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Nosololibros. Rory Gallagher: la leyenda se viste de blues

Para los perseguidores de leyendas, la trayectoria musical de Rory Gallagher es un paraíso obsceno. Sin ocupar los espacios dedicados a otros grandes músicos de los setenta, tamizados por hábiles maniobras comerciales que engrandecían su éxito, el guitarrista irlandés supone una de las más altas cimas artísticas del rock gracias a su enorme creatividad y a su virtuosismo como instrumentista.

Siempre reacio a los singles como fórmula de difusión, mantuvo una gran coherencia no exenta de brillantez, teniendo como firmes cimientos el blues-rock, pero sin renunciar a coloristas mezclas con el jazz o el R&B. En los conciertos se entregaba sin tapujos, dando muestras de una pasión efervescente e irrefrenable por transmitir emociones a través de la música sin ningún tipo de adulteración.

Gallagher nació el 2 de marzo de 1948 en la localidad de Ballyshannon, si bien se trasladó muy pronto a Cork, considerada su hogar verdadero. Dotado de un talento innato, aprendió a tocar la guitarra de forma autodidacta, instrumento al que muy pronto añadió el saxofón, la armónica, la mandolina y el sitar. Tras formar algunas bandas semiprofesionales, fundó el grupo Taste, un power trio tan del gusto de la época. Desde una bases blueseras, se acercarían a lo que se denomina heavy blues gracias a incluir un sonido distorsionado. Publicaron dos discos, el homónimo Taste (1969) y On the Boards (1970), con temas tan emblemáticos como What’s Going On o el soberbio blues Sugar Mama.

Pero la banda se extinguió, zarandeada por su manager y por la arrolladora personalidad artística de Rory, para abrir paso a una fructífera y exitosa carrera en solitario. En 1971 sale a la luz el álbum Rory Gallagher, en cierto sentido continuista con el sonido de Taste, pero que apunta ya las claves del sonido Gallagher: una voz aguardentosa pero sólida y contundente; ritmos blues crudos, sin aditivos ni filtros, directos y al mismo tiempo sostenidos por un funambulista de seis cuerdas arrebatador; y una honestidad innegociable. Wave Myself Goodbye  o I Fall apart muestran una vertiente más acústica, e incorpora la fantástica y etérea Laundromat.

Ese mismo año aparecía Deuce, más apegado si cabe a las raíces del rock, sin piano ni saxo. La creatividad era infinita, con temas soberbios, redondos, perfectos. Used to Be, o Crest of the Wave son muestras de ese talento para componer, hasta el punto de que la reedición de 1999 incluye Persuasion, canción que quedara fuera en el original pese a su tremenda calidad.

Esta primera etapa en solitario se culmina con un directo, Live in Europe, publicado en 1972, y que recoge la energía y electricidad que irradiaba desde el escenario, por supuesto que sin overdub ni postproducción. Sonido directo, salvaje, sin domesticar. La banda experimenta algunos cambios: el batería Wilgar Campbell es sustituido por Rod De´Ath, mientras que incorpora al pianista Lou Martin

La primera muestra de este nuevo ciclo es Blueprint (1973). La primera canción, Walk on Hot Coals, es una clara muestra de intenciones. Blues directo, que te agarra sin compasión. Entre los 8 temas encontramos una de las joyas discográficas a reivindicar, Seventh Son Of A Seventh Son, cóctel brillante de estilos en el que pasean, mecidos por la personalidad de Gallagher, desde el jazz al blues, con gotas de soul.

Ese mismo año aparece la que muchos consideran su obra maestra, Tatoo (1973). Golpea primero con Tattoo’d Lady, imprescindible en su repertorio y en la historia del rock. Rock-blues que rezuma quilates. Pero además le sigue Cradle Rock, un boogie electrizante que recuerda a los Fleetwood Mac de Peter Green. El guiño al jazz de They Don’t Make Them Like You Anymore, el uso de la wah-wah en Livin’ Like a Trucker, la tormentosa A Million Miles Away, el blues pantanoso de Who’s That Coming, o la profunda. magistral, mágica e incandescente A Million Miles Away justifican su resonante éxito.

Otro disco en directo Irish Tour 74, cerraría esta segunda parte. El éxito y su fama de guitarrista incluso provocaron que los Rolling Stones le propusieran sustituir a Mick Taylor. Pero Rory decidió seguir su carrera en solitario.

En 1975 aparece Against The Grain, que sorprendentemente incluye tres versiones de grupos folk americanos. Sobresale Cross Me Off Your List, brillante mezcla de blues y jazz, una combinación ya clásica en el irlandés, sin desdeñar la emotiva balada Ain’t Too Good, o el contundente y autobiográfico Bought And Sold.

Calling Card se lanza en 1976, coproducido por Roger Glover, bajista de Deep Purple. Do you read me, contundente apertura con aromas funkies, el ya clásico blues-rock Moonchild (quizá veas enhtre sus acordes a los Iron Maiden), el blues desnudo y carnal de Calling Card, el boogie de Secret Agent o la exquisita  y nostálgica Edged in Blue adornan un conjunto potente y brillante.

En 1977 graba en San Francisco su siguiente album. Pero su alto nivel de exigencia condenan el resultado a un cajón, del que no saldría hasta 2011. De nuevo en Europa en 1978 aparece Photo Finish, grabado en Colonia, quizá su álbum más potente y rockero. Shin Kicker y sobre todo dos de mis canciones preferidas, Brute Force and Ignorance, y la inclasificable por magistral Shadow Play, confieren a esta obra su carácter de imprescindible.

En 1979, cuando el punk aparentemente sacudía los cimientos de la música, Gallagher lanza Top Priority, con el que renueva su vocación más eléctrica, ya experimentada con el disco anterior. Follow me contiene uno de los riffs de guitarra más apabullante y rockero de Gallagher. Mantiene esa brillantez Philby, dedicada al famoso espía británico. Himnos como la magnética Wayward Child, el blues lento y anestesiante de Keychain, o la superlativa Bad Penny justifican su presencia entre mis adorados vinilos.

Ese mismo año, siguiendo la tradición, publica el muy potente y recomendable directo Stage Struck. Jinx es su siguiente apuesta en estudio (1981), con sonidos menos contundentes y ásperos, buscando mayor color y acercamiento a tonos soul y jazzys. Pero eso no significa que abandone el blues rock.  Abre el disco la potente Big Guns, para sumergirse en su alma blues con temas como The Devil Made Me Do It, o Double Vision. La segunda parte se abre a sonidos más acústicos e intimistas, como son  Ride On Red, Ride On, Jinxed o la entregada balada Easy Come, Easy Go. El formato CD posterior recuperó una fantástica versión de Nothin´But The Devil, blues de Lightning Slim.

Paradójicamente fue el inicio del fin. Sin discográfica que asumiera su obra, Gallagher basaba su carrera en los directos, al mismo tiempo que el abuso del alcohol producía evidentes signos de declive físico. Sin embargo, su pasión por la música fue determinante para la creación de su propia casa discográfica, Capo Records, vehículo para lanzar al mercado Defender en 1987.

Siguiendo parámetros anteriores, la primera canción, Kickback City, sonaba potente y rockera. La cuota de blues era ocupada por temas como Loanshark Blues, Don´t Start Me Talkin´ o Continental Op. El álbum contiene un tema tan brillante como escasamente conocido, Seven Daysun blues mágico, arrebatador.

En 1990 lanza Fresh Evidence, quizá su álbum de blues más clásico, un viaje a las raíces de un género en el que Gallagher se sentía libre, en el que su guitarra fluía sin prejuicios, virtuosismo, sensibilidad y transmisión a partes iguales. Abre Kid Gloves, rock en estado puro. Y le siguen el electrizante blues King of Zydeco, el tradicional Empire State Express, la virguera Middle Namecon uno de los solos más brillantes de su carrera, la inigualable Ghost Blueso una de mis favoritas, Heaven’s Gate.

Rory Gallagher pertenece a esa rara estirpe de músicos que gozan del beneplácito de la crítica y el público sin necesidad de generar historias frívolas, anécdotas del exceso o fabulaciones histriónicas basadas en comportamientos tópicos de estrellas del rock. Con su Fender Stratocaster supo crear su espacio sin necesidad de adoctrinamientos, sin concesiones a la industria musical o a los mass media al uso. Comprometido con el blues, satisfecho de una relación directa con sus fans, sobrevivió al concepto maldito de músico de culto a base de enormes canciones. Y sin embargo, aparece sepultado en el olvido, semiclandestino, casi opaco, cuando nos hallamos sin duda ante uno de los guitarristas más luminosos e influyentes que jamás hayan existido. Larga vida a Rory Gallagher.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

Nosololibros. Leño: el barrio en una Stratocaster

Hay bandas fugaces, músicos con cita previa y acuse de recibo, arribistas de consumo rápido y ligera digestión. Y luego, mucho más arriba, está Rosendo Mercado, Carabanchel en las venas, amarrado a una Stratocaster y al fantasma de Rory Gallagher, respirando barrio y rock a partes iguales.

Decir Leño es mencionar el Madrid que me agitaba, los conciertos en sitios inverosímiles, el goce y disfrute de horas sin final mecidas por la inspiración de una de las formaciones más importantes del rock español, ajena al conformismo, a las modas, a las radiofórmulas, ofreciendo honestidad y compromiso. Solo tres discos de estudio y uno en directo, grabado en la mítica sala Carolina (si alguien lo escucha, alguno de los gritos que se oyen es mío), pero suficientes para forjar un mito, cercano y palpable.

Surgidos tras una de las crisis que vivió con los Ñu de José Carlos Molina, Rosendo se anima a fundar Leño, con los que graba su primer disco en 1979. Obra homónima, a pesar de ser considerada el germen del rock urbano, incluye texituras progresivas y sinfónicas deslumbrantes, acompañadas de letras muy reivindicativas, pegadas a los problemas de un Madrid desigual y en plena transformación. Pronto se convierten en himnos temas como Este Madrid, El Tren, o esa auténtica maravilla que responde al nombre de Castigo, con riffs llenos de matices y ecos zappianos.

 

Su segundo album genera desconcierto. La producción de Teddy Bautista desvirtúa, con sonidos new wave y una abundancia de sintetizadores, muy buenas composiciones. Es una obra empastada, con ínfulas poperas, que debilitan y convierten en enfermizos temas tan brillantes como Hoy va a ser la noche de que te hablé; Cucarachas; paradójicamente una crítica ácida a la obsesión comercial de la música, Lo que acabas de elegir; o una declaración de intenciones en No voy más lejos. Pero sin duda sobresale Insisto, tan sutil y redonda como críptica. Se abandonan la contundencia de la base sonora, la distorsión de las guitarras, la rabia en cada surco, rendidas a las olas ochenteras.

 

En el año 81 sacan un disco en directo, grabado durante tres días en la Sala Carolina del barrio madrileño de Tetuán. Las colaboraciones de Luz Casal o Teddy Bautista dulcifican los temas, mientras que el saxo de Manuel Morales sobresale audaz. Se convierte en uno de los más vendidos de la banda, pese a que su sonido no es excesivamente bueno, y alberga tres temas inéditos: el hit Maneras de vivir, que fue capaz incluso de protagonizar promociones turísticas años más tarde; un medio tiempo interesante, Todo es más sencillo, y sobre todo la enorme Mientras tanto, una joya que lamentablemente no se trasladó al estudio y que ha pasado un tanto desapercibida.

 

Un año más tarde, Carlos Narea produce Corre, Corre en los estudios londinenses de Ian Gillan. Y los resultados mejoran notablemente. Vuelve el rock sin florituras ni adornos, arrinconados los teclados, con un sonido más desnudo y directo, más cercano al compromiso de la banda. Ya no hay experimentación sinfónica ni coqueteos tecnos. Tan sólo crudeza en las formas y en el fondo, más blues-rock que nunca, advirtiendo de que las calles disponen nuevamente de líderes que canalizan sus quejas, que ponen música a sus reivindicaciones. Sorprendente es quizá la canción más conocida, un potente tema con guitarras afiladas. La Fina es una excelente melodía difícil de encasillar, pero muy brillante, con una base blues evidente. Y destacan otros tres: Entre las cejas, casi un himno mainstream; No lo entiendo, rock efervescente sin tapujos, y sobre todo Qué desilusión, cuya letra, cargada de ironía y desenfado, proclama que «el rock and roll es aun arte, qué desilusión.

 

Y cuando todo parecía fluir, Leño se nos quedó afónico, sin palabras, tras una gira exitosa con Miguel Ríos y Luz Casal. Quizá el hastío, el vértigo, la propia inercia de los acontecimientos, la sensación de proyecto agotado. Pero la orfandad duró poco. Rosendo iniciaría una brillante carrera en solitario (ya ha anunciado que este año verá su última gira), que más pronto que tarde merecerá una entrada en esta serie.

Si me preguntáis qué significó Leño en la historia de la música mi respuesta no puede ser únicamente académica, puesto que representan parte de mi educación sentimental (cuánto añoramos a Vázquez Montalbán). El barrio hablaba a través de las escalas de una Fender. Historias de marginación narradas con lucidez, aromas de Tony Iommi y Gallagher, la etiqueta castrante de rock urbano, el carisma desde la naturalidad. Y todo ello en un contexto político amenazante, con las discográficas apostando por la música kleenex, la mercadotecnia vacía, los ídolos artificiales de masas llenando los espacios «culturales». Como proclamaban en Lo que acabas de elegir:

«Yo podría cantarle a los colores de tus ojos y podría llevarte a un mundo extraño de ilusión, pero me conformo no quiero comerte el coco y te cuento lo que vivo, busco comunicación.»

Cercanía, interacción, verdad en las crónicas del Madrid de los 80. Un grupo imprescindible, una leyenda perdurable.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

Nosololibros. Thelonius Monk: el gigante silenciado

Pocos músicos han sido a la vez tan imprescindibles y maltratados en la historia del jazz como el pianista Thelonius Monk (Rocky Mount, 1917).  Varios festivales, entre ellos el de Zaragoza, han decidido conmemorar el centenario de su nacimiento con diversos conciertos que procuran recuperar la vigencia e impronta de un músico poliédrico, inconoclasta y seminal, capaz de fundar con Dizzy Gillespy y Charlie Parker el bebop para luego desmentirlo con un estilo propio, alejado tanto del virtuosismo artificioso como de la improvisación vacía, basado en la búsqueda de la expresividad a través de la armonía y el dominio rítmico.

Con una sólida formación clásica, utilizada una técnica percusiva que le permitía hilvanar disonancias y melodías que aparentaban oscuridad y que sin embargo se abrían diáfanas, mostrando una arquitectura sonora atractiva pero transgresora, en constante innovación.

Se apropiaba de los grandes standards del jazz, a los que engrandecía aportando una nueva dimensión poco complaciente pero rebosante de misticismo y profundidad. Buena muestra es esta soberbia recreación de Round Midnight

No debemos obviar que parte de la incomprensión que suscitó su figura procede de la aureola de excéntrico que le acompañó durante toda su trayectoria. Lo que realidad ocultaba esa consideración eran continuados episodios maníaco-depresivos que le condujeron en diversas ocasiones a hospitales psiquiátricos. Su actitud en el escenario generaba no pocas confusiones y sorpresas, puesto que aderezaba las improvisaciones del resto de músicos con danzas rituales o golpeaba rítmicamente los pies al mismo tiempo que susurraba las melodías que interpretaba.

De su periplo artístico destaca la estrecha colaboración que mantuvo con John Coltrane (al que ya dedicamos un Nosololibros) en 1957. No sólo por la brillantez de las composiciones, sino porque a partir de ese momento su figura se revalorizó enormemente, lo que le permitió afrontar sus siguientes pasos con mayor seguridad. Incluso llegó a ser portada de la revista Timedebido en parte a la influencia de la baronesa Von Koenigswarter, mecenas y protectora del músico.

Ese «gran oso caminando en un gran campo minado», como le denominara Julio Cortázar en La Vuelta al día en ochenta minutos, nos dejó un legado más intenso que amplio, en el que el riesgo y la innovación constantes conforman la argamasa de un edificio sonoro apasionante. Fue capaz de combinar sin sobresaltos sencillez y complejidad, dotar a los silencios de personalidad y sentido y crear un universo personal e irrepetible, en el que jugaban en perfecta armonía los sonidos densos y los sutiles con disonancias rupturistas y precisas, que convierten su escucha en un deleite.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica