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Josep Rocarol y Belchite

(Informa Ramón Abad, director de la BUZ)

Uno de los pueblos más dibujados por Josep Rocarol en sus “Apuntes de Aragón” fue Belchite, mientras estuvo como prisionero político en la Colonia de Penados encargada de hacer trabajos forzados para el desescombro y reconstrucción de las poblaciones más afectadas por la Guerra Civil, las denominadas “zonas devastadas”.

La historia de Rocarol y de estos dibujos ya figuran en la entrada de este blog dedicada a la exposición Josep Rocarol: Apuntes de Aragón.

Apenas un año después, la Asociación Cultural El Allondero, que nació en 2017 para difundir y conservar el patrimonio de Belchite, ha organizado una interantísima actividad a partir de estos dibujos, que va mucho más allá de una simple exposición.

Tras seleccionar las 86 imágenes de Belchite de los “Apuntes …”, digitalizadas en el Repositorio Zaguán, las han reproducido en un tamaño mayor que los originales y las han colocado junto con objetos iguales o similares que los que salen en los dibujos (jarras, tinajas, mesas, bancos…), incluso han reconstruido en la sala un pedazo de alero que se había desplomado recientemente y que también dibujó Rocarol.

La exposición incluye dos charlas a cargo de los profesores Elisa Sánchez y Alberto Castán, para comentar los ”Apuntes” desde los puntos de vista de la Antropología y la Historia del Arte, como ya hicieran en la inauguración de la exposición de Zaragoza.

Pero el aspecto más interesante ha sido el taller organizado el día 27 de noviembre para analizar los dibujos y situar edificios, detalles y elementos que aparecen en ellos y que están pendientes de identificar. Ha sido emocionante escuchar a los vecinos más ancianos de Belchite reconocer, comentar y relatar sus vivencias cuando habitaban en esos edificios hoy abandonados y en ruinas. Una lección de historia y de memoria histórica, coordinada por los miembros de la Asociación, jóvenes  estudiosos de la historia y el patrimonio locales, con la colaboración de la profesora Elisa Sánchez, que aprendía denominaciones locales y detalles de una forma de vida que ya solo los más mayores recuerdan.

A la sesión del día 27 han asistido también varios miembros de la familia Zavala-Andrada, donante de los cuadernos a la Universidad de Zaragoza. Entre ellos Cristina Andrada, la hija del Teniente-coronel que mandaba el campo de trabajo y a quien Josep Rocarol regaló sus dibujos. Ella había convivido con los vecinos entre quienes todavía conserva algunas amistades.

Una jornada y una experiencia inolvidables, en las que la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza ha participado cediendo las imágenes. Es asimismo una iniciativa que podría servir de ejemplo para otras poblaciones que aparecen en los “Apuntes”. Laura Vidal Beltrán y sus colegas de El Allondero han hecho un excelente trabajo de recuperación de la memoria y de la historia local,  así como han diseñado un magnífica y cuidada exposición.

Como bibliotecarios no podemos estar más satisfechos al constatar cómo los documentos que cuidamos y conservamos en nuestra biblioteca sirven para la investigación más allá de los muros de la universidad y ayudan a la reconstrucción de la historia y patrimonio de nuestra comunidad.

Biblioideas : Niños que editaron libros, escucharon música y soñaron con ver el mar

(Chema Pérez. BUZ)

Antoni Benaiges y sus alumnos en la puerta de su Escuela en 1936

Antoni Benaiges y sus alumnos en la puerta de su Escuela en 1936

 

Hace algunas semanas conocí esta historia gracias a una pequeña reseña de Agustín Sánchez Vidal en un periódico local. No lo parece, pero también va de libros.

En 1934 llega a Bañuelos de Bureba, un lugar agreste cercano a Briviesca (Burgos), Antoni Benaiges, un maestro nacido en Mont-roig (Tarragona) decidido a poner en práctica la pedagogía de Célestin Freinet, basada entre otras cosas en el uso de la imprenta y la participación de los alumnos en su propia educación.
Antoni Benaiges consiguió que, en 1934, en una aldea de Burgos, unos niños imprimieran sus propios libros, tuvieran un gramófono con el que escuchar música, aprendieran a bailar, y soñaran con ver el mar. En julio de 1936, Antoni Benaiges desapareció para siempre.

Desde luego aquellos alumnos no olvidaron a su maestro. Tampoco sus familiares, pero eran malos tiempos. Décadas después, algunos nietos de aquellos chavales aún conservaban los cuadernos impresos en la escuela; por otra parte, un estudio en México sobre la difusión de la técnica Freinet en España hablaba de Benaiges; el empeño de sus familiares por conocer empezaba a unir las piezas. Internet y el correo electrónico harían el resto. Sigue leyendo