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Nosololibros: Led Zeppelin: el dirigible que voló más alto

La irrupción de Led Zeppelin en el panorama musical provocó una enorme convulsión en la década de los sesenta. Desde una inspiración llena de resabios blueseros, claramente heredada del mítico grupo The Yardbirds, del que procedía su guitarrista Jimmy Page, construyeron una arquitectura musical con la coartada del hard rock como argamasa, pero muy heterogénea y mestiza, generadora de paisajes sonoros psicodélicos con aires folk. Además, los textos desprendían aromas místicos, y pretendidamente crípticos, adornados con metáforas muchas veces inclasificables. Ese conjunto armonioso de música y letras conmocionaron tanto al público como a la crítica a partir de su majestuoso debut en 1969 con el disco homónimo Led Zeppelin.

Contenía una pléyade de canciones que recogían todas sus influencias, y anunciaban las tendencias posteriores del grupo. La psicodelia de Dazed and Confused, el rock potente de Communication Breakdown, o esa pequeña joya arrinconada y prácticamente desconocida Your Time Is Gonna Come componen parte de esa primera apuesta sonora.

La banda se presentaba como una sólida formación en la que sobresalían la contundencia rítmica de John Bonham, fundamental para explicar el soporte sonoro de la banda, aunque siempre fuera de los focos que acaparaban sus dos miembros más famosos: el guitarrista Jimmy Page, brillante y virtuoso instrumentista, hábil adaptador de riffs de blues, pero muy solvente técnicamente; y la voz aguda y al límite, sensual y estremecedora de Robert Plant. Menos fortuna mediática tuvo Jean Paul Jones, bajista y teclista del grupo, pese a ser el responsable en buena medida de las atmósferas del grupo.

Su segundo álbum, Led Zeppelin II, terminó por asentar sus rasgos y ampliar su éxito. Paulatinamente se observa una menor apelación al blues y una mayor asunción del hard rock como elemento vertebrador de su música. Incluye el primer número uno del grupo, la apabullante Whola lotta Love, plena de magnetismo sexual y un riff de guitarra contundente aunque, como muchos del grupo, prestado. Pero es un disco pleno, sin minutos de la basura, como lo demuestran Ramble on, hábil combinación de tiempos medios y contundencia sonora; la bucólica y evocadora Thank You, apresada entre los brillantes teclados de Jean Paul Jones; o el histórico solo de Bonham en Moby Dick.

Conscientes de su éxito y de la enorme repercusión de sus conciertos, tras regresar de una triunfal gira por Estados Unidos graban su tercera entrega, Led Zeppelin III (1970). Quizá persuadidos por los aires pastoriles de los bosques de Gales, ofrecen un puñado de canciones mayoritariamente acústicas, aunque no obvian concesiones eléctricas poderosas, como por ejemplo el tema que abre el disco, Inmigrant Son. Encierra una de esas joyas tan raras como desapercibidas, un blues abrasador y mágico, Since I’ve loving you, en el que la voz sensual y penetrante de Plant se desliza surfeando entre los punteos de Page, absolutamente pletóricos, los teclados de Jones y la eficacia rítmica de Bonham. Gallows Pole y Tangerine son dos hermosas creaciones con reminiscencias countries, muy “americanas” en su concepción y arreglos. Paralelamente, los conciertos de la banda se habían convertido en ceremonias multitudinarias, y asumiendo los clichés que acompañarían a las rock star, cultivaban una imagen polémica y plena de escándalos que contribuyeron a convertirlos en iconos de toda una generación.

En 1971 aparece su obra más mediática y popular, llamada convencionalmente Led Zeppelin IV aunque esa designación no figura en ninguna parte del discosin duda eclipsada por la presencia de Stairway to Heaven, una excelente canción, críptica en su letra que tiene como único lastre la universalidad, su reproducción constante. Pese a ello, nos encontramos sin duda ante uno de los clásicos ineludibles de la historia del rock, desde sus arpegios iniciales hasta el estallido final, tan fiel a la idiosincrasia del grupo. Pero el álbum supone además un regreso inteligente al hard rock como base de los temas, teniendo en cuenta las críticas amargas que había tenido su anterior obra. Black Dog o Rock and roll son perfectos ejemplos de ese ensamblaje poderoso entre la guitarra efervescente de Page y la contundencia de las baquetas de Bonham. Pero también hay argumentos acústicos, como la melódica y tolkeniana The battle of Evermore, o la sugerente Going to California. Y una apelación al blues clásico, la potente versión de When the Leeve Breaks, de Kansas Joe McCoy y Memphis Minnie.

Houses Of The Holy (1973) es la última grabación antes de fundar su propia discográfica, Swan Song. Incorpora sonidos funkies y reagges, en un ejercicio de eclecticismo a veces no excesivamente afortunado, aunque el conjunto resulte inapelable y muestre una mayor tendencia hacia la armonía y ciertas concomitancias con el rock sinfónico. El vértigo de la experimentación no parecía afectarles. La brillante The song remains the same abre el disco, músculo rítmico y cambios constantes. Y crece con la magnífica The rain song, una de los momentos más inspirados de la banda, en el que el Mellotron alcanza cotas realmente sublimes, y el crescendo final se arroja al vacío con el abandono cadencioso de esas guitarras que se aferran a ti al despedirse. La ambivalente y juguetona D’yer Maker siempre genera controversias, que deberían acabar con la escucha de la imprescindible No quarter, quizá con el riff más conseguido de Page y la inquietante, oscura y seductora presencia de los teclados de Jones.

Physical Graffiti (1975) abre la segunda parte de su carrera en su nuevo sello. A partir de este momento se abandonan el mainstream y los himnos, y se opta por composiciones más complejas, con muchas aristas, menos predecibles, pero igualmente atractivas. Kashmir es sin duda la canción más sobresaliente de este doble álbum heterogéneo, oscuro y desigual. Un viaje iniciático que combina influencias orientales, misticismo, arreglos orquestales y poses muy al estilo Genesis (con Peter Gabriel, por supuesto). In the light necesita muchas lecturas para comprobar su enorme calidad. Un extraño cóctel onírico y arrebatador, en el que los sintetizadores y el clavicordio de Jones, la voz de Plant y los riffs de Page se adentran en terrenos casi hipnóticos. In my time of Dying se envuelve en ropajes blueseros, con un Bonham absolutamente desatado y descomunal, y la maestría de Page en una sucesión de punteos demoledores.

Con Presence (1976) empezaban a dar síntomas de agotamiento, pese a contar con un gran tema, Achilles Last Stand, un himno compacto y épico que recupera la idiosincrasia de la banda: innumerables riffs ensamblados, soporte rítmico y la voz de Plant siempre al borde del abismo. Álbum rutinario, superficial, y previsible, quizá tan sólo Nobody’s Fault But Mine podría rescatarlo del anonimato.

Con el grupo en descomposición, preso de problemas con las drogas, el alcohol y la depresión, lanzan un disco irregular y prescindible, In through the out door (1979). Realizado y producido casi únicamente por Jones, el único miembro que no paseaba por el lado tóxico, es una oda a los sintetizadores, del que sólo rescataría dos momentos: All of my love, una apuesta por el pop más comercial pero bastante resultona, e In the evening, con un brillante comienzo hasta que se adormece y se torna monótono.

La historia de este enorme banda acaba en 1982, si es que no había muerto antes. Coda no es una grabación de estudio, sino una recopilación de rarezas y temas inéditos sacados a la luz tras la muerte de Bonham, que no logra remontar el vuelo de sus dos anteriores apariciones en el mercado. Quizá We’re gonna groove suena con la frescura y potencia de los mejores momentos, o Wearing and tearing con su aproximación al punk. Pero el conjunto es absolutamente decepcionante.

Pese a este mediocre final, la influencia de esta banda en la historia del rock, de la música en general, es enorme. Mucho más versátil e inclasificable de lo que pudiera parecer en un principio, su eclecticismo musical, el virtuosismo de sus integrantes y una enorme facilidad para vender discos la convirtieron en un icono magnético al que se asieron multitud de grupos posteriores, sentando las bases de lo que más tarde se conocería como heavy metal. Denostados por muchos como meros plagiadores, protagonistas de múltiples leyendas urbanas, supieron en realidad evolucionar sustentados por su enorme talento, aportando músculo y carácter ecuménico al rock.

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Nosolibros. Neil Young: el juglar incandescente

Aunque en esta sección del blog la objetividad no ha sido nunca una pretensión, resulta absolutamente imposible cuando se trata de hablar de Neil Young. Músico icónico, imprescindible para explicar la historia del rock en las últimas cuatro décadas, su obra transita con la misma grandeza tanto entre la sensibilidad acústica y bucólica como en la rotundidad eléctrica y afilada de sus escalas imposibles. Reacio a las categorías, en sus canciones fluyen sin ambages aires folk, country, rock, soul, blues, pop e incluso soluciones electrónicas.

Desde sus inicios genuinamente folkies en su Toronto natal, pasó a integrar una de las mejores bandas de country rock, The Buffalo Springfield, acompañado del mágico Stephen Stills. Las desavenencias internas y el choque de egos destruyeron el proyecto, no sin dejar tres magníficos álbumes y canciones tan brillantes como Expecting to fly y Broken Arrow.

1969 marca el inicio de su carrera en solitario, con un título homónimo que muestra su pasión por el folk, pero condimentada con toques psicodélicos y rockeros y esa impronta de calidad constante que le va a acompañar en su prolífica carrera. Solidez y personalidad en temas como The loner y I’ve been waiting for you, que van a ver su continuación en Everybody Knows This Is Nowhere, arriesgado y atractivo segundo álbum, con largos solos de guitarra, que supone el debut de Crazy Horse como banda, y contiene canciones tan rotundas como Cinnamon Girl, el impagable Down By the River, Running Dry o Cowgirl In The Sand.

Tras iniciar su colaboración con una de las superbandas, Crosby, Stills, Nash y él mismo a finales de los sesenta, grabando esa pequeña joya que responde al nombre de Deja Vu (1970), llega una de sus grandes cimas, After the gold rush (1970), derroche de talento e inspiración, absolutamente necesaria para comprender la majestuosidad de su música, Un álbum en el que nada sobra, como muestra el apabullante Southern man, tan actual, tan necesario. Dos años más tarde gesta Harvest (1972), su disco más comercial, acompañado de arreglos orquestales. Se le recuerda sobre todo por el magnético Heart of Gold, pero entre los surcos se desliza un tema que contrasta con el resto por su desnudez, por su sinceridad. The Needle and the Damage Done narra el viaje a la destrucción de varios amigos suyos. Y sobrecoge.

Quizá sepultado por el éxito, ofrece obras más vacías y ausentes, como Journey Through The Past (1972), u otras muy condicionadas por la muerte por sobredosis de su guitarrista Danny Whitten  y compuestas en atmósferas tóxicas como On the Beach (1975). Pero retoma el camino a la perfección con Tonight is the night, obra en la que aparece por primera vez como colaborador un guitarrista injustamente olvidado, Nils Lofgren. La canción homónima o las vibrantes Mellow my mind o Alburquerque vuelven a mostrarnos el fulgor de Young.

Y en el mismo año 1975, uno de los discos que más aprecio del canadiense, Zuma (1975). Mensaje social y político envuelto en constantes cambios de ritmo, presididos por esa peculiar forma de tocar la guitarra, que adquiere tintes indescriptibles en los primeros minutos de Cortez the Killer, acompasando y rigiendo nuestras emociones.

El fin de la década alumbra dos nuevos hitos: Comes a times (1978), su vertiente country, y sobre todo Rust never sleeps (1979), con una cara acústica y otra eléctrica que incorpora el efervescente himno Hey Hey, My My (Into The Black). Los años ochenta suponen una inesperada travesía del desierto, con álbumes en los que parece pesar más la rutina que la necesidad, pese a que discos como Old ways (1985), merecen una audición más reposada. Coinciden con su controvertido contrato con Geffen, aventuras rockabillys y abuso del sintetizador vacío.

Su resurgimiento comienza con This note’s for you (1989), un acercamiento al blues con fuerte presencia de la sección de viento, pero sobre todo con Freedom (1990), con la que vuelve a sus raíces. Regresa el juglar que describe la dureza urbana anclado en riffs de guitarra ora acerados y crepitantes, ora sensuales, el cronista que proclama su fe en el rock como elemento emancipador del mundo libre. Sólo tenéis que escuchar Rocking in the free world o la épica Crime in the city. Y es capaz de anticipar el grunge con la descomunal Ragged Glory (1991), una oda a la rabia en la que suena más contundente y áspero que nunca de la mano de unos directos Crazy Horse. Disfrutad de Mansion on the Hill o Love to Burn.

En los noventa graba obras como Harvest Moon (1992), una emotiva vuelta a la sonoridad bucólica de HarvestSleeps with angels (1993) y Mirror Ball (1994), en la que como grupo de acompañamiento contaba con Pearl Jam. A partir de entonces, no deja de grabar pese a múltiples problemas personales y de salud. Entre esa producción, destacaría Greendale (2003), una obra conceptual conducida por un rock aderezado de coloristas formas “blueseras”, y el último por ahora, The visitor (2017).

Neil Young cronista de su tiempo, poeta incandescente, apólogo del rock descarnado. Un músico intuitivo, de múltiples aristas, que combate la resignación con palabras desnudas que bailan eléctricas con la pulsión necesaria, a veces aceleradas y crispadas, a veces sensibles y condescendientes, pero siempre emocionales. Su gigantesca obra puede ser ahora escuchada y disfrutada de forma gratuita al menos hasta el verano en neilyoungarchives.com, con el valor añadido de que cada canción (más de 1.000) incorpora una ficha en la que constan los créditos (músicos, estudio, fecha, productor, sello) fotos, documentos, la letra e incluso a veces un vídeo de distinta naturaleza (directos, entrevistas, promociones …) Una ocasión única e ineludible.

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Nosololibros: Astor Piazzolla: el tango es la coartada

Astor Pantaleón Piazzolla (Mar del Plata, 11 de Marzo de 1921 – Buenos Aires, 4 de julio de 1992) es posiblemente uno de los músicos más influyentes y atractivos del siglo XX. Pese a su tópica y reduccionista identificación con el tango, al que renovó y transformó sin tregua su trayectoria refleja una obra plena de matices y reminiscencias clásicas y jazzísticas, también lógicamente atravesada por los sones arrabaleros y seductores de la tradición argentina.

Tras una estancia neoyorkina, en la que fue alumno del pianista húngaro Bela Wilda, discípulo de Rachmaninov, que le contagia su pasión por Bach, regresa en 1936 a Argentina. Aquí comienza su inmersión en el tango de la mano de Elvino Vardaro, Aníbal Troilo, Alberto Ginastera y Raúl Spivak, al mismo tiempo que crece su fama como bandoneísta. Muy pronto sus composiciones comienzan a suscitar controversia entre los sectores más puristas y canónicos del tango, que observaban con desdén la profundidad armónica y el dinamismo de su propuesta.

Buscando siempre un estilo propio, acicala los esquemas básicos del tango con aportaciones cercanas a Bartok, Stravinksy y el be bop, en las que el ritmo y la mesura desbordan por todas las costuras la rigidez del mismo. Gracias a su triunfo en el concurso Fabien Sevitzky en 1953, viaja a París, estancia fundamental para explicar su evolución artística posterior, sobre todo a raíz de su encuentro con la pedagoga musical Nadia Boulanger, quien le hace ver la importancia de forjar su personalidad desde la raíz tanguera, desde la construcción personal de un universo que, sin abandonar el germen popular, fuera capaz de adoptar estructuras clásicas y abiertas a las oleadas contemporáneas.

Con su regreso a Argentina en 1955 se inicia la etapa considerada como del tango contemporáneo, que mezcla en perfecta simbiosis el tango tradicional y la música de cámara. En 1959 escribe una de sus obras más conmovedoras, Adiós Nonino, dedicada a su padre recientemente fallecido, y en la que vierte todo un conjunto de sensaciones para definir de forma sincera el significado auténtico del dolor.

Después de múltiples avatares y desencuentros con los sectores más ortodoxos, emprende distintas aventuras musicales, que le llevan a aproximarse al jazz-rock e incluso a componer una obra injustamente olvidada con el saxofonista Gerry Mulligan, Summit (1974). Años más tarde colaboraría con el vibrafonista Gary Burton en la grabación en directo durante el festival de Montreaux de la Suite for Vibraphone and New Tango Quintet (1986).

Otra píldora musical. El sugerente y siempre estimulante Libertango en una gran versión eléctrica.

Sin abandonar su inquietud por reivindicar un estilo propio (incluso en ocasiones se ha considerado que nadie salvo él mismo podría interpretar sus composiciones), muere en Buenos Aires el 4 de julio de 1992. Esta Milonga del Ángel pudiera acompañarle en su tránsito.

Su prolífico legado, compuesto por más de 1000 temas, ha influido notablemente en músicos extraordinariamente dispares. Siempre desde una ineludible y singular impronta argentina, en la que subyace el pulso constante del tango, ofrece un mestizaje impactante, atractivo y revolucionario, en el que convergen sin atropellarse el jazz, la música clásica, la tradición. Escuchar a Piazzolla constituye un goce constante, pero también la defensa de una sonoridad sin prejuicios, sin el acartonamiento de la ortodoxia, sin la apelación al dogma como argumento.

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Nosololibros. Miles Davis: el alma entre fraseos

No resulta fácil hablar de la poliédrica y totémica figura de Miles Davis. No sólo por la tentación hagiográfica sino también por la imposibilidad de enfocar correctamente a un personaje en constante movimiento, mancillado por numerosos clichés que de tanto oÍrlos desmerecen su gigantesca obra, resumidos en el tópico epíteto de Picasso del jazz.

Creció entre el be bop, mecido con clásicos como Charlie Parker o Dizzy Gillespie, hasta que su encuentro con el pianista Gil Evans, fantástico arreglista, provocó una transformación radical del jazz y el nacimiento del cool, una fórmula alejada de los artificios técnicos del bop, que proporcionaba al género profundidad de estilo, la introducción de elementos procedentes de la música clásica y un componente lírico y melódico revestido de sencillez. Así surge The birth of the cool (1949), disco fundamental e imprescindible, en el que la sonoridad de la trompeta de Miles desata un vértigo emocional único.

Una primera etapa tóxica protagonizada por la heroína le mantuvo en un segundo plano hasta que en 1957 una nueva colaboración con Gil Evans origina Miles Ahead. La música clásica deja de ser una excusa intermitente para fusionarse con la versatilidad de un Miles viajando en fiscorno entre las partituras orquestales de Evans. La cercanía y calidez del resultado abren nuevos horizontes en la obsesión experimentadora del trompetista. Sólo un años después aparece Milestone, album con el que abraza la música modal, sin compases estrictos, sustentado en escalas sobre las que se aferran y borbotean las improvisaciones. Las melodías convencionales se transforman y personalizan. En él Miles contó con la brillantez de Coltrane al saxo, y contiene la apabullante Sid’s Ahead.

 

Kind of the Blue, obra de la que ya hablamos al referirnos a Coltrane, se sitúa entre dos grabaciones mágicas, ambas en colaboración con Gil Evans, Porgy and Bess (1958) y Sketches of Spain (1960). La primera es una interpretación de la ópera del brillante compositor Georges Gershwin, en la que Evans introduce arreglos de viento como trampolín perfecto para el crecimiento emocional de Miles, visible en el clásico Summertime. La segunda se refugia en la música clásica española de Falla y Rodrigo para ofrecer una atmósfera creativa alejada de los tópicos castizos que marcan el significado de la tradición musical española.

En ese mismo año de 1958 Miles nos deslumbra con una apoteósica banda sonora que acompaña al excelente film noir de Louis Malle Ascensor para el cadalso. Su trompeta se integra como un personaje mas, dotada de una personalidad que trasciende la pantalla. Fraseos de matices amplios, sinceros,  y plenos, que viajan desde la zozobra a la serenidad, y en los que los silencios fluyen con desgarradora fiereza en una simbiosis perfecta entre la imagen y el sonido. Y todo ello grabado en ocho horas

 

Miles Smiles (1966) representa un nuevo giro radical en su carrera. Con su nuevo quinteto (Wayne Shorter al saxofón, músico fundamental más tarde con la irrupción de un grupo a reivindicar, The Weather Report, junto a grandes como Joe Zawinul o el descomunal bajista Jaco Pastorius; Herbie Hancock al piano; Ron Carter al bajo y  Tony Williams a la batería), el trompetista clarifica la senda tanto hacia el free jazz como al jazz rock, fórmula que inaugurará más claramente con el mítico In a silent way (1969).

La pasión por el rock eclosionará todavía con más fuerza en Bitches brew (1970), su mayor éxito comercial y causa del distanciamiento con los sectores más puristas del jazz. Composiciones sin estructura como excusa a las improvisaciones, apuesta sin ambages por el sonido eléctrico, donde los arreglos, lejos de acompañamientos tradicionales, contribuyen a dotar de texturas diversas al tema. Un auténtico ejercicio de estilo que requiere más de una escucha para apreciar su tremenda versatilidad.

 

Tras un nuevo paréntesis condicionado por el alcohol y la cocaína (del que por cierto realiza un buen acercamiento la película Miles Ahead en 2016), resurge en los 80 con obras que ahondan en la transformación constante y acercamientos al pop o la música electrónica como Decoy (1984)You’re Under Arrest (1985),  Tutu (1986) o Amandla (1988).

La muerte en septiembre de 1991 acabó con uno de los testimonios artísticos fundamentales del siglo XX. Su carácter huraño y asocial, su narcisismo constante, no debe ocultarnos la enorme magnitud e influencia de su discografía. Siempre en el centro de la revolución musical, apelando a la experimentación como norma de conducta, nos ha legado espacios sonoros únicos en los que refugiarse se convierte en puro deleite, en los que su trompeta fluye tan natural que se hace nuestra.

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Nosololibros. Chet Baker: la balada del poeta roto

Adentrase en la vida y la obra de Chet Baker supone estar dispuesto a asumir un tobogán constante de sensaciones. Su carismática imagen, mucho más cercana a la de un actor de Hollywood o de un playboy de éxito, contrasta con la enorme capacidad seductora y atractiva de su música, que camina siempre entre la nostalgia y la poesía, entre la inestabilidad tremendamente humana de una nota a punto de quebrarse y la admirable emotividad de sus sensuales fraseos.

Una vida arruinada por sus adicciones, pero también condicionada por una pasión desmedida por el jazz, que incluso le impulsó a modificar su forma de tocar la trompeta tras la brutal paliza de unos traficantes de droga que le destrozó la mandíbula.

Desde que Charlie Parker (otro genio desarbolado por las drogas) le escuchara en los clubes de San Francisco e impulsara su carrera, se convirtió en un referente, un blanco magnético que se inmiscuía en un mundo de negros. No sólo era brillante como trompetista. Como vocalista, tenía una voz susurrante, a veces escasamente perceptible, pero plena de swing y cadencia que amplificaba todavía más su poderoso sentido icónico.

Extenuado por su vertiginoso tren de vida, decidió refugiarse en Europa sin modificar sin embargo sus tóxicos hábitos, lo que le ocasionó múltiples problemas con la justicia, incluso una pena de un año de cárcel en Italia y la deportación a su país natal. A finales de los setenta, regresó definitivamente al Viejo Continente, basando su carrera en conciertos tan irregulares como su propia vida, en los que se alternaban noches pletóricas con actuaciones vergonzantes. Rockeros como Elvis Costello o Van Morrison sucumbieron a su hipnótica forma de tocar (impagable la versión de Almost blue, canción compuesta por el primero).

Una película reciente (Born to be blue, 2015), dirigida por Robert Budreau, se acerca al mito de un músico maldito, magistralmente interpretado por Ethan Hawke. Una de las mejores escenas de la misma rememora su actuación en el Birdland de Nueva York. Entre el público asistente se encuentra el gran Miles Davis, escéptico y distante ante un músico blanco, la quintaesencia del cool jazz, al que consideraba un frívolo advenedizo. Más allá de sus discrepancias estilísticas, Miles comprendió que aquel hombre transmitía autenticidad envuelta en terciopelo sonoro.

Un hotel de Amsterdam fue finalmente el escenario de su muerte en 1988, el último acto de un músico incomparable, intuitivo y genial, que dotó a la trompeta de sensualidad y magnetismo, de desgarro interior y cierto aroma de desesperanza vital.

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Nosololibros. Sobrinus: cuando el talento no basta

Sobrevuela siempre por la historia del rock la necesidad de ubicar a unos cuantos músicos, de profesión minoritarios, en una especie de cajón de sastre denominado Malditos. A veces peyorativo, otras defendido de forma estusiasta e interesada por sus propios miembros, el estigma les acompaña hasta su desaparición, entre el escaso apoyo mediático, la incredulidad de la crítica, y la indiferencia de buena parte de la población.

Sobrinus, la banda que vamos a visitar, nunca consiguieron los favores del público, y tampoco creo que lo buscaran. Tres músicos de enorme calidad, con un directo brutal, y unos cuantos discos (3 en total) conforman su testimonio vital. Etiquetados dentro del rock alternativo, su eclecticismo convirtió cada una de sus grabaciones en un viaje a sonidos crimsonianos, atmósferas y riffs de guitarra zappianos y por supuesto a reminiscencias de Primus, el icónico grupo del magistral bajista Les Claypool, al que parecen homenajear desde su propio nombre.

Precisamente esta última influencia pudo marcar su destino, puesto que sin medir la profundidad y amplitud de su obra, se les tildaba de meros clones de la banda estadounidense de funk metal. Pero en realidad crearon un ecosistema propio, en el que abundaban el recurso a las síncopas y la proliferación de constantes cambios de ritmo plenos de creatividad y transmisión, realizados con medidas extrañas y de alta dificultad técnica. Tampoco desdeñan una letras surrealistas, en las que la ironía y el humor adoptaban idénticas modulaciones que su música, incluyendo inteligentes juegos de palabras hasta conformar una obra que adquiría nuevas dimensiones en cada escucha. A ello debemos unir su solidez como instrumentistas y su pasión por el directo.

Todas estas circunstancias sin embargo (o quizá por ellas) no impidieron su desaparición en 2005, diez años después de su fulgurante comienzo con Sobrinus (1996), un torrente desbordante de creatividad que contiene canciones tan generosas como Pitufa o Suerte, eléctricas como Sueña? o tan estremecedoras como Zumbido. Su segunda entrega, Zapin (1998), no es un mero álbum continuista, aúna inquietud y ambición. Pese a ciertas concesiones comerciales, dispone de temas tan desgarradores y elocuentes como ¿Vives cómodo? o Ámame si … y les permite embarcarse en una larga gira por todo el país. Su última aportación, 13 muecas compiladas (2003), grabado tras el primer movimiento en el grupo (el batería Roberto Lozano es relevado por David Parrilla), exhibe el mismo músculo e intensidad que los anteriores, y cuenta con una tremenda exposición de poderío y contundencia condensado en la brillantez de Ya no soy un pez o La noche me domina.

Se ponía fin a una fructífera trayectoria musical, y se abría el camino a nuevas aventuras rítmicas, desde el sonido aflamencado de Adredre, creación del cantante y guitarrista Sydney Gámez, a las colaboraciones de Roberto Lozano en Sex Museum o Corizonas. Sobrinus fue una banda que creció fuera de los focos, haciendo apología de la libertad compositiva como fórmula de comunicación, dotada de un virtuosismo no exento de entrega ni transmisión. Constituyen un arquetipo más de que la calidad no sólo no es suficiente, sino que a veces resulta un hándicap para alcanzar el éxito.

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Nosololibros. Frank Zappa: el genio desatado

Frank ZappaControvertido, cáustico, sorprendente, inconformista, vital. Siempre genial. Los apelativos para definir a un músico de la relevancia de Frank Zappa son tantos como el grado de desconocimiento general de su obra y su talento. Fascinado por la música clásica contemporánea, personalizada en su fervor por Varese o Stravinsky, su producción trasciende el mero escaparate convencional del rock para convertirse en una plataforma conceptual en la que se mezcla la profundidad de sus composiciones con el vitriólico aroma de la provocación constante.

Junto con su inquietud y la necesidad permanente de mutación, el músico de Baltimore destaca además por erigirse en un polo de atracción de grandes músicos, que convertían cada nuevo disco en una auténtica jam session de virtuosos. Steve Vai, Adrian Belew, Don Van Vliet (Captain Beefheart), Ray Collins, Terry Bozzio, Jean-Luc Ponty, George Duke o Michael Brecker forman parte de ese elenco.

Pero además nunca obvió el compromiso social. Fue el azote de la ortodoxia, de todo aquel político o telepredicador que intentara limitar la libertad de expresión o de creación, sin importar de donde procediera. Republicanos, demócratas, hippies acomodaticios, jueces, policías,  incluso los propios Beatles fueron el objetivo de este irreverente agitador.

A pesar de su atracción inicial por la batería, paulatinamente se convertiría en uno de los mejores guitarristas de la historia gracias tanto a una ejecución nítida, cristalina y limpia, como a su enorme capacidad de transmisión. Si bien sus composiciones no son especialmente sencillas de entender, cuando eres capaz de penetrar en ellas te convences de su gran calidad y poder de seducción.

Esa formación autodidacta, producto de la escucha ecléctica y sin prejuicios de numerosos estilos, le convirtió en un músico total y completo, que adoptó el rock como un mecanismo de transmisión de mayor alcance, que sin embargo ocultaba un genio sinfónico. Si tuviéramos que destacar tres álbumes, nos inclinaríamos por Hot rats (1969), quizá el mejor disco de rock de la historia, simbiosis perfecta y embriagadora de rock progresivo y jazz, que incluía esa enorme joya llamada Peaches in Regalia

 

En segundo lugar, Sheik Yerbouti (1979), el paraíso de los over-dubs y la certeza de que el humor es el factor crítico más contundente y eficaz, como lo muestran temas como el celebérrimo Bobby Brown, quizá su mayor éxito pese a que fue censurado en muchas emisoras de radio, o el no menos esplendoroso Yo Mama, que contiene un solo de guitarra arrebatador

Y por último, el disco conceptual por excelencia, Joe`s Garage (1979), una delicia interminable y penetrante, que contiene la maravillosa Watermelon in Easter Hay, tema que cabalga sobre tal vez el riff de guitarra eléctrica más hermoso jamás creado, y que os mostramos en una versión en directo realmente emocionante

¿Qué nos queda de este francotirador desbordante? Quizá representa como nadie la evolución de la cultura de los últimos compases del siglo XX; tal vez sea la constatación de que la música no debería dormitar en radiofórmulas al uso, que ha de convertirse en un factor de crítica y reivindicación del arte como instrumento social, vivo y dinámico; que el éxito vacío y artificial es el camino más rápido hacia el fracaso. Pero lo que es indudable es que su universo, onírico y prensible a la vez, forma parte de los momentos más brillantes de la música de todos los tiempos.

Y como píldora final, este breve prodigio en seis cuerdas llamado Sleep Dirt, del álbum homónimo de 1979. Disfrutadlo.

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Nosololibros. Bach: el epíteto imposible

Acercarnos a la trayectoria musical de Johann Sebastian Bach (1685-1750) supone la constatación de lo inabarcable, no ya sólo por la enorme profundidad de su profusa producción, que alcanza la nada desdeñable cifra de casi 1.100 obras, sino por la calidad e influencia de sus composiciones. Enmarcado cronológica e ideológicamente en el barroco, su personalidad e impronta transciende de forma radical un encorsetamiento temporal tan estricto, puesto que nos encontramos sin duda alguna ante uno de los músicos más revolucionarios e impactantes de la historia de la música.

Durante su vida destacó mucho más como organista y clavecinista que como compositor. El éxito y la fama aparecieron muchos años después de su muerte, confiriéndole esa aureola de atemporalidad que permite interpretar su obra desde perspectivas musicales más modernas, como el jazz o el rock, debido entre otras razones a la importancia que concedió a la improvisación como canal de comunicación.

Esa magistral combinación entre la intelectualidad y fortaleza técnica (el contrapunto y la fuga alcanzan cotas y dimensiones colosales en sus manos) y la capacidad de transmitir emociones le convierten en una figura esencial y fundamental. Pero además, fue capaz de dotar a la geometría y a la matemática de una vertiente poética en la que el orden y la simetría se convierten en el significado absoluto de la belleza. Escuchar a Bach supone un deleite sensorial que trasciende la perfección de una serie de notas colocadas conscientemente sobre un pentagrama.

Pese a las evidentes connotaciones religiosas de buena parte de sus obras, la magia que emana de sus sonidos es capaz de invitar a la reflexión y al sosiego o de dotarnos de energía, porque contienen una visión universal y ecuménica mucho más espiritual que litúrgica.

Elegir las obras más representativas del genio alemán resulta harto complicado. Pero no pueden faltar los seis Conciertos de Brandenburgo (1721), entre los cuales sin duda alguna el más popular es el tercero, en el que prescinde de los instrumentos de viento con la intención de transmitir alegría y vivacidad a través del uso exclusivo de la cuerda.

La colección de preludios y fugas aglutinadas en torno a El clave bien temperado, fantasía arriesgada y cromática; la intensidad barroca y perfeccionista de la Pasión según San Mateo (1727); la novedosa y alternativa El arte de la fuga, publicada inconclusa en 1751, tras su muerte, en la que el contrapunto alcanza su cénit como técnica soportado en una melodía aparentemente sencilla; las Variaciones Goldberg (1741), conjunto de obras sobre un tema único sujeto a múltiples variaciones que reflejan la capacidad imaginativa sin límites del autor; la majestuosa Tocata y Fuga en Re menor; las memorables Suites para cello (1720)

la festiva, vigorosa y navideña Magnificat (1728-31); la exaltación polifónica del motete Jesumeine Freude; Passacaglia BWV 582 o el adagio de Tocata, Adagio y Fuga BWB 540.

Bach representa por tanto la clarividencia y la luminosidad de la música. Pese a su vigorosa arquitectura técnica y teórica, el lirismo y la creatividad conviven de forma armónica en obras muy arriesgadas, de una concepción compleja pero vestidas de simplicidad aparente. Las melodías parecen crecer y flotar hasta arrastrarnos progresivamente hacia el éxtaxis. Con Bach, la perfección adopta un rostro humano y cercano, y la música se transforma en alimento necesario.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica

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Nosololibros. King Crimson: en la corte cambiante del Rey Carmesí

In the court of Crimson KingLa historia del rock en general y del progresivo en particular no se puede explicar sin la presencia de King Crimson, banda todavía en activo que ha resucitado múltiples veces de manera convulsa, pero siempre amparada bajo el virtuosismo y la genialidad de Robert Fripp, guitarrista inclasificable y excéntrico. La formación original surgida en Londres en 1969 estaba compuesta por el propio Fripp, Greg Lake, Ian McDonald, Michael Giles y Pete Sinfield. Gracias a la reputación ganada en los escenarios de diversas localidades inglesas, entre ellos el famoso concierto como teloneros de Rolling Stones en Hyde Park, firmaron un contrato discográfico con Island Records.

Su primer álbum obtuvo un resonante éxito, poniendo extrañamente de acuerdo a crítica y público. In The Court of the Crimson King (1969) sugiere un universo sonoro personal y genuino, cimentado en las dotes instrumentistas de sus músicos, los textos concisos pero elaborados de Senfield y la rotundidad hipnótica de uno de sus temas, 21th century schizoid man, en la actualidad debidamente triturado por una marca de perfumes como banda sonora. Pese al éxito, comenzaron las primeras deserciones. McDonnald, Giles y Lake iniciaron carreras musicales paralelas, el último enrolado en el mastodóntico grupo Emerson, Lake and Palmer.

Al mismo tiempo, la siguiente obra,  In the wake of Poseidon (1970), pese a mantener la misma pulsión que su precedente, inaugura la introducción del jazz como elemento constante del grupo gracias a la irrupción de dos enormes intérpretes: el saxofonista y flautista Mel Collins y el pianista Keith Tippett, capaces de ofrecer una joya como Cadence and Cascade. Lizard (1970), publicado en el mismo año, refuerza ese giro jazzístico de la banda con Haskell y el  batería Andy McCullough como nuevos miembros, y aporta una vertiente experimental y de búsqueda constante que presidirá la trayectoria del grupo.

Lizard

Esa obsesión por investigar se observa de forma meridiana en Islands (1971), un cóctel delicioso de múltiples influencias, desde el jazz hasta el blues, que marca un nuevo y arriesgado salto hacia el inconformismo. Conviven en él dos de las mejores aportaciones del grupo a la música: Lady Formentera, dedicada a la isla ibicenca, y la maravillosa e imprescindible Islands, balada que da título al álbum. La voz es responsabilidad de Boz Burrel.

Una etapa tormentosa y conflictiva terminó con la banda en forma de trío: el propio Fripp, Bill Bruford, batería que acababa de abandonar otro grupo mítico, Yes, y el bajista y vocalista John Wetton, acompañados de la percusión vibrante de Jamie Muir. Esta formación gestó quizá el mejor disco de la banda Lark’s tongues in áspic (1973). Pese a ser una obra de estudio, sus contenidos son producto de las improvisaciones y arreglos que conformaron los conciertos que ofreció la formación durante los años anteriores, y que constituyen la verdadera esencia del sonido crimsoniano: melodías atonales con una gran complejidad compositiva, la suavidad y equilibrio de la voz de Wetton, una sección rítmica creativa y potente, y la intensidad de Fripp en las seis cuerdas.

Starless and Bible black (1974) refrendó la magnitud y nueva dimensión del grupo, al que se incorporó David Cross con el añadido de poseer entre sus canciones dos de las mejores composiciones de la historia de la música contemporánea, The Night Watch y Trio. Mientras que la primera utiliza un medio tiempo para reflejar la potencia armónica y la excelente compenetración de los instrumentistas, la segunda es una apología de la belleza, notas que abandonan el pentagrama para trasladarnos a un sugerente paisaje emocional.

Esta primera etapa artística se cerraría con Red (1974), concebido precisamente como un compendio de sus signos de identidad: la creatividad, el lirismo, el jazz, la complejidad, la improvisación y el miedo al estancamiento. Tras esta disolución, Fripp y el resto de miembros de la banda se embarcaron en diversas aventuras personales hasta que decidió recuperar a la banda en 1981 con el propio Bruford, el excelente bajista Tony Levin, y el guitarrista Adrian Belew, que había trabajado con músicos del calibre de Frank Zappa.

La calurosa acogida dispensada motivó la grabación de Discipline (1981), provisto de un sonido polirrítmico, complejo y pretendidamente atonal, en el que afloraban las distintas personalidades del grupo. Podemos considerar este obra como una de las primeras en la historia que amalgama distintos estilos, un producto de fusión.

King Crimson

La idea tuvo su continuidad en Beat (1982), que incluye uno de los escasos éxitos en las radiofórmulas del grupo, Heartbeat, y Three of a perfect pair (1984), álbum que muestra en su primera cara una visión amable y accesible, incluso con toques funkies, frente a otra en la que la improvisación y el universo frippiano alcanzan su máximo esplendor.

Su penúltima reencarnación tuvo lugar en 1994 en forma de  efímero sexteto (Fripp, Bruford, Below, Levin, Trey Gunn al bajoy Pat Mastelotto como persusionista), fruto de la cual es THRAK (1995), una nueva evolución sonora que mezclaba el caos organizado de Discipline con la rotundidad rockera de Red.

En el año 2000, ya como cuarteto (Belew, Fripp, Gunn y Mastelotto) lanzaron al mercado The ConstruKction of Light en el año 2000, un disco de gran dureza sonora, sin concesiones, que apuesta por el riesgo pero que genera una extraña satisfacción tras su escucha. En 2003 aparecería The Power to Believe, el último álbum de estudio de King Crimson, menos dado a la improvisación que el anterior, por tanto más sencillo de escuchar aunque al mismo tiempo más frío y técnico.

Su última etapa de actividad nació en 2014, diseñada para ofrecer conciertos en directo, e integrada por Fripp, Collins, Levin, Mastelotto y Harrison, más la adición de Jakko Jakszyk, a la guitarra y voz, y de Bill Rieflin a la batería.

King Crimson

Nos encontramos ante un grupo necesario e intransigente, en continuo movimiento, que condujo al rock a momentos sublimes, dotado de un sonido personal e irrepetible basado en la transformación constante y el virtuosismo como elementos de transgresión, de desprecio a las etiquetas, de repudio a los clichés. Aquellos que acusan al rock progresivo de grandilocuente y vacío, de vacuo y prepotente, tienen la ocasión de acercarse a una obra compleja, consistente y rotunda al mismo tiempo que polisémica, un microcosmos al que estamos todos invitados balanceándonos en las penetrantes cuerdas del universo Fripp.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica.

Nosololibros. John Coltrane: la fascinación por el vértigo

John ColtraneCuando John Coltrane se unió al quinteto de Miles Davis para grabar uno de los mejores y más influyentes discos de la historia de la música, Kind of Blue (Columbia, 1959), el hard bop dejó de ser una etiqueta teórica y ambigua para convertirse en una forma de vida que recuperaba el aroma de la improvisación. El jazz volvía a vestirse de pasión sin renunciar al talento.Miles Davis

Porque talento y sonoridad siempre acompañaron la carrera musical de Coltrane (Hamlet, Philadelphia, 1926), empeñado en estar siempre en movimiento, buscando algo que le permitiera justificar su permanente desasosiego. Sus inicios en orquestas de rhythm and blues abren paso a finales de los años 40 a una etapa tóxica que con intermitencias le acompañará hasta su despertar espiritual de 1957, motivado por una extraña mezcla en la que confluyen la presencia de Miles, el descubrimiento del misticismo, el despertar de la conciencia negra y la influencia de Naima, su mujer, a la que más tarde dedicará una de las baladas e intensas más bellas de la historia.

A partir de ese momento, abandona la propuesta musical estándar y canónica para lanzarse a una fase marcada por la experimentación continua, en la que cobra especial protagonismo la incandescente presencia del pianista Thelonius Monk. John ColtraneSon momentos en que paulatinamente perfecciona técnicas de sonido, en que su virtuosismo se agita sin barreras tocando varias notas de forma simultánea, cegado por una complicidad cada vez más evidente con Monk. Sin duda el momento cumbre es Blue Train (Blue Note, 1957), donde el hard bop sigue presente pero ya atravesado por los primeros balbuceos de una incipiente revolución sonora, basada en la inquietud y una visión de la armonía nada acomodaticia.

Tras su segunda estancia con Miles, fruto de la cual es el ya mencionado Kind of Blue, Coltrane grabará para Atlantic dos de sus discos más exitosos, Giant Step (1959), y sobre todo My Favorite Things (1961).

John ColtraneEl primero muestra a un músico de vanguardia, con una velocidad de fraseo casi imposible, que juega con los acordes a su antojo, y en plenitud compositiva, álbum en el que destacan cortes como Naima o el tema que da título al disco.  Por su parte el segundo es la obra que mayores fervores del público obtuvo, y que contiene, en el corte homónimo del LP, una de las transformaciones musicales más brillantes y rotundas, que arranca desde un sencillo vals del musical The Sounds of Music a una versión magistral y lleva de universos sonoros, en el que recupera el vibrato del saxo soprano para el jazz. Ese mismo musical más tarde se transformaría en la almibarada película Sonrisas y lágrimas.

Coquetea con el free jazz en diversas grabaciones con el cuarteto de Ornette Coleman, y durante su época en el sello Impulse (1961) introduce no sólo instrumentos hasta ahora ajenos a la tradición jazzística como el oboe o el contrafagot, sino que profundiza en su investigación musical introduciendo temas inspirados en cantos védicos o espirituales negros. El cuádruple CD The Complete Village Vanguard (Impulse!, 1961) es testimonio de esa incursión en otros paisajes sonoros, marcados por la polémica presencia del músico Eric Dolphy, abanderado del free jazz y de los solos amplios y excesivamente libres para los más puristas.

La colaboración entre ambos fue breve, y abre paso a tres auténticas joyas discográficas. Con Ballads pareció querer suavizar sus tensas relaciones con los sectores más conservadores y puristas del jazz, abandonando esa faceta de rebeldía sin control para ofrecer una visión absolutamente apasionante y apasionada de grandes clásicos y standards, tocados con una elegancia y sensibilidad sublimes. John Coltrane and Johnny HartmanEl segundo de los discos, John Coltrane and Johnny Hartman, supone la única vez en que se acompaña de un vocalista, el prácticamente desconocido Johnny Hartman, para firmar una emotiva sucesión de clásicos en la que la unión de la voz grave, sugerente y profunda de Hartman se alían con las notas acariciadoras y firmes del saxo de Coltrane hasta conformar una obra cálida, armónica y sugerente en la que nada sobra y todo fluye. El tercero de los discos está marcado por su encuentro con Duke Ellington, y la imperecedera y rotunda versión de In A Sentimental Mood con la que nos deleita.

Sin embargo, la aparente estandarización de su obra no impide que en sus directos continúe apostando por amplios solos que crecen desde planos melódicos, y en los que su cuarteto actúa con absoluta libertad de criterio. La progresión alcanzará su cénit en 1962 con la grabación de A Love Supreme, una obra monumental estructurada como una suite en cuatro partes, considerada como una de las más influyentes no sólo en el jazz posterior, sino en otros ámbitos musicales como el rock.  John ColtraneEl lirismo, la espiritualidad y el goce existencial que transmite se adornan con una intensidad desgarrada, sin ambages, en la que el virtuosismo abre paso a una libertad creativa inaprensible y descarnada.

Ascension (1965) supone cierta continuidad con el disco anterior, pero sobre todo la consolidación definitiva de Coltrane como músico entregado al free jazz. Rodeado de alguno de los músicos que más tarde se considerarán adalides del nuevo género, como Freddie Hubbard o Pharaoad Sanders, grabará algunos conciertos en directo como Live in Seattle (1965) o Live in Japan (1966) en los que muestra una vitalidad y energía desbordantes, con briosas versiones de algunos de sus clásicos como My favorite things o Naima.

Sus dos últimos discos en estudio, Interstellar Space y Expression, ambos de 1967, son claros exponentes de esa necesidad de innovar y experimentar que presidió su vida, con pasajes en los que la libertad de expresión y la improvisación superan cualquier tipo de corsé armónico, definiendo musicalmente el concepto de free jazz de forma perfecta.

John Coltrane

Poco antes de cumplir los 41 años, el 17 de julio de 1967, fallece en Nueva York. Cortázar, comentando la muerte de Coltrane a Gregory Rabassa, traductor de Rayuela al inglés, definía al jazz como “una especie de perspectiva vertiginosa hacia todo lo que no nos atrevemos a ser”. Como la literatura, como el cine … Y hablando de Coltrane, recomendaba la lectura en voz alta de los poemas de Pedro Salinas acompañados de su músicaafelpando el aire de reconciliación y contacto” (“Noches de vino y hierbas fumables”. Nota preliminar a Pedro Salinas. Poesías. Madrid: Alianza, 1982)

Con John Coltrane se fue uno de los músicos más influyentes de la historia del jazz, para quien el vértigo constituyó una necesidad perenne. Imposible de encasillar en ningún género concreto, siempre evolucionando, haciendo que la vanguardia fuera el pasado. El saxofonista virtuoso e intenso, el creador lírico intuitivo y genial capaz de generar múltiples emociones con un fraseo, de afrontar escalas imposibles, nos dejaba un legado asombroso. Ahora nos toca disfrutarlo

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Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica.