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Nosololibros: Pink Floyd, derribando el muro

Pink Floyd, Earls Court, 1973

Aprovechando las sinergias de la exposición de Pink Floyd en el IFEMA (The Pink Floyd Exhibition: Their Mortal Remains) de Madrid, que se mantendrá hasta el 15 de septiembre de 2019, nos vamos a acercar a un grupo al que siempre antepone su leyenda, una de las bandas de rock más influyentes de la historia, tanto por su sonido como por su capacidad transgresora.

Es difícil escaparse a la hagiografía o a la subjetividad para afrontar tamaña empresa. Muchas de mis horas se han llenado de su música lisérgica, etérea, llena de propuestas audaces, pero casi siempre con un ineludible y elocuente marchamo de calidad. Su aportación va mucho más allá del encasillamiento en el rock progresivo, o rock sinfónico, etiqueta tan peyorativa como malintencionada.

No es extraño dividir su biografía en tres etapas claramente diferenciadas: una primera marcadamente psicodélica; una segunda más sinfónica y experimental, y una tercera más híbrida y progresiva. La primera lleva un claro referente: Syd Barret.

La banda, formada en 1966, se desenvuelve mezclando R&B y sonido «beatle», hasta que lanzan en 1967 su primer álbum, The Piper at the Gates of Down. Las letras poéticas y sugerentes de un Barret en ebullición, la inmersión psicodélica y la pasión por las nuevas tecnologías en el campo del sonido marcan una obra brillante, y con el paso del tiempo, conmovedora. El desaforado consumo de LSD de su primer líder conlleva su sustitución progresiva por David Gilmour, hasta que finalmente Barret, muy cercano a la locura, fue separado de la banda.

Pese a su escasa presencia, la influencia de Barret perseguirá al grupo durante toda su existencia. La emergencia psicodélica y la búsqueda de espacios sonoros experimentales presidirán las apuestas posteriores. Discos como A Saucerful of Secrets (1968), Ummagumma (1969), Atom Heart Mother (1970), o la magnífica y magnética Meddle (1971), que contiene la majestuosa Echoes, vibrante y atmosférica composición que alumbra una nueva era. En el vídeo hay un valor añadido: forma parte de su no menos famoso Live at Pompei

1973 marca un punto de inflexión en la banda. Sin abandonar completamente la experimentación ni la psicodelia, la banda se convierte en un fenómeno de masas de la mano de un Roger Waters en estado de gracia. Ese año apareció The Dark Side of the Moon, uno de los mejores álbumes de la historia del rock, acompañado de la mítica portada de Storm Thorgerson. Las composiciones fluyen hermosas, generando nuevos espacios a veces sostenidos por el jazz, el rock, el blues, pero siempre hilvanados por la brillantez compositiva de Waters y el talento de Gilmour a la guitarra, mostrado sin tapujos ni hermetismos. La celebérrima Money, Time, Speak to me breathe, la explosión vocal de The Great Gig In The Sky, el equilibrio que proporciona el saxo de Dick Parry a Us and Them, son buena muestra de ese derroche de belleza y pasión, cerrada con un epílogo intenso e inmenso, Brain Damage / Eclipse.

Un pequeño giro no exento de brillantez representa Wisk you were here (1975), un sentido homenaje a Barret, más presente en la majestuosa Shine on You Crazy Diamond, y una crítica sin ambages a la presión y objetivos de la industria musical, más preocupada del marketing y las ventas que de la calidad de las canciones (muy visible en Welcome to Machine o Have a cigar). La enorme melodía homónima encierra en casi 5 minutos un desgarrador y onírico poema musical, acústico, brillante, imperecedero, tan evocador como necesario. De nuevo la mágica portada de Thorgerson la convierte en una obra de arte, tanto en continente como en contenido.

Con la orwelliana Animals (1977) se inicia una etapa más experimental y conceptual si cabe. Las críticas a su música, alejada de la simplicidad y el músculo del rock, en plena eclosión del punk, son cada vez más evidentes. Quizá ello explica la adopción de formas más duras y contundentes en el nuevo álbum, rebosante de distorsión y potencia, con letras desgarradora, cáusticas, sin concesiones ni artificios, en el que los hombres nos convertimos en animales adocenados, dirigidos, gregarios sin metas ni fines. Waters se encarama a la cima de la banda, se adueña de su alma, y cómo nos conmueve. Destacan la compleja y virtuosa Pigs, y la tremenda Sheep. Animals es una obra conceptual, arriesgada, lejos de esa imagen acomodaticia y pretenciosa con la que buena parte de la prensa y algunos fans celebraban sus apariciones.

Dos años más tarde surge una de las óperas rock más impresionantes de todos los tiempos, The Wall, un calambrazo genial de Waters en medio de los comienzos de la disgregación de la banda. Compleja, poliédrica, narra el universo hastiado del músico, su obsesión por la guerra, la educación, el éxito como artista, hasta convertirse en una metáfora de su propia existencia y su su otrora compañero Barret. Contiene alguno de los temas más logrados de la banda, como Mother, Hey you o la excelsa Confortably Numb. La excesiva traslación al cine de Alan Parker (1982) no hace la suficiente justicia a esta monumental obra.

El último disco con la formación más clásica es The Final Cut (1983), que surge de la alargada sombra de The Wall. Sin embargo, en líneas generales carece del vigor y la intensidad del primero, si bien estamos hablando de Roger Waters. Ello explica la presencia de temas tan deliciosos como Two Suns in the Sunset, o el que da título al álbum.

Y comienza la etapa Gilmour con A Momentary Lapse of Reason (1987). Entre enfrentamientos judiciales y luchas por el copyright, el guitarrista lanza un disco de rock menos oscuro, una obra menor que busca una nueva forma de reinterpretar a la banda sin el talento de Waters. Pese a todo, momentos como Learning to fly o la floydiana On the Turning Away, muestran que Gilmour no es precisamente un mero intérprete.

Su último disco en estudio es The Division Bell (1994), un gran álbum que supera la superficialidad del anterior con creces. La raíz floydiana vuelve a supurar con fuerza en Cluster One, Marooned y sobre todo High Hopes.

Pink Floyd constituye una parada imprescindible en cualquier viaje por el rock. No sólo por la brillantez compositiva de sus discos, ni tampoco por ser una de las referencias fundamentales para numerosos grupos que siguieron su estela, sino sobre todo por obsequiarnos con una música atemporal capaz de estremecernos, por evidenciar que el rock nació como forma de canalizar las protestas de una sociedad anestesiada, que la crítica debe ser consustancial al arte, y que la memoria no puede quedar arrinconada por unos tiempos tan complejos y voraces como los que vivimos, en los que el riesgo consiste en abrir los ojos cada día.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica