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Biblioideas : Una biblioteca de libros no prestados

CuencaEl hombre moderno, apurado, sin tiempo, preso de la necesidad, no comprende que algo pueda ser no útil, ni que lo útil pueda ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe, un país sin espíritu; donde no hay humorismo, donde no hay risa, hay cólera y odio.
Eugene Ionesco, 1961

No hay libro tan malo —dijo el bachiller—, que no tenga algo bueno.
Don Quijote

Aunque el préstamo es una de las principales funciones de la mayoría de las bibliotecas, a veces hay recursos (libros, pero también revistas u otros materiales) que no consiguen traspasar esa barrera que separa el libro del usuario.

Si acudimos al Principio de Pareto, con todos los matices que se quieran, en una biblioteca se satisfarían el 80% de los préstamos con el 20% de la colección. Es decir, el 80% restante sólo proporcionaría un 20% de los préstamos. Se trate de una pequeña biblioteca local o de una gran biblioteca universitaria, con toda probabilidad, más de la mitad de sus fondos no se han prestado nunca.

Nadie se ha interesado por ellos porque realmente no eran interesantes, porque un bibliotecario puntilloso pensó que no tenían ningún interés, porque nadie les hizo nunca la menor campaña de marketing, porque errores en la catalogación o colocación los han dejado virtualmente desaparecidos, porque a nadie se le ocurrió buscarlo donde estaba… O porque el miedo hizo que quedara escondido para siempre.

En la biblioteca de la Escuela de Magisterio de Pamplona apareció en 1989 un libro tras un falso fondo disimulado en una pared de la sala de lectura de la biblioteca, tras una estantería de obra. Se trataba de algo tan “peligroso” como una edición de 1931 de La Doctrina educativa de J. J. Rousseau, de Francisque Vial. El libro estaba envuelto en papel de estraza con una lacónica nota (obviamente, anónima) en su interior: “este libro ha sido escondido para salvarlo de la quema”. Entonces supimos algunos (otros lo habían sabido siempre) que, efectivamente, en los primeros días del golpe de estado de 1936, el patio interior del edificio (ocupado entonces por un instituto de segunda enseñanza y hoy por el Instituto Navarro de Administración Pública) se utilizó para quemar libros. A lo que íbamos: por otros motivos, pero ese libro tampoco se prestó en más de 50 años. Sigue leyendo