, ya que ésta consigue desatar en el lector-espectador una serie de identificación y afiliación que genera sentimientos de empatía y no empatía paralelos al desarrollo narrativo del texto. Así, la música de Alta fidelidad suena a lo largo del libro y se centra en la definición de personajes de forma individual Rob es treintañero, acaba de ser abandonado por su novia Laura, regenta una tienda de discos en Londres, tiene pocos amigos, y, en general, parece estancado, pero medianamente feliz. Alta fidelidad, película rodada en el año 2000 por Stephen Frears

El libro comienza con una lista que Rob nos ofrece sobre sus «cinco rupturas más memorables», en orden cronológico. A lo largo de la novela veremos que estas cinco rupturas, estarán presentes de alguna manera, en las reacciones de Rob, en sus supuestas inseguridades, en sus supuestas virtudes, en sus supuestos errores, y hasta en sus supuestas elecciones. Desde el primer rollete de parque, en plena adolescencia, a la novia buena que no se deja meter mano, la novia del amigo, la novia inalcanzable, la novia comodidad. Un gran acierto de Hornby el buscar personajes tan reales con los que el lector puede sin duda sentirse identificado.

Rob define a sus novias también a través de la música, de lo que escuchan, de los grupos que no conocen, o de las canciones que le inspira cada una al pensar en ellas. Así, describe a Penny como una chica “agradable” que escuchaba a James Taylor, Carole King, Cat Stevens o Elton John. Estas asociaciones música-personaje llevan implícitas juicios de valor, siempre en función de los gustos musicales del propio Rob. Y Rob también se define por los juicios musicales de los demás y sobre todo por sus propios enunciados, por las canciones de desamor que le definen, cuando habla del orden de su colección de discos, y los ordena de manera autobiográfica, construyendo la banda sonora de su vida, esa que todos tenemos (por eso es tan fácil conectar con Hornby, porque los lugares comunes son lugares amados). El orden autobiográfico de su colección de discos le otorga poder sobre ella, y como reflejo, sobre su vida («Tienes que ser yo para encontrarlos»).

El orden de sus discos es un intento de “escribir mi autobiografía sin tener que hacer cosas como coger un bolígrafo” Rob tiene una tienda de discos llamada ‘Championship Vinyl’. Música minoritaria (si el rock, el blues, etc. lo han sido alguna vez). Trabajan con él dos amigos, Dick y Barry, dos arquetipos de esa persona verdaderamente apasionada por la música, que la escucha y la colecciona casi de manera compulsiva, que hace listas constantemente de sus discos preferidos, de los más odiados, de riffs de guitarra, o de canciones compuestas por artistas ciegos, que cuando sale de trabajar va a conciertos, y que “domina” la escena musical.Alta fidelidad, película rodada en el año 2000 por Stephen Frears

Cuando Rob imagina los cinco empleos soñados de su vida también tienen que ver con la música. Rob, Barry, y Dick, conforman 3 arquetipos de treintañero distinto, el que siempre ha tenido novias, el que tiene ganas de tener una, y el que siente que teniendo música no la necesita. Tienen una relación simbiótica, que parece solamente tejida por esas constantes referencias musicales que tienen en común, pero que a lo largo del libro se revelan como algo más, puesto que tener los gustos musicales en común, si seguimos creyendo que dicen tanto de nosotros, ya es mucho más de lo que tienen algunas personas.

El libro se centra en todo lo que sucede a Rob tras el abandono de Laura. La sensación de liberación, que una vez más, se extrapola a la música (Rob piensa en que POR FIN va a poder ordenador su colección de discos como quiere, incluso, pintar un gran anagrama en la pared del comedor), la sensación de que todo el universo femenino vuelve a estar a su alcance, la sensación de fracaso y abandono, de echar de menos, de tener ganas de volver a un lugar seguro, y sobre todo, aceptar que quizás la monogamia, sin los fuegos artificiales del principio, que se revelan más artificiales que nunca, sea algo que merezca la pena conservar.

En ese sentido Championship Vinyl Records se erige en símbolo de una forma de vida adolescente, libre. Vemos como la madre de Rob le dice «¿Cuándo te vas a buscar un trabajo serio?», o como el mismo Rob, piensa que Laura ha cambiado desde que tiene un trabajo serio, que cuando lo conoció, siendo un pinchadiscos de un pub local, le gustó por eso mismo que ahora parece haberle estancado. Rob sigue trabajando en los suburbios, mientras Laura trabaja en el centro. «Los hombres deben trabajar en lugares en los que otra gente trabaja», dice en un momento dado Rob.

Porque Rob, el tierno y perdido Rob, comienza a plantearse que quizás el rock, una tienda de discos de espíritu adolescente y que no avanza, e incluso, escuchar música que la gente “importante” no conoce, sean señales de que debe cambiar. De que debe de olvidar que no habrá más cintas grabadas, más primeras listas de discos. Que el problema quizás sea que Laura ha cambiado, y él no. Pero antes de eso, tiene que asegurarse que el pasado nunca fue mejor que el presente, tendrá que volver a esos primeros discos, a los días de parque, de instituto, y de relaciones fallidas.

Rob recurrirá a esa lista de ex que marcaron su vida y se empeñará en un reencuentro con ellas, puesto que necesita saber qué pasó, cómo están ellas ahora, que queda del Rob que fue abandonado en un parque o del que no era lo suficientemente artista, si ellas han acabado con alguien mejor, si están solas, si lo echan de menos alguna vez… preguntas que todos nos hemos hecho cuando nuestra vida amorosa llega a un impás serio. Se preguntará si seguir grabando cintas recopilatorias para las chicas, sigue siendo lo que quiere hacer. Y que quizás cambiar no es sinónimo de traicionarse, sino de madurar, manteniendo la esencia.

La música define a Rob en una primera etapa y después pasa a ser su hobby y su manutención, despertando así a la vida adulta, pero siendo capaz de reconocerse a sí mismo. Decide dar un impulso a su negocio, decide que no habrá más cintas para chicas que acaba de conocer, y que no va a juzgar a la gente por la música que no conocen y él cree que deberían conocer.

La música define aquí una actitud cultural, la del ser libre y puro, sin contaminar, que se mueve por emociones. Y eso es lo que conquista de Rob, es un patoso, un torpe, un pagafantas algunas veces, un capullo integral la mayor parte del tiempo, pero es nuestro capullo integral, es más, nosotros somos ese capullo integral. Y todos queremos crecer, queremos cosas buenas, bonitas, y salvajes, pero también queremos calor, una cocina, alguien que nos cocine, que nos cuide cuando estamos enfermos. Queremos rock, queremos actitud, pero también queremos llegar a casa y pensar: «mira, está sonando nuestra canción, aquella que sonaba cuando nos conocimos». Queremos incluso llegar a estar en casa, tirados en el sofá, y dejar de escucharla, porque, hay tanto y tanto por decir.

La obra en la BUZ:

Puedes solicitar en préstamo esta obra en nuestro catálogo de la biblioteca:

High Fidelity / Nick Hornby

Y también puedes ver la versión cinematográfica que Stephen Frears dirigió en el año 2000:

Alta fidelidad [película] / dirigida por Stephen Frears

biblioresenas“Biblioreseñas : No leas mañana lo que puedes leer hoy”.
Nuestra compañera Laura Bordonaba realiza un viaje a los fondos literarios de la BUZ para atraernos a su lectura; si puede ser hoy, antes que mañana. Si te gusta su propuesta, te indicamos cómo localizar la obra en nuestro catálogo.

Biblioideas: Libros cartoneros

cartoneros argentinos

Buenos Aires, 2005: paseando por la avenida 9 de julio al anochecer, el viento esparcía el contenido de las bolsas de basura reventadas y la lluvia redondeaba un cuadro desolador. Alguien explicó que los cartoneros recorrían la ciudad con carretas y caballos para «recuperar» cartones y papel, también vidrio, cosas que se pudieran vender. Siempre habían deambulado por las calles los cirujas (en lunfardo, el que escarba en la basura, hasta dan título a un tango), pero con el estallido de la crisis argentina de 2001 y el empobrecimiento de la mayoría de la población, éstos se multiplicaron y adoptaron el nombre de cartoneros. Un estudio realizado en ese mismo año hablaba de 100.000 sólo en el área metropolitana de Buenos Aires. Las implicaciones eran muchas: trabajo infantil, problemas de salud pública, aparición de mafias, colusión con las empresas privadas dedicadas a la basura y el reciclaje, etc.

En 2002 crearon la Federación Argentina de Cartoneros y Recicladores «para la defensa de los derechos y el reconocimiento del valor ambiental y social de la labor que desarrollamos», que se integró a su vez en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular. Forzaron cambios legales y, paradójicamente, los cartoneros empezaron a trabajar en otra forma de gestión de los residuos poniendo en la agenda temas como la separación en origen o la necesidad de generar menos porquería, algo que no era una prioridad en Argentina.

Es en ese ambiente, dentro del movimiento de la economía social o popular, en el surgen las primeras editoriales cartoneras. En 2003 nace en Buenos Aires Eloísa Cartonera de la mano de varios artistas y escritores. Las cubiertas de sus libros son de cartón comprado a los cartoneros, pintadas a mano (cada ejemplar es único) por personas de escasos recursos que reciben un salario digno y preestablecido. Comenzaron vendiéndose en la calle pero la cooperativa tiene hoy «el catálogo más puntiagudo de la literatura suramericana», más de un centenar de títulos (del recientemente fallecido Ricardo Piglia entre otros), y proporciona trabajo estable a una docena de personas.

Eloísa Cartonera

El movimiento se extendió rápidamente por América Latina, en 2011 saltó el charco y en estos momentos se reparte por cuatro continentes. De hecho, la mayor base de datos de literatura cartonera, la Cartonera Publishers Database, está alojada en la Biblioteca de la Universidad de Wisconsin, en Madison. El contenido de muchos de sus títulos está accesible en línea, entre ellos Akademia Cartonera: un ABC de las editoriales cartoneras en América Latina, una pequeña historia del movimiento.

En España apareció en 2009 Meninas Cartoneras (tal vez la pionera) y en 2013, en Barcelona, La Verónica Cartonera, promovida por la periodista Anna Gonzalez Batlle. Hoy son bastantes más, con nombres como Ediciones Karakartón o La Cordelería Ilustrada, que intenta resucitar la «literatura de cordel» de la mano del hijarano culoinquieto Víctor Guíu.

Si quieres saber más, en la página web de La Verónica hay bastantes enlaces. También aquí puedes ver una panorámica (aunque no muy actualizada) de las editoriales cartoneras. O leer Fuerza cartonera, un estudio sobre la cultura editorial cartonera y su comunicación, realizado por Beatriz Martínez Arranz en 2013 como trabajo de fin de máster de la Universidad de Valladolid.

Recuerda que en España cuatro grandes grupos editoriales (y multimedia y de entretenimiento y de…) publican más de la mitad de los títulos y el 4% de las empresas edita el 70 por ciento del total. Lo contaba en 2000 André Schiffrin en La edición sin editores y seguro que hoy esas cifras no han mejorado. Al contrario.

Con este panorama, bienvenidas sean las editoriales cartoneras y la diversidad cultural. «Somos frágiles, pero independientes», reconocía en una entrevista Washington Cucurto, uno de los fundadores de Eloísa Cartonera.

Biblioideas

Biblioideas es una sección mensual de nuestro compañero Chema Pérez en Tirabuzón, en la que se incluyen una serie de artículos dedicados a analizar fórmulas imaginativas y modelos de desarrollo en torno al mundo de la cultura y los libros.

Biblioideas: Unos animales mirobrigenses

Bibliocaseta de Ciudad Rodrigo (Salamanca)

En la biblioidea de octubre hablábamos de inocentes quemas de libros, pero hace unos días nos encontramos con que en Ciudad Rodrigo, Salamanca, para algunos la antigua Miróbriga (parece que no está muy claro, pero al menos les dio el gentilicio), hubo quemas menos inocentes: algún vándalo (aunque los pobres vándalos no eran más feroces ni más desalmados que sus pueblos vecinos) quemó el interior de la Bibliocaseta, una pequeña biblioteca que el Centro Social Aldea tenía instalada cerca de un parque local, el parque de La Glorieta. Llovía sobre mojado, el pasado mes de mayo ya le habían arrancado el letrero. Se trata de una pequeña construcción, parecida a esa biblioteca de nuestro Parque José Antonio Labordeta (en Zaragoza), junto al Paseo de los Bearneses, que nunca veo abierta.

Todo empezó el pasado 23 de abril cuando, por iniciativa del Centro Social Autogestionado Aldea y con apoyo del Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, se inauguraba la Bibliocaseta. Se aprovechaba así un antiguo quiosco cuya licitación había quedado desierta varias veces para fomentar la lectura y el encuentro tranquilos en un ambiente agradable. Sólo eso.

Centro Social ALDEA

El Centro Social Autogestionado Aldea, la primera iniciativa de este tipo en Ciudad Rodrigo, nació en el verano de 2014 de la mano de quince personas. Un año después, en una localidad de 13.000 habitantes, ya eran 800 y se habían visto obligados a trasladarse a una nueva sede en la que también disponen de biblioteca.

Por más que aquí nos interese resaltar su trabajo con libros, sus actividades son múltiples y para todas las edades. Es un espacio ganado para la comunidad, un lugar de encuentro.

No es lo mismo, pero para todo aquel que mantenga una relación fraternal con los libros, verlos arder en un espacio público no deja de recordar a la pira con miles de libros de la  berlinesa Opernplatz en 1933, frente a la Universidad Humboldt. Hoy se llama Bebelplatz y donde ardieron los libros hay una instalación, la Versunkene Bibliothek (Biblioteca sumergida) que no deja de recordar a los transeúntes lo que allí ocurrió.

Volviendo a Ciudad Rodrigo, aquí al lado podéis ver dos notas que se han colocado en la Bibliocaseta, una para el “vándalo desalmado” y otra para “el resto”. poesias para los "vándalos"

A la mañana siguiente del desastre ya había habido gente anónima dejando nuevos libros.

“Para nosotros, el que estaba condenado a ser un día triste pudo convertirse, con el calor y la compañía de una parte importante de los mirobrigenses, en aquel en que la convicción y la razón pudieron con la adversidad. Los mensajes que hemos recibido y las generosas acciones e iniciativas anónimas que han surgido nos abruman y demuestran que se trata de un proyecto que merece la pena y que es sentido como propio por el conjunto de la ciudadanía”.

Si queréis mostrarles vuestro apoyo os lo agradecerán. Podéis hacerlo en su página de Facebook, Twitter o en centrosocialaldea@gmail.com.

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Biblioideas: Cara Barer

Cara BarerEsta quincuagésima biblioidea se la dedicamos a Cara Barer, una mujer estadounidense nacida en 1956 que vive en Houston, Texas. Es fotógrafa. Bueno, en realidad realiza esculturas que luego fotografía. Y, desde 2004, utiliza para ello libros y mapas. Los transforma en arte jugando con las formas, esculpiéndolos; los tiñe, los hace pasar por diferentes procesos, los convierte en objetos hermosos y nos los devuelve en una fotografía.

Realiza exposiciones individuales y colectivas (las últimas, en Amsterdam o Toronto) y sus fotografías forman parte de colecciones públicas y privadas de medio mundo. También las puedes ver en cubiertas de libros y revistas.

«Llego a algunas de mis imágenes por casualidad y en otros casos a través de la experimentación. Sin estos dos elementos, mi trabajo no fluiría fácilmente de una idea a la siguiente. Un encuentro azaroso en la calle Drew con unas Páginas Amarillas de Houston empapadas por la lluvia fue mi primera inspiración. Después de aquel encuentro casual, empecé a buscar más libros y más formas de recrearlos»

La bruja. Cara Barer

Sin renegar, al contrario, de la tecnología, sus obras no dejan de expresar el temor por la transformación del libro y de nuestra relación con él en otra cosa, distinta a la experimentada hasta ahora; nos muestran la preocupación por esa naturaleza efímera y frágil de los actuales soportes del conocimiento y, por tanto, del conocimiento mismo.

A veces, como si se tratara de láminas de un test de Rorschach, puedes ver en sus imágenes flores, mariposas o una espcie de mandalas profanos. El objetivo de Cara Barer es claro:

«…involucrar al espectador mediante la presentación del libro fuera de contexto y llevarle a mirarlo como algo más que un libro. Al considerarlo sólo como un objeto metarmofoseado, pasa a ser para el espectador algo distinto de lo que fue»

Del mismo modo que con el «Ceci n’est pas une pipe» de Magritte en La trahison des images nos dice que ni la pipa de la frase ni la imagen que ves son una pipa, sólo representaciones, Cara Barer nos recuerda con sus obras que un libro puede ser muchas cosas, además de ser un libro. Al convertirlo en un objeto artístico lo despoja de sus valores literarios o editoriales, de su contenido, para darle una dimensión diferente. Ella asegura que sólo trabaja con libros obsoletos y sin valor.

«Con esos libros desechados que he adquirido, estoy tratando de borrar la línea entre los objetos, la escultura y la fotografía. Este proyecto se ha convertido en un viaje que sigue evolucionando…»

Rogets. Cara Barer

Disfruta paseando por su portafolio. Además, aquí puedes ver una entrevista (en inglés) en la que habla de su trabajo.

¡Ah! Otra cosa. ¿Crees que Bob Dylan puede recibir el Nobel? No importa. Mientras te lo piensas, puedes disfrutar con esta versión de Boots of Spanish Leather. Sus intérpretes aún no habían nacido cuando él la grabó.

Con premio y sin él, Bob Dylan, nieto de emigrantes ucranianos y lituanos, es ya una referencia de la cultura occidental (aunque no sepamos muy bien qué es eso) y ha formado parte de la educación sentimental de muchos de nosotros.

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