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Nosololibros. Thelonius Monk: el gigante silenciado

Pocos músicos han sido a la vez tan imprescindibles y maltratados en la historia del jazz como el pianista Thelonius Monk (Rocky Mount, 1917).  Varios festivales, entre ellos el de Zaragoza, han decidido conmemorar el centenario de su nacimiento con diversos conciertos que procuran recuperar la vigencia e impronta de un músico poliédrico, inconoclasta y seminal, capaz de fundar con Dizzy Gillespy y Charlie Parker el bebop para luego desmentirlo con un estilo propio, alejado tanto del virtuosismo artificioso como de la improvisación vacía, basado en la búsqueda de la expresividad a través de la armonía y el dominio rítmico.

Con una sólida formación clásica, utilizada una técnica percusiva que le permitía hilvanar disonancias y melodías que aparentaban oscuridad y que sin embargo se abrían diáfanas, mostrando una arquitectura sonora atractiva pero transgresora, en constante innovación.

Se apropiaba de los grandes standards del jazz, a los que engrandecía aportando una nueva dimensión poco complaciente pero rebosante de misticismo y profundidad. Buena muestra es esta soberbia recreación de Round Midnight

No debemos obviar que parte de la incomprensión que suscitó su figura procede de la aureola de excéntrico que le acompañó durante toda su trayectoria. Lo que realidad ocultaba esa consideración eran continuados episodios maníaco-depresivos que le condujeron en diversas ocasiones a hospitales psiquiátricos. Su actitud en el escenario generaba no pocas confusiones y sorpresas, puesto que aderezaba las improvisaciones del resto de músicos con danzas rituales o golpeaba rítmicamente los pies al mismo tiempo que susurraba las melodías que interpretaba.

De su periplo artístico destaca la estrecha colaboración que mantuvo con John Coltrane (al que ya dedicamos un Nosololibros) en 1957. No sólo por la brillantez de las composiciones, sino porque a partir de ese momento su figura se revalorizó enormemente, lo que le permitió afrontar sus siguientes pasos con mayor seguridad. Incluso llegó a ser portada de la revista Timedebido en parte a la influencia de la baronesa Von Koenigswarter, mecenas y protectora del músico.

Ese “gran oso caminando en un gran campo minado”, como le denominara Julio Cortázar en La Vuelta al día en ochenta minutos, nos dejó un legado más intenso que amplio, en el que el riesgo y la innovación constantes conforman la argamasa de un edificio sonoro apasionante. Fue capaz de combinar sin sobresaltos sencillez y complejidad, dotar a los silencios de personalidad y sentido y crear un universo personal e irrepetible, en el que jugaban en perfecta armonía los sonidos densos y los sutiles con disonancias rupturistas y precisas, que convierten su escucha en un deleite.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica