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Nosololibros. JJ Cale: el genio discreto

JJ CaleEn algunos barrios de la ciudad del rock hay mucha pasión por la mercadotecnia, por el adorno efectista, por la búsqueda de la fama y la notoriedad. Pero existen rincones en blanco y negro, más humanos y cercanos, en los que encuentras músicos excelentes que se atan a los mástiles del barco como Ulises para escapar del seductor canto de las sirenas. Sin duda alguna, uno de ellos es JJ Cale.

Guitarrista e ingeniero de sonido casi al mismo tiempo (entre sus placeres se encontraba modificar todas las guitarras con las que tocaba, desde la Danelectro a la Stratocaster),  sus comienzos no fueron especialmente exitosos, hasta el punto de abandonar su incipiente carrera musical. Su suerte cambió con la versión que realizó Eric Clapton de After Midnight, su primer single, que había pasado prácticamente desapercibido. Encaramado a ese golpe de suerte, Cale publicaría su primer LP, Naturally (1972), en el que encontramos sus señas de identidad, una peculiar simbiosis de country, blues y folk norteamericano, interpretada por una voz cálida y suave, susurrante y terrosa, y una forma de tocar la guitarra tan aparentemente simple como brillante, elementos que forman una atmósfera íntima y brumosa. Ese álbum incluiría su mayor hit, Crazy Mama, que alcanzaría el puesto 22 en la lista Billboard, y la maravillosa Call me the breeze. Sigue leyendo


Nosololibros: Pink Floyd, derribando el muro

Pink Floyd, Earls Court, 1973

Aprovechando las sinergias de la exposición de Pink Floyd en el IFEMA (The Pink Floyd Exhibition: Their Mortal Remains) de Madrid, que se mantendrá hasta el 15 de septiembre de 2019, nos vamos a acercar a un grupo al que siempre antepone su leyenda, una de las bandas de rock más influyentes de la historia, tanto por su sonido como por su capacidad transgresora.

Es difícil escaparse a la hagiografía o a la subjetividad para afrontar tamaña empresa. Muchas de mis horas se han llenado de su música lisérgica, etérea, llena de propuestas audaces, pero casi siempre con un ineludible y elocuente marchamo de calidad. Su aportación va mucho más allá del encasillamiento en el rock progresivo, o rock sinfónico, etiqueta tan peyorativa como malintencionada.

No es extraño dividir su biografía en tres etapas claramente diferenciadas: una primera marcadamente psicodélica; una segunda más sinfónica y experimental, y una tercera más híbrida y progresiva. La primera lleva un claro referente: Syd Barret.

La banda, formada en 1966, se desenvuelve mezclando R&B y sonido «beatle», hasta que lanzan en 1967 su primer álbum, The Piper at the Gates of Down. Las letras poéticas y sugerentes de un Barret en ebullición, la inmersión psicodélica y la pasión por las nuevas tecnologías en el campo del sonido marcan una obra brillante, y con el paso del tiempo, conmovedora. El desaforado consumo de LSD de su primer líder conlleva su sustitución progresiva por David Gilmour, hasta que finalmente Barret, muy cercano a la locura, fue separado de la banda.

Pese a su escasa presencia, la influencia de Barret perseguirá al grupo durante toda su existencia. La emergencia psicodélica y la búsqueda de espacios sonoros experimentales presidirán las apuestas posteriores. Discos como A Saucerful of Secrets (1968), Ummagumma (1969), Atom Heart Mother (1970), o la magnífica y magnética Meddle (1971), que contiene la majestuosa Echoes, vibrante y atmosférica composición que alumbra una nueva era. En el vídeo hay un valor añadido: forma parte de su no menos famoso Live at Pompei

1973 marca un punto de inflexión en la banda. Sin abandonar completamente la experimentación ni la psicodelia, la banda se convierte en un fenómeno de masas de la mano de un Roger Waters en estado de gracia. Ese año apareció The Dark Side of the Moon, uno de los mejores álbumes de la historia del rock, acompañado de la mítica portada de Storm Thorgerson. Las composiciones fluyen hermosas, generando nuevos espacios a veces sostenidos por el jazz, el rock, el blues, pero siempre hilvanados por la brillantez compositiva de Waters y el talento de Gilmour a la guitarra, mostrado sin tapujos ni hermetismos. La celebérrima Money, Time, Speak to me breathe, la explosión vocal de The Great Gig In The Sky, el equilibrio que proporciona el saxo de Dick Parry a Us and Them, son buena muestra de ese derroche de belleza y pasión, cerrada con un epílogo intenso e inmenso, Brain Damage / Eclipse.

Un pequeño giro no exento de brillantez representa Wisk you were here (1975), un sentido homenaje a Barret, más presente en la majestuosa Shine on You Crazy Diamond, y una crítica sin ambages a la presión y objetivos de la industria musical, más preocupada del marketing y las ventas que de la calidad de las canciones (muy visible en Welcome to Machine o Have a cigar). La enorme melodía homónima encierra en casi 5 minutos un desgarrador y onírico poema musical, acústico, brillante, imperecedero, tan evocador como necesario. De nuevo la mágica portada de Thorgerson la convierte en una obra de arte, tanto en continente como en contenido.

Con la orwelliana Animals (1977) se inicia una etapa más experimental y conceptual si cabe. Las críticas a su música, alejada de la simplicidad y el músculo del rock, en plena eclosión del punk, son cada vez más evidentes. Quizá ello explica la adopción de formas más duras y contundentes en el nuevo álbum, rebosante de distorsión y potencia, con letras desgarradora, cáusticas, sin concesiones ni artificios, en el que los hombres nos convertimos en animales adocenados, dirigidos, gregarios sin metas ni fines. Waters se encarama a la cima de la banda, se adueña de su alma, y cómo nos conmueve. Destacan la compleja y virtuosa Pigs, y la tremenda Sheep. Animals es una obra conceptual, arriesgada, lejos de esa imagen acomodaticia y pretenciosa con la que buena parte de la prensa y algunos fans celebraban sus apariciones.

Dos años más tarde surge una de las óperas rock más impresionantes de todos los tiempos, The Wall, un calambrazo genial de Waters en medio de los comienzos de la disgregación de la banda. Compleja, poliédrica, narra el universo hastiado del músico, su obsesión por la guerra, la educación, el éxito como artista, hasta convertirse en una metáfora de su propia existencia y su su otrora compañero Barret. Contiene alguno de los temas más logrados de la banda, como Mother, Hey you o la excelsa Confortably Numb. La excesiva traslación al cine de Alan Parker (1982) no hace la suficiente justicia a esta monumental obra.

El último disco con la formación más clásica es The Final Cut (1983), que surge de la alargada sombra de The Wall. Sin embargo, en líneas generales carece del vigor y la intensidad del primero, si bien estamos hablando de Roger Waters. Ello explica la presencia de temas tan deliciosos como Two Suns in the Sunset, o el que da título al álbum.

Y comienza la etapa Gilmour con A Momentary Lapse of Reason (1987). Entre enfrentamientos judiciales y luchas por el copyright, el guitarrista lanza un disco de rock menos oscuro, una obra menor que busca una nueva forma de reinterpretar a la banda sin el talento de Waters. Pese a todo, momentos como Learning to fly o la floydiana On the Turning Away, muestran que Gilmour no es precisamente un mero intérprete.

Su último disco en estudio es The Division Bell (1994), un gran álbum que supera la superficialidad del anterior con creces. La raíz floydiana vuelve a supurar con fuerza en Cluster One, Marooned y sobre todo High Hopes.

Pink Floyd constituye una parada imprescindible en cualquier viaje por el rock. No sólo por la brillantez compositiva de sus discos, ni tampoco por ser una de las referencias fundamentales para numerosos grupos que siguieron su estela, sino sobre todo por obsequiarnos con una música atemporal capaz de estremecernos, por evidenciar que el rock nació como forma de canalizar las protestas de una sociedad anestesiada, que la crítica debe ser consustancial al arte, y que la memoria no puede quedar arrinconada por unos tiempos tan complejos y voraces como los que vivimos, en los que el riesgo consiste en abrir los ojos cada día.

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica


Nosololibros. Paul Weller: talento sin anclas

Paul Weller es en sí mismo una enciclopedia musical. Aúna todas las tendencias y experimentos exportados por la música británica en los últimos decenios, desde el rock a la electrónica, pasando por la suave candencia del soul bailable y elegante, el krautrock o el britpop.

El revival mod de la segunda mitad de los años setenta supuso la primera irrupción de Weller al mando de The Jam, una banda mítica capaz de componer canciones que han superado las costuras de las modas, como In the city, That’s entertainment o la magnífica Town Called Malice, en plena eclosión del punk. Letras críticas con el conservadurismo de Margaret Thatcher envueltas en composiciones brillantes, efervescentes y generalmente breves, marcadas por la exquisita voz de Weller y un característico ritmo de bajo, y en las que se atisba su aversión al encasillamiento musical, combinando rock, soul y R&B.

Precisamente en los estertores de la banda el R&B empezó a ser algo más que un referente ocasional, y condujo a Weller tras la ruptura a formar un grupo de enorme influencia, The Style Council. Sofisticación, y elegancia en bases soul y jazzies. Quizá los ejemplos más significativos sean You’re The Best Thing o la más conocida Shout To The Top. Sin abandonar la acidez política y reivindicativa, Weller ofrecía su talento en un ropaje sorprendente y controvertido para los seguidores de The Jam, pero comprensible si observamos su gusto por la evolución constante.

Cuando en los años noventa las discográficas abandonaron esta aventura empieza para quien suscribe su mejor época. En 1992 lanza su primer disco en solitario, homónimo, que abre paso a los enormes Wild Wood (1993), Stanley Road (1995) y Heavy Soul (1997). Abrazando a Traffic nos ofrece un gran puñado de sólidos temas, cantados con una enorme clase. En el primer álbum maravillas psicodélicas como Sunflower, visitas a Neil Young en Has My Fire Really Gone Out? o la fantástica Wild Wood.

Stanley Road se abre con el soberbio The changing man, electricidad y sosiego, la elegancia y contundencia de The Porcelain Gods, con frases tan cáusticas como

Beware false prophets – take a stand!
My fortune cookie cracked up in my hand,
More advice to fill up your head
More empty words from the living dead

Difícil prescindir de todas las restantes. Pero me quedo con el lirismo cómplice de la inspiradas  You do something to me o Time passes, la potencia in crescendo de Out Of The Sinking, o la contundente Whirlpools End.

Heavy Soul remarca y enfatiza la tendencia a crear belleza desde la armonía. Sin llegar a las cotas del anterior, incluye obras tan necesarias como Science, la fantástica Brushed, acorazada de guitarras y sónidos ásperos, la propia Heavy Soul, resuelta con una suerte de jam session pletórica y absorbente donde las guitarras adquieren protagonismo,  o uno de sus grandes clásicos, Peacok suit.

Sus posteriores propuestas son igualmente interesantes y eclécticas. Heliocentric (2000), con la rockera He’s The Keeper, el tiempo medio de Frightened o la envolvente There’s No Drinking After You’re Dead. En Illumination (2002), se abandona al folk-rock y la música americana sin tapujos, como demuestran Leafy Mysteries, A Bullet For Everyone, o Illumination.

Tras algunos discos de versiones, regresó en 2005 con As Is Now, que muestra cierto estancamiento después de tanto derroche artístico previo, pese al arrollador comienzo de Blink And You’ll Miss It, la incisiva Paper Smile, la evocadora por su cercanía a The Jam Come On Let’s Go, o la búsqueda de Dr. Feelgood en From The Floorboards Up. Siendo una obra notable, parece declarar que nos encontramos ante un fin de ciclo.

En 2008 aparece 22 dreams, que se articula en torno a una mezcla de ritmos y propuestas variopintas, heterogéneas, y por tanto, desiguales, con incursiones en el krautrock. Una obra hipotensa, muy conceptual, en la que sobresalen Have You Made Up Your Mind, y sobre todo Light Nights.

A partir de ese momento grabaría Wake Up the Nation (2010), Sonik Kicks (2012), Satturns Pattern (2015) y A Kind revolution (2017). En el primero trata de volver a los sonidos de The Jam mezclando psicodelia y soul, con momentos tan atractivos como Find The Torch Burn The Plans, la que da título al álbum o Aim High. Evolución, progreso, eclecticismo, vanguardia en poco más de 40 minutos.

Sonik Kicks es un alegato a la mezcla entre electrónica y krautrock, con piezas destacables como Drifters, las experimentales DragonflyAround the Lake. Todo ello sin desdeñar la melodía como fórmula de crecimiento.

En Satturns Pattern encontramos de nuevo a ese músico reacio al aburguesamiento. La potente White Sky, la americana In The Car, reinventando el boogie con rupturas sorprendentes, y sobre todo la brillante These City Streets nos hablan de un Weller en forma, vital y necesario.

Un nuevo giro aporta A Kind Revolution, con aires de inconformismo a raudales. Preso de una vocación rupturista, abre con el rock potente de Woo Sé Mama, la presencia de Bowie en Nova incluso desde la voz, o el blues de Satellite Kid.

Su última aportación, True Meanings (2018) ha sido producida por él mismo. Se trata de una apuesta por el lirismo acústico y las orquestaciones enriquecedoras, melancólico y reposado, sin guitarras contundentes. Una clara declaración de intenciones supone The soul searchers, reminiscencias de Cat Stevens, su particular homenaje a Bowie («Bowie«), y un cierre delicioso, White horses. Aunque se percibe una mayor rugosidad en su voz, le confiere un aire de cercanía y atractivo.

Weller es un músico inclasificable, en constante mutación. Huye de la zona de confort, del apoltronamiento erosionador. The Modfather no renuncia a crear en libertad, derrapando por todos los territorios musicales sin perder un ápice de calidad y de claridad. Es la memoria viva de la música británica. Aprovechemos su talento.

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Nosololibros. Reef: revisitar los setenta

ReefEn los años 90 el mundo musical estaba azotado por la tiranía exquisita del brit-pop y la apertura a eclecticismos de laboratorio. El rock parecía condenado a un baño de mercadotecnia revisionista. Pero algunos bandas mantuvieron la seña de identidad. Quizá los más conocidos fueran los Black Crowes, pero dejadme hablaros de Reef.

El grupo británico de Glastonbury publicó su primer disco (Replenish) en 1995. La inmersión en el más puro sonido del rock de los setenta fue extraordinariamente bien recibida en medio de la tormenta grunge, con temas tan destacados como Good Feeling o Choose to me.

Pero aún sorprendió todavía más al superar con creces la maldición del segundo con Glow (1997), en el que ofrece una oferta más variada y atractiva, construyendo sin duda uno de las mejores obras de rock de los últimos años. Canciones soberbias como golpes que has de encajar, como Place your hands, su single de mayor éxito, en el que la personal y expeditiva voz de Gary Stringer se aferra a tu estómago sin concesiones; el fantástico y visceral Summer’s In Bloom; la contundencia desgarrada de Come Back Brighter o Yer Old; aventuras experimentales como Robot Riff o la bucólica con aromas del Genesis más Gabriel de Lullaby contribuyen a dotar de consistencia y profundidad al álbum, sin fisuras, sin minutos de la basura, sin melodías de relleno.

Dos años más tarde aparece Rides. Pese a no resistir ninguna comparativa con la mayúscula creación anterior, contiene algunos temas brillantes, como New bird; la lisérgica Wandering; la sureña Back in My Place; la evocadora I’ve Got Something to Say o la potente  Who you are. Sin embargo, su sonido se reblandece en otros momentos más planos y anodinos, que anuncian cierta decadencia y hastío.

La evidencia se agudiza con Getaway (2000). Concesiones mainstream, agotamiento de ideas, repetición de bases rítmicas. El primer tema Set The Record Straight, es una canción comercial, digerible y correcta, carne de radiofórmulas. No obstante, sobresalen Superhero y Solid, que recuperan la esencia rockera de la banda. En ese mismo año se separan, hasta que reaparecen en 2010.

Hasta 2018 no vuelven a publicar, salvo en aperitivo en forma de single single How I Get Over, aparecido en 2016. Ese año lanzan Revelation, ecléctico regreso, con canciones desiguales y colaboraciones de renombre (Sheryl Crow en la dulce My Sweet Love). La que da título al álbum podría haberla firmado Angus Young (incluso la voz tiene reminiscencias de Brian Johnson), por el que desfilan aires más soul y R&B (Darling Be Home Soon ó Like a Ship (Without a Sail), americana (Firts Mistake), deslizamientos hacia el rock sureño (Lone Rider), recuerdos a Free (Just Feel Love), y la zeppeliniana Precious Metal, quizá la más sobresaliente del disco.

El rock británico más clásico, tan necesitado de héroes contemporáneos, podría agarrarse al talento de Reef para reivindicar su espacio. Aunque siempre ha sobrevolado la restrictiva y peyorativa etiqueta de banda de pub, los chicos de Glastonbury poseen un catálogo de grandes temas pese a su irregularidad. Ahora que han vuelto, podemos exigirles que no abandonen una tarea tan titánica como devolver al rock sus esencias sin contaminaciones, sin estigmas, sin dogmas.

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Nosololibros. Leño: el barrio en una Stratocaster

Hay bandas fugaces, músicos con cita previa y acuse de recibo, arribistas de consumo rápido y ligera digestión. Y luego, mucho más arriba, está Rosendo Mercado, Carabanchel en las venas, amarrado a una Stratocaster y al fantasma de Rory Gallagher, respirando barrio y rock a partes iguales.

Decir Leño es mencionar el Madrid que me agitaba, los conciertos en sitios inverosímiles, el goce y disfrute de horas sin final mecidas por la inspiración de una de las formaciones más importantes del rock español, ajena al conformismo, a las modas, a las radiofórmulas, ofreciendo honestidad y compromiso. Solo tres discos de estudio y uno en directo, grabado en la mítica sala Carolina (si alguien lo escucha, alguno de los gritos que se oyen es mío), pero suficientes para forjar un mito, cercano y palpable.

Surgidos tras una de las crisis que vivió con los Ñu de José Carlos Molina, Rosendo se anima a fundar Leño, con los que graba su primer disco en 1979. Obra homónima, a pesar de ser considerada el germen del rock urbano, incluye texituras progresivas y sinfónicas deslumbrantes, acompañadas de letras muy reivindicativas, pegadas a los problemas de un Madrid desigual y en plena transformación. Pronto se convierten en himnos temas como Este Madrid, El Tren, o esa auténtica maravilla que responde al nombre de Castigo, con riffs llenos de matices y ecos zappianos.

 

Su segundo album genera desconcierto. La producción de Teddy Bautista desvirtúa, con sonidos new wave y una abundancia de sintetizadores, muy buenas composiciones. Es una obra empastada, con ínfulas poperas, que debilitan y convierten en enfermizos temas tan brillantes como Hoy va a ser la noche de que te hablé; Cucarachas; paradójicamente una crítica ácida a la obsesión comercial de la música, Lo que acabas de elegir; o una declaración de intenciones en No voy más lejos. Pero sin duda sobresale Insisto, tan sutil y redonda como críptica. Se abandonan la contundencia de la base sonora, la distorsión de las guitarras, la rabia en cada surco, rendidas a las olas ochenteras.

 

En el año 81 sacan un disco en directo, grabado durante tres días en la Sala Carolina del barrio madrileño de Tetuán. Las colaboraciones de Luz Casal o Teddy Bautista dulcifican los temas, mientras que el saxo de Manuel Morales sobresale audaz. Se convierte en uno de los más vendidos de la banda, pese a que su sonido no es excesivamente bueno, y alberga tres temas inéditos: el hit Maneras de vivir, que fue capaz incluso de protagonizar promociones turísticas años más tarde; un medio tiempo interesante, Todo es más sencillo, y sobre todo la enorme Mientras tanto, una joya que lamentablemente no se trasladó al estudio y que ha pasado un tanto desapercibida.

 

Un año más tarde, Carlos Narea produce Corre, Corre en los estudios londinenses de Ian Gillan. Y los resultados mejoran notablemente. Vuelve el rock sin florituras ni adornos, arrinconados los teclados, con un sonido más desnudo y directo, más cercano al compromiso de la banda. Ya no hay experimentación sinfónica ni coqueteos tecnos. Tan sólo crudeza en las formas y en el fondo, más blues-rock que nunca, advirtiendo de que las calles disponen nuevamente de líderes que canalizan sus quejas, que ponen música a sus reivindicaciones. Sorprendente es quizá la canción más conocida, un potente tema con guitarras afiladas. La Fina es una excelente melodía difícil de encasillar, pero muy brillante, con una base blues evidente. Y destacan otros tres: Entre las cejas, casi un himno mainstream; No lo entiendo, rock efervescente sin tapujos, y sobre todo Qué desilusión, cuya letra, cargada de ironía y desenfado, proclama que «el rock and roll es aun arte, qué desilusión.

 

Y cuando todo parecía fluir, Leño se nos quedó afónico, sin palabras, tras una gira exitosa con Miguel Ríos y Luz Casal. Quizá el hastío, el vértigo, la propia inercia de los acontecimientos, la sensación de proyecto agotado. Pero la orfandad duró poco. Rosendo iniciaría una brillante carrera en solitario (ya ha anunciado que este año verá su última gira), que más pronto que tarde merecerá una entrada en esta serie.

Si me preguntáis qué significó Leño en la historia de la música mi respuesta no puede ser únicamente académica, puesto que representan parte de mi educación sentimental (cuánto añoramos a Vázquez Montalbán). El barrio hablaba a través de las escalas de una Fender. Historias de marginación narradas con lucidez, aromas de Tony Iommi y Gallagher, la etiqueta castrante de rock urbano, el carisma desde la naturalidad. Y todo ello en un contexto político amenazante, con las discográficas apostando por la música kleenex, la mercadotecnia vacía, los ídolos artificiales de masas llenando los espacios «culturales». Como proclamaban en Lo que acabas de elegir:

«Yo podría cantarle a los colores de tus ojos y podría llevarte a un mundo extraño de ilusión, pero me conformo no quiero comerte el coco y te cuento lo que vivo, busco comunicación.»

Cercanía, interacción, verdad en las crónicas del Madrid de los 80. Un grupo imprescindible, una leyenda perdurable.

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Nosololibros: Led Zeppelin: el dirigible que voló más alto

La irrupción de Led Zeppelin en el panorama musical provocó una enorme convulsión en la década de los sesenta. Desde una inspiración llena de resabios blueseros, claramente heredada del mítico grupo The Yardbirds, del que procedía su guitarrista Jimmy Page, construyeron una arquitectura musical con la coartada del hard rock como argamasa, pero muy heterogénea y mestiza, generadora de paisajes sonoros psicodélicos con aires folk. Además, los textos desprendían aromas místicos, y pretendidamente crípticos, adornados con metáforas muchas veces inclasificables. Ese conjunto armonioso de música y letras conmocionaron tanto al público como a la crítica a partir de su majestuoso debut en 1969 con el disco homónimo Led Zeppelin.

Contenía una pléyade de canciones que recogían todas sus influencias, y anunciaban las tendencias posteriores del grupo. La psicodelia de Dazed and Confused, el rock potente de Communication Breakdown, o esa pequeña joya arrinconada y prácticamente desconocida Your Time Is Gonna Come componen parte de esa primera apuesta sonora.

La banda se presentaba como una sólida formación en la que sobresalían la contundencia rítmica de John Bonham, fundamental para explicar el soporte sonoro de la banda, aunque siempre fuera de los focos que acaparaban sus dos miembros más famosos: el guitarrista Jimmy Page, brillante y virtuoso instrumentista, hábil adaptador de riffs de blues, pero muy solvente técnicamente; y la voz aguda y al límite, sensual y estremecedora de Robert Plant. Menos fortuna mediática tuvo Jean Paul Jones, bajista y teclista del grupo, pese a ser el responsable en buena medida de las atmósferas del grupo.

Su segundo álbum, Led Zeppelin II, terminó por asentar sus rasgos y ampliar su éxito. Paulatinamente se observa una menor apelación al blues y una mayor asunción del hard rock como elemento vertebrador de su música. Incluye el primer número uno del grupo, la apabullante Whola lotta Love, plena de magnetismo sexual y un riff de guitarra contundente aunque, como muchos del grupo, prestado. Pero es un disco pleno, sin minutos de la basura, como lo demuestran Ramble on, hábil combinación de tiempos medios y contundencia sonora; la bucólica y evocadora Thank You, apresada entre los brillantes teclados de Jean Paul Jones; o el histórico solo de Bonham en Moby Dick.

Conscientes de su éxito y de la enorme repercusión de sus conciertos, tras regresar de una triunfal gira por Estados Unidos graban su tercera entrega, Led Zeppelin III (1970). Quizá persuadidos por los aires pastoriles de los bosques de Gales, ofrecen un puñado de canciones mayoritariamente acústicas, aunque no obvian concesiones eléctricas poderosas, como por ejemplo el tema que abre el disco, Inmigrant Son. Encierra una de esas joyas tan raras como desapercibidas, un blues abrasador y mágico, Since I’ve loving you, en el que la voz sensual y penetrante de Plant se desliza surfeando entre los punteos de Page, absolutamente pletóricos, los teclados de Jones y la eficacia rítmica de Bonham. Gallows Pole y Tangerine son dos hermosas creaciones con reminiscencias countries, muy «americanas» en su concepción y arreglos. Paralelamente, los conciertos de la banda se habían convertido en ceremonias multitudinarias, y asumiendo los clichés que acompañarían a las rock star, cultivaban una imagen polémica y plena de escándalos que contribuyeron a convertirlos en iconos de toda una generación.

En 1971 aparece su obra más mediática y popular, llamada convencionalmente Led Zeppelin IV aunque esa designación no figura en ninguna parte del discosin duda eclipsada por la presencia de Stairway to Heaven, una excelente canción, críptica en su letra que tiene como único lastre la universalidad, su reproducción constante. Pese a ello, nos encontramos sin duda ante uno de los clásicos ineludibles de la historia del rock, desde sus arpegios iniciales hasta el estallido final, tan fiel a la idiosincrasia del grupo. Pero el álbum supone además un regreso inteligente al hard rock como base de los temas, teniendo en cuenta las críticas amargas que había tenido su anterior obra. Black Dog o Rock and roll son perfectos ejemplos de ese ensamblaje poderoso entre la guitarra efervescente de Page y la contundencia de las baquetas de Bonham. Pero también hay argumentos acústicos, como la melódica y tolkeniana The battle of Evermore, o la sugerente Going to California. Y una apelación al blues clásico, la potente versión de When the Leeve Breaks, de Kansas Joe McCoy y Memphis Minnie.

Houses Of The Holy (1973) es la última grabación antes de fundar su propia discográfica, Swan Song. Incorpora sonidos funkies y reagges, en un ejercicio de eclecticismo a veces no excesivamente afortunado, aunque el conjunto resulte inapelable y muestre una mayor tendencia hacia la armonía y ciertas concomitancias con el rock sinfónico. El vértigo de la experimentación no parecía afectarles. La brillante The song remains the same abre el disco, músculo rítmico y cambios constantes. Y crece con la magnífica The rain song, una de los momentos más inspirados de la banda, en el que el Mellotron alcanza cotas realmente sublimes, y el crescendo final se arroja al vacío con el abandono cadencioso de esas guitarras que se aferran a ti al despedirse. La ambivalente y juguetona D’yer Maker siempre genera controversias, que deberían acabar con la escucha de la imprescindible No quarter, quizá con el riff más conseguido de Page y la inquietante, oscura y seductora presencia de los teclados de Jones.

Physical Graffiti (1975) abre la segunda parte de su carrera en su nuevo sello. A partir de este momento se abandonan el mainstream y los himnos, y se opta por composiciones más complejas, con muchas aristas, menos predecibles, pero igualmente atractivas. Kashmir es sin duda la canción más sobresaliente de este doble álbum heterogéneo, oscuro y desigual. Un viaje iniciático que combina influencias orientales, misticismo, arreglos orquestales y poses muy al estilo Genesis (con Peter Gabriel, por supuesto). In the light necesita muchas lecturas para comprobar su enorme calidad. Un extraño cóctel onírico y arrebatador, en el que los sintetizadores y el clavicordio de Jones, la voz de Plant y los riffs de Page se adentran en terrenos casi hipnóticos. In my time of Dying se envuelve en ropajes blueseros, con un Bonham absolutamente desatado y descomunal, y la maestría de Page en una sucesión de punteos demoledores.

Con Presence (1976) empezaban a dar síntomas de agotamiento, pese a contar con un gran tema, Achilles Last Stand, un himno compacto y épico que recupera la idiosincrasia de la banda: innumerables riffs ensamblados, soporte rítmico y la voz de Plant siempre al borde del abismo. Álbum rutinario, superficial, y previsible, quizá tan sólo Nobody’s Fault But Mine podría rescatarlo del anonimato.

Con el grupo en descomposición, preso de problemas con las drogas, el alcohol y la depresión, lanzan un disco irregular y prescindible, In through the out door (1979). Realizado y producido casi únicamente por Jones, el único miembro que no paseaba por el lado tóxico, es una oda a los sintetizadores, del que sólo rescataría dos momentos: All of my love, una apuesta por el pop más comercial pero bastante resultona, e In the evening, con un brillante comienzo hasta que se adormece y se torna monótono.

La historia de este enorme banda acaba en 1982, si es que no había muerto antes. Coda no es una grabación de estudio, sino una recopilación de rarezas y temas inéditos sacados a la luz tras la muerte de Bonham, que no logra remontar el vuelo de sus dos anteriores apariciones en el mercado. Quizá We’re gonna groove suena con la frescura y potencia de los mejores momentos, o Wearing and tearing con su aproximación al punk. Pero el conjunto es absolutamente decepcionante.

Pese a este mediocre final, la influencia de esta banda en la historia del rock, de la música en general, es enorme. Mucho más versátil e inclasificable de lo que pudiera parecer en un principio, su eclecticismo musical, el virtuosismo de sus integrantes y una enorme facilidad para vender discos la convirtieron en un icono magnético al que se asieron multitud de grupos posteriores, sentando las bases de lo que más tarde se conocería como heavy metal. Denostados por muchos como meros plagiadores, protagonistas de múltiples leyendas urbanas, supieron en realidad evolucionar sustentados por su enorme talento, aportando músculo y carácter ecuménico al rock.

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Nosololibros. Radiohead. De arcanos y orfebres

Surgidos en plena efervescencia del britpop, cuando resultaba del todo inexcusable aferrarte a la dicotomía forzada de Blur y Oasis, Radiohead comenzó a forjar su identidad con Pablo Honey (1993), un cóctel con reminiscencias del rock alternativo de Pixies y del entonces omnipresente grunge de Nirvana, que acertó con un single potente, directo y llamado a convertirse en un himno mainstream, Creep.

Sus inquietudes y objetivos distaban mucho del arquetipo del grupo de rock fosilizado y anclado a temas gloriosos y épicos coreados hasta la extenuación. Buscaban no sólo ser famosos, sino establecer un vínculo de comunicación estable y creciente a través de la música. The Bends (1995) surgió con esa intención, huyendo de canciones de éxito fugaz y adoptando sonidos muy elaborados, con texturas y ambientes abiertos y amplios, en los que resultaba difícil encontrar referentes coetáneos. Un disco muy homogéneo y equilibrado, que requiere una escucha pausada y sin urgencias desmedidas, una obra que muestra crecimiento y madurez.

Y llegamos a uno de los discos más importantes e influyentes de la historia del rock. Ok Computer (1997), una auténtica obra maestra que nos sitúa en el microcosmos onírico, misterioso e intenso del grupo, en el que se mezclan de forma armoniosa y electrizante la música clásica, la intensidad del rock, la pasión por lo visual y la búsqueda conceptual de respuestas. Píldoras de introspección casi mágicas, cosidas e hilvanadas a través de ambientes sonoros capaces de aunar perfección y rupturismo. Canciones como la celebrada Karma Police, o la audaz Paranoid Android son buena muestra del inicio de una nueva época.

Enemigos del conformismo, tres años después publicaron Kid A (2000), álbum que ahonda en la vertiente vanguardista de su música mezclando jazz con esa versión electrónica que tanto incomoda a sus detractores. Esa apuesta por lo experimental continuará con Amnesiac (2001), disco tan imprescindible como poco conocido, en el que el jazz deja de ser tan sólo un recurso para erigirse en protagonista, con continuas alusiones y homenajes a Miles Davis y que contiene una de las mayores joyas del grupo, Life in a Glasshouse. Si me permitís un consejo, disfrutadla con las imágenes que cierran la tercera temporada de la fantástica serie Peaky Blinders. Puro deleite.

 

Su siguiente obra, Hail to the Thief (2003), no fue muy bien recibida ni por la crítica ni por el público, quizá debido a su carácter continuista. Pero reúne grandes temas como There There o I Will. En 2007 publicaron in Rainbows, rodeado de la polémica por su difusión online a voluntad, aunque luego se comercializara de forma tradicional, en una espectacular operación de marketing. Pese a ese envoltorio interesado, incluye canciones muy atractivas, en las que las guitarras se abren paso con gran contundencia, como House of Cards y su premiado videoclip realizado con sensores en vez de cámaras. El fallido The King of Limbs (2011) hace humano al grupo, con una propuesta más cercana al puzzle y al pastiche musical. Su última apuesta, A Moon Shaped Pool (2016) es un agradable reencuentro con algunas de las premisas que convierten a la banda en un referente.

Un grupo poliédrico, sin grises, sin temor a asumir el riesgo, en mutación constante y abierto en canal, que compone con la minuciosidad del orfebre en un universo fascinante al que te invito a adentrarte. Espero que no te defraude.

 

Nuestro compañero Luis Blanco nos invita a adentrarnos en la historia de la música a través de una galería personal de iconos con una mirada heterodoxa y ecléctica


Nosololibros. Sobrinus: cuando el talento no basta

Sobrevuela siempre por la historia del rock la necesidad de ubicar a unos cuantos músicos, de profesión minoritarios, en una especie de cajón de sastre denominado Malditos. A veces peyorativo, otras defendido de forma estusiasta e interesada por sus propios miembros, el estigma les acompaña hasta su desaparición, entre el escaso apoyo mediático, la incredulidad de la crítica, y la indiferencia de buena parte de la población.

Sobrinus, la banda que vamos a visitar, nunca consiguieron los favores del público, y tampoco creo que lo buscaran. Tres músicos de enorme calidad, con un directo brutal, y unos cuantos discos (3 en total) conforman su testimonio vital. Etiquetados dentro del rock alternativo, su eclecticismo convirtió cada una de sus grabaciones en un viaje a sonidos crimsonianos, atmósferas y riffs de guitarra zappianos y por supuesto a reminiscencias de Primus, el icónico grupo del magistral bajista Les Claypool, al que parecen homenajear desde su propio nombre.

Precisamente esta última influencia pudo marcar su destino, puesto que sin medir la profundidad y amplitud de su obra, se les tildaba de meros clones de la banda estadounidense de funk metal. Pero en realidad crearon un ecosistema propio, en el que abundaban el recurso a las síncopas y la proliferación de constantes cambios de ritmo plenos de creatividad y transmisión, realizados con medidas extrañas y de alta dificultad técnica. Tampoco desdeñan una letras surrealistas, en las que la ironía y el humor adoptaban idénticas modulaciones que su música, incluyendo inteligentes juegos de palabras hasta conformar una obra que adquiría nuevas dimensiones en cada escucha. A ello debemos unir su solidez como instrumentistas y su pasión por el directo.

Todas estas circunstancias sin embargo (o quizá por ellas) no impidieron su desaparición en 2005, diez años después de su fulgurante comienzo con Sobrinus (1996), un torrente desbordante de creatividad que contiene canciones tan generosas como Pitufa o Suerte, eléctricas como Sueña? o tan estremecedoras como Zumbido. Su segunda entrega, Zapin (1998), no es un mero álbum continuista, aúna inquietud y ambición. Pese a ciertas concesiones comerciales, dispone de temas tan desgarradores y elocuentes como ¿Vives cómodo? o Ámame si … y les permite embarcarse en una larga gira por todo el país. Su última aportación, 13 muecas compiladas (2003), grabado tras el primer movimiento en el grupo (el batería Roberto Lozano es relevado por David Parrilla), exhibe el mismo músculo e intensidad que los anteriores, y cuenta con una tremenda exposición de poderío y contundencia condensado en la brillantez de Ya no soy un pez o La noche me domina.

Se ponía fin a una fructífera trayectoria musical, y se abría el camino a nuevas aventuras rítmicas, desde el sonido aflamencado de Adredre, creación del cantante y guitarrista Sydney Gámez, a las colaboraciones de Roberto Lozano en Sex Museum o Corizonas. Sobrinus fue una banda que creció fuera de los focos, haciendo apología de la libertad compositiva como fórmula de comunicación, dotada de un virtuosismo no exento de entrega ni transmisión. Constituyen un arquetipo más de que la calidad no sólo no es suficiente, sino que a veces resulta un hándicap para alcanzar el éxito.

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Nosololibros. Frank Zappa: el genio desatado

Frank ZappaControvertido, cáustico, sorprendente, inconformista, vital. Siempre genial. Los apelativos para definir a un músico de la relevancia de Frank Zappa son tantos como el grado de desconocimiento general de su obra y su talento. Fascinado por la música clásica contemporánea, personalizada en su fervor por Varese o Stravinsky, su producción trasciende el mero escaparate convencional del rock para convertirse en una plataforma conceptual en la que se mezcla la profundidad de sus composiciones con el vitriólico aroma de la provocación constante.

Junto con su inquietud y la necesidad permanente de mutación, el músico de Baltimore destaca además por erigirse en un polo de atracción de grandes músicos, que convertían cada nuevo disco en una auténtica jam session de virtuosos. Steve Vai, Adrian Belew, Don Van Vliet (Captain Beefheart), Ray Collins, Terry Bozzio, Jean-Luc Ponty, George Duke o Michael Brecker forman parte de ese elenco.

Pero además nunca obvió el compromiso social. Fue el azote de la ortodoxia, de todo aquel político o telepredicador que intentara limitar la libertad de expresión o de creación, sin importar de donde procediera. Republicanos, demócratas, hippies acomodaticios, jueces, policías,  incluso los propios Beatles fueron el objetivo de este irreverente agitador.

A pesar de su atracción inicial por la batería, paulatinamente se convertiría en uno de los mejores guitarristas de la historia gracias tanto a una ejecución nítida, cristalina y limpia, como a su enorme capacidad de transmisión. Si bien sus composiciones no son especialmente sencillas de entender, cuando eres capaz de penetrar en ellas te convences de su gran calidad y poder de seducción.

Esa formación autodidacta, producto de la escucha ecléctica y sin prejuicios de numerosos estilos, le convirtió en un músico total y completo, que adoptó el rock como un mecanismo de transmisión de mayor alcance, que sin embargo ocultaba un genio sinfónico. Si tuviéramos que destacar tres álbumes, nos inclinaríamos por Hot rats (1969), quizá el mejor disco de rock de la historia, simbiosis perfecta y embriagadora de rock progresivo y jazz, que incluía esa enorme joya llamada Peaches in Regalia

 

En segundo lugar, Sheik Yerbouti (1979), el paraíso de los over-dubs y la certeza de que el humor es el factor crítico más contundente y eficaz, como lo muestran temas como el celebérrimo Bobby Brown, quizá su mayor éxito pese a que fue censurado en muchas emisoras de radio, o el no menos esplendoroso Yo Mama, que contiene un solo de guitarra arrebatador

Y por último, el disco conceptual por excelencia, Joe`s Garage (1979), una delicia interminable y penetrante, que contiene la maravillosa Watermelon in Easter Hay, tema que cabalga sobre tal vez el riff de guitarra eléctrica más hermoso jamás creado, y que os mostramos en una versión en directo realmente emocionante

¿Qué nos queda de este francotirador desbordante? Quizá representa como nadie la evolución de la cultura de los últimos compases del siglo XX; tal vez sea la constatación de que la música no debería dormitar en radiofórmulas al uso, que ha de convertirse en un factor de crítica y reivindicación del arte como instrumento social, vivo y dinámico; que el éxito vacío y artificial es el camino más rápido hacia el fracaso. Pero lo que es indudable es que su universo, onírico y prensible a la vez, forma parte de los momentos más brillantes de la música de todos los tiempos.

Y como píldora final, este breve prodigio en seis cuerdas llamado Sleep Dirt, del álbum homónimo de 1979. Disfrutadlo.

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Biblioideas. Lou Reed se queda en Nueva York

Lou Reed y Laurie AndersonAseguraba Ian Dury que, cuando compuso Sex and drugs and rock and roll sólo pretendía “sugerir que la vida era más que esas tres cosas, sexo, drogas y rock and roll, o que estar todo el día tirando de una palanca en una fábrica”. Pero ya decía Lennon que la vida es lo que nos pasa mientras hacemos planes sobre ella, así que, a pesar de sus intenciones, esa frase se convirtió en himno. Se grabó en 1977 y la BBC se negó a emitirla porque un tema con ese título sólo podía fomentar “la mala vida”. Hoy esa expresión forma parte de la lengua inglesa.

Para entonces, The Velvet Underground ya se había disuelto, el punk se extendía por Londres y Nueva York y Lou Reed había sacado media docena de discos que se encargaban de darle una vuelta de tuerca a aquel “inocente” lema de Ian Dury hablando de prostitución, transexualidad, heroína o enfermedad mental, temas nada habituales hasta entonces en las letras del rock. Con trastorno bipolar, sexualidades diversas, sustancias peligrosas, una guitarra y su talento emprendió por un tiempo su camino por el lado salvaje, mostrándonos que a menudo la vida es triste y hermosa, pero nunca fácil. Afortunadamente sobrevivió, llegó a hacerse un señor mayor y acabó con él un trasplante de hígado.

Hace unos días supimos que Laurie Anderson, su viuda, que ya apareció en una biblioidea de 2015, había llegado a un acuerdo con la Biblioteca Pública de Nueva York por el que ésta adquiría los papeles y grabaciones de Lou Reed a cambio de hacerlos totalmente accesibles al público. Lo anunciaban el 2 de marzo, día en que este amante de la ciudad de Nueva York habría cumplido 75 años. Ella ha estado recopilando y sistematizando ese archivo desde su muerte en octubre de 2013.

«Se necesita mucho tiempo para contemplar una vida y ahora que la primera etapa de la creación de estos archivos está acabada, podemos dar un paso atrás y apreciar algunos patrones deslumbrantes que Lou hizo durante su larga e intensa carrera como artista»

Pasaporte de Lou Reed

Laurie Anderson pretende que se digitalicen los contenidos y poder ofrecerlos en línea, aunque eso llevará su tiempo: son unos cien metros lineales de documentación, seiscientas horas de grabaciones de audio en todos los soportes posibles, más de mil vídeos, correspondencia con toda clase de gente (desde Jimmy Page a Vaclav Havel), objetos, contratos, etc. Todo ello sin contar con los diversos problemas de copyright que habrá que resolver.

No os dejéis subyugar por el Lou Reed de la leyenda: conservaba escrupulosamente sus papeles (contratos, liquidaciones de royalties, recibos diversos…) y estaba al día en sus deberes tributarios. No se han revelado los detalles de la venta pero ¿alguien puede imaginar cuánto dinero habría podido obtener Laurie Anderson si hubiera optado por vender o subastar objeto por objeto el legado de Lou Reed?

En un país como el nuestro puede parecer chocante, pero en Estados Unidos no supone ninguna novedad que universidades y otras instituciones intenten hacerse con los archivos de las estrellas del rock. La Universidad de Cornell lo hizo en 2015 con The Velvet Underground, la de Tulsa, en Oklahoma, con Bob Dylan o la de Monmouth, en New Jersey, con Bruce Springsteen.

BPNYPA

Y también en Europa: hace unos días hemos visto que la Universidad de Friburgo, en Alemania, recibía una donación con, posiblemente, la mayor colección existente de parafernalia de los Rolling Stones, reunida a lo largo de cincuenta años por un seguidor incondicional de sus satánicas majestades, Reinhold Karpp, fallecido en 2012.

Estos días un banco te ofrece sus servicios en un anuncio con el Cry baby de Janis Joplin como sintonía de fondo. Poco importa lo que dice la canción y menos la memoria de Janis Joplin. La realidad se sustituye por sus fetiches y lo que ayer resultaba insoportable hoy se compra en un todoacién. Bien pensado, siempre será mejor que nuestros objetos culturales estén al alcance de todos en instituciones públicas.

Si alguien quiere saber más de la vida y el legado de Lou Reed, acaba de aparecer Catálogo irracional, de Ignacio Julià.

BiblioideasBiblioideas es una sección mensual de nuestro compañero Chema Pérez en Tirabuzón, en la que se incluyen una serie de artículos dedicados a analizar fórmulas imaginativas y modelos de desarrollo en torno al mundo de la cultura y los libros.